¿Quién los leerá?
¿A qué manos irán?
Fernando Pessoa
Para Nubia
Poema a Nâzim Hikmet
Hoy que llueve sobre Bogotá
leo tus poemas, Nâzim Hikmet, tus cartas desde las cuatro cárceles,
el recuerdo de los patios sonoros en Istambul,
el lento pero seguro avance de tu angina de pecho.
No me desilusiono ni lloro.
Tampoco soy un simple desesperanzado.
Sin embargo, Nâzim, mi país es una cárcel mayor,
mayor que la de tu Ankara, más fría que la de Cankiri,
más insoportable que la de Bursa.
Todas tus cuatro cárceles reunidas son apenas recintos con jardín.
Como tú, turco naciente,
en el nombre de esta tierra tomo la palabra
y malas noticias me llegan con lluvia matutina,
malas noticias sobre un país cerrado donde nadie nos deja cantar.
Prisionero, exiliado eterno,
con quince heridas, según decías,
escribo en torno a estas paredes deseando ver una luz.
Escucha Hikmet este poema compuesto por varias manos
con despedazadas uñas de tanto escarbar.
También estamos incomunicados como lo estuviste en Ankara
donde te prohibían ver el cielo azul
y un árbol silvestre plantado en algún sitio.
También hablamos con nosotros mismos
en siniestras ciudades
y nos dan ganas de llorar sobre algún seno
llorar o insultar temblando en la lluvia.
Destrozados, solos con el vaivén de lentas horas,
vigilados desde los cuatro costados,
se abre nuestra ira como una gran verdad
y en las torres del aire
lanzamos gritos por oscuras ventanas.
Nâzim Hikmet, llueve sobre Bogotá.
Yo releo tu poema a Taranta-babu
pero no puedo hacer un himno para beberme el sol,
no puedo estrechar mi pecho y darme alegría.
¿Cuándo cesará esta llama que a todos calcina?

Duro oficio de vivir
Carlos Fajardo Fajardo
Poesía
Editorial Universidad del Cauca
Popayán (Colombia), 2026
ISBN: 978-958-732-831-8
78 páginas
El poeta no olvida
He contado las estrellas contigo, Yannis Ritsos,
y he jugado con la luna.
He sido encadenado también en islas malditas,
oído las alas de mariposas en verano,
olfateado la fatalidad en una mujer desnuda.
Ahora recorro tus tierras calcinadas,
pequeñas cruces negras en la frente de los muertos
sin que nadie acompañe ese silencio en el crepúsculo.
Con tu historia de mitos
hoy vierto un poco de sal en la lentitud del día
para tomármelo a grandes sorbos sin ocultar el asco.
Porque el poeta no olvida.
Acurrucado en mi pequeña cámara
escribo por tantos poetas tomados en prisión,
veo salir tu sueño por los barrotes de Yaros
hacia planicies sin fin
donde coroneles incineran libros llenos de epitafios.
Yannis Ritsos,
todo adquiere un nuevo color cuando te leemos:
los presos y las niñas caminan bajo árboles de luz,
las mujeres se tornan tristes y hermosas.
Así te vemos, poeta,
entre estatuas que ríen o lloran sobre las ruinas.
El sueño de la muerte
Recibe este rostro mío,
mudo, mendigo
Alejandra Pizarnik
Alejandra,
la muerte siempre al lado, decías,
todo para morir de tanta vida.
Nadie te ocultó del combate,
ni las mismas palabras,
vieja niña con tu camisa en llamas.
¿Quién te entiende ahora?
¿Quién lee tu misterioso y sombrío abecedario?
¿Quién recita tu poema de ausente, tu jardín prohibido?
Ahora las lilas colorean vientos
y todavía hay mucho abismo como el que abarcaste,
mucha pesadilla en la luz,
sombras muertas petrificadas en los muros.
Que nadie te hable
y dejen dormir tu noche eterna.
Oficio de vivir
Tú ya no esperas nada,
sino esa palabra que brotará del fondo
Cesare Pavese
La soledad es nuestra marca,
Cesare Pavese.
Triste destino
para los que vivimos calcinados
ante el malecón de la muerte.
