XXXIV Premio Internacional de Poesía Fundación LOEWE • Hasta el 24 de junio de 2021
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Alberto Hernández o la crónica desde el exilio
A propósito del poemario El poema de la ciudad (2003)

lunes 26 de abril de 2021
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Alberto Hernández
Alberto Hernández, poeta de la ciudad y sus copiosas batallas, poeta de la comarca visible, del conjuro de la tierra despojada.
“Nadie ha leído el poema de la ciudad
porque la ceguera es contagiosa”.

A. H.

I. Ciudad: esquina de la vocinglería

Alberto Hernández, periodista, profesor y poeta guariqueño, o debiéramos decir aragüeño —pasaporte de ambas nacionalidades en el quicio de su producción intelectual: la primera, terruño de su existencia, y la segunda, lugar para el ejercicio de la crítica lesiva del escenario burocrático y otros inframundos—, encuentra en este gentilicio incierto la sustancia de una poética del desencanto y la contrariedad. Poeta a quien la crítica le adeuda, pero quien ha alcanzado —subido sobre los hombros de grandes figuras de la poesía venezolana: Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Victor Valera Mora, Luis Alberto Crespo— asentarse en la cúspide de nuestro imaginario poético contemporáneo.

Su poética ha fundado un imaginario singular, a partir de la voz febril e insistente, que no panfletaria o comprometida. El compromiso es consigo mismo, pero con su ciudad, en tanto, el poeta se sabe habitante puntual de sus calles, sus plazas, barrios y cadalsos. “Comprometido” —nos recordaba Garmendia (citado en Kohut, K. 2004)— es la desviación semántica, el lost in translation, de la voz francesa engager, que aludía con mayor acierto a la acepción “alistarse”.

El objetivo inmediato de la proposición sartreana tenía un cierto sentido de solidaridad gremial. La expresión del filósofo contenía un significado coloquial y urgente, a modo de alerta callejero dirigido a la conciencia del escritor en esa congestionada mitad del siglo. Pero resultó que la palabra “compromiso”, en castellano encierra más bien un sentido ético y legalista y tiene que ver muy de cerca con la obligación moral, la fe de la promesa empeñada, el contrato entre litigantes (p. 28).

Alberto Hernández, poeta de la ciudad y sus copiosas batallas, poeta de la comarca visible, del conjuro de la tierra despojada, amo del valle, sabe de estas lides. Él advirtió temprano de esta maldición a los devotos: “Allá en el fondo de la casa hay un país que se marcha irremediablemente” (p. 66). Pero hicimos caso omiso a sus palabras y ahora dormimos en baúles, deshuesados como pollos.

Maracay, espacio referencial del poemario El poema de la ciudad (2003), ha sido homenajeada con la virtuosa palabra del aedo.

El trabajo de Alberto, no como periodista o político, ni siquiera como poeta o profesor, sino como ciudadano, como doliente, como niño en el parque, fue, simplemente, relatar lo que pasaba. Lo hizo llevando un tiempo natural de lo sucedido, y usó un lenguaje común para nombrar las cosas del mundo. Para ello nos dotó de un librito gris cuyas páginas se confunden con el asfalto, le bautizó El poema de la ciudad (2003), y aquí le celebramos y salimos armados con él a desgastar las calles y corromper los grandes palacios.

No es simple retórica o artilugio poético la alusión al relato; es, ciertamente, un recital de personajes y de imágenes vivas el que nos ofrenda el poeta: “Y entonces Epifanio Balza estrena el rostro de Carlos Gardel bajo las luces opacas de un candil” (p. 41). El tono narrativo brinda claridad y profundidad descriptiva al verso, que además se crece en musicalidad, cuanto que para narrar se hace imprescindible la incorporación del discurso espontáneo, natural de los hablantes. Recordemos que para hablar de la ciudad hay que hacerlo desde sus personajes: los ciudadanos, sus jergas, sus vocablos y, aún más, sus motivos, sus enigmas.

El poeta vuelve al lugar común, despojado de temores, de vergüenza. Considera propicia la imprecación de orden: “Si desando las calles de esta ciudad es porque anochezco entre sus ruinas”. Maracay, espacio referencial del poemario El poema de la ciudad (2003), ha sido homenajeada con la virtuosa palabra del aedo. Esta ciudad, como cualquier otra, encuentra en estos versos una experiencia factible, un encuentro con su realidad, savia de un tronco común. “La ciudad se uniforma en los cuarteles y se desnuda en las calles” (p. 81). Prédica que da cuenta de la diversidad y heterogeneidad de la ciudad, y de su naturaleza universal.

