
La hermenéutica en El loco de los balcones, de Mario Vargas Llosa, se centra en la interpretación del patrimonio cultural y la memoria histórica de Lima, mostrando de qué manera los balcones coloniales funcionan como símbolos de identidad, resistencia y diálogo entre tradición y modernidad.
Contexto de la obra
Fue escrita en 1993, y está ambientada en la Lima de los años cincuenta. El protagonista, Aldo Brunelli, es un profesor italiano de historia del arte que se obsesiona con rescatar balcones coloniales abandonados y acumularlos en su “cementerio de balcones” en el Rímac, barrio donde vive con su hija Ileana. La obra refleja la tensión entre conservación del patrimonio y modernización urbana.
El Rímac es un barrio venido a menos:
En el Rímac no sólo hay negros y cholos. También blancos muertos de hambre como nosotros (Vargas Llosa, 32).
Al inicio de la obra, en lo que vendría a ser parte de la didascalia, vemos un comentario que describe el barrio del Rímac en su multiculturalismo y su añeja gloria; en un espacio de trasgresión:
El Rímac es un barrio forajido, ruinoso, mosquiento, promiscuo, muy vital. En sus arrabales se confinaron los esclavos libertos en el siglo XIX y fue, entonces, famoso, como antes, por sus palacios, carrozas, alamedas y conventos —por sus fiestas de ritmos africanos, sus brujerías y supersticiones, sus hábitos morados, sus procesiones, sus orgías, sus duelos a cuchillo, sus serenatas y sus lenocidios (Vargas Llosa, 9).

El loco de los balcones
Mario Vargas Llosa
Teatro
Seix Barral
Barcelona (España), 1993
ISBN: 978-8432206894
117 páginas
Los balcones como texto cultural
En la hermenéutica, todo objeto puede ser leído como un texto. Los balcones coloniales limeños, con su mezcla de influencias árabes, españolas, africanas e indígenas, son símbolos de la identidad mestiza del Perú. Su deterioro y abandono reflejan la indiferencia social hacia la memoria histórica. El profesor Aldo Brunelli, al coleccionarlos en su “cementerio de balcones”, actúa como un intérprete que busca preservar un lenguaje arquitectónico que la ciudad está perdiendo cada vez más.
El profesor Brunelli, revestido de intenciones suicidas al saberse fracasado, y al filo de una brumosa madrugada, le comenta a un borracho acerca de la singularidad de los balcones mudéjares de Lima:
Los esclavos africanos y los artesanos indios que cortaron, labraron, pulieron y clavaron estas maderas en el siglo XVIII, en el XIX, volcaron en ellas lo mejor que tenían. Y su espíritu quedó impregnado en las tablas (Vargas Llosa, 13-14).
Las producciones artísticas son la resultante de muchas confluencias, la misma que posibilitará un sincretismo cultural que el profesor Brunelli respeta y admira:
Hay que mirar los balcones con el mismo amor con que fueron fabricados. Entonces, las yemas de los dedos, acariciando su superficie, identifican las creencias de sus constructores. Los peces y las conchas que insinuaron los artesanos del litoral. Las escamas de serpientes, los colmillos de pumas, los espolones y picos de cóndores que incrustaron en sus pillastras y dinteles los ebanistas de la sierra. Los cuernos, medialunas, soles radiantes, estelas, tótems que escondieron en sus molduras los esclavos nostálgicos del África (Vargas Llosa, 16-17).
Dimensión hermenéutica
La hermenéutica busca interpretar el sentido profundo de los símbolos y acciones en la obra. Los balcones, como símbolo, representan la memoria cultural de Lima, son un puente entre pasado y presente. Su rescate es un acto de resistencia frente al olvido y la destrucción. El loco como intérprete, Aldo Brunelli, encarna la figura del intérprete obsesionado con dar significado a lo que la sociedad descarta. Su “locura” es, en realidad, una forma de conciencia crítica. Tradición vs. modernidad, la obra plantea un conflicto hermenéutico: ¿cómo interpretar el progreso urbano sin borrar las huellas históricas? El arte como mediación: los balcones no son sólo objetos arquitectónicos, sino textos culturales que requieren lectura e interpretación. Vargas Llosa convierte la arquitectura en un lenguaje. En los balcones coloniales se reflejan “todas las sangres”, como diría José María Arguedas.
