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Por qué los historiadores agradecemos una buena novela histórica

lunes 1 de agosto de 2022
“Semper fidelis. El capitán Negrete al servicio de la patria”, de J. Gorde
Semper fidelis. El capitán Negrete al servicio de la patria, de J. Gorde (2020). Disponible en Amazon

Semper fidelis. El capitán Negrete al servicio de la patria
J. Gorde
Novela
2020
ISBN: 979-8646058080
421 páginas

La novela histórica goza de un gran público que encuentra en ella distracción y, en la mejor medida de la obra, conocimiento de hechos que le pueden ser ajenos o conciliar alguna duda de un personaje o un período. Pero queremos hablar del valor del género para el historiador especializado, el que investiga en archivos, que confluye y forma parte de los debates historiográficos que al final hacen la historia un producto académico.

Más allá de la conversación sobre si la historia es una ciencia o una representación humanística del conocimiento, o si es la madre de las ciencias sociales, pretendemos plantear, desde la propia experiencia lectora y escritural, que la novela histórica tiene un tremendo valor epistemológico —a veces puesto en duda por historiadores puristas— para quien investiga y escribe profesionalmente historia. Como dijimos, desde la misma experiencia como historiador, hay procesos cuya contextualización puede llevar un tiempo valioso que termina por devorarse buena parte del proceso de investigación y, a veces, frustrarlo.

Nosotros hemos estudiado y escrito sobre las relaciones de las provincias americanas y el imperio español entre los siglos XVIII y XIX para poder dar cuenta de los orígenes de las revoluciones atlánticas. Aunque partimos desde los nichos historiográficos criollos —política y sociedad del mundo criollo, viajeros en América, el comercio atlántico, en fin—, debemos construir el escenario peninsular español para comprender la sinergia —mal llamada colonial— de los reinos americanos con la metrópoli. Acaso uno de los períodos más intrincados de la historia española es la ocupación de la península por las fuerzas napoleónicas y las diversas reacciones sociales, políticas y militares que se dieron en ese momento. Hablamos de un período de menos de dos décadas en el que concurre un laberinto ideológico: liberales, monárquicos, afrancesados; un laberinto político de una sociedad y sus élites en disputa, que ve su imperio ultramarino derrumbarse al mismo tiempo que el hogar.

En ese trance, sumamente traumático, un historiador puede invertir la mitad de su investigación en contextualizar todo aquello para poder explicar las juntas leales a Fernando VII en las capitales americanas, para poder comprender —y hacer que el lector comprenda— en qué punto hay o no traición al pacto regalista o la incipiente “patria” que intenta nacer sin códigos binarios: los conceptos y los actores se confunden y en España pasa un tanto de lo mismo. Por ello, son escasos los trabajos cisatlánticos de un proceso que historiográficamente se ha planteado por separado: el francés invade España, y los americanos no quieren ser parte de la incertidumbre peninsular y, por ende, aprovechan el desconcierto para declararse libres de Madrid. Pero resulta que en España ocurren vacíos de poder, alianzas, traiciones y “patria” también. Es un mismo proceso en dos partes de la semiesfera, es un rey que ruega por el poder a cualquier precio, son unos juntistas —en América y España— que les son fieles hasta que saben —los americanos— de los ruegos de su rey a Napoleón (casarse con una hermana para volverse su familia), y por ello se vuelve indigno de reinar América. Son liberales en uno y otro lado del Atlántico, hay afrancesados, hay monárquicos y el concepto “patria” surge en todos lados entre españoles y españoles-americanos. Es un proceso complejísimo, repleto de perfiles y ángulos.

La novela histórica puede ser una clave epistemológica para que la contextualización sea holística.

La comprensión de esa etapa en España, al menos para el historiador americano, es vital para contextualizar un todo que sea coherente con su período e interés de factores. Es en este punto que la novela histórica puede ser una clave epistemológica para que la contextualización sea holística, y así pueda argumentar su historia sin pasajes subjetivos y, lo más riesgoso, sin lagunas ni vacíos.

Es evidente que no cualquier novela histórica logra semejante empresa. No todas las novelas históricas se proponen novelar una etapa precisa de una historia nacional, planteando soluciones a crípticos momentos como, por ejemplo, un proceso inflacionario en la economía, lo cual mueve el punto gravitacional de toda una sociedad. Lo más frecuente, y no por eso desmerita el arte, son creaciones que pivotean alrededor de un personaje histórico o una saga familiar para lograr esa narrativa íntima y sicológica, vital en la recreación literaria.

 

Por lo dicho, queremos analizar la obra Semper fidelis. El capitán Negrete al servicio de la patria (2020), de J. Gorde (1963). Esta novela se centra en aquel período confuso y laberíntico de la historia española que hemos anunciado antes. Debe ser por la rigurosa formación histórica del autor, o por su olfato de investigador policial de la novela negra, que J. Gorde construye un escenario con estructuras hiperrealistas y con cortinajes de fantasía, apenas permitidas para la aventura del protagonista, un joven de origen vasco que aspira a ser oficial del ejército español y acaba en el cuerpo de élite de los artilleros en Segovia. En el mejor momento de una carrera no fácil, España entra en la espiral napoleónica e irremisiblemente Miguel Negrete debe poner todo su arsenal moral y profesional en salvar un proyecto nacional, por encima de su vida.

