
Que la vida nos va apartando poco a poco de quienes nos rodean es una de las partes más amargas del aprendizaje. Con el paso de los años, empezamos a darnos cuenta de que la lista de quienes ya no están pesa más que la de quienes siguen presentes, y sigue en esa tendencia de forma gradual. Y entonces hace su aparición una forma sucedánea de la presencia: los muertos, los distanciados, los que se fueron sin explicación, continúan habitando gestos, paisajes, palabras que se repiten sin querer. Habitando un espacio de la memoria que crece cada vez más.
En Ausencias, el español Isidro Ferrer Abizanda construye sobre ese desequilibrio siete relatos que, sin compartir personajes ni escenario, laten al mismo ritmo. Se trata de “Ivo y yo”, “La losa”, “La comida”, “La urna”, “Migraciones”, “Ebele” y “Círculos”, y el hilo que los une es una pregunta clave de la experiencia humana: qué queda de las personas, los lugares y las formas de vida cuando dejan de estar presentes. Cada una de estas historias parte de una ausencia concreta y la deja crecer hasta que ocupa toda la página. Así, la muerte ocupa un lugar central, pero lo comparte con miradas hacia el duelo, la emigración, la memoria familiar, el envejecimiento, la violencia histórica y los cambios culturales.
La formulación más íntima aparece desde “Ivo y yo”, donde una mujer evoca al hermano muerto con quien mantuvo desde la infancia una relación de extrema cercanía. El mar, la navegación, el buceo, los sueños y los animales se convierten después de la pérdida en prolongaciones de su presencia. Un poema del escritor senegalés Birago Diop que funge de epígrafe de ese primer relato ya nos adelanta parte del tema del libro: los muertos no desaparecen por completo, sino que permanecen en el agua, los árboles, el viento y las cosas.

Ausencias
Isidro Ferrer Abizanda
Narrativa
Editorial Exlibric
Antequera, Málaga (España), 2025
ISBN: 979-1387944285
202 páginas
De otro lado, una marcada atención a la materia aparece por ejemplo en “La losa”, donde un hombre aislado en una finca encuentra restos humanos bajo una piedra y comienza a experimentar sucesos cuya procedencia nunca queda plenamente determinada. ¿Está teniendo alucinaciones? ¿Se trata de verdaderos acontecimientos sobrenaturales? La narración describe con precisión el trabajo agrícola, los animales, los objetos, la violencia y los procesos corporales, pero también explora lo que hay más allá de la muerte.
El envejecimiento y la memoria familiar son los temas de “La comida”. En la casa de la abuela se celebra un cumpleaños al que asisten nietos, hijos y nueras, todos reunidos alrededor de la mesa. Un episodio nos permite atisbar el deterioro del cuerpo de la anciana —la pérdida gradual de autonomía y las relaciones de los descendientes con alguien cuya vida se aproxima al final— y luego la historia recupera su pasado: el marido muerto, la pérdida de un hijo, su progresivo distanciamiento de la religión y el regreso a la casa familiar como refugio frente a esas ausencias. Lo documental y lo espiritual se cruzan en un texto que reafirma el tono general del libro: la ausencia no borra a las personas, sino que las transforma en presencia de otro tipo, a veces física, a veces espiritual.
La eterna pregunta sobre la trascendencia aparece, bajo el registro de lo fantástico —y no sin toques de humor—, en “La urna”. Isabel conserva las cenizas de Gabriel, su marido fallecido. Dos años después, abre la urna y descubre que las cenizas no están vacías de vida: de ellas emerge el espíritu de Gabriel, convertido en un pequeño hombrecillo hecho con su propia ceniza, una réplica minúscula de sí mismo. El relato desarrolla entonces una hipótesis próxima a la ciencia ficción: Gabriel, que en vida estaba familiarizado con redes, circuitos y sistemas de energía, concibe el universo espiritual como una red gigantesca capaz de almacenar e interconectar pensamientos, sensaciones y experiencias de innumerables seres. Ferrer Abizanda traslada aquí al terreno metafísico conceptos propios de la neurología, la información y los sistemas: lo que sobrevive a un individuo no sería necesariamente una personalidad intacta, sino una acumulación de experiencias incorporadas a una estructura mayor.
