
“La palabra se vuelve carne y habita entre nosotros”, predicó san Juan.
Se comen palabras. Se devora a quien se ama.
Los elementos vitales y culturales en manos de las mujeres, desplegando un saber ancestral, nutricional en nuestra vida.
Comida y escritura: nutrientes acciones que un linaje de escritores ha rescatado a lo largo de la historia de la literatura en diversos textos.
En cada rito narrado hay fragmentos de un pasado, una memoria reconocibles.
Ritos que se cumplen mediante el acto de comer —o la prohibición de comer— determinados alimentos. Alimentos que están ahí por sus nombres, por la homofonía.
No mantenemos con los alimentos una relación de necesidad, ya que el nombre (la palabra) del alimento tiene peso y las comidas no se eligen sólo porque son buenas para comer sino porque son buenas para pensar.
Bellini, en su magnífica obra El festín de los dioses —donde los dioses del Olimpo rinden especial homenaje a la comida—, nos remite a episodios del Fasti de Ovidio. Como contrapartida, el cineasta neorrealista Marco Ferreri representa en La gran comilona otra faceta del acto de comer: cuatro amigos que han creado un club de gourmets deciden suicidarse comiendo para liberarse de una vida que parece haber perdido todo propósito. Empiezan así unas comidas suculentas y copiosas. Todos, y por distintas circunstancias, mueren comiendo, entre los ladridos de los perros y los mozos de la carnicería que siguen trayendo comida...
La incorporación del alimento que se produce en una ceremonia religiosa es identificarse con una palabra, una frase. Las reglas alimenticias poseen un efecto moral y psicológico. De hecho, las plegarias y los rituales alimenticios han ido sustituyendo los sacrificios.
El acto de comer el alimento-palabra durante el rito constituye el momento fundador del sentimiento de grupo; demuestra la existencia de un vínculo estrecho entre la oralidad y la relación con el saber, entre el alimento del hombre y los textos que con él se traga. En castellano decimos “tragarse un libro”. La relación del verbo con el alimento es paradigmática en las culturas de oriente.
Es tabú comer del fruto prohibido, el que abre las puertas del conocimiento, del discernimiento entre el Bien y el Mal...
La comida, en algunas etnias del África occidental, puede tener un valor económico y ser utilizada como moneda de cambio.
La vinculación del alimento con los momentos más trascendentes de la vida cotidiana, su relación con el deber de la hospitalidad, representa el más significativo de los signos. No se puede analizar culturalmente el alimento en todas sus vertientes sin dar cuenta del nexo de unión entre éste y el ser humano y, sobre todo, con su elemento femenino. La comida está íntimamente ligada a la mujer, a los rituales que acompañan las diversas fases de su vida, a su esencia femenina. Ciertos platos se convierten en elementos de un ritual como símbolo de algo intangible, parte visible de algo que pertenece a una visión espiritual del mundo, algo que se aleja de una interpretación puramente natural de los fenómenos de la vida humana.
Otra dimensión de las expresiones culturales es la de la circulación de la energía material que se vuelve espiritual en esa comida que ingerimos por la boca y que nutre nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestra producción humana y, también, las ofrendas a los difuntos: porque también el mundo culinario circula alrededor de la muerte. Es la celebración última luego del deceso.
Siempre hay diferentes contextos en los que el referente de la comida tiene su lugar: el ritual de la vida y de la muerte y sus relaciones con la comida.
La comida entendida como núcleo de las tradiciones de un pueblo, como símbolo de las distintas fases de la vida del ser humano, como ritual ante los huéspedes que acuden a una casa, como fragmento visible de una sabiduría desconocida o ignorada; todo ello conforma las profundas relaciones del hombre con su historia, con su esencia, con su arte culinario, y es una invitación a percibir los primeros encantos de culturas milenarias y contemporáneas.
Con la letra de lo mínimo y la premura de lo excelso, la madre en la memoria y un hambre de nostalgias y obsesiones, se fue armando este banquete literario como homenaje a las comidas de este mundo que nos invita a degustar los placeres de la letra escrita.
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