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Los versos de Javier Garcés
(Gabriel García Márquez y sus vínculos con la poesía)

lunes 1 de abril de 2024
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Gabriel García Márquez
No hay vocaciones tardías en Gabriel García Márquez. En el caso del Nobel nacido en Aracataca, accedemos a un lector precoz de poesía quien, por circunstancias escolares o por impulsos de juventud, escribió algunos poemas celebrativos, satíricos y en ocasiones amatorios.
“Creo que los poetas y los novelistas podemos llegar a un acuerdo de coexistencia pacífica, en el sentido de que los poetas sean cada vez más narradores y los novelistas seamos cada vez más poetas”.
Gabriel García Márquez, “Por un pacto entre poetas y novelistas”.
a Chela Palacios, por hacerme ver estos poemas.

La idea de un Gabriel García Márquez poeta puede provocar extrañeza entre sus lectores menos disciplinados. Tenemos la impresión de que se necesita excavar indefinidamente para encontrar otra cosa distinta a la figura del novelista, del cuentista y del cronista consagrado. Quien busque a un autor preocupado por una obra poética, no lo encontrará. No hay poemas póstumos recobrados, como la novela o cuento largo En agosto nos vemos (2024), recién publicada. No hay vocaciones tardías en Gabriel García Márquez. En el caso del Nobel nacido en Aracataca, accedemos a un lector precoz de poesía quien, por circunstancias escolares o por impulsos de juventud, escribió algunos poemas celebrativos, satíricos y en ocasiones amatorios, sin experimentaciones, influenciados por la poesía española renacentista, el Siglo de Oro y la Generación del 27 (recreaciones o imitaciones de Garcilaso de la Vega, Quevedo, Lope de Vega y García Lorca) y con su propia tradición poética colombiana, los poetas de Piedra y Cielo.

No me era posible incluir un oficio de poeta en García Márquez, pero sí una “aptitud poética”, o más bien un fervor hacia la poesía más tradicional de nuestro idioma.

Personalmente, mis vínculos con la obra de García Márquez se concentran en sus novelas y sus cuentos. En Venezuela, mientras era estudiante universitario, leí una obra tras otra, entre mis dieciocho y mis veintidós años. Tanta fue esa compulsión que la fiebre se quedó solidificada en esa edad, lo que no significa que hoy lo desestime. Ahora es otra la emoción (otra dimensión pasada por un filtro de olvido), muy cercana a los argumentos del lenguaje. Las ediciones que llegaban a mis manos eran las de Oveja Negra, a tal punto que mi olfato no olvidó el olor de su tinta y su papel; se trataba de ediciones baratas (lo que podía pagar un joven universitario sin trabajo), algunas legítimas y otras provenientes de la piratería local; releí Cien años de soledad dos veces (en una edición “no oficial” y en la conmemorativa, en pasta dura) y El coronel no tiene quien le escriba unas cinco veces; también recuerdo haber leído, sin quitar los ojos del libro y sin pararme de la silla, en cuestión de dos horas, su primera novela, La hojarasca. Leí sus discursos reunidos en Yo no vengo a decir un discurso, y en cuanto a sus textos periodísticos, sólo leí en aquel tiempo Relato de un náufrago y De viaje por los países socialistas. Ya en Colombia, primero en Bogotá y luego en Valle del Cauca, como otro migrante venezolano entre millones, leí el reportaje La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, una obra que considero una novela de “no ficción” o “relato de aventuras”, si se me permiten estos usos arbitrarios de lector. Digo todo esto porque no me era posible incluir un oficio de poeta en García Márquez, pero sí una “aptitud poética”, o más bien un fervor hacia la poesía más tradicional de nuestro idioma. Eso es lo que vemos en las primeras lecturas de ese García Márquez niño y adolescente, el García Márquez que repartió su juventud en la Escuela Montessori de Aracataca, y el bachillerato entre el Colegio San José de Barranquilla y posteriormente en el Liceo de Varones de Zipaquirá. Imaginemos, entonces, a un adolescente del Caribe colombiano, a un joven costeño, que ha cambiado el sol del Atlántico por el frío de Cundinamarca. La temperatura también es un temperamento. Así lo expresaba García Márquez, en algún testimonio:

Los jóvenes de ahora no pueden imaginarse hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. No se decía primero de bachillerato sino primero de literatura, y el título que se otorgaba, a pesar de la química y la trigonometría, era de bachiller en letras. Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede del gobierno, sino la ciudad de lloviznas heladas donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, sino que sabíamos con certeza —como lo diría Luis Cardoza y Aragón— que es la única prueba concreta de la existencia del hombre.

