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La certeza de lo inesperado
(sobre la obra poética de Geraldine Gutiérrez-Wienken)

lunes 18 de julio de 2022
Geraldine Gutiérrez-Wienken
Por la boca de la poeta venezolana Geraldine Gutiérrez-Wienken hablan sus emociones, sus sensaciones, sus intuiciones, miedos, desvaríos y menudas certezas. Fotografía: Carsten Meltendorf

No existe poesía sin reflexión, pero también esta singular expresión del espíritu humano nos confronta, en muchas ocasiones, con nuestros propios fantasmas y demonios. Todo poeta es un soñador, pero nunca olvida su condición humana de mortalidad. El poeta vive siempre en una fusión y en una unidad tan estrecha con el mundo que, en muchas ocasiones, pierde la noción de si es el mundo que piensa por él o es él el que piensa por el mundo, como no los recuerda lúcidamente Jacques Garelli en su brillante ensayo Poesía y temporalidad. Por otro lado, la conciencia de la creación poética es distinta a la conciencia del hombre en su condición como ser existente en el mundo de la civilización moderna, pues la experiencia temporal de la existencia dentro de la creación poética lo distancia del mundo en que vive. Pero, ¿en qué difiere esa experiencia temporal de la existencia, de la experiencia temporal poética? Fundamentalmente, en que —según Garelli— la nada es lo que separa al ser de sí mismo, obligando a la conciencia a existir a distancia de sí. Es, como bien lo describe el ensayista francés, una “descomposición del ser”. Esa misma conciencia en el proceso de objetivación que define la relación del hombre con el mundo en que vive se manifiesta también como la “otra conciencia” que busca expresarse por medios poéticos mediante un proceso profundo de vivencias, avatares, dolores y reflexiones. Pero debemos recordar, en medio de toda esta reflexión del ser, que la poesía —como lo acota prudentemente Octavio Paz— no pretende revelar, como las religiones y las filosofías, lo que es y lo que no es, sino mostrarnos “en los intersticios y resquebraduras, aquello que escapa a las grandes generalizaciones, las clasificaciones y las abstracciones: lo único, lo singular, lo personal (…), las geografías de la imaginación”.

Nada más propicio y acertado para sumergirnos en el trasmundo de una singular poeta venezolana: Geraldine Gutiérrez-Wienken, que desde sus primeros poemarios nos invita a transitar en una “dinámica de afectos que labora en mi memoria, más allá de la construcción de andamios y tormentas”, como nos dice en uno de sus poemas pertenecientes a su ópera prima, Espantando elefantes, editada por Harry Almela en la editorial La Liebre Libre. En efecto, en estos primeros poemas se descubre lo que hay en el subsuelo de la conciencia, en el inconsciente activo, en “el misterio primero”, como bien lo expresa la propia poeta. En estos iniciales vestigios de imágenes verbales persiste la experiencia de los primeros amores, el descubrimiento de la palabra transmutada, del “otro” como figura extranjera, mirándonos desde la tribuna de los acontecimientos. La poesía de Geraldine no tiene la contaminación de las “ideologías”, o de las teologías, que suelen caracterizar muchos papeles de poetas primigenios. Es una poesía desnuda, en el mejor sentido de la expresión. Desnuda, porque transita la expresión del propio “yo” de la poeta. Por la boca de la poeta Geraldine hablan sus emociones, sus sensaciones, sus intuiciones, miedos, desvaríos y menudas certezas. Todo es perentorio en la conciencia poetizante del que habla por medio de esta lengua primigenia. No es su ego, ni su intelecto, lo que nos habla por medio de estas imágenes verbales. Por esa razón, nos dice en uno de sus poemas: “De niña nunca formulé preguntas complicadas, o sea, no hubo detonaciones. Dibujaba en cambio, casas con jardines y lagos. Pero detrás de este rectángulo, mis rituales se van atemperando”.

