
Estudiar el mal en el pensamiento humano puede llevarnos por el camino de ahondar en los más profundos y oscuros secretos del espíritu y de la mente. Se podría decir que semejante exploración estaría signada por los mecanismos mismos de nuestra noción de lo racional y de lo irracional más allá, incluso, de la propia inteligencia de la mente humana. La dicotomía entre el bien y el mal asigna una tarea titánica a nivel filosófico, y aun psíquico, a descubrir qué es lo que realmente define estas dos nociones en el comportamiento y proceder humano. Fuera del espectro religioso o metafísico, lo cierto es que este concepto del bien y el mal ha sido preocupación de pensadores y filósofos desde la Grecia antigua hasta nuestros días. El problema filosófico del mal ha tenido, ciertamente, su parábola descrita con sus meridianos polares en el tiempo. No obstante, una politóloga y filósofa de origen judío llamada Hannah Arendt se sumergió en el siglo XX sobre este topos para descubrir su faceta más cruda y desnuda. La meditación filosófica del mal descrito por esta autora descubre un sistema de conexiones que someten el mismo entendimiento de lo que, hasta entonces, sólo se miraba como una mera posibilidad o un resquicio oscuro del comportamiento y pensamiento humano tratado como una simple “automatización moderna de la especie”, en contraposición con esta concepción de su maestro y colega Martin Heidegger. En efecto, Arendt hurga en lo medular de este acto humano para descubrirnos ante una realidad inesperada: el mal radical. Este concepto, que ya venía trabajando la filósofa desde su tesis mayor, Los orígenes del totalitarismo, encuentra en un significativo juicio a un nazi su cuerpo o forma más elaborada. Hannah Arendt descubre, ante esa recepción de las respuestas de Adolf Eichmann en el juicio de un tribunal en Israel, una faceta que para ella era inesperada e inédita: las respuestas de este hombre, que eran sólo clichés de pura banalidad verbal —“su lucha heroica contra la lengua alemana”, escribió Arendt—, además de sus fórmulas estereotipadas y su lenguaje administrativo —menciona Kristeva—, escondían a un ser que con ingenio burlaba las preguntas de sus acusadores y lo dejaba como un simple observador anónimo en su participación de la aniquilación de judíos en Auschwitz. Este juicio, y la actitud de Eichmann, le llevó a repensar las categorías éticas y comprender de algún modo, no sin asombro, algo que se le presentaba para ella claramente incomprensible. Arendt relata en su informe que Eichmann, un alemán común, “ni débil de espíritu, ni adoctrinado, ni cínico (...), es absolutamente incapaz de distinguir el bien y el mal”. De esta forma, Arendt entendió que su cuestionamiento a nivel filosófico quedaba suspendido o diferido, de alguna forma, por una razón no sólo moral o ética, sino la de un compromiso humano ante el problema de cómo explicar lo que sucedió en Auschwitz, o si es o no explicable este hecho. Llegó a la conclusión de que si explicando lo inexplicable, de alguna manera no se justificaría o se le legitimaba. Como bien lo dice el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber en una conferencia pública sobre este tema que circula en YouTube: “Justificar no significa estar de acuerdo, pero justificar, en este caso, un mal radical, significaría quitarle la excepcionalidad que, precisamente, hace de éste algo tan radical para colocarlo en el punto más alto y extremo de toda maldad”.
La banalidad del mal
En un brillante ensayo sobre la obra de la filósofa Hannah Arendt, Julia Kristeva, teórica de literatura, psicoanalista y escritora francesa de origen búlgaro, hace un análisis del proceso por el cual Arendt llega y encuentra la explicación de la actitud de los nazis en el exterminio judío en su prognosis teórica de la banalidad del mal. La escritora francesa defiende la actitud y el talante de Arendt ante los prejuicios y críticas, incluso, de sus propios colegas y coterráneos, a los que se vio sometida después de hacer público su informe. Kristeva sostiene que, si uno analiza la evolución de su pensamiento desde Los orígenes del totalitarismo, este concepto del mal radical ya está postulado; no como un concepto de pecado original, sino como una manera política e histórica cristalizada, dice Kristeva, de reducir a todos los hombres a la categoría de superfluos. “Esto equivale a aniquilar su espontaneidad y su pensamiento para llevarlos a destruir, sin escrúpulos, una parte de la humanidad”. Arendt sostiene, en un estudio llamado La culpabilidad organizada, lo que para ella es insoslayable e insostenible: hay un mal del que los hombres son capaces y que no posee límites. Esto lo contrasta con el concepto del “mal absoluto” de Immanuel Kant. No obstante, Arendt le reprocha al filósofo que lo haga inteligible, por cuanto lo atribuye a una voluntad perversa, según nos muestra Kristeva en su estudio. Para Arendt, el totalitarismo es sustraído del entendimiento humano por cuanto este horror ha alcanzado lo irreal. Arendt llegó a la conclusión de que, tanto en el sistema totalitario como en el caso Eichmann, este aspecto del mal anula el pensamiento; lo destruye de una forma inadvertida, solapada y, por ende, en un sentido, banal, pero igualmente escandalosa. Esta aniquilación del pensamiento como mecanismo solapado, prefigura, de