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Para una lectura nietzscheana del poema “El cuerpo deshabitado” de Rafael Alberti

lunes 23 de septiembre de 2019
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Rafael Alberti
Alberti certifica en “El cuerpo deshabitado” que ya no hay un ser omnipotente que pueda habitar ni participar de las circunstancias humanas.
¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día,
corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”?
1
(Friedrich Nietzsche, “El hombre frenético”)

El cuerpo deshabitado

Yo te arrojé de mi cuerpo,
yo, con un carbón ardiendo.

—Vete.

Madrugada.
La luz, muerta en las esquinas
y en las casas.
Los hombres y las mujeres
ya no estaban.

—Vete.

Quedó mi cuerpo vacío,
negro saco, a la ventana.

Se fue.

Se fue, doblando las calles.
Mi cuerpo anduvo, sin nadie.

Rafael Alberti (1902-1999), insigne poeta de la Generación del 27, nos enuncia, en este intenso texto introspectivo, una voz atribulada pero desafiante. En este desplazamiento textual refiere al concepto del dogma teológico clásico como es Dios. Noción que dialoga desde circunstancias antagónicas que van desde el agnosticismo dudoso hacia posturas ateas. El hablante, situado desde los tránsitos del acontecer humano vinculados a los espacios existenciales supraterrenales, constata la muerte del ser supremo.

El hablante es un protagonista periférico del dogma, alegoriza a través del cuerpo con los estratos de la fe, donde no se considera parte sino un observante, que más bien pasa de la intuición sospechosa hacia el antagonismo posicional de la descreencia total en los espacios y dominios absolutos.

Hay una sustancia que ingresó al cuerpo del hablante, pero no logró habitar en sus espacios recónditos. Únicamente fue un acontecer aparente, que no pudo adherirse a sus dominios íntimos.

La activa vivacidad del emisor es una posición antagonista y enérgica respecto a esta entidad superior que pugna por demostrar sus potenciales, pero en este caso, el autor del enunciado contiene una actitud decidida donde su existencia y permanencia habitual no comulga con acontecimientos dogmáticos respecto a su vida.

Yo te arrojé de mi cuerpo,
Yo, con un carbón ardiendo.

—Vete.

La actitud del yo demarca que la entidad metafísica no ejerce influencia ni imperativos sobre él, porque no pertenece a la esfera de importancia del poeta.

El poeta ha despojado de sí a Dios, en quien no cree, y de quien sólo alcanzó a tener vagas referencias que no consiguieron persuadirlo.

Dios, expulsado con el elemento capaz de extinguirlo todo, ha sido cesado de la vida. “¿Dónde está Dios? —exclamó—, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos!”.2

Se ha dado muerte a la divinidad creadora a través del fuego, y de modo desafiante se le proscribe de la vida, porque sólo fue una imaginería social, bastante y rotundamente arraigada, de la cual Rafael Alberti se ha restado, y más aún, de un modo abiertamente confrontacional.

El poeta alegoriza en el fuego la noción primera y última de la vida, del fuego venimos y en el fuego cesamos. No hay entonces otra sustancia más poderosa que el fuego, que lo aniquila todo. El fuego representa el poder total que el poeta enarbola para dar muerte al creador.

Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos, y ¿quién nos quitará esta sangre de las manos? ¿Qué agua podrá purificamos? ¿Qué solemnes expiaciones, qué juegos sagrados habremos de inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la magnitud de este hecho?3

Luego de cometido el hecho, el vate desafiante constata la inexistencia de aquella noción tan arraigada en las diversas civilizaciones. La luz ha cesado de existir en los espacios cotidianos como son las calles y moradas de los habitantes:

Madrugada.
La luz, muerta en las esquinas
y en las casas.
Los hombres y las mujeres
ya no estaban.

Alberti transmutado en panteonero certifica que ya no hay un ser omnipotente que pueda habitar ni participar de las circunstancias humanas. De ahora en más, Dios carece de sentido porque su ausencia no importa, no resulta circunstancia decidora.

Hay una transición, una prehistoria del hablante respecto a su posición de origen. La posición primaria del vate es una posición agnóstica, pero es una posición de tránsito porque esta fase posicional no alcanzó a arraigarse del todo y propició una fase nueva. En ese primario hábitat del autor, las constantes ausencias de la divinidad del acontecer mundano, posibilitaron su desplazamiento dudoso hacia una posición activa de eliminar a través del ateísmo y el “carbón ardiendo”, a esta entidad celestial.

La rotunda certeza del asesinato del ser supremo produce el vacio corpóreo, por cuanto antes al menos existía la duda existencial, la incertidumbre acerca de la existencia de Dios, en tanto que el reemplazo de la duda agnóstica no provocaba el despojo total. Porque quizás como posibilidad Dios podía contener algún tipo de existencia, pero tras el crimen mayor, tras el magnicidio, ocurre el vacío del cuerpo que queda deshabitado.

¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios?4

La muerte de Dios es una circunstancia que lega un vacío, una vacante, la nada existencial:

Quedó mi cuerpo vacío,
negro saco, a la ventana.
Se fue.

Pero este despojo es únicamente corporal, mas no una condición cabal de los sentidos. Y no necesariamente estos versos expresan la solemnidad colosal de la pérdida, porque también abren desde la otra faz, desde la faz antagonista, una hermenéutica de la ironía.

El cuerpo desplazado ha salido por la ventana con todos sus vestigios pasados, se procuró dar espacio a la duda de la existencia de Dios, pero no fue posible hallar su huella entre los vivos. Su energía no pudo ser aprehendida ni mucho menos pudo traspasar hacia las zonas del alma.

Se fue, doblando las calles.
Mi cuerpo anduvo, sin nadie.

Las resonancias religiosas de este poema de Rafael Alberti inscriben una estética del abandono y una condición existencial de las grandes interrogantes humanas, como es la pregunta por la existencia de Dios. El narrador expone su temporalidad, es un ser transeúnte que finalmente enuncia que “¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto!”.5

Es en estas instancias donde el cuerpo que anduvo sin nadie percibe cierta oscuridad; la alegoría de la ventana es el despojo total, las circunstancias que cesan y donde el poeta muestra la potencia de su posición final, y el reiterado vocablo “vete” resuena infinitamente sólido en los silencios de la muerte.

 

Bibliografía

  • Alberti, Rafael (2003): Antología poética. Córdoba: Ediciones del Sur.
  • Nietzsche, Friedrich (2013): La gaya ciencia. Valparaíso: Editorial Pensamiento Universidad de Valparaíso.
Mauricio Rojas Hess

Notas

  1. Friedrich Nietzsche (2013). “El hombre frenético”, La gaya ciencia, p. 180.
  2. Ibíd., p. 180.
  3. Ibíd., p. 180.
  4. Ibíd., p. 180.
  5. Ibíd., p. 180.
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