Publica tu libro con Letralia y FBLibros
Saltar al contenido

Tres poemas de I. S. Merlin

viernes 7 de agosto de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

María

Por qué te ocultas en ese silencio oceánico,
en ese abismo conjurado y metafísico de los horóscopos
saboreando las manzanas que heredamos del único festín.
Todos saben que mi vida fue una doctrina del sueño,
un nombre sangriento en los ojos de mi madre,
una parábola en la noche muerta,
un arduo y espléndido monumento de mí mismo,
de un hombre naufragando en el desierto de las aguas muertas,
como un sonámbulo del recuerdo encarcelado en los evangelios de la vida.
Aún se escucha mi grito en los arrecifes de la madrugada
que te buscan por las calles y los templos,
por el dialecto de las sombras que reflejan los ríos
donde lloro eternamente.
Mi vida no es un lamento,
un conjuro del sueño sin fin,
es el frío bailando en tus ojos,
es la noche bebiendo su obstinado rigor de enamorada,
es el infierno del suicida frente al espejo de su historia,
es el hombre que se pudre en el reino de la cruz,
callando, soñando, póstumo,
muriendo en los archivos de la memoria desnuda y sola.
Es quien busca en los ojos de los reptiles
y en las pieles de las bestias
asesinar el dolor de tanta ausencia,
el dolor de tus labios sangrando en mi cuerpo
como los ángeles que se revelaron a su signo.

No sé si pueda arrancarme los ojos
y no ver nunca más
todo ese ritual de muertos que me rodea,
de muertos bendiciendo el recuerdo de mi raza maldita.
Muero en mi propia muerte,
y mis manos se llagan sujetando a un Dios que en silencio agoniza,
un Dios perverso,
irreverente,
que también fue hombre,
en aquella última noche cuando los magos achevillaban
las inauditas amantes que dejaron los parias y los judas.
María:
dónde están los poetas,
esos brujos cansados de la ciudad olvidada en tu corazón,
en tus sueños más íntimos.
Es tiempo ya de levantar su canto,
los mares que la recorren,
la miseria de los días.
Cada cual con su linaje,
con el vino más antiguo,
como la mujer que lo justifica como hechicero de su historia.
Miradme aquí,
arrodillado ante la esfinge de la muerte,
y mi voz llega a donde no alcanzan los ojos.
Cómo arrancar de mi alma ese tatuaje cabalístico,
esa rosa amarga que son los sueños.

 

La meditación de Judas

La soga es larga como la noche abismal desterrada con los cuerpos,
a lo lejos alguien pronuncia un nombre con asco
y una devastada multitud escupe al rostro callado que se acerca a la cruz,
al centro de la profecía,
como un cuervo sacerdotal comiendo de mi frágil hombro.
La moneda fue tirada hace siglos al oscuro rostro del olvido que se sueña,
para que el acto se reflejara en el instante marcado en el espejo del destino,
en la sombra del mediodía por donde sueñan los muertos sin sepultura,
en esta esfera seductora donde giran mis ojos cansados por el crimen,
por la antigua garganta de la duda,
bajo el frío azar del que, a ciegas, busca su camino en el corazón.
Tu suerte pudo ser otra
y mi voz hoy sería un canto tibio,
un manso río de lunas bailando en las tardes de octubre;
pero ya había sido escrito en la locura lo que acontecería en la otra cara del tiempo,
en el otro sueño de la muerte,
en la mirada inmemorial de un dios enterrado por sus lágrimas,
en sí mismo.
(Si Dios creó las cosas, quién lo creó a él).
Ahora eres un símbolo, una blasfemia, un crimen recorriendo su nacimiento,
la adoración y la inquietud solitarias tras las frentes,
lo que te salva y te justifica en tu olvidada aurora
en el libro que te contempla desde las columnas del universo,
el ruego de una mano perdida en el gesto;
la tradición y la miseria de llegar demasiado pronto,
demasiado tarde,
de venir navegando con la luz y borrarte en el naufragio de las sombras.
Nada significa tu pasado,
el nombre de una mujer oculto en tus días febriles,
o el hijo que fue acaso un adjetivado sueño silencioso,
una agonía en el largo camino a ninguna parte
como quien escucha su entierro desde las blancas nubes de un tren.
Sentí el olor de lo divino,
la dulzura de unos ojos que lo han vivido todo clavados en mi pecho,
como una tierra de prodigios llorando los pasos del encuentro;
sabías que el hombre es siempre el hombre preso en su instinto
y algo hay que está vedado en su destino,
algo que sólo se da a conocer ya cumplida la jornada,
ya examinado su último alarido,
su último intento.
La sangre danza en el destino que se revela de golpe,
sin piedad para el que se hunde en el polvo de su nombre
y no puede elegir ya,
su verdad final ante sí mismo.
Por mucho que nos esforcemos siempre somos culpables,
y la historia será inmerecida.

 

El carpintero de Belén

Yo, el carpintero de Belén,
quien no negó los fundamentos de sus reyes,
que no tuve casta, ni pródigos, ni leyendas memorables;
escuché en silencio la mentira de Moisés,
el misterio de su pueblo destinado al crimen.

Soy un hombre que tuvo el pan del sudor de la madera,
no fui nombrado por biógrafos ni enciclopedistas,
no fui la memoria del judío errante,
no me fueron dados los sueños del extraño paraíso.

Todos aluden al sortilegio de la cruz,
hablan en silencio del traidor ahorcado,
oran a la virgen que no fue sino su amante,
mis lamentos y mi muerte de eterna soledad.

Nadie pregunta el origen de mis padres,
de dónde vengo o a dónde fui,
quiénes fueron los magos que predijeron mi exilio,
quién se sacrificó al fuego de mi hogar
cuando fui abandonado por mi mujer y mi hijo
y mendigué por las calles del sabio Salomón
con una rosa en la mano y una espada en la frente.

Como un ermitaño cansado de todo
me abandoné en los bosques como una bestia más;
las noches y los días fueron mi templo alucinado,
mi justificación ante Dios que no conocí,
el Dios que se negó a la muerte,
el Dios de nadie.

Nunca preguntaron qué vino preferí,
cuánta humillación tuve que callar,
cuántas cruces arrastré con mis ojos atados;
soy la memoria irrumpiendo en la noche blanca.

Yo, carpintero de Belén.
No me fueron dados jardines ni pesebres,
ni una estrella negra en el abismo de mi nacimiento,
ni un espejo llorando sucias lágrimas verdes,
ni un piedra sagrada para morir sin comprender los
destinos,
ni la sombra,
ni la nada.

No me fue dada la visión de la historia,
el memorial,
la vida.

Mi hijo renunció a mi sangre
para inyectarme el veneno del Dios en las iglesias;
mi amante se entregó al festín de los santos.

Soy un hombre que sólo vivió de leyendas y mitos,
un hombre más que llegó para ser olvidado
en la soledad de un libro.

I. S. Merlin
Últimas entradas de I. S. Merlin (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio