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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Literatura, ¿una fuente de discordia?

• Lunes 12 de noviembre de 2018
Salman Rushdie
Salman Rushdie muy seguramente no se esperaba que, al poco tiempo de haber sido publicada su novela Los versos satánicos, fuese censurada por los gobiernos de India, Arabia Saudí, Egipto y Somalia, entre otros.

Introducción

El 24 de marzo de 1551, la Inquisición española, pocos años después de la difusión europea de la reforma protestante, emitió el primer índice de libros prohibidos en latín, denominado Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum. El objetivo fundamental de la publicación era frenar la proliferación de libros herejes en su territorio, pues la difusión del protestantismo y el luteranismo era indiscutible. Así, se consideró que los libros allí estipulados yacían como un atentado a la fe cristiana, razón por la cual debían ser invisibilizados. Su reedición y publicación se mantuvo, gracias a los esfuerzos de la Iglesia, hasta 1966, cuando el papa Pablo VI, luego del concilio Vaticano II, ordenase su abolición.

Así como en el pasado y el presente, el futuro de la literatura no es alentador. Si bien los supuestos distan de convertirse en realidades, las posibilidades nunca pueden descartarse.

A pesar de que desde hace algunos años no se estipula un índice de libros censurados, a través de los años tal práctica, mediante diversas fórmulas, ha sido recurrente. Tal es el caso de América Latina, en donde las dictaduras militares, en diáfana manifestación de su poderío, entre otras prácticas desdeñables, quemaron algunos libros. La casa de Pablo Neruda, poeta chileno, fue saqueada mientras los libros que contenía se hacían cenizas en las llamas nocturnas. En Perú, oficiales del Colegio Militar Leoncio Prado dieron pie a la deflagración de algunos de los ejemplares de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, al considerarlo un texto que calumniaba a la institución. A estos casos se suma la censura que sufrieron otras obras como Lolita, de Vladimir Nabokov, al ser estimada como pornográfica, sucia y un insulto a la moral; Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que según la Suprema Corte de Pensilvania era un “hoyo de putrefacción, una reunión resbalosa de todo lo que está podrido en el fondo de la depravación humana” y, por último, entre muchos otros, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, que afectó gran parte de la población por sus contundentes descripciones de la extrema pobreza que azotó a una familia estadounidense luego de la Gran Depresión.

Ya recién estrenado el siglo XXI, el albor de las llamas no se hizo esperar. El presidente de Estados Unidos, George Bush, al tiempo que ordenaba la guerra en y contra Irak, veía indiferente cómo ardía la cultura del país con la destrucción casi total de la Biblioteca Nacional y el Archivo Nacional producto del deseo bélico encarnado por tal superpotencia hegemónica.

Así como en el pasado y el presente, el futuro de la literatura no es alentador. Si bien los supuestos distan de convertirse en realidades, las posibilidades nunca pueden descartarse. Hablamos entonces de las famosas distopías literarias que, si bien fueron publicadas en el pasado, plasman el cementerio como el destino de los libros. Tal es el caso de Ray Bradbury, uno de los más distinguidos autores de ficción quien, a través de su obra, en específico Fahrenheit 451 —libro publicado en 1953—, presenta el angustiante papel que los libros tendrán que jugar en el futuro, la hoguera dispuesta por los bomberos quienes, contrario a lo que acostumbran en el presente —apagar incendios—, se dedican a provocarlos. ¿Por qué son quemados los textos? Si bien no hay una respuesta para Montag, el protagonista de aquel libro, sí hay algunas reflexiones que se permite hacer.

Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.

No hacen falta ejemplos o muestras claras del peligro que representan los textos para las fuerzas hegemónicas que han colmado, colman y muy seguramente colmarán el mundo. Ahora bien, la repercusión literaria en cada caso es diversa. Si bien la Iglesia cristiana católica buscó limitar el valor literario y revolucionario de las obras en tanto atentaban contra la fe, el motivo de las dictaduras para decomisar y prohibir libros fue imposibilitar a la sociedad la crítica que podía haber encarnado la forma arbitraria del ejercicio del poder efectuada desde el gobierno.

No obstante, para el presente escrito resulta fundamental remitirse a un caso particular acaecido a finales del siglo XX, algunos años antes de la efervescencia que causó la caída del muro de Berlín y de la postulación por parte de Mijaíl Gorbachov de las políticas de apertura política y económica en la ex Unión Soviética —URSS—, la Perestroika y la Glasnost. Se refiere entonces a la expedición de una sentencia de muerte por parte del Ayatola Jomeini en contra del escritor hindú Salman Rushdie debido a la publicación de la novela Los versos satánicos en septiembre de 1988.

