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Poemas de Ruth Ana López Calderón

lunes 26 de enero de 2026
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La pluma

La pluma negra en la mano aletea desesperada,
su silueta distante captura el viento inclemente:
Usurpa sueños tardíos y temores que habitan el horizonte
donde noches ensimismadas escudriñan el fondo de lo oscuro,
lento mastican la zozobra de impuros gemidos,
de piel profana como sepulcro, y ecos
vagan como fantasmas y relámpagos
alumbrando tempestades nocturnas.

¡No!, no hay nada tangible en la alborada de este paisaje de llanto,
sus crispadas alas amortajan la esperanza y en la sombra huyen.

La pluma negra en la mano lamenta como estaca
y como carne fragmenta y desdibuja el mapa clandestino.
Y el alarido, ¡sí!, el alarido de su vuelo.

El dibujo del oscuro laberinto.

¡Oh!, esperado e inesperado retorno.

El cuervo reposa sus garras sobre mi mano.

(del libro Desde las profundidades).

 

Detrás de la máscara

Aquí estoy con la máscara cubriendo el rostro
para no espantarte, para que no salgas corriendo

¡cuán débiles son las carnes desgarradas,
como seda atrapada en espinos blancos!
Y sus hilos trémulos,
y la humedad de los ojos, buscan con ansias tu imagen,
y me aferro para no caer en el vacío, en el lóbrego agujero
que succiona mi esqueleto

y siento frío
y desespero
y la soledad corroe los pensamientos,
y la tristeza, ¡Sí!, la tristeza adherida al aliento
empaña el espejo donde veo al espectro

las pesadillas asoman, el temblor acaricia los dedos

el viento viene a jugar
con el fantasma de los cabellos, jirones del alma
vuelan esquizofrénicos, vuelan y se retuercen: culebras
intoxicadas con su propio veneno

¿dónde están los cabos sueltos?

agitado el pecho convulsiona
y lágrimas bañan el rostro
inundan los ojos que te buscan en el firmamento ficticio

una voz sofocada grita desde el interior
y las manos aladas tapan la boca
—es la conciencia que emerge de su grieta y exasperada clama:

¿sabes lo que es ser mujer y no poder serlo?

y la lucha infernal comienza
y la lucha terrenal no acaba

no reconozco lo que muestra el espejo
esos ojos hundidos, mustio el semblante,
la palidez de la muerte
y su alarido
y de pronto el corazón salta, en el cuerpo de otro,
y te leo de nuevo, te siento cercano,
eres el único que despavorido no huye,
el único que conoce la locura palmo a palmo

la luz apagada de los ojos te mira
y del corazón brotan pétalos negros
como la noche cubre con su manto la vida

la sombra luminosa del abrazo sale a tu encuentro
y quedo ahí fundida con el eco silencioso de tus palabras
con el arrullo mudo de un no sé qué
que espero.

(del libro Sin óbolos para Caronte).

 

Trashumar

Han descendido los pasos
hasta tocar el fondo del trapecio invertido,
ése que pulula la luna de los siglos.

Las veces que subieron y bajaron
dejando en cada una la piel,
ésa que profana el sepulcro de los sueños y revelaciones.
El caminante dormido irrumpe en el espacio,
sostenido sólo por los gritos que enmudecen a las sombras:

Entonces sabrás que llegó el momento
de arrancarte el alma con las uñas, con los dientes la carne,
de trashumar el misterio de la inconsciencia
y palpar y aplacar esa fiera cuyos gruñidos hacen temblar.

Remanentes son mis huellas.
¿Hacia dónde?

(del libro Sin óbolos para Caronte).

 

Tal vez

Tal vez el vago reflejo
de la existencia aferrado,
al endeble hilo de la memoria
el que asoma a mirar la vida desde las rendijas,
el que flota en la penumbra del agua
y corre triste y gris
por las arterias olvidadas de la ciudad,
al reciclamiento.

Tal vez sólo un fantasma que olvidó su muerte
y, aferrado a los despojos,
se arrastra, gime y blasfema.
O colgado en los andamios del tiempo,
tocando puertas, ciertamente la última.

Tal vez sólo una sombra
que se desplaza en la calzada,
negada a sumergirse en la soledad
quien no es nada y aceptar que los días tienen término.

Tal vez quien escribe versos oprimiendo estos dedos, tal vez.

(del libro Sin óbolos para Caronte).

 

Florecillas blancas

El manto de la noche cubre la casa,
gritos, forcejeos, llanto desesperado
y la fuerza maligna posa la mano
en carne tierna

florecillas blancas manchadas de sangre
y las mariposas coloridas se tornan negras
y vuelan acompañando la inocencia arrebatada
que huye hacia el silencio, hacia la soledad que acoge

mudo alarido desgarra el alma
y el corazón confundido, maltrecho,
pregunta

—¿qué pasa?

lágrimas tristes
lágrimas agrias

los juegos nunca serán los de antes.

(del libro Itinerario de una metamorfosis).

 

Círculos blancos

Jóvenes huesos, carnes inexpertas,
en cada lágrima, soledad
acompañados de abandono, indiferencia,
destila cariño ausente,
la piel supura dolor en cada poro,
no hay padre, no hay madre,
no hay alma que se percate
y apiade,
no hay amigos,
no, no,
nadie

sangrantes
apestan
insoportables,

corrompen los recuerdos

la tenencia de esa carne
de esos huesos
el espíritu envuelto en agonía,
desorbitado
inaguantable y solo

encuentra su salida,

sólo una, sólo una,

en el cajón izquierdo de la cómoda,
no brilla la promesa del descanso,

treinta círculos blancos
con agua y tragados.

(del libro Itinerario de una metamorfosis).

 


 

La duda comenzó con el hombre.
Después de las llagas y la cruz,
del cáliz y la primera alianza.
El árbol y los ensortijados vástagos.

Un aura opaca se vislumbra
y avanzan los jinetes
incrustando espinas,
flagelando los torsos desnudos.

Se levanta el polvo que cubre
el rostro de los que escapan,
en busca de la frontera
entre la tierra y el limbo,
entre el infierno y el cielo.

Demasiado oscuro.
Los pies tropiezan con las piedras,
aquellas que golpearon a la adúltera.
Una vara y un bastón en el camino
¿Dónde está el que dirige?

Los caminantes vamos a tientas
por la senda que va al precipicio.

La cruel memoria parlotea:
¡Ah!, el libre albedrío
y su sabor a manzanas dulces,
a hostia consagrada.

Los pecados capitales
tatuados en la criatura primigenia
son el iris de los ojos ciegos.

Un mendigo nos detiene
y pregunta:

¿Dónde comienza la cruz
y dónde termina la espada?

(del libro La niña que se diluyó en el tiempo).

 

Cuencas vacías

He de estar preparada para
mirar las cuencas vacías de tus ojos,
el pálido marfil de tu descarnado semblante.

No, ya no tengo miedo.
Me resulta familiar la frialdad
de tus brazos, esos que no han dejado
de envolverme.

Te llevaste a tantos...
Yo soy un número desconocido
en tu recuento de presas,
una rezagada y antigua alma
que se negó a sucumbir
a tu embestida.

Soy la que olvidas y recuerdas
en tu eterno peregrinaje.
Tal vez tuviste un alma
después de todo
o tu condescendencia conmigo
sería inexplicable.

(inédito)

Ruth Ana López Calderón
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