igual forma, la aniquilación escandalosa de toda vida. Kristeva justifica este pensamiento cuando afirma que “habría que tener mala fe, o no haber leído los textos anteriores de Arendt, para sostener que, al hacer esto, ella disculpaba o banalizaba los crímenes de Eichmann”, como lo sostuvieron los supremos sacerdotes de la Judenrat. La historia nos dice que el agente nazi Adolf Eichmann era un ex dirigente de rango en el sector IV-B-4 de la Oficina Central de Seguridad del Tercer Reich. En el año 1943, ese era el único organismo destinado a cumplir con la tarea explícita de “la eliminación del adversario judío”, como no los recuerda Kristeva en su libro. Tras el cese de la guerra mundial con la victoria de los aliados sobre el frente de la maquinaria alemana, Eichmann junto a otros oficiales se refugiaron en Argentina. El 11 de mayo de 1960, Eichmann fue capturado en Buenos Aires por agentes del Mossad y trasladado a Israel para su juicio. Hannah Arendt le propuso al conocido diario The New Yorker, para el cual trabajaba, que la enviara a cubrir este evento. Tras su estadía en el juicio y después de regresar a Nueva York, Arendt elaboró su informe, que publicó en el diario en forma de cinco artículos, los cuales más tarde aparecerían en forma de libro y al cual Arendt llamó: Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal. Hay que decir, junto a Kristeva, que muchos de sus lectores —sobre todo, de la cúpula judía— no entendieron su posición y le reprocharon a la filósofa y escritora su tono desenvuelto y desprejuiciado. Como lo indica Kristeva, criticaron hondamente, sobre todo, tres temas principales del libro: la crítica y acusación de Arendt al gobierno de Ben-Gurión, y al procurador general Gideon Hausner, “por haber montado un proceso teatral y de propaganda” sobre el juicio de Eichmann. El segundo tema era el de los consejos judíos (judenräte) por haber organizado y participado en la deportación y, en lo sucesivo, de la exterminación de sus correligionarios. El tercer punto fue el retrato que hizo Arendt de la condición de Eichmann en el juicio, “un retrato que minimizaba su personalidad criminal en favor de una construcción abstracta, en la cual él participaba por su valor demostrativo, es decir, la banalidad del mal”. El filólogo e historiador israelí Gershom Scholem dijo que a Hannah Arendt le faltó en su juicio crítico más Herzen-Takt, tacto del corazón. En suma, las acusaciones fueron creciendo de lado y lado, y al final Arendt, después de que deformaran su pensamiento en críticas infundadas y feroces, fue acusada de antisemita. Esta campaña de ataque y difamación, con la anuencia de sus propios colegas y compatriotas, duró tres años. Kristeva retrata en su libro toda la trama de sucesos que llevaron a la acusación de Arendt, incluyendo una en Francia publicada en el diario Le Nouvel Observateur, a través de una carta colectiva firmada por eminentes intelectuales de origen judío, titulada “¿Es nazi Hannah Arendt?”. La polémica que irritó tanto a sus compatriotas israelitas y a toda la comunidad judía fue su reflexión sobre la participación de los consejos júdíos (judenräte) en su cooperación, de alguna u otra forma, con los nazis, en el exterminio judío. Arendt escribe en su informe: “La verdad es que si el pueblo judío hubiera estado desorganizado y carente de liderazgo, habría habido caos y mucha miseria, pero el número total de víctimas no habría estado entre cuatro y medio y seis millones de personas”.
Como vemos, el juicio crítico a un acontecimiento tan virulento como el exterminio judío (Shoah u Holocausto), desde el punto de vista de una filósofa —judía— que fue la única que descubrió la arista escondida del mal radical en un humano, no llegó a convencer ni siquiera a sus compatriotas. Kristeva, en su hermenéutica crítica constructiva sobre el informe de Arendt, formula lo que en apariencia era un individuo —Eichmann— de moral kantiana que creyó servir a la moral protestante cuando cumplía las órdenes de sus superiores, sin un ápice o resquicio de tipo ético o valorativo humano. En su libro, Arendt relata algunos episodios, en apariencia anodinos, pero que en realidad eran la punta de lanza de una actitud indeclinable y absoluta, la banalidad de sus actos criminales. Uno de estos episodios es aquel en donde el acusado se negó a leer Lolita, de Vladimir Nabokov, que un policía israelí le ofreció para relajarlo. Eichmann fue enfático en su rechazo: no leo ese libro porque es “malsano”. De esta forma, Arendt concluye que esta actitud, en apariencia normal, es el reflejo claro de su ausencia de espontaneidad y, por ende, de su capacidad individual de un pensamiento de mismidad, es decir, de personalidad, como lo deja ver Kristeva. “Era imposible comunicarse con él, no porque mintiera, sino porque se rodeaba de mecanismos de defensa extremadamente eficaces contra las palabras de otras personas, contra la presencia de ellas y, por lo tanto, contra la realidad misma”, escribe Arendt en su libro. En otro pasaje, Kristeva menciona otra observación sobre esta actitud banal: “Hasta su muerte, este individuo alemán se contentó con pronunciar frases hechas, como un discurso aprendido, como si citara palabras de confección u órdenes. Ante tanta inautenticidad y obediencia, surge una interrogante: ¿tenía el acusado una conciencia?”.

