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A 50 años del golpe de Estado en Uruguay:
Onetti y la libertad

lunes 14 de agosto de 2023
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Juan Carlos Onetti
El discurso de Juan Carlos Onetti al recibir en 1980 el premio Cervantes es una franca y abierta celebración de la libertad, en momentos en que su país era regido por una dictadura.

Tras un proceso de gradual deterioro de las libertades, el 27 de junio de 1973 se disuelven en Uruguay las cámaras de representantes. El golpe de Estado y la toma del poder por parte de las fuerzas armadas marcan el inicio de una dictadura que durará hasta marzo de 1985, con miles de presos, desaparecidos y exiliados. En 1980, Juan Carlos Onetti, exiliado en España, gana el premio Cervantes. El discurso leído en esa ocasión aporta hilos de una trama histórica en la que se cruzan, durante el siglo XX, Uruguay y España.

Onetti cae preso de la dictadura militar uruguaya en 1974 y un juez decide su internación psiquiátrica por una crisis de abstinencia de alcohol. Allí coincide con la también escritora Mercedes Rein, detenida por integrar el mismo jurado del semanario Marcha que, con Onetti, concedió un premio literario a un cuento de Nelson Marra. El gobierno determinó el cierre de Marcha y el encarcelamiento del jurado y del autor del cuento, que consideró pornográfico y ofensivo para el cuerpo militar. Durante esos meses de prisión en el hospital psiquiátrico, Onetti le hace un comentario a Rein sobre el capítulo XX de la primera parte del Quijote, que está leyendo —dice— obsesivamente, cuando ya tiene entre manos la escritura de Dejemos hablar al viento.

El capítulo XX marca uno de los puntos más bajos de la aventura heroica. Don Quijote y Sancho atraviesan una oscura arboleda cuando son sorprendidos por ruidos intensos cuya causa desconocen. Aunque don Quijote declara la necesidad de seguir adelante y enfrentar ese peligro como supuestamente lo haría un caballero, Sancho logra, mediante un ardid, que esperen quietos en el lugar hasta que amanezca. El capítulo transcurre durante la noche y está marcado por la incertidumbre, la impotencia, la ignorancia del lugar y motivo por donde puede desatarse el mal.

“Tiene el miedo muchos ojos”, dice Sancho, “y ve cosas debajo de la tierra, [y hasta] arriba, en el cielo”, definiendo así el centro mismo del miedo, que es todo sospecha, todo amenaza, todo ansiedad puesta en el futuro. A su pesar, don Quijote acepta “esperar a que ría el alba, aunque llore lo que tarda en venir”. A lo que responde Sancho: “No hay que llorar […] que yo entretendré a vuestra merced contando cuentos desde aquí al día”.

Como sabemos, los libros nos leen… Por eso, a la distancia de cincuenta años, no nos sorprende que Onetti estuviera tan obsesionado cuando le decía a Mercedes Rein que “el capítulo XX es el capítulo que estamos viviendo en el Uruguay”, aunque ella no llegara a entender en ese momento la relación que él intuía, o el significado del texto que a él lo cercaba entonces. Cuando le preguntó por qué le interesaba tanto el Quijote, le dijo: “Porque me da lástima Sancho, pobre”.

Onetti percibe, al releer en 1974 el capítulo XX de la primera parte del Quijote, su propio contacto con el miedo mismo.

Mejor es no confiar en esa respuesta de aparente inocencia, que suena a postura pudorosa, coincidente con la pose antiintelectual en la que tan frecuentemente Onetti se refugió y con la que, creo, se sintió tan a gusto. Para mí él percibe, al releer en 1974 el capítulo XX, su propio contacto con el miedo mismo, y capta el doble ardid, el de Sancho y el de Cervantes, en ese episodio.

Capta que el “pobre Sancho” es en realidad quien sostiene en ese pasaje la angustia de la espera y quien aporta la fortaleza. En primer lugar, poniendo palabras al miedo (que don Quijote apenas va a confesar a medias cuando, llegada la luz del día, ambos corroboran la inofensiva causa de los ruidos). Sancho sostiene, además, la espera, contando a don Quijote cuentos “de nunca acabar”, recordando las consejas que se cuentan en su tierra, relatos folclóricos apropiados para entretener a su desmedido amo (la etimología de entretener, del latín vulgar, intertenere, nos recuerda que se trata de “detener entre”, hacer tiempo cuando ninguna otra cosa se puede hacer).

