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Whitman en Martí

lunes 17 de agosto de 2020
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José Martí y Walt Whitman
La poesía en Martí tenía un valor vital más allá de la escritura. No habría sido suficiente motivo el verso en sí para detenerse a elogiar la labor literaria whitmaniana.

El encuentro de Whitman y Martí estaba anunciado, preescrito en la historia de la poesía. Por caminos estéticos y geográficos diferentes, la creación martiana y whitmaniana convergen en un sentido trascendental del poema como una forma de reconstrucción humanista, donde individuo y sociedad son el centro de inspiración de sus grandes temas literarios. Ningún texto mejor que el ensayo “El poeta Walt Whitman”, publicado el 17 de mayo de 1887 en México en El Partido Liberal, para demostrar esa peculiar circunstancia en la cual, hablándose del otro, se revela y afirma la identidad del yo, no como interesado pretexto, sino descubrimiento profundo de lo que la poiesis une con independencia de intenciones y propósitos. Estamos ante un acto especular que nos maravilla por el modo en que lo subjetivo se vuelve objetivo al desear un poeta hablar del poeta, estableciéndose una secreta unidad en la que al contemplar Martí el arte de Whitman, la imagen observada refleja también el rostro del que mira. De este modo, el afán de pensar a Whitman ilustra una semblanza del poeta norteamericano que manifiesta las características del escritor Martí, entrelazándose las poéticas de ambos autores al configurarse un Whitman entero que destaca en paralelo todo un Martí en síntesis.

La poesía en Martí tenía un valor vital más allá de la escritura. No habría sido suficiente motivo el verso en sí para detenerse a elogiar la labor literaria whitmaniana. Unos años antes, en carta a su amigo Manuel Mercado del 11 de agosto de 1882, confesará en qué medida la poesía era una razón de ser en él:

En mi estante tengo amontonada hace meses toda la edición, [alusión a su poemario el Ismaelillo] —porque como la vida no me ha dado hasta ahora ocasión suficiente para mostrar que soy poeta en actos, tengo miedo de que por ir mis versos a ser conocidos antes que mis acciones, vayan las gentes a creer que sólo soy, como tantos otros, poeta en versos.1

Qué había despertado en su alma el creador de Hojas de hierba para decidirlo a hacer justamente aquello que evitaba, el poeta en verso antes que el poeta en actos. Él mismo nos lo irá desvelando tempranamente al estar frente a un “iconoclasta”, cuyo libro ha sido prohibido. Martí entra a reivindicarlo en ese estilo tan suyo de levantar al caído desde la justicia poética, la única que podía llevarlo a comprender la palabra como acción. Precursoramente, en sus Versos libres, declara que “la verdad quiere cetro”.2 Y será la solemnidad de esa veracidad la encargada de inaugurar su homenaje en El poeta Walt Whitman: “‘Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque, la mano en un cayado’”.3 Martí alude a los términos con que un diario dio la noticia de la comparecencia de Whitman en el recital de homenaje a Abraham Lincoln;4 ese fervor será suyo, subrayando en la singularidad de la efeméride la universalidad otorgada por la fuerza convocante de un poeta que ha logrado impregnar de vida la palabra: “Todo lo culto de Nueva York asistió en silencio religioso a aquella plática resplandeciente, que por sus súbitos quiebros, tonos vibrantes, hímnica fuga, olímpica familiaridad, parecía a veces como un cuchicheo de astros”.5 A partir de este instante, Martí irá reconstruyendo al hombre Walt Whitman, contestando a su poesía con otro poema, su ensayo, que pronto señala los nexos, su compromiso literario con otros escritores:

Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía desde su silla de roble en Inglaterra tiernísimos mensajes al “gran viejo”.

Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, “¿qué habéis de saber de letras —grita a los norteamericanos—, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?”.6

Influencia que resulta recíproca por el poder refractario de la poesía una vez que se ha percibido y participado de su raíz. Martí ubica a Emerson en las coordenadas sensitivas de Whitman; sin embargo, el trascendentalismo de Emerson resurge igualmente desde lo invisible mientras se alude a Whitman con aquel “sabe, por lo que el Sol y el aire le enseñan, que una salida del Sol le revela más que el mejor libro”. Esa facultad de entrever en la existencia lo oculto se extendía en “La naturaleza”:

Una mirada a la superficie del cielo y de la tierra desmonta toda suspicacia, y nos calma para que lleguemos a convicciones más sabias. Para el inteligente, la naturaleza se transforma en una gran promesa que no se puede explicar apresuradamente. Su secreto está todavía por decir.7

En un contrapunto de filiaciones, se van intercalando textos de “Canto de mí mismo”, de “Calamus”, “Salut au monde!”8 como parte de un doble discurso, el de Whitman con las resonancias del suyo propio. Si aquél deja “a las sectas y a las escuelas en suspenso”9 en un irreverente desplante contra lo dogmático, Martí secunda su gesto reestructurando, aportando la rebeldía de su espíritu feliz porque Whitman “‘no tiene cátedra, ni púlpito, ni escuela’, cuando se le compara a esos poetas y filósofos canijos, filósofos de un detalle o de un solo aspecto; poetas de aguamiel, de patrón, de libro; figurines filosóficos o literarios”. Resalta en él lo natural en su obra y persona, cualidad elogiada insistentemente por Martí en asociación con lo abierto y espontáneo: “Amo la sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras”.10 Esta aspiración le conducirá a estudiar en el lenguaje de Whitman las distintas facetas en que se realiza su naturalidad expresiva. Y comienza por celebrar el carácter profético de sus apotegmas que originan “su gramática y su lógica”, admitiendo así que el poeta es un universo en sí mismo del que hay que conocer sus particularidades existenciales si se busca allegar sus saberes. “Él lee en el ojo del buey y en la savia de la hoja”, sentencia Martí. ¿No nos recuerda este ojo del buey aquel otro que décadas después irrumpirá en la poesía cubana con la invocación lezamiana al ángel de la jiribilla?, símbolo de iluminaciones en la mejor tradición de sabiduría poética:

Luz que lleva en sí misma su vitral y su harnero. Luz que encuentra siempre su ojo de buey, para descomponerse en la potencia silenciosa de la resaca lunar.11

El despliegue imaginario, la oralidad que el verbo martiano irradia en este ensayo, dejará honda huella en la cosmovisión lingüística de Lezama. Baste citar el pasaje en que Martí ve a Whitman aguardando, “mientras sus amigos le sirven en manteles campestres la primera pesca de la primavera rociada con champaña”.12 Este es el léxico de Paradiso. Pero esto sería objeto de otras indagaciones que nos apartarían de nuestro objeto de investigación en este trabajo.

Avanza Martí en sus hallazgos de la fraseología whitmaniana, y con cada paso, ahonda en el desdoblamiento dialéctico de su intimidad poniéndonos en evidencia, ¿sin él saberlo?, su personalidad. Al atender lo inusual combatido por otros críticos, no se sorprende de su reino:

Su irregularidad aparente, que en el primer momento desconcierta, resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel orden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte.

La aceptación estética de esa manera de escribir estaba ya anunciada en “Contra el verso retórico…”, al plasmar que la poesía es “estrella y gozque”,13 por lo que no escandaliza que una de las fuentes de la originalidad radique en “la fuerza hercúlea con que postra a las ideas como si fuera a violarlas”. Allí donde algunos aprecian inverosimilitudes formales y significantes, Martí valora el acierto innovador:

Su ritmo está en las estrofas, ligadas, en medio de aquel caos aparente de frases superpuestas y convulsas, por una sabia composición que distribuye en grandes grupos musicales las ideas, como la natural forma poética de un pueblo que no fabrica piedra a piedra, sino a enormes bloqueadas.14

En la introducción a sus Versos libres había experimentado esa diamantina confusión que esplende en el desierto vivencial ofreciendo la lógica del poema: “Tajos son éstos [alusión a sus versos] de mis propias entrañas —mis guerreros. Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente”. Y más adelante, similar al caos whitmaniano, transcribe que “de la extrañeza, singularidad, prisa, amontonamiento, arrebato de mis visiones, yo mismo tuve la culpa, que las he hecho surgir ante mí como las copio”.15 Luego opinará de Whitman que “es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo”, declaración que le caracteriza no menos a él, que advertía en “La poesía es sagrada” que “nadie de otro la tome, [la poesía] sino en sí”.16 De ahí que defienda que “a cada estado del alma, un metro nuevo”.17 En esta dimensión, irá enumerando los rasgos del lenguaje que distinguen a Whitman de sus contemporáneos:

