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El lenguaje es la esencia del ser. La vocación de nombrar

lunes 22 de abril de 2019
La Torre de Babel (circa 1563), por Pieter Brueghel el Viejo
El desarrollo o la decadencia de los pueblos se refleja en la riqueza o en la pobreza de su lenguaje. La Torre de Babel (circa 1563), por Pieter Brueghel el Viejo

Nota del editor

El 9 de julio de 2018, la escritora venezolana Carmen Cristina Wolf se incorporó a la Academia Venezolana de la Lengua como miembro correspondiente por el estado Miranda. Hoy presentamos la primera parte de su discurso de incorporación, sobre el papel del lenguaje en la definición del ser humano.

Distinguidos miembros de la Academia Venezolana de la Lengua:

Tengo muy presente que ustedes preservan el tesoro más preciado de la humanidad, el Lenguaje, que desde tiempo inmemorial nos ha permitido nombrar las cosas y expresar nuestro pensamiento. Los seres humanos no tenemos otro apoyo ni otro refugio más que el lenguaje y el amor. Nos vamos haciendo, crecemos y nos construimos a través de lo que pensamos, decimos y creamos. Y el pensamiento es lenguaje. Es un magnífico reto damos a la tarea de cultivar nuestro propio lenguaje, es decir, nuestro mundo. Ahondar en el ser del lenguaje nos permite encontrar caminos y avizorar horizontes para encarar el peor de los males de este mundo: la pérdida de sentido de nuestra propia existencia.

Toda frase construye un mundo de significados y genera acciones constructivas, éticas o perversas.

Hablar sobre la importancia del lenguaje es como constatar que el sol sale todos los días, pero con frecuencia es necesario insistir sobre lo evidente. Leer, escribir, es algo tan común que se pierde la percepción del carácter extraordinario del lenguaje. Octavio Paz escribió que cuando las palabras se desvirtúan y sus significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también se vuelve inseguro, Por eso es tan importante reflexionar sobre el lenguaje, sobre los idiomas y su evolución.

Es esencial la labor de investigación y preservación del lenguaje que ustedes realizan, señores miembros de la Academia. De allí la gratitud que les debemos.

Uno de los libros más interesantes que me acompañan en el viaje por estos rumbos es Ontología del lenguaje, de Rafael Echeverría (Dolmen Ediciones). Parece una exageración, pero identificar y ahondar en los actos lingüísticos básicos, tales como decir sí o no, las declaraciones, afirmaciones, juicios, ofrecimientos, peticiones y promesas, en fin, todo lo que expresamos y callamos a cada instante, puede ser vital para entender un poco más nuestro universo personal y desplazarnos del desconcierto a la comprensión.

No hay palabras inocentes que caigan en saco roto. Toda frase construye un mundo de significados y genera acciones constructivas, éticas o perversas. Uno de los secretos del buen empleo de la teoría de la argumentación es saber guardar silencio cuando es menester. Es preferible hablar menos y reflexionar más sobre lo que pensamos y decimos. Este ejercicio puede convertirse en un juego inteligente, en un arte placentero. Ya la vida está muy enredada últimamente y las relaciones entre los pueblos mejoran o se deterioran en gran parte por las declaraciones de sus gobernantes y jefes de las comunidades.

El desarrollo o la decadencia de los pueblos se refleja en la riqueza o en la pobreza de su lenguaje, porque el lenguaje implica nuestra visión del mundo. Somos de acuerdo a como pensamos y hablamos. Todo fenómeno social es siempre un fenómeno lingüístico. Nosotros cortamos en pedazos el mundo, lo organizamos, lo conceptualizamos. Por ejemplo, cuando se habla de esencia y substancia, del ser y el ente, estas palabras están impregnadas de una visión que propusieron los griegos. Cuando nombramos los vocablos alma y cuerpo, estamos dejando sentado que existe una clara delimitación entre dos componentes del ser humano, uno visible, tangible, transitorio, el otro intangible e inmortal. Otra manera de entender la naturaleza humana diría que no existe esta división entre alma y cuerpo, simplemente son estados distintos de energía y de conciencia. Sólo mencionar estas palabras representa la adopción de un sistema de pensamiento religioso o filosófico.