El terror que reconoce Onetti en el episodio cervantino es el de no saber qué se teme, ni por qué, no saber quién puede atacar ni cuándo y, sobre todo, no saber hasta cuándo puede durar la indefensión y el peligro. Tres meses duró para él esa parálisis durante la cual el Quijote pudo acompañarlo y quizás entretenerlo. Luego de sonadas manifestaciones y peticiones de escritores e intelectuales de distintas partes del mundo, es puesto en libertad y logra la autorización para salir del país a dictar conferencias en Europa. Mediante la intervención de Ignacio Tena Ibarra y la ayuda del poeta Luis Rosales, parte luego a España, donde se exiliará de forma definitiva. Pero siempre tuvo claro que el miedo no había cesado para la mayoría de sus compatriotas y en todas las entrevistas que concedió durante la dictadura fue portavoz de denuncias de muertes, desapariciones, encarcelamientos y torturas.

En 1979 publica en España la primera novela del exilio, que llevaba un lustro escribiendo y prometiendo. Onettiana al cien por ciento, Dejemos hablar al viento está asimismo absolutamente atravesada de huellas cervantinas: las variadas perspectivas con que se construye el relato, los procedimientos narrativos, el humor y la ironía presentes en varios niveles creativos (del narrador respecto de los personajes, en el uso del lenguaje, en la mezcla de lo alto y lo bajo, intelectualismo y antiintelectualismo), los juegos del libro dentro del libro y del libro que se va haciendo a la vista del lector.

Al año siguiente, Onetti recibe el premio Cervantes. Su discurso de aceptación es una franca y abierta celebración de la libertad. Como se sabe, un texto de ese tipo se dirige y debe tener en cuenta variados públicos. En Uruguay, la gente común celebró ese discurso. Se divulgó de mano en mano, gracias a la para nosotros todavía muy novedosa disponibilidad de la tecnología de la fotocopia. Como ocurrió en 2018 con el premio Cervantes a Ida Vitale, y en 2022 con la distinción otorgada a Cristina Peri Rossi, la divulgación de la noticia y el prestigio de un premio tan notable interesa al gran público y se toma como causa de orgullo nacional, casi patriótico.

En 1980, la noticia (y sobre todo el texto del discurso) se propagó muy rápida e informalmente porque se leyó en esas líneas una censura a la dictadura, una reivindicación de la convivencia democrática que los uruguayos añoraban o mitificaban (digamos de paso que la añoranza conlleva casi siempre la mitificación, y una ilusión de retropía posible, como una utopía puesta en el pasado). La idea de una sociedad en que la libertad fuera una condición normal recordaba o encajaba con una autorrepresentación de nosotros mismos como sociedad anterior apacible, tolerante y abierta, que estaba ampliamente arraigada en el imaginario más profundo y ayudaba a atravesar con esperanza la noche de la dictadura, cuyo fin quizás se avizoraba.

Onetti engancha al público uruguayo de entonces porque éste se reconoce en el imaginario que el discurso recrea implícitamente, cuando celebra en Alcaná de Henares “esta libertad que hoy respiramos, sencillamente, sin esfuerzo, casi sin darnos cuenta […]. Un aire habitual, sin perfumes exóticos, que se respira junto con el oxígeno, sin pensarlo, pero conscientes de que existe” (III: 863).

El discurso hace gala de los recursos más prestigiosos de la oratoria: se dirige a los Reyes en primer lugar, luego a las jerarquías y autoridades, y al fin al público en general. Al cierre retomará el giro de dirigirse al Rey, puesto que es de quien recibirá el premio, lo que supone una estrategia de propósitos bien definidos.

La fórmula del comienzo es conocida: la adopción de la modestia como captatio benevolentiae, que le permite al enunciante hablar de sí mismo sin incurrir en una vanidad de mal gusto. Así comienza: “Yo nunca he sabido hablar ni bien ni regular. La elocuencia, atributo muy hispánico, me ha sido vedada. Hablo mal en privado, por eso hablo poco en las pequeñas reuniones de amigos, y hablo peor en público, por lo cual sería mejor para ustedes que no les dijera nada”.

