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Hechicería para no videntes:
los diarios de Thoreau

lunes 8 de abril de 2024
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Henry David Thoreau
Como se aprecia en la lectura de sus diarios, el estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862) aspira a encontrar en los libros su belleza, que sólo se da espontáneamente, por accidente quizá.
“Un diario: un libro que ha de contener un registro de todo nuestro gozo, de todo nuestro éxtasis”.
Henry David Thoreau
“De todas las cosas extrañas e inexplicables, escribir este diario es la más extraña. No dejará que se diga nada de él; su bondad no es buena, ni su maldad mala. Si hiciera un ímprobo esfuerzo para exponer mis mercancías más íntimas y valiosas a la luz, mi muestrario parecería lleno de los más humildes enseres domésticos…”.
(29 de enero de 1841, 1981: 237)

En sus diarios, Thoreau reflexiona sobre la práctica de escribir y de escribir diarios. Dice que cuando lee busca el libro que lo obligue a abandonar el libro, que lo ponga en acción, que lo colme de una especie de riqueza tan sutil que lo deje con el menor de los pesares, como si hubiera recién descansado su ánimo en el libro y se levantara después de éste, recargado, con una energía leve pero segura, para salir del libro, volver al mundo, cambiar de lectura. Cuando Thoreau lee va dispuesto al encuentro de una experiencia que no se puede buscar… “Lo mismo que ocurre en la naturaleza. A veces observo en ella una extraña trivialidad, casi apática, que lleva a la belleza y a la gracia. Las fantásticas y caprichosas formas de la nieve y el hielo, las innumerables colinas que exhiben la huella de los conejos…”.

Thoreau aspira a encontrar en los libros su belleza, que sólo se da espontáneamente, por accidente quizá, por lo menos sin un esfuerzo evidente, aspira a su especie de verdad o naturalidad doméstica, que es muy rara de encontrar y que, sin embargo, parece bastante asequible.

Dice:

Tal vez no haya un sentimiento elevado, ni expresiones pulidas, sino que se trata de una charla descuidada y campestre. El escolar raramente escribe tan bien como habla el granjero. Lo doméstico es un gran mérito en un libro; está cerca de la belleza y del arte elevado. Algunos sólo poseen este mérito; unas cuantas expresiones domésticas los salvan. Lo rústico es pastoral, pero la afectación es meramente civil. El escritor no logra que su experiencia más familiar acuda graciosamente en ayuda de su expresión y, por tanto, aunque vive en ella, sus libros no contienen ninguna imagen tolerable de su entorno y de la vida sencilla. Muy pocos hombres podrían hablar de la naturaleza con sinceridad. No le hacen ningún favor; no dicen una sola palabra que la beneficie. La mayoría se queja mejor de lo que habla. Podríamos obtener más naturaleza pellizcándoles que dirigiéndonos a ellos. Lo que interesa es la naturalidad, y no sólo el buen natural. Prefiero la hosquedad con la que el leñador habla de sus bosques, que maneja con la misma indiferencia que su hacha, al entusiasmo melifluo del amante de la naturaleza.

El escritor sabe que miente, o por lo menos, sabe que inventa, y que la realidad de su artificio es una suerte de sobrerrealidad, una realidad secundaria que no conoce realmente, pues la intensidad de su realidad primaria está sumergida en la práctica de la escritura misma, que lo consume todo. En otras palabras, el escritor vive cuando escribe, no hay otro tiempo que el presente, cuando el escritor vive, vive a través de la escritura, y por eso envidia con frecuencia la propiedad y el énfasis con que el granjero puede llamar a su yunta, y estaría dispuesto a confesar que si esas palabras se escribieran superarían sus elaboradas frases. ¿Por qué? Porque le envidia la fuerza, le envidia el peso, su manera de incrustar la realidad, su efecto indiscutible y performativo, su condición de perfecto engaño, inapelable, su indeclinable verosimilitud.

En un diario es importante describir en pocas palabras el tiempo, o el carácter del día, en lo que afecta a nuestros sentimientos, dice Thoreau.

“En un diario es importante describir en pocas palabras el tiempo, o el carácter del día, en lo que afecta a nuestros sentimientos”, dice Thoreau, y cuenta que Labaume escribió su diario de campaña en Rusia por las noches, en medio de peligros y sufrimientos increíbles, con una pluma de cuervo y un poco de pólvora, mezclada con algo de nieve derretida en la palma de su mano y la pluma cortada y arreglada con el cuchillo con que había cortado su miserable ración de carne de caballo.