Jamás pierde la frase su movimiento rítmico de ola… Eso es su poesía, índice; el sentido de lo universal… sus frases desligadas, flagelantes, incompletas, sueltas, más que expresan, emiten…

Quien lea los Versos libres de Martí verificará una impresión semejante, cumpliendo en las estrofas el sonido whitmaniano de “un beso brusco, como un forzamiento, como el chasquido del cuero reseco que revienta al Sol”.18 Por eso ama “las sonoridades difíciles y la sinceridad, aunque pueda parecer brutal”, o los versos que “van revueltos y encendidos” como su corazón,19 pues como el mar, se renuevan constantemente ofreciendo los diferentes estados temperamentales que concurren en la realidad. Adivina hasta qué punto el oficio adquirido por convivir con el desconcierto le ha permitido extraer su latente armonía:

Dueño seguro de la impresión de conjunto que se dispone a crear, emplea su arte, que oculta por entero, en reproducir los elementos de su cuadro con el mismo desorden con que los observó en la Naturaleza.

En “Poeta”, Martí introduce otra posibilidad de aprehender el Todo desde la emoción descarnada para brindar nuevas estampas de lo real, pues tampoco él “si desvaría, no disuena, porque así vaga la mente sin orden ni esclavitud de un asunto a sus análogos”:

Como nacen las palmas en la arena,
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor mis versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.20

El giro inesperado de una metáfora, el corte abrupto de un verso, la ruptura en la cadencia de sentido, o la suspensión de una idea que queda expectante, añorando un completamiento en el poema, son atributos que subyacen en la escritura martiana:

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
De los salones y las plazas: muere
La flor el día en que nace.21

Ese proceder lo compenetra literariamente con Whitman al desgranar los matices que forjan su técnica:

Un adverbio le basta para dilatar o recoger la frase, y un adjetivo para sublimarla… Su cesura, inesperada y cabalgante, cambia sin cesar, y sin conformidad a regla alguna, aunque se percibe un orden sabio en sus evoluciones, paradas y quiebros.22

Tanto en los artículos, cuentos, novela y epistolario martianos, podemos vislumbrar estas propiedades deslizándose entre los temas que azuzaban su inteligencia. Muchos de los cuales afirman la unidad creadora que venimos analizando en ambos.

Con inspiración pitagórica, Martí ensalza la energía con que en Whitman “se aparejan las ramas; buscan el Sol las hojas, exhala todo música; con ese lenguaje de luz ruda”. La importancia de la música, asumida en una esfera transgresora que comunica y desvela los entresijos de la voz interior del poeta, reaparece como ansiando enfatizar que no se acude a los simples destellos de lo melódico, sino a la certeza de sus lecciones en la reorganización e invención de la imagen que integra el mundo en el que Whitman, “con arte de músico agrupa, esconde y reproduce estos elementos tristes en una armonía total de crepúsculo”. Asimismo, Martí habita el polifónico lenguaje de la luz donde “el verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol se rompe en alas”.23 Luz que en él, como en Whitman, nos enseña, con la música, la naturaleza de las cosas:

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.24

Espacio fulgurante que lo encamina al vitalismo convencido de que “lo que está siendo, fue y volverá a ser”. Asistimos entonces a la explicitación de una filosofía que el poeta trasluce con sus galas, venciendo la destrucción del ser con un optimismo fundacional porque “la muerte es una forma oculta de la vida”. Pudiera creerse que con este asunto se establece un giro inesperado, una elipsis insalvable que nos distancia del centro temático, “El poeta Walt Whitman”, pero no, es otro de los afluentes elegidos para exteriorizar una concepción física del poema de la vida emergiendo de la obra whitmaniana:

Santo es el sudor y el entozoario es santo; los hombres, al pasar, deben besarse en la mejilla; abrácense los vivos en amor inefable; amen la yerba, el animal, el aire, el mar, el dolor, la muerte; el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee; la vida no tiene dolores para el que entiende a tiempo su sentido; del mismo germen son la miel, la luz y el beso…25