La ciudad es como la casa, dice Herrera (1986):

…es un cuerpo vivo en constante metamorfosis. Cuando la rutina parece detenerla para algunos, otros la sienten más vital y espléndida. Inagotable en sorpresas, nunca la conocemos completamente. Se huye de ella hacia el mar o la montaña, pero siempre se regresa. Con la gran ciudad, los ciudadanos mantenemos una amorosa relación de peleas y conciliaciones (p. 105).

La mítica invocación a la montaña luce un atuendo tal vez lacónico o sumiso, pero no pasa desapercibida. Su silueta no merma ante el asombro de la lectura, así nos lo señala alguna de las voces del poema:

Pegada a la ciudad,
se entrega
al mar que la vigila (p. 72).

La atalaya observa cautelosa, bien arriba, en su labor chamánica, la impúdica ligereza y el afanado extravío de los hombres de esta ciudad, perdida en el ramaje y en la espesura, que no ha mucho tiempo que vienen ocultando las inocentes faenas de algunos personajes.

La poesía de Alberto Hernández descifra los secretos de la montaña y los derrama sobre la ciudad; a veces hay quien mira por sobre el hombro, con cierto dejo presuntuoso, mostrándose ajeno, inadvertido, indiferente. El poema oficia el encuentro entre el mar y la ciudad, con una conciencia única de ser parte de cada piedra de este feraz ejido. La brevedad es el éxito del poema. En ella se redime la fuerza evocadora de la palabra, precisa por veraz. Un encuentro irrepetible con la imagen sugestiva: el lector se adhiere a la ciudad tanto como la montaña y se entrega al mar del poema. El silencio hace mella en las altos rascacielos de adjetivos que se inclinan ante cualquier respiro.

Que estas líneas preliminares sirvan acaso de introducción al análisis del impulso poético en la obra del poeta Alberto Hernández, y que en su continuación se develen, con certidumbre de lacero, los arcanos de su poesía como fenómeno social, como evento particular del hombre en su inquietud, en su angustia de saber(se) esencial en su realidad de verdad, en su temple de ánimo, en su incesante preocupación por testimoniar su pertenencia a la tierra, dependerá en suficiente medida del acercamiento sincero, llano y desprovisto de ornamentos; acucioso, vivaz, suspicaz, alquímico, alegre o antojadizo, pero revelador, que de la materia misma se haga, sin otro método que la interpretación, llámese a esto hermenéutica si se prefiere.

 

Los términos —ahora— independientes de periodismo, historia y literatura, provienen de una dinastía común: el lenguaje.

II. Crónica ¿periodística o literaria?

La crónica es género que permite, sin tergiversar la verdad, que la subjetividad del autor se exprese en sumo grado. El escritor, apartado de fórmulas y esquemas, da su visión de las cosas, manifiesta sus emociones, toma parte en lo que narra y no oculta sus simpatías, aunque pueda disfrazarlas (p. 111).

Herrera, E.

El punto más álgido de la poética de Alberto, el “exilio” o “autoexilio”, parece estar íntimamente vinculado a la forma expresiva que marcó sus producciones de entonces (Valles de Aragua, la comarca visible, 1999; Puertas de Galina, 2001; Slovenia, 2001, y El poema de la ciudad, 2003): la crónica. ¿Crónica periodística o literaria? Porque más allá del estrato donde se desenvuelva, la circunstancia mística, la razón fundamental, tienen un nombre tentativo: la crónica. Al estilo de los cronistas de Indias, Alberto Hernández urde una poesía fundacional, poesía del asombro ante lo nuevo, lo desconocido. La crónica alude a sitios y nombres claves de una historia. El poeta descubre los personajes y momentos de un país, de una región desentendida, con su propia revelación, con su arte natural. Alberto Hernández se bebe la ciudad e invita a sus residentes al brindis.

Los términos —ahora— independientes de periodismo, historia y literatura, provienen de una dinastía común: el lenguaje. Historiar —además de investigar y dar a conocer— era una actividad literaria, que luego fue tomando un curso particular, dando forma así al discurso histórico, separado del discurso literario.

En el poemario El poema de la ciudad (2003), específicamente, se observa la relación de hechos en orden cronológico. Un orden que responde al ritmo interior del poema y que permite la inoculación del veneno mitificador del lenguaje literario, a la realidad tangible. El poema “Cura don Carlos Castro” sintetiza la hipótesis:

A esta hora menguada y de traiciones,
se lee en el calendario la fecha de un viaje hacia la muerte:
18 de noviembre de 1814 (p. 20).

El poema versa sobre la traición a más de sesenta eclesiásticos, entre los que se hallaban los padres Castro y Zuloaga, originarios de este valle, víctimas de la cobardía de algunos presbíteros delatores y del recién comandante general don José Tomás Boves y su insaciable odio a los criollos nobles y los blancos de provincia, jóvenes patriotas.

