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El tormento y el éxtasis
Breve tratado de vampirología

lunes 19 de agosto de 2019
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Nosferatu
Se enquistó en mi mente a partir de haber visto por primera vez al maligno personaje: Nosferatu, un nombre extraño proveniente del griego, con el significado de “portador del mal”.

Me persigue, me acosa. Calvo, hinchado, quizá por los excesos en su ingesta… o por otra razón; mofletudo, al extremo de hacer chinescos sus ojillos de mirada perversa; las orejas aleteantes, elefantescas, con la nariz ganchuda cayendo sobre el belfo en el que intenta perfilar sonrisas beatíficas. Está colgado a mi yugular, me hostiga, me asedia, aparece por todas partes… Se enquistó en mi mente a partir de haber visto por primera vez al maligno personaje: Nosferatu, un nombre extraño proveniente del griego, con el significado de “portador del mal”; el vampiro, el fantasma de la noche, aquel que retornó del mundo de los muertos.

Esa obsesión me condujo a estudiar la obra del benedictino Dom Calmet Dissertation sur les revenauts en corps et les vampires, a volver al Malleus Maleficarum de Kramer y Spenger y en particular al siniestro tratado Uber der Vampiri de mi maestro Skylan Mont.

“Hay otra clase de hombres entre nosotros… los vampiros…”, escribió el rey Jaime II de Inglaterra en 1688… Y así es. Los Entes de la Noche han estado siempre entre los vivos. De acuerdo a la explicación teológica judeocristiana del vampiro, su estirpe comienza con una mujer, Lilith, la primera compañera sediciosa de Adán, razón por la cual fue expulsada del Edén y suplantada por la más sumisa, aunque quizá todavía más ladina Eva. Ya entre los hombres, para ofender a Dios Lilith se entregó al pecado: copuló como loca y con el malvado propósito de transgredir la ley que manda “guárdate de beber sangre, porque la sangre es el alma”, tal como Moisés copió las Palabras Sagradas en Deuteronomio, se alimentó de esa sustancia vital de los hombres seducidos; de sus ayuntamientos nacieron vampiros.

Los psicoanalistas explican la idea del vampiro a partir de la necesidad de darle forma a uno de los arquetipos primordiales de lo que Jung identificó como inconsciente colectivo.

En la comunidad científica, algunos admiten la realidad del ente a partir de diferentes hipótesis; así, los evolucionistas sustentan que el vampiro se desprende de una remota rama protohomínida, el Australopithecus ruber (mono austral rojo), cuya existencia se supone hace unos cuatro mil años; esta especie persistió en el hábito de alimentarse con sangre, superado por las más evolucionadas en la línea Homo sapiens.

También se atribuye el vampirismo a enfermedades genéticas conocidas como porfirias, una deficiencia incurable en los glóbulos rojos que conduce a la deformación física y mental, posible de aliviar únicamente mediante la ingestión de sangre humana, a cuyo logro el enfermo tiene que recurrir al latrocinio y a la violencia.

Los psicoanalistas explican la idea del vampiro a partir de la necesidad de darle forma a uno de los arquetipos primordiales de lo que Jung identificó como inconsciente colectivo; el arquetipo de la sombra: lo más cercano a lo animal del humano, su lado salvaje; lo demoníaco en el hombre, que debate con lo angélico, si queremos verlo desde una perspectiva esotérica; los terrores ocultos a los bajos instintos, la enfermedad, el crimen, la violencia, la muerte y la inmortalidad, que siendo fascinante también es aterradora. Todo un conjunto de pulsiones primitivas subyacentes en el sistema límbico, compartido por el hombre con las bestias menos evolucionadas, en permanente conflicto con la cultura. En el cerebro del descendiente moderno del Australopithecus ruber predomina el sistema límbico, donde radican las pulsiones elementales de agresión, depredación y miedo, sobre otras partes más modernas del órgano, por consiguiente, más sofisticadas y recintos de los valores y sentimientos; como consecuencia de ello su sentido de la moral es nulo.

