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Editorial Letralia publica Simulacros
El nuevo título de nuestra editorial electrónica es un compendio de cinco cuentos del escritor colombiano Carlos Luis Torres Gutiérrez.

I Concurso de Cuentos Interactivos
Acompañada del CID y el Laberinto de Letras, estamos convocando un pequeño certamen literario.

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Ganadores del Juan Rulfo. Escritores de Chile, Colombia, Argentina, Cuba, Estados Unidos, Francia, El Salvador y Venezuela se llevaron los premios del concurso Juan Rulfo.
Rigoberta Menchú Galeano en defensa de Rigoberta. Para el autor de Las venas abiertas de América Latina, la investigación de The New York Times contra Rigoberta Menchú intenta demeritar su lucha indigenista.
Artistas españoles ayudan a Centroamérica. La Fundación Rodríguez-Acosta realizó una subasta paa llevar recursos a los pueblos afectados por el huracán Mitch.
El doctor García Márquez. La Sorbona otorga doctorado honoris causa al Gabo esperando que éste apuntale la actividad de su área de estudios hispánicos literarios. Letralia reproduce el artículo sobre Clinton con el que el Gabo regresa al periodismo.
Gonzalo Torrente Ballester Muere Torrente Ballester, un escritor de cuerpo entero. A los 88 años, murió en Salamanca uno de los más grandes novelistas españoles del siglo.
El regreso de Pablo Milanés. El autor de Para vivir ejecutó un concierto ante cinco mil espectadores en el Carlos Marx de La Habana. En marzo viajará a España.
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¿Ángeles... o Demonios? Una revista bimestral que se edita desde 1997 en Valladolid y que funda su éxito sobre una acertada selección de textos.

Artículos y reportajes
Violeta en sus propias palabras. El 6 de febrero de 1967 murió Violeta Parra. Hoy la seguimos recordando por canciones como Gracias a la vida.

Sala de Ensayo
Diego Velázquez La instantaneidad de Velázquez. El escritor español Francisco Arias Solís descubre cómo Velázquez convirtió en eternos los momentos únicos.
¿Qué problemas entraña el idioma español? Suprimir la ñ sería un alivio para el defecto de conformación física de los no hispanoparlantes, según el ensayista español Miguel Horn.

Letras de la
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Escuela de teatro
Pedro de Isla
Poemas
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Cuentos
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Dos poemas
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Don Alejandro. En las orillas del tiempo cuento con un querido profesor de matemáticas
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Poemas frugálicos 3 (extractos)
Hebert Abimorad
El vagón de los recuerdos
José Mijares
Poemas
Judith Rozo Suárez
Paisaje antes del alba
Yamil Rodríguez Montaña

El buzón de la
Tierra de Letras


Una producción de JGJ Binaria
Cagua, estado Aragua, Venezuela
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Resolución óptima: 800x600
Todos los derechos reservados. ®1996, 1999

Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 63
1 de febrero
de 1999
Cagua, Venezuela

Editorial Letralia
Itinerario
Cómo se aprende a escribir
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

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Escuela de teatro

Pedro de Isla

(Nota del editor: en julio de 1998, el escritor mexicano Pedro de Isla publicó su primer libro, Los Batichicos, un interesante compendio de cuentos ambientados en una compañía cuyos empleados exploran diversas aristas de la vida. El libro, que apareció bajo el sello de Ediciones Yoremito, apareció una reciente mañana en nuestras oficinas. Reproducimos aquí uno de los cuentos que lo conforman).

Los Batichicos, libro de Pedro de Isla El taxi avanza despacio. Al llegar a la esquina, el chofer gira el volante hacia la derecha y observa cómo los faros aclaran una hilera de coches estacionados a cada lado de la calle. El persistente golpeteo que producen un par de pequeñas piedras incrustadas en cada una de las llantas delanteras le indican su velocidad. César busca una casa tal como se la explicó Hernán: una reja de hierro pintada de rojo, un par de pequeños faroles y ningún espacio para estacionarse.

Los pequeños charcos del pavimento reflejan la luz que sale de las ventanas, casas y lámparas. César baja la ventanilla y recorre la calle hasta distinguir la reja y los faroles escondidos entre los arbustos. Sube la ventanilla, revisa la corbata y el pelo. Le hubiera gustado llegar con otra ropa, pero la junta con los potenciales proveedores de envases se alargó demasiado y no tuvo tiempo para llegar al hotel o quitarse el traje. Cierra la ventana y espera que el taxi se detenga para bajar.