Cuando una gran amiga me habló de la poesía de García Márquez, hace cuestión de días, no pensé en los poemas escritos por García Márquez sino en el cuerpo narrativo que se apropia de ciertos recursos poéticos, o de cierto “color”, como bien lo llamaba Valéry. Una poesía que no llega a través de la versificación sino que se traslada, por medios indirectos, a la prosa de sus cuentos y novelas. Y viendo las cosas de este modo, siento que algunos matices de la prosa de García Márquez provienen de allí, de esa base retórica que la poesía le ofreció cuando era joven. Hasta aquí parece que he inventado el agua hervida. Recobraré algunos pasos: se podría decir que, voluntariamente, y así lo ha dicho el propio autor en no pocas entrevistas, esa poesía de juventud (y no “poeta” de juventud ni de la senectud), fue el antecedente inmediato y veraz que hizo posible otra vocación definitiva: el paso de aquel disciplinado lector de Vallejo, Huidobro y Neruda, al cuentista y novelista que el mundo literario conoce y conmemora.

Los poemas que de García Márquez se conocen no llegan a diez; se pueden leer en algunas revistas electrónicas.

Hasta aquí, de mi parte, no hay originalidades, pero sí un recuento que quisiera ampliar a continuación. Los poemas que de García Márquez se conocen no llegan a diez; se pueden leer en algunas revistas electrónicas y del mismo modo se pueden consultar los originales en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá. Hay dos trabajos ensayísticos en la web que me ha recomendado el poeta Federico Díaz-Granados: uno de su padre, el poeta colombiano José Luis Díaz-Granados (uno de los primeros en el estudio de la poesía en García Márquez) y otro de la poeta y traductora argentina Marisa Martínez Pérsico, que da señales minuciosas y bien documentadas en torno a la prensa regional que publicó algunos de los poemas de García Márquez. En un primer acercamiento, hallamos seis poemas; a saber: “Canción” (1944), “La muerte de la rosa”, “Si alguien llama a tu puerta”, “Soneto matinal a una colegiala ingrávida” (1945), “Poema desde un caracol” (1947) y “Elegía a Marisela: geografía celeste” (1947). El primero de ellos tiene un epígrafe de un piedracielista, Eduardo Carranza, un poeta que García Márquez seguía con especial cuidado. En “La muerte de la rosa”, el primer verso heptasílabo del poema tiene la fortaleza para defenderse dentro y fuera de él, como eventual epígrafe e incluso como cierre musical de alguna canción: “Murió de mal aroma”. Son textos que manifiestan un tejido sensorial concreto, de emociones que están por vivirse o que empiezan a vivirse; relatos colegiales y de amistad más o menos simbólicos que sólo conocen un tipo de vida: la que se vive dentro del recinto estudiantil. Lo que se esboza es, en algunos casos, tenues antecedentes que luego serán personajes cruciales en su obra posterior. Como lo ha resaltado Marisa Martínez Pérsico, se observa una precuela de Remedios, la bella, específicamente en los dos últimos tercetos del poema “Soneto matinal a una colegiala ingrávida”:

Si se viste de azul y va a la escuela,
no se distingue si camina o vuela
porque es como la brisa, tan liviana

que en la mañana azul no se precisa
cuál de las tres que pasan es la brisa,
cuál es la niña y cuál es la mañana.

Recuerdo haber leído dos de estos poemas y haberlos olvidado después. Incluso llegué a desconfiar de la veracidad de la página web que los había publicado. Podría tratarse, como ya se ha hecho antes con él, de espurias atribuciones: los dominios del fake news. Extraer más de ellos sería como exprimir una naranja sin zumo: sobreestimar lo que no dijo o aún no estaba preparado para decir. Ya de por sí estos poemas son demostraciones de una juventud que encontró en la literatura un modo de leer la propia vida.