En otra entrada pone:

Quiero vivir siempre de manera que mi gozo y mi inspiración surjan de los acontecimientos más comunes, fenómenos cotidianos, para que pueda inspirarme con lo que a cada hora perciben mis sentidos, mi caminata diaria, la conversación de mis vecinos, y no pueda soñar otro cielo que el que se extiende sobre mí. Si un hombre adquiere el gusto del vino y del brandy al precio de perder su amor por el agua, ¿no deberíamos compadecerle?

Y más adelante:

El tiempo no es sino la corriente donde voy a pescar. Bebo en ella, pero mientras bebo, veo el fondo arenoso y advierto lo somero que es. Su delgada corriente se desliza, pero la eternidad permanece. Quisiera beber más profundo; pez del cielo, cuyo fondo está empedrado de estrellas. No puedo contar ni una sola. No conozco la primera letra del alfabeto. Siempre he lamentado no ser tan sabio como el día en que nací. La inteligencia es un cuchillo afilado, discierne y penetra el secreto de las cosas. No deseo estar más ocupado con mis manos de lo necesario.

Thoreau admira al desconocido escritor de Ju-Kiao-Li, una novela china de hace más de ochocientos años, porque le parece que ha apreciado la belleza de los sauces, y porque cuando Pe, la protagonista de la novela, se marcha de la ciudad al final de su vida, a una corriente bordeada de sauces, a unos treinta kilómetros de distancia, para pasar el resto de sus días bebiendo vino y escribiendo versos allí, el desconocido y genial escritor describe sus cejas como una hoja de sauce que flota en la superficie del agua.

Thoreau va en busca de la precisión del habla y encuentra una realidad improbable. Piensa en palabras dichas a tiempo, dichas con rara plenitud, como una flor se abre en el campo, palabras que aun cuando disputemos su doctrina habremos de conceder que hay verdad en su firmeza.

En otra entrada escribe:

Oigo el grito de un enorme halcón que con las alas encrespadas surca el aire hacia el alto confín del bosque, aparentemente para asustar a su presa y así detectarla: un graznido estridente, como para helar de terror a los gorriones, y muy propio de su pico corvo y hendido. Lo observo contra el cielo. Grita con fuerza, con un temblor ondulatorio impartido por sus alas y su movimiento al volar. El ala rota de un halcón volverá a crecer, pero no la del poeta.

No creo que a él le haya gustado mucho ese verso, me lo imagino renegando de él, por no encontrar la forma de describir lo que ve y admira sin que su admiración deslice alguna extremosidad.

Thoreau elogia la claridad y la exactitud de una poesía de la vida cotidiana.

Thoreau elogia la claridad y la exactitud de una poesía de la vida cotidiana, habla de la delicia en palabras que salen como naturalmente, dichas con enteras satisfacción y sinceridad; de acuerdo con él, los hombres escriben con un estilo florido porque querrían emular las bellezas sencillas del habla más llana. Prefieren ser malentendidos a quedarse cortos en exuberancia.

Husein Efendi, dice Thoreau, alababa el estilo epistolar de Ibrahim Pasha al viajero francés Botta debido a la dificultad de entenderlo: “Sólo había, decía, una persona en Jidda capaz de entender y explicar la correspondencia de Pasha”. Sin embargo, una frase llana donde cada palabra está arraigada en el suelo es, de hecho, florida y verde, posee la belleza y la variedad del mosaico con la fuerza y la solidez de la mampostería.

El exceso parece plenitud y la plenitud parece exuberante; sin embargo, no son más que una riqueza superflua. La sencillez es exuberante. Si nuestras palabras fueran suficientemente sencillas y respondieran a lo que han de expresar, dice Thoreau, nuestras frases se extenderían como las hojas de la hiedra y florecerían.

Thoreau sostiene que para escribir mejor hay que disfrutar de escribir; para ello es preciso no escribir para los demás, sino hacer de nuestro gusto y juicio nuestro público. Dado que a menudo parece que el único fruto de vivir mucho no es más que un éxito trivial o la destreza de hacer mejor una nadería (¡y cuánto se aburre el cazador de leones después del tercer león!), de nada nos sirve aprender una receta de escritura que no nos enseñe también a vivir y, paradójicamente, estamos condenados a fallar si buscamos algo como la exactitud o la puntería en palabras que refieran a un mundo impreciso. Quizá sea justamente la conciencia de la certeza del fracaso la que da valor a nuestra empresa, o, como prefería Borges: “Oiga, joven, ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?”.