La entrada de la casa está bloqueada por el único tramo visible de reja. César sigue el camino ondulante que se dibuja en los adoquines de la banqueta hasta llegar a los arbustos. Toca la pared para asegurarse que esté seca y se recarga en ella mientras busca algo que se mueva entre los coches estacionados. La puerta no tiene candado pero Hernán le dijo que no se metiera sin él. Cinco minutos. Ni una persona ni un coche han pasado por la calle. La corriente fresca de la tarde cambia en un momento y se convierte en el aire de la noche, más ligero y frágil, cambiando siempre de dirección, perpetuamente, lo suficiente como para metérsele entre el pantalón y los calcetines, lo suficiente como para recordarle que en Querétaro no se puede confiar porque en las mañanas nadie sabe cómo va a ser el resto del día.

Un coche pasa lento, baja la velocidad un poco más al pasar frente a donde César está recargado y acelera. Mientras lo sigue con la vista, observa cómo se encienden dos luces rojas: ya ha encontrado dónde estacionarse. Un hombre abre la reja metálica junto a César.

—¿Se le ofrece algo?

—No, gracias, estoy esperando a un amigo.

—¿Lo conozco?

—No sé, se llama Hernán Farías.

—Me refiero a usted.

—No, no creo.

El hombre lo ve, revisa su apariencia mientras él se vuelve a concentrar en el camino donde se quedaron las luces rojas.

—Espérelo adentro.

César despega el cuerpo de la pared y se ve reflejado en el vidrio polarizado de un coche. Atraviesa la reja y entra en un pequeño pasillo delimitado por dos enredaderas.

Ahora el hombre se le acerca, lo acompaña por el pasillo hasta llegar a una puerta de madera con chapa dorada y la abre.

—Acaba de terminar lo mejor —le dice—. Pase y espérelo.

César ve a su lado a un gordo de sombrero texano, con la mirada perdida en la cortina roja, parado junto a la puerta, donde hay otros tres.

El hombre que lo acompañó trata de cerrar la puerta, pero César le estorba.

—Nomás espérese un rato y va a ver buena carne —le dice, mientras lo empuja lo suficiente para, ahora sí, cerrar la puerta.

—Gracias —alcanza a contestar, mientras entrecierra los ojos para acostumbrarse a la poca luz.

Un mesero, con escaso pelambre en cabeza y mejillas, se acerca y le ofrece una mesa en el extremo derecho. Camina hacia ella y empuja una silla hasta tocar la pared. La puerta que da hacia la calle se abre y entra Hernán.

—¿Qué va a tornar?

César no contesta, espera que Hernán llegue hasta la mesa y tome una silla.

—Tráeme una botella de ron y quiero saber dónde están las viejas —le dice Hernán al mesero, mientras se termina de acomodar.

El mesero se aleja. César ve la pared detrás de él: alfombra en la parte de abajo, arriba buena madera con luces neón, verdes, anaranjadas y rojas, que enmarcan las páginas interiores de diarios y revistas, posters de mujeres sobre motocicletas con camisetas mojadas y conejitas de Playboy. Los mosaicos del piso, rombos blancos y negros, semejan círculos que convergen en el centro del salón: cinco cruces formadas por mesas altas, un tubo cromado en el centro de cada una y una cortina roja atrás de cada cruz. Seis mesas pequeñas alrededor de las mesas altas. Son las primeras en ocuparse.

—Aquí tiene —dice el mesero que ha regresado con tres botellas de agua mineral y una de ron. César voltea a verlo.

—¿Y las viejas?

—Eso es en el segundo piso —contesta el mesero, señalando la escalera al lado de la barra.

—¿Y por qué no me lo dices antes de pedir?

—Porque hay consumo mínimo para poder subir.

César toma la botella y gira el tapón para romper el sello metálico.

—Pos me la llevo de una vez y te la pago cuando baje.

—Ni madres —responde el mesero—. Págala ahora, luego te truenas toda la lana arriba. Éstos son negocios distintos.

—Si son distintos, entonces ¿por qué pides consumo mínimo?

—Págala antes de subir, luego te la puedes chupar tú solo.

—Oh que la...

Hernán se adelanta, paga la botella, se la da a César y sube. Él lo sigue unos escalones más atrás.

Al cerrar la puerta del segundo piso, la luz desaparece poco a poco. Adentro, César ve un pasillo a la izquierda, con paredes desnudas, mientras una figura femenina se le acerca.

—Buenas.

La mujer no contesta, se detiene a su lado y lo toma del brazo. Él se deja llevar por el pasillo, en el que ahora se ven puertas con pequeños números.

—¿Cómo te llamas?