Lectura crítica
La obra puede leerse como una crítica a la corrupción y la indiferencia social frente al patrimonio histórico. Los balcones funcionan como metáforas de identidad mestiza, pues su origen musulmán y adaptación colonial reflejan la mezcla cultural peruana. La hermenéutica aquí no es sólo estética, sino también ética y política, porque interpretar los balcones implica decidir qué valores conservar en la sociedad. De hecho, el estribillo que canturrean “los cruzados” en su misión, acaso quijotesca, de salvar los balcones coloniales, subraya la confluencia cultural e histórica que representan estos balcones:
Son antiguos [los balcones] y modernos. Son hispanos y son árabes y son indios e indostanos y africanos. Son peruanos y limeños y limeños. ¡Y los vamos a salvar! (...). ¡Los balcones son la historia y la memoria y la gloria de nuestra ciudad! (Vargas Llosa, 54-55).
La locura como conciencia crítica
El protagonista es llamado “loco” porque su obsesión desafía la lógica pragmática de la modernidad. Sin embargo, desde una perspectiva hermenéutica, su locura es una forma de conciencia crítica: él interpreta lo que otros desprecian, otorgando sentido a lo que parece inútil. Su figura recuerda al intérprete que se resiste a la homogeneización cultural y defiende la pluralidad de significados.
Comparación hermenéutica
El elemento de los balcones coloniales se interpreta hermenéuticamente como símbolo de memoria e identidad, y su función en la obra es la de un patrimonio en riesgo. Aldo Brunelli es el alter ego del artista, del intérprete obsesivo, y su función en la obra es la de criticar la modernidad. La interpretación hermenéutica de la ciudad de Lima es un texto cultural en transformación, y su función en la obra es la de ser un escenario de conflicto político, social y cultural. La locura como elemento se interpreta hermenéuticamente como la conciencia crítica frente al olvido, y su función en la obra es la de resistencia cultural.
Tradición y modernidad en tensión
La obra dramatiza el choque entre dos lecturas del mundo: la modernización urbana, que ve los balcones como obstáculos para el progreso, y la interpretación patrimonial, que los considera símbolos de identidad y memoria.
Este conflicto hermenéutico revela que la interpretación no es neutral: implica una postura ética y política sobre qué conservar y qué desechar. Vargas Llosa muestra que la destrucción del patrimonio es también una forma de erradicar la historia.
Perspectiva hermenéutica: comprender al “loco” como intérprete del mundo
La hermenéutica —en la línea de Gadamer y Ricoeur— pone énfasis en cómo los sujetos configuran sentido en su interacción con la tradición, el lenguaje y la comunidad. Desde este enfoque, El loco de los balcones puede leerse como una obra donde el conflicto central es una disputa por la interpretación del valor: del arte, del espacio urbano y de la memoria.
El gesto hermenéutico del protagonista
El profesor Aldo Brunelli, el “loco”, se sitúa en una posición liminal: es extranjero, exiliado y obsesionado con rescatar balcones coloniales que la modernización limeña destruye.
Hermenéuticamente, para el profesor Brunelli, los balcones no son objetos materiales, son textos culturales. Su labor de “salvarlos” es un acto interpretativo, un intento de resignificar lo que la sociedad considera ruina o estorbo. Él cree que la ciudad posee un “sentido” que él puede preservar, mientras que el resto —vecinos, autoridades, incluso su hija— no comparte esa lectura. Este choque evidencia un tema hermenéutico clásico:
¿Quién tiene autoridad para interpretar el mundo que compartimos?
Aldo Brunelli encarna la figura del “intérprete legítimo” que se enfrenta a la hegemonía de interpretaciones utilitaristas.
Tradición versus modernidad
Desde Gadamer, la tradición no es algo que deba conservarse ciegamente, sino un horizonte con el cual dialogamos. En El loco de los balcones la tradición se vuelve fetichizada por Aldo Brunelli y despreciada por la ciudad moderna. Esto genera una “fusión de horizontes” fallida: no hay encuentro posible entre los significados que cada actor social atribuye al patrimonio. La hermenéutica resalta la tragedia de la incomunicación, no sólo interpersonal sino también cultural.
El arte como forma de comprenderse a sí mismo
La obsesión de Brunelli es también un intento de darle coherencia a su identidad. Desde una hermenéutica existencial (Ricoeur), el protagonista “narra” su vida restaurando balcones. El arte funciona como mediador entre su pasado europeo, su presente marginal y su deseo de trascendencia. La obra, por tanto, cuestiona si la interpretación artística puede salvar, justificar o redimir a un sujeto en crisis.
En otro ensayo hemos estudiado la dramaturgia de Vargas Llosa como un espacio de tensión entre ética, poder y representación, y hemos subrayado en él la teatralidad como crítica de la sociedad contemporánea. La presencia de personajes obsesivos, que revelan fracturas morales y culturales. La dramatización de conflictos identitarios en contextos de modernización desigual.