Una carta a Rosario de la Peña, fechada en México en 1875, nos esclarece en la biografía martiana la genealogía de ese sufrimiento que en Martí es potencia engendradora “porque vivir es carga, por eso vivo; porque vivir es sufrimiento, por eso vivo: —vivo, porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y todo valor”.26 De ahí que concluya, con el decursar de los años, que “nace el hombre del dolor”,27 dolor que en Martí es un renacimiento. Como Whitman, no lo rehúye, sino que lo asimila contraponiéndole la resistencia vivificante de la poesía hasta sus últimas consecuencias. Ello explica la transformación de su prosa en un poema:

¡En la sombra que esplende en paz como una bóveda maciza de estrellas, levántase con música suavísima, por sobre los mundos dormidos como canes a sus pies, un apacible y enorme árbol de lilas!28

Va evidenciándose, en la movilización de los contenidos whitmanianos que examina, la forma de otro mensaje, su poética de la literatura. La responsabilidad social y cultural que le confiere es decisiva. Confía en que ella, superando contradicciones y dogmas, propiciará una etapa superior de la humanidad, a la vez que nos exhibe la idiosincrasia, costumbres y sucesos de una época o nación:

Cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones y sus décadas.29

Frente al ancestral dilema de si la cultura es productiva, de aquellos que le niegan al artista y el escritor su función en el mantenimiento y progreso de la civilización, Martí les interroga:

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida.

Se alza en este contexto uno de los requerimientos inalienables de la creación en el logro de una sociedad saludable y floreciente, educar al individuo, su voluntad, en la autodeterminación:

El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra.

Reúne en un mismo pensamiento la emancipación y el lirismo, transfigurando a la poesía, su finalidad principal de estudio hasta este momento, en la “poesía de la libertad” consagrada a un culto nuevo. Esto constituirá uno de sus reclamos más perentorios del que nos presenta testimonio sus Cuadernos de apuntes:

No hay deleite mayor que el de ver a los hombres batallar con libertad y fe por lo que les parece verdadero —así como no hay espectáculo más doloroso que el de los hombres sumisos, por la ignorancia o la pasión, o el interés, a la voluntad ajena.

Ella es un derecho a conquistar, no un bien dispensado por los gobernantes, lo que provoca el categórico aviso de que “la libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio”.30 En concordancia con ese clamor, en “El poeta Walt Whitman” recompone dos versos de “Canto de mí mismo” para modelar una idea de civismo martiano-whitmaniano. Los textos “no protestan, no se quejan de su situación” y “no hay ninguno que se prosterne ante otro, ni ante los otros de su especie que vivieron hace miles de años”,31 alcanzan su síntesis, avivada por la lección de la naturaleza al hombre:

De todo teje el canto de sí: de los credos que contienden y pasan, del hombre que procrea y labora, de los animales que le ayudan, ¡ah! de los animales, entre quienes “ninguno se arrodilla ante otro, ni es superior al otro, ni se queja”.32

Sólo el amor funda la esperanza. Al unísono, Martí y Whitman edifican las claves de su ideario en él, como núcleo primordial de realización, y sentido de la vida. “Yo puedo más que vosotros, porque soy amor”, proclama Whitman queriendo no competir, sino sumar. Martí, en sus Versos sencillos, inmortalizará la grandeza de la sencillez encarnando para siempre con la libertad de la poesía la totalidad del amor:

¡Arpa soy, salterio soy
Donde vibra el Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!

Como si ascendieran los dos a la cumbre de la hermandad, próximo al cierre del ensayo, se hará más notable aún la interrelación de sus horizontes y sensibilidades. Parece que habla Whitman de Martí cuando el escritor cubano publica que Whitman “ama a los humildes, a los caídos, a los heridos, hasta a los malvados”. Whitman se corporiza en la martiana fusión de lo culto y lo popular para contestar a Martí:

Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.

En ninguno de los dos puede tener cabida el rencor o el desprecio a lo humano. Vibra en Martí su “y yo todavía no sé odiar”33 cuando asevera del poeta norteamericano que “su filosofía ha domado enteramente el odio”. En el misterio de la insinuación, culmina Martí su encomio poético whitmaniano, abrazándole en la despedida, evocando sus palabras “¡desembarazado, triunfante, muerto!”. Páginas previas al final, se consuma el arcano del poema. Sin saberlo Martí, la lucidez de la poesía presagiaba su caída en combate, mientras volvía a citarle: “‘es muy dulce morir avanzando’ y caer al pie del árbol primitivo, mordido por la última serpiente del bosque, con el hacha en las manos”.34 El reencuentro Whitman-Martí se había hecho entonces, allí, definitivo.