Un líder que posea un lenguaje constreñido a una ideología excluyente y pretenda ignorar las otras visiones del mundo empobrece al pueblo, porque pretenderá encasillar a la sociedad en su visión, despreciando la riqueza y diversidad de otras formas de ver la vida y condena al resto de los ciudadanos que no piensan como él.

¿No es sorprendente que las grandes transformaciones de la sociedad se inicien con palabras? El poeta alemán Hölderlin escribió: “Al hombre se le ha dado el más peligroso de todos los bienes, el lenguaje, para que atestigüe lo que es”. El lenguaje está al servicio del albedrío del ser humano, para manifestar lo mejor de nosotros mismos y también para generar confusión y sufrimiento.

El lenguaje cobra su mayor fuerza expresiva cuando está sustentado en el ritmo.

Hace mucho tiempo que en Venezuela los maestros dejaron de estudiar teoría de la argumentación. La nueva lingüística reivindica la retórica, expresarse con eficacia y con ética. Retórica no consiste en adornar las frases con vocablos extraños, no es un simple artificio literario y mucho menos pretender engañar a los otros mediante la persuasión. La retórica es una disciplina indispensable para transformar a la sociedad. Así como un cuchillo se utiliza para partir el pan y mondar una naranja, también puede ser empleada para herir. Es por eso que saber retórica debe ir indisolublemente unido a la ética. Es un daño irreparable privar a los maestros de su arma principal: la teoría de la argumentación, el arte de la expresión persuasiva.

¿Cómo vamos a inflamar los corazones de los jóvenes de valores éticos, de ideales, cómo vamos a convencerlos de tener fe en ellos mismos y deseo de hacer las cosas bien, si los maestros no conocen el arte de convencer porque carecen de los recursos de la retórica? La debilidad de nuestra nación se inicia en las aulas de clase.

 

Aproximación al poema. La seducción del ritmo

El lenguaje cobra su mayor fuerza expresiva cuando está sustentado en el ritmo. El universo está inmerso en el ritmo. El ritmo rige el crecimiento de todo cuanto existe, de los hombres y de los imperios, de las cosechas y de las instituciones. El ritmo nos atrae porque desde el vientre materno vivimos en los latidos del corazón de nuestra madre. Al nacer nos mecen y nos cantan tonadas que repiten sus estribillos una y otra vez: “Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan (…) los de rique, alfeñique, los de roque, alfondoque, riqui, rique, riqui ran (…)”.

El ritmo produce el placer de la espera, el placer de la realización y del recuerdo. El poeta siente el ritmo de sus pensamientos, de los sucesos, de los sentimientos. Se ha hablado mucho del ritmo interior del poema. Ese ritmo interior tiene que revelarse en intensidades, acentos, entonaciones, pausas, ritmo.

Todo lo que pensamos y sentimos, lo imaginario y lo real, puede ser transformado en poema. Una vez escrito, el poema es propiedad de quien lo haga suyo, no de quien lo escribió. Berkeley decía que el sabor de la manzana no está en la manzana, sino en el encuentro de la manzana con el paladar, así el ser del poema está en el encuentro entre el poema y el ser humano que lo lee o lo escucha. El poema sólo existe a medias cuando no es leído. Y cuando el poeta dice que a él no le importa si lo leen o no, me permito dudar de su sinceridad, porque no hay nada más gratificante que encontrar a alguien conmovido con un verso escrito por nosotros.

Sin pretender buscar imposibles definiciones, recuerdo a Octavio Paz cuando dice que el poema es una obra única, insustituible, es una unidad autosuficiente que empieza y termina en sí misma. Pedro Salinas decía que la poesía es encontrar la esencia de la realidad. Antonio Machado escribió que era la palabra esencial, y Leopold Sedar escribió que la poesía trata de expresar el misterio. La poesía no tiene valor de cambio ni utilidad tangible. No es fácil poner a las palabras a decir lo que el poeta quiere que digan. Él libera las palabras de la conversación y vuelve a reunirlas en su condición de amigas, gracias a las frases: sonido-silencio, sonido-silencio y así.