Aplicando sus líneas críticas a El loco de los balcones:
El “loco” como figura crítica
Como hemos señalado en ensayos anteriores, muchos personajes marginales de Vargas Llosa son como dispositivos críticos: sujetos que, desde su excentricidad, dejan en evidencia la violencia simbólica de la normalidad social. Así, Aldo Brunelli no es meramente un maniático, sino un síntoma de la falla cultural de Lima. Un espejo que revela la pérdida de sensibilidad estética y ética de la sociedad. Una figura que “performativiza” la resistencia cultural.
La obra como metateatro social
Tal como hemos destacado en anteriores ensayos, Vargas Llosa usa el teatro para representar escenificaciones de poder. En El loco de los balcones, esto se manifiesta en el enfrentamiento entre el poder municipal y el poder simbólico del arte. La forma en que la ciudad “actúa” modernidad mientras oculta su incapacidad de dialogar con su tradición. La relación entre Aldo Brunelli y su hija Ileana funciona como un microescenario donde colisionan dos formas de entender el sentido de la vida.
Identidad, memoria y performatividad
Ya hemos subrayado en otros ensayos sobre la obra dramática de Vargas Llosa cómo la identidad en sus textos se vuelve un proceso performativo, una construcción en constante puesta en escena. Aldo Brunelli es ejemplo de ello: él “actúa” el papel de protector del patrimonio hasta el extremo de convertirlo en su identidad. Su locura es una puesta en escena que denuncia la superficialidad de quienes lo rodean. El protagonista encarna una memoria cultural que la ciudad prefiere borrar, volviéndose él mismo un “balcón humano” que se resiste a caer, a ser borrado por la historia.
Como síntesis hermenéutica integrando ambas perspectivas, podemos proponer el drama como conflicto de interpretaciones. La obra puede verse como una alegoría hermenéutica donde el profesor Aldo Brunelli representa la interpretación estética-existencial. La ciudad representa la interpretación pragmático-utilitarista. El fracaso del diálogo revela la imposibilidad contemporánea de comprender la tradición sin instrumentalizarla.
La locura como hermenéutica radical
El tema de la locura en Vargas Llosa no es enfermedad sino una crítica. Desde la filosofía hermenéutica, la locura se convierte en una interpretación extrema del mundo, que revela lo que la lectura dominante oculta: que el progreso puede ser destructivo. Que la identidad necesita raíces. Que la belleza tiene valor más allá de la utilidad.
El teatro como espacio de reinterpretación de la ciudad
La obra invita al espectador a reinterpretar Lima, sus ruinas, sus tensiones y su memoria. La función del teatro es provocar una nueva hermenéutica social, un reencuentro con significados olvidados.
Conclusión
La hermenéutica en El loco de los balcones revela cómo Vargas Llosa convierte la arquitectura en un discurso cultural. Los balcones no son solamente estructuras físicas, sino textos que deben interpretarse para comprender la identidad y la memoria de Lima. La obra invita a reflexionar sobre el papel del arte y la interpretación en la defensa del patrimonio frente a la modernidad.
El loco de los balcones es una obra que invita a leer la ciudad como un texto en constante transformación. La hermenéutica aquí no se limita a la estética, sino que se convierte en un acto de resistencia cultural. Los balcones son metáforas de la memoria colectiva, y Brunelli, con su “locura”, encarna la necesidad de interpretar y preservar aquello que da sentido a la identidad. Vargas Llosa nos recuerda que la interpretación del pasado es siempre un ejercicio de responsabilidad frente al futuro. Desde la hermenéutica, El loco de los balcones es un drama sobre la lucha por el sentido: el del arte, el de la tradición y el de la identidad.
La obra se refuerza como una denuncia simbólica de la modernización deshumanizante y como una puesta en escena de la marginalidad como discurso crítico. La convergencia de ambos enfoques permite ver al profesor Aldo Brunelli no como un loco, sino como un intérprete radical, un guardián de un significado que la ciudad ha dejado de comprender.
Bibliografía
- Luna-Escudero-Alie, María-Elvira: “Reverberaciones y ecos existenciales en El loco de los balcones, de Mario Vargas Llosa”. En Espéculo, revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2001.
—: “Las últimas obras de teatro de Mario Vargas Llosa”. En Espéculo, revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2001. Consultado el 1-10-2010 - Vargas Llosa, Mario. El loco de los balcones. Barcelona: Seix Barral, 1993.
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