Diana María Ivizate González
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Notas

  1. Obras completas, de José Martí. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, tomo XX, 1991. Véase carta a Manuel Mercado, Nueva York, 11 de agosto de 1882, p. 64.
  2. Poesía completa, de José Martí. Edición de Carlos Javier Morales. Madrid: Alianza Editorial, 1995. Véase “Poética” en Versos libres [¿1882?], p. 147.
  3. Obras escogidas, de José Martí. La Habana: Editora Política, tomo II, 1979. Véase “El poeta Walt Whitman”, p. 174.
  4. Véase “Conmemoraciones del presidente Lincoln” en Hojas de hierba, de Walt Whitman. Edición de Francisco Alexander. Madrid: Visor Libros, 2009, p. 701.
  5. Obras escogidas, ed. cit., pp. 176-177.
  6. Ibíd., p. 175.
  7. Ensayos, de Ralph Waldo Emerson. Edición y traducción: Ricardo Miguel Alfonso. Madrid: Espasa Calpe, 2001. Véase “La naturaleza”, p. 401.
  8. El verso de Whitman “The smallest sprout shows there is really no death” en el discurso martiano genera una nueva dualidad significante: “Su creencia en que ‘el más breve retoño demuestra que en realidad no hay muerte’, con el recuento formidable de pueblos y razas en su ‘Saludo al mundo’…”. Consúltese “Canto de mí mismo” en Hojas de hierba, de Walt Whitman. Edición de Francisco Alexander. Madrid: Visor Libros, 2009, p. 136, y Obras escogidas, ed. cit., p. 175.
  9. Hojas de hierba, ed. cit. Véase “Canto de mí mismo”, p. 127.
  10. Poesía completa, ed. cit. Véase en la introducción a sus Versos sencillos (1891), p. 165.
  11. La cantidad hechizada, de José Lezama Lima. La Habana: Uneac, 1970. Véase “A partir de la poesía”, p. 52.
  12. Obras escogidas, ed. cit., p. 186.
  13. Poesía completa, ed. cit. Véase “Flores del destierro” (1878-1895), p. 208.
  14. Obras escogidas, ed. cit., p. 184.
  15. Poesía completa, ed. cit. Véase “Mis versos” en la introducción a sus Versos libres, pp. 87-88.
  16. Ibíd., p. 147.
  17. Ibíd., p. 206.
  18. Obras escogidas, ed. cit., p. 185.
  19. Poesía completa, ed. cit. Véase “Mis versos” en la introducción a sus Versos libres, p. 88, y el poema “Mis versos van revueltos y encendidos”, p. 146.
  20. Ibíd. Véase en Versos libres el poema “Poeta”, p. 133.
  21. Ibíd. Véase “Amor de ciudad grande”, p. 115.
  22. Obras escogidas, ed. cit., p. 186.
  23. Poesía completa, ed. cit., p. 87.
  24. Ibíd., p. 167.
  25. Obras escogidas, ed. cit., pp. 177-178.
  26. Obras completas, ed. cit., tomo XX. Véase carta a Rosario de la Peña, México, 1875, p. 253.
  27. Obras completas, de José Martí. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, tomo IV, 1991. Véase “Discurso en el Liceo cubano, Tampa”, del 26 de noviembre de 1891, p. 274.
  28. Obras escogidas, ed. cit., p. 178.
  29. Ibíd.
  30. Obras completas, de José Martí. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, tomo XXI, 1991. Véanse los Cuadernos números 3 y 18, pp. 108 y 380.
  31. En el original: “They do not sweat and whine about their condition” y “Not one kneels to another, nor to his kind that lived thousands of years ago”.
  32. Consúltese en Hojas de hierba, ed. cit. Véase “Canto de mí mismo”, p. 182.
  33. Inolvidable confidencia martiana en El presidio político en Cuba. En Obras completas, de José Martí. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, tomo I, 1991, p. 58.
  34. Martí muere en una emboscada en dos ríos, a cielo abierto, en la plenitud del campo cubano.