Este último poema pertenece a su libro Con alma de cine (2008), que mereció el noveno premio de poesía del Ayuntamiento de Ciudad Real, en España. En este libro palpamos un viaje interno y externo, porque la poeta comenzó a redactarlo en Venezuela y luego lo culminó en el extranjero, coincidiendo con su segundo exilio voluntario. En este libro asistimos a una tierra de ciertos colores primarios, propios de su verbo inquieto; señales simples, “los colores del silencio”, captamos el universo con intimidad en un transitar infantil por los recovecos del alma.

Toda la poesía de Geraldine Gutiérrez-Wienken está impregnada de lo que yo he llamado “la certeza de lo inesperado”, una noción poética que replica, con todos sus tonos, la melodía andante del sentir de la vida en todas sus facetas, en todas sus honduras, en todas sus predicaciones. Una palabra que la poeta nos asoma en un día fértil y numinoso; el día donde transitamos con ánimo infantil por la senda de la certidumbre de lo vivo, de lo existente, de lo inexplorado.

 

“El silencio es una bailarina”, de Geraldine Gutiérrez-Wienken
El silencio es una bailarina, de Geraldine Gutiérrez-Wienken (El Taller Blanco, 2020).

El silencio es una bailarina

En su último libro, El silencio es una bailarina —publicado en Colombia en 2020 por El Taller Blanco y en Argentina en 2021 por Alción—, existe un cambio de dirección en las claves que hasta ese momento habían caracterizado la poética de Geraldine. En efecto, esta es una poesía más objetiva, más elaborada, en el mejor sentido del término, porque acusa una variante de recursos del lenguaje y de referencias, que otorgan un destino luminoso con brillo propio a esta poesía decantada, escanciada como un buen vino tinto que ha pasado un tiempo prudencial en la barrica de roble. Es una poesía con un destino propio. Y el destino “es mucho más que la infancia”, según confesó Rainer Maria Rilke. Y, como Rilke, Geraldine traslada a la palabra transmutada de su verbo singular su propio sentir de la vida, el tiempo de vivir y el de morir en la letra, como movimiento oscilante de los dos lados esenciales que aparecen ligados a nuestros destinos humanos.

En El silencio es una bailarina, la poeta Geraldine nos transmite su impulso por buscar aquello que el poeta venezolano Alfredo Silva Estrada llamó “la fuerza original”, una noción de energía relevante del movimiento en la resonancia del lenguaje; en un lenguaje a todas luces intenso, fulgurante, potente y puro. Fuerza original que impulsa a la poeta para expresar y nombrar los objetos de primer y segundo plano; la primera de las sensaciones, el primer amor, y también el primer abismo, aquel que nos confronta cuando descubrimos las grietas de nuestro ser escindido y expulsado de la realidad. Existe una imagen en este poemario que me evidenció una voz antigua; se trata de Perséfone, o Kore, como también se la conoce en la mitología griega, o Proserpina en la romana. Una figura femenina que representa a la gran madre, reina de los infiernos, hija de Zeus y de Deméter. Con conocimiento de Zeus fue raptada por Hades, quien la hizo su esposa y se la llevó consigo al inframundo. Representa asimismo el arquetipo dominante dentro de la psicología inmersa en una trinidad femenina, un grupo de damas inseparables formadas por Deméter —la diosa Madre—, Kore —la diosa hija— y Hécate, la diosa bruja. Todo un universo femenino que pivota dentro y alrededor de la poesía propuesta por Geraldine en este luminoso texto.

Leer un poema de Geraldine es asistir a una ceremonia donde los gestos y las imágenes se suceden con un ritmo trepidante pero sereno, a la vez. Leer el poema es oírlo con los ojos; y oírlo es verlo con los oídos, como lo expresó claramente el lúcido poeta y ensayista mexicano Octavio Paz. Esta poesía merecerá conquistar otros territorios, aquellos en donde su verbo encuentre correspondencia y significación con un mundo pletórico en donde la poeta se expresa de manera abierta y libre. La tierra de lo inesperado.

Alfonso Solano
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