Son tantas tus promesas deshechas,
angustias por un sueño imposible.
Hay aquí un diario íntimo
y poemas escritos frente al mar que no amas.
Hay también una mujer
mirando la iluminada silueta de su cuerpo,
tan enamorada de sí
que huye de tus rotas banderas.
Y está ese día de agosto
cuando oculto en el hotel
te marchas al fin con todos tus misterios.
Manías de soledad, dirías,
manías de un hambriento frente a provocativos bocados,
espíritu que duele como un huracán.
Trabajar cansa, lo sabemos.
Tú decidiste descansar en medio de la fragua
y nos has dejado soportando este duro oficio de vivir,
reclamando a gritos algún amoroso navío.
Basta de palabras. Ni un gesto.
No escribirás más.
Vencedor de la muerte
Pero aquí abajo la acción, pisando los talones a la palabra...
Pero aquí abajo todo es condena, a cadena perpetua...
Vladimir Holan
Quien se ha hundido en poesía
ya no puede salir, escribes.
Caminas a medianoche
cosiendo los rincones en un amasijo de desesperación.
Preguntas por tu país siempre de otoño
y sólo el Dolor responde.
Solitario,
obligado al bien o al mal
por todos aquellos que te olvidaron en la niebla,
escribes ese Dolor,
cazador de recuerdos.
Vladimir Holan
el dolor habita en tu palabra de abismo
torturando de goce a los que de poesía mueren.
Está en Praga
aspirando los aromas de abandonadas mujeres en invierno,
y en cárceles
a la hora en que la oración por los poetas muertos nada significa.
Un poema, lo sabes, es un don,
como lo es un amigo o los labios de una novia
en medio de la ventisca,
una fugaz declaración de amor.
Hoy la lluvia cae sobre las tumbas.
Alguien que no quiere olvidar
se ha posado frente a ti con un libro de poemas
y lee en alta voz derrotando la ausencia de esas manos
que escribieron paisajes de fuego,
vencedor de la muerte.
Dueño de prisiones y de torres
A cada cual su palabra.
A cada cual la palabra que cantó para él
cuando la jauría le atacó por la espalda.
Paul Celan
Una luna última no te salva, Paul Celan,
sólo esa idea de morir tan joven
junto al poema que escribiste
a una madre muerta.
Si pudieras ahora escucharme
sabrías que la realidad se ha transformado en lodo
y que no existe salvación en algún misterio no revelado.
Pero eso es metafísica de ingratas horas.
Sabes que tus poemas son una cortina de bruma
para no ver lo que se enciende de veras en tu imagen.
Entonces miras el mar que no es mar
sino tu despedida.
Sueñas viajar hacia la fatalidad sin promesas
con una palabra o con una mujer de palabras precisas,
y te arrojas a las heladas aguas del Sena
arrancándote el pellejo del día.
Bebo mucho, hasta que mi corazón te oscurece, escribiste.
Hablabas como entre símbolos,
cartografías secretas para los grandes descifradores,
poetas que leen santos y señas en medio del asalto
y revelan códigos en el tallo de la noche.
El tiempo aún te tiene entre sus manos.
Nadie desterrará tus sufrientes versos
escritos como voraces cuchillos.
Nadie te quitará esas razones para ser y vivir
lleno de Amapola y Memoria
de Umbral en Umbral
lanzándote a la perpetua fuga de la muerte
dueño de prisiones y de torres.
Intimidad y transparencia
Profanaron la palabra limpia,
pisotearon el verbo sagrado
Ana Ajmátova
Aquí estás, Anna Ajmátova,
toda intimidad y transparencia
como te gustaban los poemas,
misteriosos y con plenitud de abismo.
Tantos años olvidada bajo estos cielos
donde bellísimas muchachas se disputan
el honor de ser mujeres de verdugos.
Sencillamente no me dan ganas de cantar
al son de las llaves carcelarias, fue tu frase,
mientras Moscú se hundía en agua de lodo
y te humillaban con bestiales calumnias.
Buscadora de caminos,
dime ¿cuál fue tu secreto para soportar los insultos?
¿Acaso pudiste llorar a solas la muerte de tu esposo,
el suicidio de tu íntima amiga?
Horror ante el horror.