Analizaremos, entonces, el fenómeno de violencia desplegado por el Ayatola Jomeini en contra de Rushdie. Para tal fin, en primer lugar, se efectuará una breve contextualización de lo acaecido desde 1988 para posteriormente analizar, en contrapartida al islam como religión, el fenómeno del islamismo encarnado, a la hora de emitir la sentencia de muerte contra Rushdie, por el líder religioso y político iraní Ruhollah Jomeini.

 

Hasta 1998 Salman Rushdie vivió en la clandestinidad, tiempo en el cual hasta se hizo pasar por musulmán para que la fetua fuese revocada.

A manera de contexto

Septiembre de 1988 fue un mes fructífero para la literatura. Mientras en Birmania y en Haití se perpetraban el mismo día golpes de Estado a los gobiernos de turno, en Inglaterra el escritor hindú nacionalizado inglés Salman Rushdie publicaba una de las obras más importantes para la literatura universal, Los versos satánicos. A pesar del gran interés que causó la novela a lo largo del mundo, muy seguramente el escritor hindú no se esperaba que, al poco tiempo de haber sido publicada, el texto fuese censurado por los gobiernos de India, Arabia Saudí, Egipto y Somalia, entre otros. Mucho menos era de esperarse, como ocurrió algunos meses después, el 14 de febrero de 1989 para ser específico, que el Ayatola Jomeini, supremo líder religioso iraní, expidiera una fetua —decisión jurídica islámica— mediante la cual, por la publicación del libro, se condenaba a muerte a Rushdie y se instaba a la población musulmana en el mundo a ejecutar a cualquier persona que se relacionara con la publicación del libro. Decía la proclamación islámica:

Quiero informar a los musulmanes dignos del mundo de que el autor del libro titulado Los versos satánicos, que ha sido compilado, impreso y publicado en oposición al islam, al profeta y al Corán, así como todos cuantos hayan participado en su publicación teniendo conocimiento de su contenido, han sido declarados madhur el dam [“aquellos cuya sangre debe ser derramada”]. Hago un llamamiento a todos los musulmanes celosos para que los ejecuten, dondequiera que los encuentren, a fin de que nadie se atreva a insultar de nuevo al islam.1

Tras la sentencia en contra de Rushdie, un magnate iraní ofreció la recompensa de 3 millones de dólares estadounidenses, duplicada tiempo después, para quien la materializara. Ante tales circunstancias, el escritor pasó a la clandestinidad, siendo protegido por el gobierno inglés, que le brindó asistencia policial, un Jaguar blindado y una peluca (paradoja estimulante) pero no un refugio, pues ello dependía del escritor. Asimismo, se vio en la necesidad de adoptar un seudónimo. Eligió Joseph Anton por, según cuenta en su novela autobiográfica, Joseph Conrad y Anton Chejov, sus escritores favoritos.

Hasta 1998 Salman Rushdie vivió en la clandestinidad, tiempo en el cual hasta se hizo pasar por musulmán para que la fetua fuese revocada. Luego volvió a la vida previa a la sentencia. La razón de tal cambio derivó del acuerdo entre los gobiernos iraní e inglés para normalizar relaciones y, a pesar de que hoy día el pronunciamiento del Ayatola Jomeini sigue en firme, pues el único que la puede revocar es quien la profirió, Irán ya no busca su ejecución.

Ahora bien, muy a pesar de que hoy día el escritor inglés sale constantemente a la luz pública y es celebrado mundialmente por la calidad de sus libros, que sin duda alguna han pasado a la historia de la literatura, la fetua que en su momento el Ayatola Jomeini profirió demostró la posibilidad de un libro para generar violencia.

 

Los versos satánicos y la violencia

Poco después de la publicación del libro, la proclamación de la fetua no fue en vano. En 1991, Hitoshi Igarashi, de 44 años, quien tradujese al japonés el libro, fue apuñalado en el rostro y en los brazos en la universidad donde era becario, lo cual le causó la muerte instantánea. Meses antes de tal suceso, en Milán, el traductor del libro al italiano, Ettore Capriolo, fue atacado por un desconocido armado con un cuchillo causándole algunas heridas en la cara y la nuca. Dos años después, en 1993, fue baleado fuera de su casa en Oslo William Nygaard, editor noruego de la obra quien, luego de algún tiempo en el hospital, logró recuperarse. Por último, treinta y siete personas que asistían a una charla con el traductor y editor de la obra al turco Aziz Nesin, fallecieron a causa del incendio al hotel en que se hacía la presentación.

Dadas las consecuencias violentas que se consumaron tras la expedición de la sentencia de muerte en contra de Rushdie y de quienes tuviesen que ver con la publicación o difusión de Los versos satánicos, salta la duda de hasta qué punto los actos de barbarie cometidos en razón a la fetua se justifican con el islam, la defensa del profeta Mahoma y el Corán.

