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¿En qué momento se había jodido el Perú?
A cincuenta años de Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa

lunes 15 de julio de 2019
Mario Vargas Llosa y Patricia Llosa Urquidi
Mario Vargas Llosa con su esposa Patricia Llosa Urquidi en La Catedral, el bar limeño retratado en la novela Conversación en La Catedral, publicada en 1969, año en que se tomó la fotografía. Fotografía: Félix Nakamura
A Mario Vargas Llosa

El objetivo de este artículo es reflexionar sobre la pregunta existencial del personaje central de la novela Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, a cincuenta años de su publicación. Santiago Zavala, valga recalcar el alter ego de su creador, se pregunta angustiado: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Reflexionaremos en torno a esta pregunta existencial a la luz de dos diálogos de Platón: “Eutifrón” y “Critón”, y teniendo, además, como segundo trasfondo filosófico, los postulados existencialistas planteados por Jean-Paul Sartre en su ensayo L’Existentialisme est un Humanisme.

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Con esta pregunta, Santiago quiere entender lo que pasó en su país, y en su vida en particular, para que todos los caminos estén cerrados.

Conversación en La Catedral (1969) es una novela totalizante que nos presenta un mundo vasto y complejo donde diversas historias se tejen y enmarañan brindándonos un fresco de la política y la sociedad peruana de los años cincuenta. Esta etapa de la historia del Perú estaba teñida por la corrupción política que trajo consigo la dictadura de Odría con su mano negra: Cayo Bermúdez (que en la realidad histórica era Manuel Esparza Zañartu, el hombre de confianza del general Odría). Esta corrupción anclada en la estructura de la sociedad peruana estaba totalmente generalizada y la novela mostrará bien cómo los efectos de la corrupción política, económica, moral y social afectan al pueblo peruano generándole una inmensa y cansina frustración. Es particularmente conmovedor lo que ocurre con Santiago Zavala, en cuanto promesa malograda, en tanto joven de clase media alta con muchas posibilidades para surgir y ser feliz en la vida. Vemos en la novela que la rebeldía frente a su familia y clase social no es suficiente acicate para permitirle encontrar su proprio camino y disfrutar del destino de perfil bajo que ha elegido para su vida. En este sentido, Conversación en La Catedral sería lo opuesto a la novela de aprendizaje o de formación, la Bildungsroman, porque Santiago Zavala traza con sus decisiones, y sobre todo con sus acciones, una hoja de ruta hacia su inevitable fracaso, para finalmente quedarse inmerso en el pantanoso territorio del desconcierto, no exento de profunda nostalgia por un futuro que nunca podrá ser, y por un pasado que auguraba promesas que jamás se plasmaron en la cotidiana realidad. Desde esa nostalgia y desconcierto Santiago se pregunta abrumado y estupefacto: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Con esta pregunta, Santiago quiere entender lo que pasó en su país, y en su vida en particular, para que todos los caminos estén cerrados, para que no sea posible —nunca más—vislumbrar un futuro luminoso, para que la derrota circunde y se instale en todos los actos y circunstancias de su vida. Santiago se sabe una marioneta perdida en el concierto de la vida, un barquito desamparado y sin brújula a la deriva de las tormentas políticas y sociales resultantes de la corrupción en el ochenio de Odría.

En el diálogo aporético “Eutifrón”, escrito un año antes de la muerte de Sócrates, éste filosofa acerca de la compasión y la piedad. Sócrates se encuentra en el juzgado con Eutifrón y cada cual explica sus razones para estar ahí. Sócrates ha sido acusado de corromper a los jóvenes con sus ideas filosóficas y Eutifrón ha acusado a su padre de haber cometido homicidio por negligencia al haber dejado morir a uno de sus empleados que era un asesino. Eutifrón y Sócrates dialogan dialécticamente y discurren sobre la naturaleza de la piedad y la compasión. Sócrates le hace dudar a Eutifrón de haber obrado bien al acusar a su padre a la justicia ateniense. Santiago Zavala sentirá piedad por su padre al saberlo homosexual y acaso autor intelectual de un crimen, y desde entonces, será capaz de verlo bajo el prisma de la compasión. Santiago Zavala cambia su actitud frente a su padre al darse cuenta de que Fermín Zavala, el gran empresario y hombre de éxito, es también un ser inauténtico que debe fingir sus preferencias sexuales frente a la pacata sociedad peruana de los años cincuenta para no ser discriminado, atacado, excluido ni vilipendiado. Santiago percibe a su padre desde entonces como a un hombre que sufre, como al amante clandestino del chofer negro Ambrosio, como al ser que se transforma en sórdidas noches perdidas en Bola de Oro para vivir a plenitud su doble vida, considerada entonces “pecaminosa” y “pervertida”.

“Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa
Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, es una novela totalizante. Disponible en Amazon

En “Gorgias”, Sócrates comenta que es mejor sufrir por cuenta de la maldad que ejecutarla. Santiago Zavala hace precisamente eso en Conversación en La Catedral. Zavala delinea sus propias normas de juego cuando decide estudiar en la universidad pública de San Marcos y no en la privada Pontificia Universidad Católica como su familia prefería, y al trabajar de periodista en un periódico menor y percibiendo un salario miserable. Luego se casa con Ana, proveniente de una clase social inferior a la suya. Santiago renuncia a los privilegios de su clase social para diseñar su propio espacio existencial.

No todas las acciones de Santiago Zavala están inscritas en el terreno de la autenticidad. Al renunciar al amor de su vida, Aída, por no atreverse a expresarle su amor, Santiago actúa traicionándose a sí mismo, toreando a su corazón. Santiago cae en el territorio de la inautenticidad y ahí se empantana debido a su timidez, a su falta de valor. A partir de esa renuncia al amor, Santiago Zavala vivirá una vida muy suya, pero mediocre desde otras perspectivas. Podemos personalizar la pregunta retórica de Santiago y plantearla así: “¿En qué momento se había jodido Santiago Zavala?”. La vida de Santiago perdió luminosidad y brillo cuando actuó inauténticamente, cuando no fue capaz de arriesgarse, de jugársela y expresarle su amor a Aída, su entrañable camarada de la célula comunista sanmarquina Cahuide.

El gran amigo de Sócrates, Critón, en el diálogo que lleva su nombre, trata de convencer a Sócrates para que huya de la justicia ateniense, que lo había condenado a muerte. El argumento de Critón es que, siendo la sentencia injusta, se justifica que Sócrates escape. Sin embargo, Sócrates no está de acuerdo con esta suerte de justicia poética ofrecida por Critón y se niega a desobedecer la decisión de la justicia ateniense.

Then, starting from these premises, we have to consider whether it is just or not for me to try to escape from prison, without the consent of the Athenians. If we find that it is just, we will try; if not, we will give up the idea. I am afraid that considerations of expense, and of reputation, and of bringing up my children, of which you talk, Crito, are only the opinions of the many, who casually put men to death, and who would, if they could, as casually bring them to life again, without a thought (pp. 34-45).

Santiago Zavala, al igual que Sócrates, se niega a escapar de su circunstancia infausta. Sócrates por respeto a la ley ateniense, y Santiago por apatía, por falta de valor y convicción, porque la vida le da lo mismo, porque al renunciar al amor de Aída ya no tiene pasiones que lo apuntalen.

Cuando Vargas Llosa escribió sus primeras novelas, estaba de hecho influido por la filosofía sartreana.

Vargas Llosa tenía el simpático apodo de “sartrecillo valiente” en sus años universitarios por su gran admiración a Jean-Paul Sartre. El famoso cuento infantil de los hermanos Grimm, “El sastrecillo valiente”, da pie a este ingenioso juego de palabras. Vargas Llosa les dedica Conversación en La Catedral a sus amigos de juventud, Luis Loayza y Abelardo Oquendo, firmando la cariñosa dedicatoria con su apodo universitario.

Cuando Vargas Llosa escribió sus primeras novelas, estaba de hecho influido por la filosofía sartreana y es plausible, por tanto —desde todo punto de vista—, considerar una lectura existencialista, sobre todo en sus primeras obras. Delineemos ahora, de manera concisa, los planteamientos de Sartre en su ensayo L’Existentialisme est un Humanisme.

Jean-Paul Sartre (1905-1980) estructura su pensamiento filosófico como una reacción a la tradición racionalista francesa, cuyo gran representante era René Descartes (1596-1650). Sartre demuestra en su obra la influencia de la fenomenología de Edmund Husserl (1859-1938) y del existencialismo de Martin Heidegger (1889-1976). Sartre defiende el existencialismo en su ensayo L’Existentialisme est un Humanisme (1946), frente a tres críticas cruciales:

  1. El existencialismo impele a la inercia, de acuerdo a los comunistas de la época. Sin posibles soluciones, la acción era carente de sentido.
  2. El existencialismo subraya la sordidez humana. El existencialismo era acusado “d’avoir oublié le sourire de l’enfant” (p. 10).
  3. De acuerdo a la crítica cristiana, el existencialismo negaba los esfuerzos humanos al quedar todo permitido en un mundo sin Dios y sin mandamientos.

El primer postulado existencialista es que la existencia precede a la esencia. “L’existence précede l’essence, ou si vous voulez, qu’il faut partir de la subjectivité” (p. 17). Es el hombre quien define su propia esencia a partir de su existencia, siendo por tanto el hombre el único responsable de su vida. Pero esta responsabilidad humana es de tipo personal y no general. “L’homme n’est rien d’autre que ce qu’il se fait”.