Esta interrogante nos incita a reflexionar sobre un aspecto inherente a la misma condición humana: la conciencia del ser. Este aspecto, incluso, Arendt lo pone en relieve frente a esta ausencia de pensamiento de Eichmann que hizo eco desde sus observaciones —nada especulativas— sobre sus contemporáneos acerca de la relación entre pensamiento y lenguaje. Tanto en su libro Los orígenes del totalitarismo como en su informe sobre el juicio de Eichmann, Arendt pone en perspectiva la verdadera realidad de esta tragedia humana. “La cristalización de las condiciones sociopolíticas del totalitarismo nazi: la erradicación del pensamiento en el ser humano, su renuncia a pensar por sí mismo, su docilidad ante los superiores que daban las órdenes”. Esta condición, analizada tanto por Arendt como por la consideración crítica de Kristeva, nos hace entender que este aspecto humano de la maldad radical yace en el fondo de la conciencia malsana del hombre que renuncia a todo juicio personal. En otras palabras, se pone en marcha el mecanismo de anulación de la personalidad y todo lo que la razón distingue; esa condición banal no es otra cosa que una enajenación del ser humano. Deja de ser él mismo —individuo o sujeto— para convertirse en un instrumento del poder —un objeto. Pero no debe confundirse “banalidad” con “inocencia”. La historia de Eichmann no es —como lo indica Kristeva— la de un inocente. Los miembros del tribunal que enjuició a este nazi le declaran la pena de muerte, a la que Arendt asiente, pero no porque éste sea un monstruo o un asesino despiadado —que lo era— sino porque esta pena de muerte por crímenes de guerra está destinada a un hombre que cometió estas atrocidades, no a la persona incapaz de distinguir entre el bien y el mal. En otras palabras, Arendt aboga por el derecho penal universal. El análisis de Arendt, en este caso particular, tiene el objetivo de “interpelar la conciencia individual”. Ante su análisis, Arendt no pierde de vista que este es un asunto individual y no colectivo, bajo pena de transformar la justicia y la moral en una propaganda. De tal modo que Arendt deseaba que Eichmann fuera llevado a una corte penal internacional pues “el crimen contra los judíos (era) también un crimen contra la humanidad” (citado por Kristeva).
En un discurso que Hannah Arendt dio en el auditorio principal de la Universidad de Columbia en Nueva York, en donde impartía clases, y para defenderse de su acusadores colegas e intelectuales judíos, enfatizó:
Soy, como todos saben, judía, y he sido atacada por ser una judía que defiende a los nazis y desprecia a su propio pueblo. Pero esto no es un argumento; es una vil difamación. No escribí ninguna defensa de Eichmann; lo que sí hice, y así debe entenderse, fue tratar de conciliar la mediocridad espantosa del hombre con sus horrendos crímenes. Tratar de entender no es lo mismo que perdonar. Considero mi responsabilidad el tratar de entender. Es la responsabilidad de cualquiera que se atreva a escribir sobre este tema. Desde Sócrates y Platón, solemos llamar pensamiento a ese diálogo silencioso entre mi yo y yo misma. Al renunciar a ser una persona, Eichmann renunció completamente a la cualidad humana más definitiva: la de ser capaz de pensar. Por consiguiente, él ya no era capaz de hacer juicios morales. Esta incapacidad de pensar creó la posibilidad, para muchos hombres comunes, de cometer horrendos crímenes a una escala como nunca nadie había visto antes.
En sus últimos ensayos y artículos para la prensa, Arendt adopta —según Kristeva— un enfoque heideggeriano, porque reinterpreta a Platón y postula una relación cercana entre el ser y la nada. Pero no nos confundamos. Esta relación en el enfoque de Arendt es distinta a la prognosis de su profesor y consorte Heidegger. ¿En qué sentido? Arendt indica que algunos individuos “horrorosamente normales” sin ser sádicos, cometen crímenes con una banalidad sumisa asombrosa. “Son incapaces de juzgar pero se arrojan el derecho de decidir quién debe y quién no debe habitar este planeta”, como nos lo hace ver la autora de El genio femenino, citando a Arendt en su análisis. El peligro de esto, y lo estamos experimentando en esta era de globalización galopante, es hacernos la pregunta inquietante de Kristeva: ¿habría muchos Eichmann en potencia durmiendo dentro de los “ganadores” de la sociedad de consumo hipertecnificada? Esta interrogante aún espera por una resolución o respuesta en el futuro inmediato que nos toca vivir en esta posmodernidad caótica y fragmentada.
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