Muy someramente, Los versos satánicos narra la historia de Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, personajes principales de la obra cuyas vidas, luego de un accidente aéreo, cambian drásticamente. Así como en Cien años de soledad el último de los Buendía nace con una cola de cerdo, en Los versos satánicos Chamcha, luego del accidente aéreo, desarrolla garras y cuernos, asemejándose al diablo, y Farishta desarrolla cierta aura celestial que lo asimila al ángel Gabriel (intermediario entre Alá y Mahoma para la composición del Corán). Desde tal momento la vida de los dos personajes se hace distinta.

El principal síntoma que los analistas han encontrado en Los versos satánicos y que hubiese engendrado la furia del Ayatola Jomeini, es la degradación que, en algunos apartes de la obra, se hace de Mahoma. Sin embargo, con tan sólo el título de la obra se refleja la alusión al islam. Los versos satánicos formaron parte, durante años, del contenido legítimo del Corán. Según se cuenta, el ángel Gabriel solicitó a Mahoma la inclusión de tres deidades femeninas paganas consideradas hijas de Dios. Sin embargo, tiempo después, el ángel negó haber dictado tales versos, haciendo que Mahoma se retractara públicamente. Luego de tal retractación, a esos versos se les atribuyó la calidad de satánicos.

El fenómeno de violencia contra Rushdie a raíz del libro tiene diversas variantes derivadas, primordialmente, de la ambivalencia entre islam, sus corrientes, e islamismo.

A través de la lectura generalizada del texto, se encuentran otras alusiones al islam. Sin entrar en el detalle, Rushdie deriva sus dos personajes principales, Farishta y Chamcha, del Corán, como lo son el ángel Gabriel y el diablo, respectivamente. Mahound, término cristiano usado en el medioevo para referirse despectivamente al profeta del islam, es otro personaje del texto, y así con muchos otros personajes y episodios del libro.

A pesar de la diáfana alusión al islam, el autor indoeuropeo en una entrevista postuló que el texto “no está hecho para plantear reglas sino preguntas”.2 Según este y según, incluso, la crítica, la novela se hizo para replantear la duda como síntoma de reacción contra las ortodoxias rígidas,3 la incertidumbre ante fenómenos desafortunados que avasallan cada rincón del mundo, como lo es la situación de los migrantes, claramente postulada al inicio del texto, y la exclusión social que entrevén en los países a donde llegan.4 En últimas, se ha definido la temática del libro en términos de identidad, su pérdida y su búsqueda.

A partir de la base anterior, el fenómeno de violencia contra Rushdie a raíz del libro tiene diversas variantes derivadas, primordialmente, de la ambivalencia entre islam, sus corrientes, e islamismo, la cual pasaremos a analizar.

 

La indiferencia islámica

La fetua fue proclamada por Ruhollah Musaví Jomeini, conocido en Irán como Imán Jomeini y en Occidente como Ayatolá Jomeini. Fue líder de la revolución que derrocó al Sha Reza Pahlevi en 1979, estableciendo un régimen islámico. Los motivos para efectuar la rebeldía en contra del Sha no eran, según su criterio, banales. La occidentalización de Irán y el intervencionismo estadounidense en el país del Medio Oriente se forjaban como criterios que afianzaban la pérdida de identidad iraní y propiciaban la apertura a la fórmula capitalista occidental, siendo despojados en consecuencia de la religión del islam.

¿Tiene algo que ver con la sanción a Rushdie, el referéndum aprobado en diciembre de 1979 por medio del cual se proclamaba a Irán como una república islámica y no un país cuya religión oficial era el islam? Si los postulados chiíes originarios, de los cuales es partidario el Ayatola Iraní, destacan por su carácter pacífico, negando cualquier forma de opresión y enalteciendo la tolerancia de minorías religiosas distintas al mismo islam, ¿cómo poder justificar el uso de la violencia en contra del autor de Los versos satánicos y todos quienes se relacionan con el texto?

De conformidad con lo esbozado por los expertos, el islam como religión ha de desvincularse del pueblo, del Estado o de una política determinada en tanto su conjunción y posible subordinación con esta última llevaría al fenómeno del islamismo, el cual politiza y reduce el sentido del Corán.5 Así, cualquier indicador que permita vincular la política con la religión deriva en una radicalización de la religión. Por tal, podría deslindarse en primer lugar que la fetua emitida por el Ayatola Jomeini es un claro síntoma de islamismo, pues este es el líder supremo iraní en temas no sólo religiosos sino incluso políticos.

De igual forma, resulta paradójico que la corriente chiita sea por la cual se inclina el supremo líder. Como se refirió con anterioridad, ¿en qué términos podría justificarse la ofensa y la represión hacia el escritor desde una corriente que se funda en el pacifismo y la no represión?