Un poema que es un verdadero poema nos acelera el pulso. Puede hacernos sentir asombro, admiración, ternura, rabia, espanto, alegría, dolor, nostalgia. Pero jamás nos dejará indiferentes. El poema es una confesión de fe: el poeta puede o no creer en Dios, puede amar la vida o aborrecerla, creer que el ser humano es bueno, o malo, o ambas cosas, no creer absolutamente en nada. Aun así, el poema es una confesión de fe.

Se aprende a escribir y es el fruto de una larga paciencia y de un intenso trabajo. Dice García Lorca: “Si es que soy poeta por la gracia de Dios, o del demonio, también lo es que lo soy gracias a la técnica y al esfuerzo”.

Infancia significa confiar. Los niños confían en el mundo que los rodea. Creen en lo que les decimos. Pero el tiempo pasa por nosotros y sobrevienen los temores, las dudas. El mundo es contradictorio y las personas también. Somos justos a veces, otras veces somos injustos. Somos generosos y egoístas. Llevados por corrientes encontradas, a través de un río entre luz y sombras que no elegimos. Ello produce un desasosiego y quisiéramos navegar siempre por el lado luminoso de las aguas.

La vida de los pueblos y su evolución se refleja y revela en el lenguaje.

Se puede abordar la existencia de diversas formas, tantas como personas hay en este mundo. Pero en esencia, podría decirse que una manera es el descreimiento de todo, la amargura, el desaliento. Nos convertimos en seres quejumbrosos, perdemos la capacidad de admirar el misterio que es la vida. La otra consiste en plantarse en este mundo con admiración y asombro, amarlo, imaginarlo diferente, buscar aquello que ES auténtico en nosotros, buscar el ser que sostiene todo cuanto existe. La poesía son visiones del mundo y un lenguaje que lo transforma. Es un cordel lanzado al caminante para que se siente un rato a dialogar con el poeta y consigo mismo.

El lenguaje es el don más grande que se le ha dado al ser humano. La poesía es un encuentro con el ser más íntimo, es un puente tendido al otro, una invitación al diálogo y a la comunión. Nombrar significa, en un primer momento, intentar la representación de las cosas. Las palabras tienen el poder de recrear los objetos con verdadera eficacia.

La vida de los pueblos y su evolución se refleja y revela en el lenguaje. Por ello los hombres que han alcanzado cierto grado de sabiduría le dan tanta importancia al lenguaje. En el Libro XIII de los Anales quedó escrito que le preguntaron a Confucio: “Si el duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El maestro dijo: ‘La reforma del lenguaje. No sabemos donde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro’”.

Imaginemos que los vocablos “libertad, verdad, justicia, paz”, valores sobre los cuales se asienta nuestra existencia, cambiasen sustancialmente de significado, bien sea por un desgaste en su significación, por el mal uso que se haga de ellos, bien sea porque las ideologías pretendan alterar su esencia para sus propios fines. Los fundamentos de la sociedad se verán afectados en lo más profundo.

Verbigracia, la palabra amor en algunas épocas se agota. Un gobernante que constantemente dice “amar” a su pueblo, y su conducta avergüenza a los gobernados, por estar reñida con la ética y el bien común, producirá en la gente desconfianza e indiferencia. La palabra amor irá siendo cada vez menos utilizada.

El término igualdad ha sido invocado como bandera por los sistemas políticos. Es una aberración pretender que todos los seres humanos seamos iguales. Seríamos copias al carbón unos de otros y perderíamos lo más valioso y sagrado, aquello que es esencial a la naturaleza humana: la libertad. Otra cosa es la igualdad de derechos y deberes, la igualdad de todos los hombres ante la ley y en el respeto a la dignidad.

En conclusión, el ser del hombre se funda en el lenguaje. No hay peor tragedia para un pueblo que perder el verdadero significado de las palabras y atender a un lenguaje desvirtuado por causa de las ideologías, porque su visión del mundo se empobrece. Es como vivir aislados de la infinitud del universo.

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