La pieza propiamente dicha tiene tres momentos: el “discurso de agradecimiento”, el “discurso sobre Cervantes y el Quijote”, y el “discurso sobre la libertad”. El remate engarzará estas tres materias, permitiéndole al homenajeado retomar la relación de estos temas con su propia persona y con España, en la figura del Rey.

No aparece nunca la palabra dictadura sino, lo que me resultó más sorprendente aún, no aparece nunca la palabra Uruguay.

Lo que más me sorprendió al volver a leerlo con la perspectiva de los cincuenta años del golpe de Estado —y lo leí varias veces, buscando algo que estaba en mi recuerdo— es que no hay ninguna referencia explícita a la situación política de Uruguay, que no sólo no aparece nunca la palabra dictadura sino, lo que me resultó más sorprendente aún, no aparece nunca la palabra Uruguay. La única mención de su origen está en señalar que “a pesar de provenir, como provengo, de un lejano suburbio de la lengua española, me atreveré a dar una tímida opinión personal sobre uno de los incontables valores de la obra de Cervantes y, en especial, del Quijote”.

Es una referencia ambivalente, porque hay algo que puede parecer complaciente con respecto a la autoridad y centralidad de la lengua puestas en España (quien dice de la lengua dice, aquí, también, de la literatura), pero que es en realidad otro guiño de aparente modestia con que justificar su posición de enunciante privilegiado en ese acto público. Moderando así su voz, la amplifica. Cuanto más lejano (y pequeño) el suburbio, menos pone en peligro las posiciones de los oyentes, por lo que predispone a escuchar con satisfacción, con condescendencia y con confianza. Desde esta posición, será más persuasivo, si logra ser escuchado, y seducir, si logra ser atendido. Por otra parte, los lectores de Onetti ya sabemos el prestigio que el suburbio —y la nostalgia del suburbio— tiene en su obra, en su visión general del mundo.

Me sorprendió la nula referencia a la situación del Uruguay en el discurso, porque recordaba la forma en que la aceptación del premio fue interpretada socialmente en su contexto de recepción inicial, y la lección sirve para celebrar todo lo que se puede decir de manera indirecta, o aparentando decir otra cosa. O incluso lo que puede ser leído donde no se dice nada, o donde se dice otra cosa, o algo parecido, y todo lo que sin decirse, se sugiere.

Como corresponde, el “discurso de agradecimiento” comienza por la sorpresa ante un premio inmerecido: “He leído a Cervantes, y en particular al Quijote, incontables veces. Era un niño cuando lo descubrí, y espero volver a leerlo una vez más, por lo menos, antes de morirme. Lo que nunca pude imaginar, ni siquiera en los momentos más delirantes de mi existencia, es que mi nombre llegara a estar unido al suyo. Hoy, por méritos que otros me han exagerado, lo está. Les agradezco su delirio, superior al mío. Para mí, de todos modos, no puede haber mayor motivo de emoción y de orgullo. Para mí y para todo novelista auténtico”.

Hay una combinación de la nota emocional con la nota risueña y el desenfado que evita a cada paso la solemnidad. Habrá más adelante otra alusión al inmerecimiento, de humor muy onettiano: “Esta libertad [es la] que me permite estar hoy aquí, porque me pregunto: ¿dónde, si no en un país libre, podría un hombre como yo encontrarse en un lugar como este y en estas circunstancias? Un país libre, por supuesto, en el que existen comprensión y sentido del humor”. Recibir el premio Cervantes, de mano de un rey, es bienvenido, en definitiva, como una humorada.

Pero el agradecimiento inicial por el premio inmediatamente vira al tema de la “gratitud a España”, símbolo para él de amigos, fraternidad, solidaridad con su persona y sus circunstancias, pero también un símbolo más generalizable, de un valor entonces político con que oponerse a los varios regímenes latinoamericanos todavía dictatoriales. De hecho sabemos lo importante que fue la transición española (sus movimientos sociales, sus cantos y consignas, sus procesos de recuperación de la memoria) como modelo simbólico que, además, recuperaba en Latinoamérica la tradición de la fuerte adhesión al republicanismo y a la unión de las izquierdas cuando la guerra civil española, y muchos protagonistas y testigos de los años 30 estaban todavía vivos. Ya veremos cómo aparece esto, sin aparecer, en la conferencia.