Quizá podamos ilustrar la paradoja estética de Thoreau con el aforismo de Cioran: “Siglos y siglos para despertar del engaño en el que se complacen los demás, y después, siglos y siglos para huir de ese despertar”. Es posible que Thoreau o Cioran o quien sea que emplee palabras como armas se encamine a recrear el engaño en el que se complacen los demás, como sumidos en un delirio fantasmagórico de quienes anhelan regresar a un pasado común y fértil, al otro tiempo de las cosas, al tiempo anterior a la aparición de las palabras, hasta alcanzar alguna verdad primigenia y perdida de antes, una verdad anterior al nacimiento de la verdad, un punto final para el desconsuelo de la incertidumbre y del esfuerzo del sinsentido, un poco de paz sin apelaciones, construida poniendo las palabras justas para que desaparezcan cuando es debido, hasta lograr un silencio perfecto y hacerlo aparecer cubierto de un halo de aplomo incuestionable. Magia.

De acuerdo con Thoreau, la prosa enseña cómo vive cada día el hombre, por eso es difícil y hermosa, porque es parte del presente, que lo es todo, al mismo tiempo ridículo e inestimable. “Sea vida o muerte, sólo anhelamos realidad —dice Thoreau— si realmente nos estamos muriendo, oigamos el estertor de nuestras gargantas y sintamos frío en las extremidades; si estamos vivos, vayamos a lo nuestro”.

Mucho antes que Ekhart Tolle, consigna el poder del ahora.

Ningún método ni disciplina pueden suplir la necesidad de estar siempre alerta, qué importa el curso de la historia —por bien que se haya escogido— o la más admirable rutina de la vida y la más hermosa de las relaciones sociales cuando recordamos que podemos ver.

¿Se habrá atribuido a alguien una virtud sin exageración?, ¿habrá habido algún vicio sin una infinita exageración?, pregunta Thoreau, ¿no exageramos nosotros respecto a nosotros mismos, o nos reconocemos como los hombres reales que somos?

Lo que ocurre ahora, lo que pasa, este instante o el siguiente o el que le siga al que le siga a ese, son lo más ínfimo y lo único que hay.

Para todo hombre pequeño otro mayor es una exageración, y nunca se ha expresado una verdad sin esa especie de énfasis; sin embargo, lo que ocurre ahora, lo que pasa, este instante o el siguiente o el que le siga al que le siga a ese, son lo más ínfimo y lo único que hay, de alguna manera están llenos toda su vida y no pueden derramarse más allá de sí mismos; es por eso que son inmunes a la exageración de las palabras; es por eso que la realidad es, al mismo tiempo, en principio inobjetable y confusa, circundante, inmediata y remota.

Sostiene Thoreau:

En la literatura sólo nos atrae lo salvaje. La torpeza es otro nombre para la docilidad. Es el pensamiento indómito, incivilizado, libre y salvaje en Hamlet, en la Ilíada y en todas las escrituras y mitologías lo que nos deleita, lo no aprendido en las escuelas ni refinado y pulido por el arte. Un libro bueno de verdad es algo tan salvajemente natural y primitivo, misterioso y maravilloso, ambrosíaco y fértil como un hongo o el liquen. Supongamos que la rata almizclera o el castor se dedicaran a la literatura: ofrecerían nuevas perspectivas de la naturaleza. La falta de nuestros libros y de nuestras acciones es que son demasiado humanas. Quiero algo que hable en cierto modo de la condición de las ratas almizcleras y de las mofetas tanto como de la de los hombres, lejos de la cháchara complaciente y condescendiente de los filántropos.

De acuerdo con Thoreau, el arte de escribir consiste en hacer cuadrar frases que sugieren más de lo que dicen, que tienen una atmósfera en torno a sí, que no sólo registran una impresión vieja, sino que crean otras nuevas; frases que sugieren tantas cosas y son tan perdurables como un “acueducto romano”. En otras palabras, frases que salen caras, pues para obtenerlas hubo de invertirse mucha vida. Piensen que cualquier forma natural es un aforismo intraducible, lo que la más perfecta obra de arte desea es desaparecer, con énfasis, sobre todas las cosas, desaparecer, volver al seno indómito de la naturaleza, esfumarse, dejar de ser, alcanzar súbitamente la más perfecta negación.