La deuda con la poesía siempre fue manifiesta en García Márquez. Fue lo expuesto en un breve discurso, en su “Brindis por la poesía”, que ya es tan o más conocido que su alocución principal, “La soledad de América Latina”. En un ambiente de emoción e intimidad, como el que sucedió durante el banquete de celebración con los reyes de Suecia, luego de la ceremonia oficial del Nobel, el autor leía: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

Estos poemas de García Márquez, leídos sin el hierro de las consagraciones, ¿tienen un interés objetivo para el ámbito de la poesía de su país, o al menos dentro de la bibliografía del autor?

El narrador de oficio desplazó al versificador joven: hubo una muerte simbólica. Estos poemas de García Márquez, leídos sin el hierro de las consagraciones, ¿tienen un interés objetivo para el ámbito de la poesía de su país, o al menos dentro de la bibliografía del autor? Su nombre no está en las antologías de poesía colombiana. ¿Seis o diez poemas significan un corpus mínimo, es decir, lo producido (lo escrito) en ese ámbito? En otras palabras, sus poemas serían un corpus de trascendencia restringida, y su obra narrativa, un “canon” ratificado por los lectores y la crítica que la recibe. Un caso contrario sería José Asunción Silva: lo que de Silva se consagra es su obra poética y no su novela De sobremesa. Si esos poemas de García Márquez no se hubiesen publicado, o si no llevaran su firma, ¿sus lectores extrañarían esos poemas? ¿Qué significan, entonces? Significarían, eventualmente, un “carácter” en los proyectos narrativos de García Márquez (como se ha dicho, una “herramienta fundamental en la manufactura de la ficción”). Vamos a enumerar algunos puntos. En el caso de su prosa, 1) el natural cuidado de la forma, que nunca llega a ser magnética como en Alejo Carpentier; porque García Márquez no deja de ser periodista y tampoco deja de ser lector del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, ni deja de escuchar música en sus novelas; 2) el sentido o instinto musical (los afectos que tiene el autor por el vallenato y el bolero), y 3) esa manera de adoptar y escoger adjetivos; todo esto junto y recombinado tienen muy visibles compromisos y afinidades con otros géneros artísticos. La sintaxis de El otoño del patriarca y su experimentación que prescinde de los usos normativos (la expulsión del punto y seguido o las oraciones de largo aliento), tienen un pie en las lecturas poéticas asimiladas. Sea que lo hayan expresado en público o no, muchos de los autores del boom acataban este mandato: detrás de una obra narrativa consolidada, se esconde alguna deuda de importancia con la poesía. Es lo que noto, por ejemplo, en Juan Carlos Onetti (en El astillero y Los adioses y en general en toda su obra), en Cortázar y no sólo en sus Historias de cronopios y de famas sino también en los poemarios que llegó a publicar, y especialmente en Aura, de Carlos Fuentes, esa breve novela de sorprendente uso lírico del lenguaje y de la voz que narra. Ya dentro de la propia literatura colombiana, el gran ejemplo de Álvaro Mutis, el poeta y narrador que supo balancear estos roles, quien, ya se sabe, mantuvo una estrecha amistad con García Márquez.

En Gabriel García Márquez no percibo una nostalgia por la poesía, por el poeta que no fue y que nunca se reseña en su biografía oficial (“me interesa encontrar más soluciones poéticas que soluciones narrativas”, dijo el autor durante una conversación con Neruda). Lo que veo, sinceramente, es al escritor que recuerda a ese joven que leía, en Aracataca, Barranquilla y Zipaquirá, sin hacerse preguntas por una futura notoriedad literaria. No era García Márquez sino Javier Garcés, el heterónimo que usaba para dar a conocer sus versos. No veo arrepentimientos, ensañamientos, paraísos perdidos que se recuerdan con lástima, dolor o delirio. El dios del elogio no merece ser invocado. Esto lo diferencia de otros autores que expresan haberse “dedicado a la narrativa” (meterse a novelista) porque no pudieron ser poetas, porque no podían ser otra cosa en la literatura: la tesis de que el novelista es un poeta que fracasó. Sobran los ejemplos en el siglo XX.

(Texto leído en el 1r Congreso Universal del Realismo Mágico, celebrado en Jamundí, Colombia, en marzo de 2024).

Néstor Mendoza

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