Onetti parece invertir la fórmula que empleó Cervantes en El celoso extremeño para referirse a América como “refugio y amparo de los desesperados de España”. Sabemos que esos refugios al otro lado del Atlántico han sido de ida y vuelta según las épocas y las mareas históricas, y según qué tanto éstas determinen la necesidad de irse de un sitio y buscar otro en que empezar de nuevo. En ambos casos, la percepción de otro lugar donde se está a salvo deja implícita la existencia de una necesidad, y la precariedad de la vida en el propio país, aunque en Onetti no hay ironía, como se verá al final, cuando ajusta con Cervantes las últimas cuentas.

Todos los novelistas, sea cual sea el idioma en que escribamos, somos deudores de aquel hombre desdichado y de su mejor novela.

Lo que llamamos el “discurso sobre Cervantes y el Quijote” es una de las poquísimas veces en las que Onetti se refiere al autor y al libro. Y lo confiesa todo, dándonos una llave de acceso privilegiado a un aspecto de su escritura: “Todos los novelistas, sea cual sea el idioma en que escribamos, somos deudores de aquel hombre desdichado y de su mejor novela, que es la primera y también la mejor novela que se ha escrito. Una novela en la que todos hemos entrado a saco, durante siglos, y que, a pesar de nosotros y de tan repetida depredación, se mantiene, como el primer día, intocada, misteriosa, transparente y pura”.

La confesión da cuenta de una deuda y de un provecho que es fruto de una violencia, o al menos de una violentación o de un forzamiento. Más de una vez Onetti se manifiesta obsesionado, como tantos otros escritores —él en especial en relación con Faulkner—, por ese borroso lugar de no límite que resulta de la imantación (cuando el admirador queda pegado al modelo), entre la influencia y el plagio.

Cervantes también estaba obsesionado con estas cuestiones, en especial por lo que Onetti llama la “depredación”. Harry Levin decía que, gracias a Avellaneda, Cervantes tuvo una clara y temprana muestra del “trato tan inepto de que podía ser objeto el caballero andante y su escudero, de caer en manos ajenas”. Sin embargo, el sufrimiento resultó infundado, porque el Quijote ha salido ileso, y hasta fortalecido, de los usos y abusos más aberrantes.

Ese es el misterio del Quijote que Onetti destaca: la capacidad de sostener la integridad y el aura, pese a las continuas y sucesivas depredaciones, con lo cual refrenda su carácter elevado, inimitable, de algún modo sagrado por inaccesible, inexplicable, y digno de reverencia, esa “magia prodigiosa —como también la define Onetti— de dar vida permanente a todo lo que su mano va tocando”. Se puede tratar de una experiencia lectora o de un fetichismo que resulta de múltiples adherencias culturales que la lectura del Quijote ha ganado en estos cuatro siglos. Para no abundar en hipótesis peregrinas remito a las luminosas páginas de Borges sobre el Quijote, o las de Juan José Saer, o las de Ricardo Piglia, o al precioso discurso de Ida Vitale en la recepción del premio Cervantes en 2019.

Como tercer momento, lo que llamo el “discurso sobre la libertad” será el nudo de la conferencia, a partir de la idea del Quijote como novela de absoluta “libertad creativa”, “un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad”. Estos dos términos llevan al asunto que se quiere resaltar: la tensión entre libertad y falta de libertad como tema de fondo, el subtexto personal y político (en el sentido pocas veces tan oportuno como en este caso, en que lo personal deviene político).

Por eso, entre otras cosas, no resulta nada casual que, después de Heráclito, sea Luis Rosales el único autor citado en la conferencia de Onetti, en relación con un libro titulado especialmente así: Cervantes y la libertad, de 1960. Recordemos que fue Rosales quien hizo las diligencias necesarias para que Onetti viajara a España y conseguir las condiciones para su radicación.