De acuerdo al pensamiento sartreano, el ser humano se halla inmerso durante toda su vida en la angustia porque después de haber sido “arrojado” al mundo tiene la responsabilidad constante de elegir, y así, forzado a implementar su libertad, debe diseñar su propio espacio existencial, construir su destino, estructurar su vida. Kierkegaard se refería a esta angustia existencial como “la angustia de Abraham”, quien tuvo que sacrificar a su hijo. La angustia de Sartre es una fuerza propulsora de la acción: “Elle n’est pas un rideau que nos séparerait de l’action, mais elle fait partie de l’action meme” (p. 33). En la filosofía sartreana no hay espacio para Dios. “Si d’autre parte, Dieu n’existe pas (…). Nous sommes seuls, sans excuses. C’est que j’exprimerai en disant que l’homme est condamné à être libre” (p. 37).

La libertad del hombre es una condena de acuerdo a la filosofía de Sartre y de Heidegger. El hombre está condenado a elegir a cada instante de su vida desde que es “arrojado” al mundo de manera arbitraria y violenta. Sólo la muerte libera al hombre de esta condena que genera angustia cada vez que nos vemos obligados a elegir, porque lo que no elegimos implica un renunciamiento, como lo indica Heidegger en El ser y el tiempo (1927).

Si aventuramos una respuesta a la pregunta de Santiago, quizás podríamos decir que el Perú “se había jodido” cuando no luchó por su libertad y se dejó avasallar por dictaduras militares y civiles.

El ser humano diseña su propio destino, que puede ser auténtico o inauténtico. “Je construis l’universel en me choisissant; je le construis en comprenant le projet de tout autre homme, de quelque époque qu’il soit” (pp. 70-71). Los hombres de buena fe, de acuerdo a Sartre, buscarán en su libertad también la de los demás. “Nous voulons la liberté pour la liberté et à travers chaque circonstance particulière. Et en voulant la liberté, nous découvrons qu’elle dépend entièrement de la liberté des autres, et que la liberté des autres dépend de la nôtre” (p. 83).

La conclusión de Sartre en su ensayo L’Existentialisme est un Humanisme es que el existencialismo es un pensamiento que impele a la acción, y por tanto es una filosofía positiva y optimista que ayuda al ser humano a vivir una vida auténtica.

En Conversación en La Catedral, vemos que Santiago Zavala intenta vivir una vida auténtica al diseñar su propio espacio y trazar su propio destino. Trata de vivir una vida auténtica; sin embargo, cuando se pregunta pasmado: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, constatamos que no es feliz y que se siente hundido, “jodido” como su país también. El mismo hecho de plantearse esa pregunta retórica implica que no considera que su vida es auténtica y que, por tanto, no ha sido exitoso en su afán de labrar su propio camino. Al menos, no ha sido feliz. Siendo joven aún, Santiago se siente un perdedor sin futuro.

Si aventuramos una respuesta a la pregunta de Santiago, quizás podríamos decir que el Perú “se había jodido” cuando no luchó por su libertad y se dejó avasallar por dictaduras militares y civiles. Por ejemplo, la dictadura de Augusto B. Leguía (1863-1932) y la del general Manuel Odría (1896-1974), que está en el trasfondo político de Conversación en La Catedral. El Perú “se había jodido” cuando se hundió en el fracaso y no encontró caminos de libertad para dibujar su propio destino. Cuando permitió que la corrupción política y moral dictara su camino y coartara su libertad.

 

Bibliografía

  • Alonso, María Rosa y otros. Agresión a la realidad: Mario Vargas Llosa. Gran Canaria: Ed. Inventarios provisionales, 1971.
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  • Krystal, Efraín. Temptation of the World. Vanderbilt University Press, 1998.
  • Legrand, Gerard. Dictionnaire de philosophie. París: Ed. Bordas, 1974.
  • Luna-Escudero-Alie, María-Elvira. “Conversación en La Catedral y La muerte de Iván Ilich. Confluencias éticas”. En: Texto Crítico. Revista del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias. México. Universidad Veracruzana, Número 15, 2004.
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  • Platón. The dialogues of Plato. Nueva York: Bantam Books, 1986.
  • Sartre, Jean Paul. L’Existentialisme est un humanisme. Suiza: Ed. Nagel, 1970.
  • Vargas Llosa, Mario. Conversación en La Catedral. En: Obras escogidas. Madrid: Aguilar, 1978.
  • Vlastos, Gregory. The Philosophy of Socrates. Indiana: University of Notre Dame Press, 1980.
María-Elvira Luna-Escudero-Alie