El drama del desplazamiento forzoso le servirá al autor para trazar un paralelismo con los vínculos que se rompen y vuelven a construirse (o quizás no). En “Migraciones”, Kawakuga y Manu —dos hermanos que han crecido en una comunidad rural en Volta, Ghana— deciden partir para escapar de las dificultades económicas. Pasan por Accra y Ashanti y finalmente emprenden una ruta que los conduce a Senegal y al océano Atlántico para intentar llegar a Canarias. El camino será una secuencia de vivencias, oficios y relaciones, en un relato que además nos recuerda cómo la emigración tiene dos caras: quien emigra pierde una parte de sí con el mundo que deja atrás, pero para quienes se quedan el emigrado es también una forma de ausente.
“Ebele” lleva esta perspectiva a una escala todavía mayor. La historia recorre varias generaciones de una familia nigeriana y se proyecta hacia un futuro en el que la inteligencia artificial modifica la educación, las humanidades y la vida cotidiana, mientras Nigeria atraviesa transformaciones políticas profundas y el delta del Níger intenta recuperarse de décadas de explotación petrolera. En ese marco se casan Carla y Amara, quienes adoptan a Ebele Chinyere, la niña que da título al relato. Esto adquiere un peso particular dentro de un libro atravesado por pérdidas: frente a las pérdidas, las separaciones y las familias quebradas que recorren el libro, aparece la posibilidad de construir parentescos nuevos.
El último relato, “Círculos”, retoma África desde Sierra Leona y sigue principalmente las trayectorias de Kumbah y Baptiste Willems. La vida de Kumbah está determinada desde adolescente por la guerra civil: ella presencia el asesinato de miembros de su familia, es violada y termina formando parte de la enorme población desplazada hacia Freetown. Años después intenta escapar de la miseria haciendo creer al funcionario europeo Baptiste que él es el padre del hijo que espera. Baptiste descubre mediante una prueba genética que no lo es y rompe con aquel mundo; sólo posteriormente comprende la desigualdad radical existente entre su situación y la de Kumbah, y entiende sus actos como resultado de una lucha extrema por sobrevivir. La circularidad en este texto no supone una repetición idéntica, sino el retorno de situaciones, recuerdos y preguntas que nunca quedaron completamente cerrados.
Ausencias no es una lectura que se recorra con prisa ni que ofrezca respuestas cómodas; exige del lector la misma disposición contemplativa con que está escrito.
Ferrer Abizanda urde sus historias combinando narración y exposición documental. Suele detenerse para explicar procedimientos médicos, técnicas agrícolas, rutas migratorias, sistemas educativos, costumbres religiosas, enfermedades, especies animales, acontecimientos históricos o procesos tecnológicos, pero también es pródigo en lo sensorial: olores de tierra, sangre, animales, petróleo o incienso; sonidos de tambores, aves y motores; cambios de luz, temperatura y textura.
Ausencias no es una lectura que se recorra con prisa ni que ofrezca respuestas cómodas; exige del lector la misma disposición contemplativa con que está escrito. Quien busque en él una trama convencional se encontrará, en cambio, con algo más difícil de conseguir: una prosa capaz de convertir la pérdida en materia literaria sin caer en el sentimentalismo ni en la abstracción vacía. Es, sobre todo, un libro que recompensa la relectura, porque cada una de sus historias sigue trabajando en la memoria del lector mucho después de haber cerrado la última página.
Isidro Ferrer Abizanda (Barcelona, 1951) es doctor en Medicina, especialista en Neuropatología y profesor emérito de la Universidad de Barcelona, donde desarrolló durante décadas su labor docente, clínica e investigadora, buena parte de ella en el Hospital Universitario de Bellvitge y en diversos centros de investigación biomédica. Su trabajo científico se centró en las enfermedades neurodegenerativas —Alzheimer, Parkinson, demencias— y en los procesos del envejecimiento cerebral, campo en el que cuenta con una extensa producción y participación en obras de referencia. A esa trayectoria científica suma un interés constante por la historia, la filosofía y el arte, inquietudes que en Ausencias, su incursión en la narrativa, se traducen en una mirada tan atenta a la fragilidad de la memoria como lo fue, durante años, su mirada clínica sobre la fragilidad del cerebro.
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