Esa brevísima sinopsis no hace justicia al elevado nivel —y rigor— histórico que J. Gorde emplaza para lograr que el lector entienda una serie de procesos de la España del tardío siglo XVIII y el temprano siglo XIX. Es una suerte de viaje en el tiempo cuando el autor explica la formación de un estudiante en el Seminario de Vergara, las formas sociales, el lenguaje, las herramientas, la manera de mirar a un superior y a un sirviente, el acato caballeresco y venerable a la mujer, así como también la autoridad representada en profesores —que la ganan o la pierden según su calidad humana—, la burla y la broma, la complicidad, el chiste y el desenfado. Nada de los elementos sicológicos descriptivos rebasa la línea del tiempo. Digamos que, incluso, hay un rigor sicológico para entender la cotidianidad de esa época. Lo que la escuela francesa de la historia cotidiana trató de demostrarnos a través de la descripción de los objetos y los lugares, J. Gorde lo logra con la representación de la sicología del lenguaje y de los gestos.

Semper fidelis es, en esencia, la aventura de un viaje. La descripción de cada espacio, de cada edificio, de cada hombre y mujer, así como de cada arma, de una navaja, de una espada, de un cañón, de su uso, su implementación durante el aprendizaje y en la guerra, es de un valor inconmensurable para un historiador que precisa contexto.

La cobardía y el valor es una dicotomía continua de la condición humana, pero J. Gorde logra aterrizarla en el contexto real de la guerra y de la amistad.

La novela más adelante entra en la dimensión de los personajes históricos, de los jefes de la guerrilla contra el francés, de los oficiales leales a esa “patria” que por ella abandonan la elegancia y la tiesura de la academia militar para cohabitar con la lucha guerrillera, sus informalidades y desafíos —en la toma de decisiones, en la forma de matar y sobrevivir—, así como la traición de otros que prefieren sobrevivir las formas que defender el fondo: España ocupada y profundamente alterada. La cobardía y el valor es una dicotomía continua de la condición humana, pero J. Gorde logra aterrizarla en el contexto real de la guerra y de la amistad. La profundidad sicológica que el autor logra con el sentimiento de la “amistad” es exacta en el tiempo y en las formas en que esta emoción se muestra entre los personajes. La amistad aparece como un sentimiento, sí, empero, también como un código de honor, muy entendible en una sociedad que anteponía el honor a toda una retahíla de necesidades terrenas.

Vergara, Segovia, Madrid, Cádiz, entre otros tantos itinerarios de esta aventura, son descritos y asumidos hondamente; sin embargo, cuando el autor sitúa a sus personajes en Cádiz, durante el momento más duro contra los franceses y el momento más tenso entre los partidos que disputaban las decisiones de la política española, que agonizaba entre el metarrelato liberal y conservador, la ciudad aparece en la forma de sus posadas, tabernas, altos, iglesias, callejones, plazas y esquinas con una exactitud que a cualquier historiador lo hiela. Decimos “metarrelato” conservador o liberal, porque en ningún momento J. Gorde habla de estos conceptos políticos; el lector los vislumbra enteramente por la actitud y el lenguaje de los personajes.

Semper fidelis es una aventura en toda la dimensión de la palabra. Desde las apuestas jugando naipes hasta las peleas a navajas, el autor no abandona su acuciosa frontera epocal. No hay un solo anacronismo en el lenguaje. Asimismo, la violentísima escena de trasfondo, la dura subsistencia de matar o morir, va siempre sincronizada con un elemento esencial de la época: el honor cristiano-católico, como fe, como cosmovisión y como brújula ético-moral para tomar decisiones en las circunstancias adversas.

Finalmente, y sin el ánimo de adelantarle elementos de la novela al lector, Semper fidelis, hacia el final, empieza a tomar un cariz de novela negra, cuando al autor se le ocurre incursionar en un argumento absolutamente ficticio —pues hasta la fecha no sabemos si ocurrió o no— para explicar la espiral inflacionaria de España de ese momento, cuando la reacción absolutista fernandina toma todos los espacios de poder. Ese episodio, a nuestra manera de ver y leer la novela, nos recordó a Paul Auster y sus intrincadas tramas negras para crear una circunstancia criminal, conspirativa y oscura. Acaso las investigaciones que hizo J. Gorde para lograr toda la arquitectura de su novela develen, como suerte de tesis, algunos episodios no resueltos de la convulsa España que se desmoronó como imperio y como nación.

Los historiadores agradecemos este producto de la literatura. Logramos comprender una época muy confusa, con muchas versiones y tantas esquinas más. El laberinto de la España del “regreso de las cadenas” es casi irresoluble desde la mirada historiográfica; empero, desde este prisma literario, se nos ha acortado un largo camino para los que queremos entender a América a través de España.

Alejandro Cardozo Uzcátegui
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