Una madre mira a otra
—un mar de pequeños cuerpos
quemados o decapitados
alrededor de ellas—
y pregunta
¿de qué manera lloramos esto?
Nathalie Handal, Pies pequeños.
Qué difícil, cuánto trabajito y cuánta fatiga para no tener que sacar los pies de la tierra y mantenerse aferrado a ella,
a su sentido de grieta entreabierta y dulce, sangrantemente prometedora,
y mirar al cielo a la vez; mirar a los puntos encendidos y a la oscuridad de la que nacen,
y verlos;
mirar, que es la manera más antigua que tenemos de rozar los cabellos de la diosa,
de reflejarnos en los ojos de la luna como un siniestro y misterioso hueco, y abrazar la esperanza desde su vientre mismo,
como una madre líquida que nos llora, como si fuésemos
un amasijo de carne cósmica.
Qué tormento de polvo por los pulmones y cuánta pena descosida de los días fugaces,
del azufre y el carbono en el alimento, del hidrógeno en el pan.
De la sal en la lágrima y la sangre hundida.
Qué pena de la barbaridad, del hambre quebrada y del sufrimiento agónico,
del grito desesperado de los pueblos, contados de uno en uno y de uno en uno, también,
los rostros que sólo tienen ojos
sin fondo
taladrados
por la angustia; horror por la gente masacrada en su tierra misma
bajo los restos de sus mismas casas bombardeadas, esparcidas a manotazos cilíndricos.
Qué aridez repetir el surco innombrable y reseco una y otra vez: cómo lloramos cuando ya no queda garganta,
ni un trozo de mano con un dedo colgando apenas,
para poder señalar el boquete oxidado de un pezón.
...Cinco, seis, siete, ocho.
Cuántos meses hay en un cuerpo.
Cuántas cunas en una estirpe.
Un padre camina por las calles y dice:
Esto es un niño. Esto es un niño. Esto es un niño...
Hala Alyan
Normalmente, había un vestido entre mis recuerdos. En aquella caja de zapatos donde guardaba las fotos y algunos objetos pequeños,
fósiles de la infancia reteniendo el tiempo y narrando las poses biográficas que sobresalían del olvido como un entrañable e imprescindible fardo: el pan recién tostado en la candela y la franela en un día de invierno en Lebrija;
aquellos eucaliptos sobre la playa de Punta Candor,
entre ellos aprendí a andar descalzo y a admirar la sabiduría acumulada en las pipas de calabaza;
un pequeño jersey rojo servía como vela,
todavía mantiene su tacto descolorido como de geranio tendido;
o la tierra de la calle aquella también, junto al Picobarro y sus olas
reclinándose una tras otra sobre las rocas.
Siempre había un vestido entre mis recuerdos.
En la infancia aquella de campo e inocentes secretos, inconfesables,
la función de los visillos era insinuar el contorno del pecado.
Velar siquiera el brillo redondo de unos muslos.
Prendía al trasluz el erotismo de las habitaciones y de los mínimos y ajustados dormitorios de puertas acristaladas y celosas.
Todo olía a primera vez, todo sabía a mañana, a pan con aceite y azúcar.
Mi madre me llamaba de vez en cuando para sentirme cerca, apenas la oía.
La sal juguetona por la frente. La niñez pasando, lenta, ingenua y alegremente, interminable.
Esto es un niño. Esto es un niño. Esto es un niño...
- Espectros: versiones sobre la presencia de lo ausente - lunes 26 de octubre de 2026