El poeta destaca: “No hablaron de los enfermos y muertos que los días y las noches le vieron cargar mientras corrían los años 1804 a 1808, en su misión de párroco de Maracay” (p. 20), como una réplica del dolor de esos días. Un entrañable esfuerzo por revivir una época cruenta, de repulsión y venganza, a las órdenes del que se hizo mentar “conquistador y pacificador de las provincias”, confiado en su estandarte de defensor del pueblo, que opacaba en sumo los títulos de ladrón y poseedor de mujeres.

Al poema le siguen “Santos Michelena, enero de 1848”, “López Aveledo”, “Codazzi 1841” o “Colegio Federal 1918”, entre otros, con la constante de nombres y fechas como encabezado, que impregnan de conciencia histórica la obra poética entera.

El relator de crónicas maneja los hilos de la trama, según su visión o apreciación del hecho, aportando —en la gran mayoría de los casos— credibilidad y valor estético a la crónica, a través de recursos expresivos y formas particulares de contar.

Referir de los bares como un bebedor más, habituado a los sabores y aromas del licor, es contar desde lo fenomenológico, desde la pura experiencia: “el Miaíto resuelve sus olores en la mirada ida de quien sabe que el día no tiene vuelta atrás” (p. 76). Wittgenstein (citado en Martínez, M. 2004) sintetiza la idea: “Las palabras tienen su significado sólo en el flujo de la vida” (p. 32). Ser ciudadano es poseer un vínculo con la ciudad, con su gente. En estos términos, identidad es cosa natural y de gran valía. Así nace el compromiso con sus razones de vida, dentro de las cuales permanece intacta la tierra, el refugio, la casa.

La voz poética se traslada a diversas épocas, desde el siglo XV, siglo de la colonización, hasta el presente. Aun antes si volvemos la cara a los cadáveres insepultos de nuestros aborígenes, “al silencio bucólico de los huesos” (p. 38). Y cuando decimos presente, no especulamos, la poética de Alberto Hernández está recreando la historia de la ciudad jardín de Maracay desde el quicio de la posmodernidad. Si no, que lo oficie El Imparcial, diario de temprana y profusa difusión en los anales de este valle: “Los periodistas rasguñamos las teclas, mientras el gobierno allana la tarde” (p. 107). Propicia la voz demandante, voz lesiva y comunal. Membresía y carta de presentación del poeta. Parece que fuera suceso de hoy: “Los estudiantes incendian el mediodía en el pedagógico” (p. 108). Y el poeta se repite en esos estudiantes heridos, engañados, ignorados. Lanza la piedra y revienta.

Esta edad encuentra desguarnecido al poeta. Le escruta desde su ventana omnisciente y le susurra una verdad, una verdad lacerante, de todos los días. El asunto posmoderno no es temario de reciente data; somos responsables de la degradación de nuestro proyecto de vida, aun de nuestro proyecto de sociedad. “El poema de la ciudad toca a su puerta, no le abra a un desconocido” (p. 105).

 

El exilio en la poesía de Alberto Hernández es un vacío que rompe la paz interior del poema.

III. El exilio de la palabra

Ahora bien, un término de indudable trascendencia surge del compromiso del escritor consigo mismo y con su sociedad; éste es “el exilio”, término profundamente doloroso. Aún 1973 golpea duro en las memorias de Chile. Y Cuba lo siente en sus entrañas, aunque enjabonen sus penas. El exilio no es una palabra ni una estadística sino que es un vértigo, un mareo, un abismo. Pedro Grases (citado en Di Prisco, R., y Scocozza, A. 1998) señala:

El que llega a suelo de emigración, y en él puede establecerse, deja de ser desterrado, pues dispone de un punto de apoyo para estar en el mundo. O sea, adquiere una nueva tierra. Pero mantiene su condición de exiliado, hasta tanto no se produce la adhesión espiritual, el arraigo o la entrega afectiva a una segunda sociedad. La patria para el desterrado ya no es el País, la Nación la termina uno por llevar sólo en el pasaporte: la patria, en la lejanía de otros climas, otras gentes, otros lugares, es el terruño, el pueblo, la ciudad, la familia, en su sentido más amplio, los amigos, las piedras, el modo en que la gente te mira y te saluda; cuando todo esto sucede quiere decir que al destierro se está sumando el exilio dando como resultado la parálisis del espíritu (p. 33).

La obra de Alberto Hernández es poesía nocturna, poblada de imágenes de lo apenas escrutado, de lo insondable. Manos que llegan al fondo de la hendidura por donde se cuelan las esperanzas. Mendaz poeta: en su oficio de ilusionista nos hace ver imágenes verosímiles de un país aséptico y perfumado, y en el sombrero negro, los roedores de la cruda inmundicia.