Vampiros hay de todas las clases concebibles, porque el Ser Oscuro tiene el poder de la transformación; muchos prefieren la apariencia monstruosa: manos como garras, dispuestas a atrapar cualquier cosa apetecible a su voracidad; la boca permanentemente abierta por carecer de labios y los dientes al descubierto, luciéndolos enormes, debido a la falta de encías, descompuestas por la putrefacción; dos orificios oscuros donde debería estar la nariz, por los que respira jadeante y fluyendo una secreción sanguínea purulenta; siempre refugiado en la oscuridad, huyendo de la luz; y los hay que parecen galanes, tanto como los de apariencia grosera; existen de todas las inclinaciones sexuales y, como lo reseñé, varones y hembras; los peores son los vampiros afectados por el síndrome de lingúsculus, por su maldad, abyecta sumisión al vampiro macho dominante y capacidad de calumniar.

Los Seres Oscuros se mueven libremente en las sociedades y gracias a sus facultades sobrenaturales infiltran los gobiernos de las naciones; existen, en consecuencia, vampirocracias; los iniciados saben que incluso una vampira —ahora desbancada del poder— fue presidenta de una república. Algunos vampiros, por su carisma y fascinación que ejercen en los iletrados e ingenuos, se vuelven objetos de culto, originando el fenómeno conocido como vampirolatría.

En efecto, los vampiros dominantes son seductores; embelesan con su verbo artero; porque el vampiro miente, miente; ofrece el Paraíso y mares de felicidad, la riqueza y la igualdad. Miente, el vampiro engaña y seduce, alucina y falsea; lo único que en verdad da es enfermedad, miseria, sometimiento, tribulaciones, castigos e ilusiones difusas.

El aliento del ser sobrenatural ocasiona un estado de éxtasis en la víctima, que la conduce al orgasmo más intenso, alucinante y desgarrador.

El Ente de la Noche de jacta de poseer la vida eterna, pero es otra mentira; no pasa de ser una aspiración suya, porque el vampiro puede morir; sin embargo, no es suficiente exponerlo a la luz: eso sólo lo debilita; su destrucción sólo es conclusiva cuando un hombre valeroso encaja una estaca en su maldito corazón.

Por ejemplo, se dice en una nota que el corazón del vampiro no late, lo cual es cierto, y que por tal razón la sangre no circula en su cuerpo, no llega a su pene y por lo tanto, no experimenta erección, sugiriéndose que el fenómeno le impide tener relaciones sexuales.

El vampiro no coge: no tiene necesidad de ello. Vampiro chupa sangre de cualquier parte del cuerpo de su víctima; como el torrente sanguíneo de las arterias es más abundante y rico en oxígeno, prefiere estos vasos y en particular, las carótidas a la altura del cuello.

Saca la sangre haciendo sutiles hendiduras, sea con sus colmillos o valiéndose de una aguja de plata, en cuyo caso lo más frecuente es que perfore el seno de la mujer que lo nutre; tratándose de una mujer, claro, porque los vampiros pueden ser hétero u homosexuales. En cualquier caso, el aliento del ser sobrenatural ocasiona un estado de éxtasis en la víctima, que la conduce al orgasmo más intenso, alucinante y desgarrador que persona alguna puede tener una vez que el ser, saciado, se despega de su cuerpo. Dicen quienes lo han experimentado que ese orgasmo vampírico es como si un toro de lidia pasara por tus entrañas llevándose sus vísceras en sus cuernos; una experiencia única, paradójicamente sublimemente placentera y retorcidamente dolorosa. Por esa razón buscan repetirlo con desesperación y se entregan una y otra vez a aquel que les da tan soberano deleite; al perder toda su sangre se transforman a su vez en vampiros, entran a formar parte de la horda de los Señores de las Sombras y reciben el don más horroroso posible, que es la vida eterna en un régimen socialista.

Rubén Monasterios
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