La razón, somera en principio, y que podría justificarse más a fondo, radicaría en el resentimiento a Occidente que aún se mantiene en el albor revolucionario del Ayatolá Jomeini. Desde esta óptica, habría de remitirse a los móviles que sirvieron de catapulta para la revolución en contra del Sha y que aún para 1988 se vislumbraban, como lo serían la occidentalización de Oriente, la imposición de una cultura occidental y la pérdida de la identidad cultural y religiosa. De tal forma que, en virtud de los motivos imperialistas, se encontraba legítimo efectuar una guerra defensiva6 que impidiera que el mundo de Occidente se impusiera sobre los valores del islam.

En efecto, la interpretación de Los versos satánicos como una ofensa dogmática y religiosa en contra del Corán podría eventualmente ser vista por el Ayatolá como un cuestionamiento a la religión y, con ello, como una forma de redención tras el ideal erróneo que Occidente plantease respecto del islam. De aquella forma, el líder supremo iraní habría, presumiblemente, justificado el acto de violencia y opresión que, aun contra los ideales chiitas, efectuó en contra de la obra y de su escritor.

Por último, resulta fundamental analizar muy someramente la clase de líder que encarna el Ayatolá Jomeini quien, a pesar de ser chiita, desde sus inicios ha expuesto una política de represión y ultrajes.

A pesar de que resulten en principio infundadas las acciones violentas que en virtud del islam se efectúen, las mismas siempre encontrarán una interpretación que, al reducir el sentido pacífico y humanista del Corán, las legitime.

Jomeini nunca ostentó la presidencia de la República Iraní, sin embargo, gobernó tras el velo de un consejo que servía a sus intereses. Fue así que, desde su manto de poder, ordenó la ejecución de seiscientas personas que, presuntamente, no estaban en favor de la revolución que emprendió. Allí, en la cúspide del Estado iraní, impuso la primera teocracia del siglo XX.7 Pero los actos vandálicos que emprendió no se limitaron a masacrar a su propio pueblo. Su premura por despojar los vestigios que aún quedaban de Occidente tras la revolución se hizo efectiva en noviembre de 1979. La llamada “crisis de los rehenes”, documentada por Mark Bowden en el texto Huéspedes del Ayatolá: la crisis de los rehenes en Teherán, evidencia la situación de 66 rehenes de la embajada estadounidense en Irán, secuestrados por un grupo de revolucionarios iraníes durante 444 días. Por último, a la lista de actos violentos que derivan del Ayatolá Jomeini se suma la ejecución de más de 1.500 opositores a su régimen y la inflexibilidad en contra de las mujeres, quienes eran encarceladas por mostrar el pelo al público y lapidadas en caso de ser adúlteras.

Lo anterior es muestra fehaciente de que lo benévolo de una corriente religiosa no basta para ser indiferente ante los actos maléficos de quienes dicen seguirla. La continua ejecución de actos hostiles y de violencia del supremo líder iraní permiten entrever que el vínculo que se presenta entre la religión del islam y la política, tal como lo dice el profesor Ballesteros en su texto Repensar la paz, dan paso al islamismo como enfermedad del islam, lo cual sucede independientemente de la corriente religiosa que se siga. Y a pesar de que resulten en principio infundadas las acciones violentas que en virtud del islam se efectúen, las mismas siempre encontrarán una interpretación que, al reducir el sentido pacífico y humanista del Corán, las legitime, como lo fue la sentencia de muerte en contra de Rushdie.

Si bien, como lo dice Huntington en su libro Choque de civilizaciones, el islam no es el responsable del conflicto entre Oriente y Occidente, el vínculo inescindible que ha hecho con la política ha engendrado una fuente de discordia y violencia con los derechos humanos y la democracia, que en último término coaccionó al autor indoeuropeo a vivir en la clandestinidad y con la zozobra de que su vida, en razón del fanatismo exacerbado de Oriente, corría peligro.

David Andrés Iregui Delgado

David Andrés Iregui Delgado

Ensayista colombiano (Bogotá, 1992). Abogado de la Universidad Nacional de Colombia con estudios de Maestría en Derechos Humanos, paz y desarrollo sostenible en la Universidad de Valencia, España. Actualmente cursa la especialización de Creación Narrativa en la Universidad Central, en la ciudad de Bogotá.
David Andrés Iregui Delgado

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Notas

  1. P. Watson, La edad de la nada, Barcelona, Editorial Crítica, 2014.
  2. Entrevista de Peter Kadziz a Salman Rushdie.
  3. E. Trava en Revista Replicante, “Los versos satánicos. Algunas púas intertextuales”, 12 de septiembre de 2010.
  4. Ídem.
  5. J. Ballesteros. Repensar la paz, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, SA, 2005, p. 73.
  6. Ibíd., pág. 83.
  7. “Jomeini, el ayatolá de Irán que se enfrentó al sha, a EEUU y a Sadam Hussein”.