El exilio en la poesía de Alberto Hernández es un vacío que rompe la paz interior del poema. Una necesidad, un vicio de decir. Decir desde el silencio, donde parece que nada ocurre, pero todo da vueltas en la estridente mañana. El poema descubre una palabra escondida, que se yergue perpetua en el momento menos esperado y azota las miradas de los incrédulos.

El poeta vive en el desarraigo en tanto no le satisface lo que ve a diario. Si el poeta calla (que es el equivalente a aliarse convenientemente con el que ostenta el poder), fenece. Deja de ser, en sí mismo. La poesía de Alberto Hernández es poesía del exilio. Recrea un mundo de malestar e incomodidad, al que acude paciente para remover sus cimientos. La insatisfacción del que se conoce abatido, cuando no vencido por la circunstancia, es obstinadamente peligrosa. Quiere decir que hasta el poema acucia en sus silencios, en sus pausas.

Alberto, pertinaz poeta, inquiere en el pasado de un símbolo representativo para Maracay: el tigre. Así se titula el poema. Desde la añoranza del que le privan de su risa, de su expresión, pero resuelto a descubrir lo olvidado, asiente: del tigre “nos quedan los colmillos y la piel pegada a un muro” (p. 68), sólo eso nos queda.

Del mismo modo, nos anuncia del “cielo cotidiano”: “Los sociólogos e iluminados se reconocen y hacen filosofía con las puñaladas y disparos de la ciudad” (p. 132). Pero el propio sujeto poético hace la salvedad: “(un poema no es salvación de nadie)” (p. 132).

Y esta ocasión de demandar, producto de una rémora existencial, es ante todo un acto de amor, de atención a lo propio, a la materia viva que nos nutre. Entonces, la crítica primero es a sí mismo, luego a su sociedad. Recordando a Sartre (1973, p. 55), “el hombre es responsable de sus actos”, y responsable de sus consecuencias. Por ello, preferimos llamarle “poesía responsable” (De Torre, G. 1974) en tanto acto consciente del ser humano sensible. La palabra es hiriente en tanto llegue al aludido. El exilio en la poesía de Alberto es autocrítica. Conciencia de los tumultos y escollos de la extraña patria.

Asistimos a una de las obras de notable significación en la poesía nacional contemporánea, cargada de matices de lo mundano, lo profano, la ciudad, el éxodo, el paisaje yerto e inconcluso y el desamor o las penurias del hombre. Nos unimos a la marcha de protesta que reclama la salvación de la poesía, roímos las páginas de ampulosos poemas, pretendiéndose promesas en su engaño infame. Las plazas, parques y calles de la ciudad nos vieron pasear y saludar a sus próceres erguidos sobre cera. Nos inmolamos por la verdad que resiste al poema y creímos ciegamente en la veracidad del aedo, como cultor de la excusa, de la gran mentira que mueve al mundo: la poesía.

 

Referencias bibliográficas

  • Acosta Montoro, José (1973). Periodismo y literatura. Ediciones Guadarrama. Madrid, España.
  • Adorno, Theodor W. (1974). Industria cultural y sociedad de masas. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela.
  • De la Torre, Guillermo (1974). Historia de las literaturas de vanguardia. Volumen III. Ediciones Guadarrama. Madrid, España.
  • Díaz-Plaja, Guillermo, editor (1972). Crónicas de Indias. Salvat Editores. Madrid, España..
  • Di Prisco, Rafael, y Antonio Scocozza (1998). Ideología y ficción en el siglo XX. Ediciones La Casa de Bello. Caracas, Venezuela.
  • Gómez Redondo, Fernando (1996). La crítica literaria del siglo XX. Editorial Edaf. Madrid, España.
  • Hernández, Alberto (2001). En boca ajena. Ediciones Presagios. México.
    (2003). El poema de la ciudad. Editorial Umbra. Caracas, Venezuela.
    (1999). Valles de Aragua, la comarca visible. Editorial Urbina. Maracay, Venezuela.
  • Herrera, Earle (1986). La magia de la crónica. Ediciones de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela.
  • Johnson, Stanley, y Julian Harriss (1975). El reportero profesional. Editorial Trillas. México.
  • Kohut, Karl, editor (2004). Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano. Fondo Editorial de Humanidades UCV. Caracas, Venezuela.
  • Lukács, Georg (1973). Sociología de la literatura. Ediciones Península. Barcelona, España.
  • Sartre, Jean-Paul (1973). El existencialismo es un humanismo. Editorial Sur. Buenos Aires, Argentina.
  • Uslar Pietri, Arturo. (1970). Historia política de Venezuela. Editorial Mediterráneo. Madrid, España.
Luis Carlos Azuaje
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