Escupieron tu rostro quemado en el Neva,
maldijeron tu casa
y la fuerza del látigo te dejó sin aliento.
¿Cómo describir la barbarie, tus lágrimas caídas
al piso ensangrentado?
Anna Ajmátova
alguien recordará el temblor de tus pechos de libélula,
la espuma del mar de Odessa,
tu voluntad de madre,
tanto dolor acumulado en pálidas mejillas.
Pero nadie te va a olvidar.
Ningún libro tuyo se pudrirá.
Ni de las calles, ni de nerviosas estrofas
se borrará tu nombre.
El tiempo desborda
Todos los enamorados
creen estar en nuestra casa
Paul Éluard
Para Nubia
Algo te debo, Paul Éluard,
y este poema es un pago a mi vieja deuda.
Porque tú existías
pude seducir a una muchacha,
verla habitar en mis ojos como un porvenir.
Igual a las que amaste
ella sólo deseaba
que tus poemas jamás se diluyeran de sus dedos,
aferrados como estaban a la daga de mis días.
Ahora lo sé y lo susurro:
el tiempo desborda, Paul Éluard.
En todas las mujeres que conozco y no conozco,
en toda nueva sensación está tu astro,
fuerza del amor que permanece,
Fénix de bondad que reclama conmigo
la presencia de esa muchacha
para que surja con su dolor más alto
y me haga soportar bajo un árbol suave
el cielo negro.
Nuestro país está cerrado
Nuestro país está cerrado, dice tu verso, Yorgos Seferis.
Lo cierran como al tuyo dos negras Simplegades,
pero más vacías de historia y de pasión.
Alguien cantaba ayer la alegría de un amor,
la despedida con un beso.
Hoy nadie lo oye.
Nuestro país está cerrado por su silencio atroz.
Alguien abrazaba en este poste un cuerpo de deseo.
Esta noche lo abraza la ausencia.
Nuestro país está cerrado de soledad.
No es la vida algo bien llamado.
¿Cómo lavar las heridas?
¿En qué fuentes, si éstas se ahogan en llagas?
Nuestro país, Seferis, también está cerrado
y no hay puerta que lo salve.
Algo y para siempre
Hemos perdido algo para siempre
Serguei Esenin
Culpable o no
pierdo todos los días algo y para siempre.
Igual a ti, Serguei Esenin,
quiero salir por los caminos,
colgarme el morral,
dejarme barba.
Pero estos caminos, Serguei, están secos
y no hay una sola hectárea en mi tierra sin un grito.
Sus silencios no son los del alivio,
sino los del espanto.
Cansada de vivir en estas nubes
la luna patalea sobre vencidos ardores.
La muerte se entierra aquí,
escarba, escarba,
se lleva toda el alma en un suspiro,
perdiendo, Serguei,
algo y para siempre.
El país más devastado
Mi corazón es el país más devastado,
escribes, Giuseppe Ungaretti,
y esas palabras rasgan la tela de mi noche.
Leo de nuevo
y ese verso calcina terribles paisajes,
me azota como un huracán.
Mi corazón es el país más devastado
y todos los muertos visitan la casa,
asaltan mi silencio.
¿Acaso alguien responde?
Cubran las hierbas nuestras huellas,
los muertos a los muertos cuenten lo que hubo.
Czesław Miłosz
La guerra aún no termina, poeta Miłosz.
En Varsovia los escombros de la catedral de San Juan
siguen arrumados bajo una cálida primavera
y las ruinas crecen en polvorientas metrópolis.
Todavía pasan nubes terribles
y tus antiguas huellas han sido cubiertas
por los más recientes pastos.
Todo está carcomido.
Desde el Vístula hasta mi patria marchita
nos abate este viento de lágrimas.
Son piedras sobre piedras edificando murallas,
exiliando la voz del corazón.
Es difícil hablar sobre lo que hemos visto.
Cinco dedos ordenan,
como antaño te ordenaron,
escribir sobre la muerte.
Nuestras palabras tocan las llagas
y dan al poeta un instante
para que nazca un nuevo mundo.
Pero acaso ¿alguien responde?
- Duro oficio de vivir, de Carlos Fajardo Fajardo
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