“Lo peculiar de una obra genial es la ausencia del orador en su discurso —dice—, el orador sólo es un medio. Contemplas una obra perfecta, pero no al obrero. Leo su página, todo lo libre que pueda estar de cualquier hombre, recordada como un desierto insuperable”.

Thoreau plantea que la experiencia de la extranjería es fundamental; para escribir es preciso encontrar un mundo extraño:

Sólo hace falta algo de extranjero en los nombres, un pequeño acento foráneo, algunas vocales más en las palabras para localizar enseguida mis ideales. Qué preparados estamos para un mundo distinto a este. Apenas cruzamos la frontera del estado y ya esperamos ver que los hombres llevan vidas poéticas. Nada tan natural como la pretensión de que los nombres de las montañas y las corrientes y las ciudades estén intoxicados de poesía.

Nadie podría escribir sobre una realidad que trae pegada a la cara, es una fortuna que se te escape, que siempre sea algo más, que no pare de moverse y crecer bajo tus pies, es preciso que tomes distancia de las cosas para verlas y poder decir algo, frases que puedas pronunciar entre la espada y la pared.

¿Por qué nos encantan las perspectivas lejanas? Porque, inmediata e inevitablemente, imaginamos una vida por vivir allí como no ha sido vivida en ningún lugar, o donde estamos. Suponemos que el éxito es la norma. Llevamos a un perfecto catador con nosotros. ¿Por qué resultan siempre bellos para nosotros los valles lejanos, los lagos, las montañas en el horizonte? Porque nos damos cuenta por un momento de que pueden ser la casa del hombre, y que la vida del hombre puede estar en armonía con ellos. ¿Diré que así nos engañamos siempre a nosotros mismos? No sospechamos que ese granjero se dirija al depósito con su leche. Allí no se agua la leche. Estamos obligados a imaginar una vida en armonía con el escenario y la hora. El cielo y las nubes, y la tierra misma, con su belleza, predican ante nosotros, diciendo: os ofrecemos esta morada, y os animamos a vivir así. Allí no hay una pobreza macilenta ni deudas agobiantes. No hay intemperancia, pereza, mezquindad o vulgaridad. Los hombres hacen bocetos, pintan paisajes o escriben versos que celebran las oportunidades del hombre. Introducirse en la familia de un auténtico granjero al atardecer, y ver a los jornaleros cansados que llegan del trabajo pensando en su paga, a los puercos sirvientes en la cocina y el lavabo, la estupidez indiferente y la paciente miseria sólo superada por la alegría de los niños, eso sugiere otra serie de pensamientos. Mirar hacia ese tejado desde lejos en un atardecer de octubre, cuando su humo asciende pacíficamente para unirse arriba a las nubes afines: eso sugiere una serie de pensamientos diferentes. Creemos que vemos estas hermosas moradas y la alegría nos invade, cuando tal vez sólo veamos nuestros propios tejados. Siempre estamos ocupados en alquilar casa y tierras y poblarlas con nuestra imaginación. Pero no hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve.

Para finalizar, un consejo:

Haz algo más de ese trabajo que a veces has confesado que era bueno y que sabes que la sociedad y tu juez más severo exigen justamente de ti. Haz lo que te reprobarías no hacer. Sabes que no estás satisfecho ni insatisfecho contigo mismo sin razón. Déjame decirte, y decírmelo a mí mismo al mismo tiempo: cultiva el árbol que has encontrado con fruto en nuestro suelo. No tengas en cuenta los éxitos y fracasos del pasado; todo el pasado es un fracaso y un éxito; es un éxito si nos concede esta oportunidad. ¿No tienes un hermoso don, la facultad de pensar, más valiosa que el más precioso de los relojes de oro? ¿No puedes emitir tu juicio, ya no se remonta la corriente hasta su manantial en ti? Vete al diablo y vuelve. Dispón del mal. Sé castigado de una vez por todas. Muere si puedes. Márchate. Cambia tu salvación por un vaso de agua. Corre el riesgo, si sabes de alguno. Si no, disfruta de la seguridad. No te molestes en ser religioso: nadie te dará las gracias por ello. Si puedes clavar un clavo, y tienes clavos que clavar, hazlo. Es el momento de hacer experimentos (…). No te detengas por temor: vendrán cosas más terribles y no dejarán de hacerlo. Los hombres mueren de miedo y viven de la confianza. No seas obediente como los vegetales (…). No te dediques a encontrar las cosas como crees que son. Haz lo que nadie podría hacer por ti. No hagas nada más.

Matías Ezequiel Wendt
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