El vínculo que los unió fue sobre todo personal, tanto en lo amistoso como en lo literario. Onetti le dedicó un cuento singular, que dio un nuevo giro a la saga de Santa María, su ciudad inventada que crece y prolifera en el ciclo de novelas que va de 1950 hasta su muerte en 1994. El cuento que le dedica a Rosales se titula “Presencia” (1978), quizás el único ambientado en Madrid, donde Jorge Malabia está exiliado e intentando seguir el rastro de una mujer desaparecida por la dictadura. Una pieza excepcional de Onetti, tan poco propenso a los detalles de circunstancias políticas e históricas explícitamente reconocibles. En 1974, Rosales había escrito un largo poema basado en “La cara de la desgracia”, una reescritura que asume muchos riesgos, logrando un resultado sorprendentemente bueno. Le correspondió, además, con la dedicatoria de La carta entera (1980).

En otro libro de 1984, Rosales mencionará, sin dar nombre, a un poeta “grandulón”, “medio uruguayo”, a quien dice con admiración y modo confesional: “Ya lo sabes, hermano, / a quienes han perdido su nacionalidad para ser libres, tendría el mundo que darles carta de extranjería”. Estos versos dialogan en forma directa con el recibimiento del premio Cervantes. Porque, como decíamos, en el último tramo de la pieza oratoria, Onetti anudará todos los motivos: su caso personal, la causa de la libertad, la causa de los pueblos latinoamericanos y el pobre manco de Lepanto.

El uso ejemplar de la primera persona sirve para distinguir entre la libertad y el ansia de libertad que sólo puede surgir de su escasez o su ausencia.

Cierra la presentación con un giro que puede sorprender o descolocar al lector actual, sobre todo al uruguayo, tan poco propenso a la monarquía: el elogio al Rey. Si lo ponemos en contexto, la recepción de época leía en este gesto un sentido muy distinto al que podría darse hoy. Onetti recibe el premio el 23 de abril de 1981, dos meses después del intento del golpe de Estado al mando del teniente Antonio Tejero. Más allá de que hoy puedan reconsiderarse esos hechos de otras formas, con más perspectiva, las palabras del Rey en la madrugada siguiente al tejerazo, declarándose a favor de la Constitución y condenando a los golpistas, luego de una tensa espera, fueron estimadas en aquel entonces por la opinión pública como un hecho de peso para la frustración del golpe. También en Uruguay fueron valoradas mayoritariamente de ese modo, por lo que entiendo que Onetti, mediante el elogio, está tomando una posición política contra las dictaduras.

El uso ejemplar de la primera persona sirve para distinguir entre la libertad y el ansia de libertad que sólo puede surgir de su escasez o su ausencia, como refrenda el cierre de la pieza: “Yo, que sufrí amargamente años atrás la derrota de un gobierno legítimo español, y que he sido toda la vida un demócrata convencido, nunca imaginé que me llegaría el día de hacer un elogio público y sincero a un rey, a un monarca en cuanto tal, es decir: por el hecho mismo de ejercer la jefatura del Estado. Hoy lo hago fervorosamente, y querría que todas las repúblicas de América se enteraran de ello. El fantasma de aquel manco desvalido, preso por deudas, vigila y sabe que no miento, que he dicho la verdad, honestamente. Pido permiso a los señores académicos para citar una vieja frase latina: ubi libertas, ibi patria. Gracias, Majestad; gracias, España”.

El párrafo final concentra los motivos centrales, funciona como auténtica declaración de convicciones y posicionamiento demócrata y republicano, a la vez que envía un mensaje que involucra la trágica situación de los países latinoamericanos. Declara su amor a España, retomando su adhesión a la República derrotada en 1939, frente al mismísimo rey en ejercicio. Y para mejor remate, pone a Cervantes por desdichado y solidario testigo de su verdad más íntima que, amparado en jugadas retóricas, logra no traicionar.

Con respecto a la patria, al país tan ausente del discurso, vemos de qué manera aparece en este final, con igual estratagema, mediante una aparente negación, que la enaltece. Onetti nunca fue patriotero, ni siquiera nacionalista. Aun así, el apego al lugar es innegable, y la nostalgia de Montevideo está registrada hasta las últimas palabras que deja escritas. En esta ocasión, al declarar que su patria está donde haya libertad, está denunciando de la manera más eficaz —porque el rodeo le asegura que el texto no será censurado— la opresión y la mordaza en la que viven sus compatriotas.

María de los Ángeles González Briz
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