Ella sigue caminando. Voltea a verla, pero la escasa luz le impide fijar sus facciones.

—¿Cómo te llamas?

—Lizzette.

—¿Y tienes un catálogo?

—¿Un qué?

—Un catálogo.

—¿Siempre te tratas de hacer el primerizo?

—¿Tienes o no?

—Tengo lo que tú quieras.

—¿Y están como las de los posters?

—¿Cuáles posters?

—Los de abajo.

—De veras estás jodido. Ves muchas películas, ¿verdad?

—Quiero una que esté delgadita, como las de los posters.

La mujer no le contesta y sale por el pasillo. César ve a las otras mujeres sentadas. Ni siquiera lo miran, ya habló con Lizzette y seguro se arregló.

 
 

La botella de Canaima descansa en el centro de la mesa junto a una cajetilla vacía, otra sin abrir y el encendedor metálico. Las sábanas estampadas con flores y la colcha con hebras de distintos tamaños cubren la mitad superior del cuerpo de Patricia, dejan que la luz filtrada entre las persianas camine por los erizados poros de sus piernas y nalgas. Sentado a los pies de la cama, César la ve.

—Siempre había querido acostarme contigo —le dice—. Mira que me vino a suceder aquí, en Querétaro.

Los pies de Patricia, con uñas desteñidas como las sábanas y dedos deformados por los zapatos estrechos, se doblan. Los muslos de las piernas están tensos y se van encogiendo poco a poco, metiéndose por completo bajo la tela deslavada.

—Ojalá y lo podamos hacer otra vez —continúa César.

Las sábanas se mueven al ritmo del cuerpo bajo ellas. Movimientos lentos y cortos las bajan apenas unos cuantos centímetros, suficientes para dejar ver una cabellera rojiza primero y, más abajo, dos ojos aun más rojos.

—Sí, es cierto, no me veas así. Siempre me gustaste, desde que estabas como secretaria del jefe de Sistemas. Nunca te dije nada porque no tenía caso, siempre había al menos tres tipos detrás de ti, como perros, y ellos siempre andaban de traje y corbata, todos arreglados, nunca se paraban en la planta, no se fueran a ensuciar. Yo, en cambio, tenía que arreglármelas a diario con algún equipo que necesitaha mantenimiento y al final tenía un montón de manchas de cuanta comida salía entre los fierros; muchas veces, cuando quería darme una vuelta por tu lugar, al menos para verte, me daba cuenta que la limpieza de los ductos de alimentación de la olla tres me había dejado la ropa oliendo a rayos.

César toma una de las puntas de la sábana y busca los tobillos de Patricia. Ella siente su mano y recoge rápidamente las piernas, haciéndose ovillo. Él pone su mano izquierda sobre la sábana, tomando el tobillo de Patricia.

—Nunca me hubiera imaginado que trabajabas aquí, te creíamos en el De Efe. Tu amiga Dalia Sofía nos platica en el comedor de lo bien que te la pasas en Chilangolandia, una vez nos dice que estudias teatro y a la otra nos cuenta cómo le estás haciendo para estar en los coros del nuevo disco de Mijares; a veces uno cree que es tan mentirosa como Fernanda, pero luego piensas que no, que te estás ganando un lugar en el espectáculo, que tienes mucho futuro.

—¡Cállate!

—Lo siento, Patricia, es que a uno le cuentan eso casi a diario y se siente muy contento de conocer a una nueva y, dentro de poco, famosa cantante.

—Ya párale. Esto se va a quedar aquí. Si alguien se entera en la planta te juro que te mato. No sé cómo no te reconocí cuando entraste.

—Es que la luz aquí esta bastante jodida, pero no te preocupes, de mí no va a salir. Además, más de uno de ésos que andaban tras tus huesos me mataría primero.

La mano de César sube por el tobillo hasta el muslo. Patricia recoge más las piernas tratando de hacerse ovillo y él baja de nuevo la mano hasta la altura del tobillo.

—¿Sabes? Estuve jugando con Dalia Sofía.

—¿Cómo que jugando? ¡Si le haces algo o le cuentas algo..!

—No le hice nada. Inventamos un equipo de voleibol para el torneo de la planta, Gonzalo le puso Los Batichicos.

—¿Y quiénes juegan?

—Somos de todas partes, hay gente de la planta, de Control de Calidad, de los laboratorios, unos chavitos que están haciendo su servicio social, una chava de recepción que está bien lurias, además de Dalia Sofía y otros que sabe Dios de dónde salieron.

—Pero, ¿cómo le hicieron para juntarse?, ¿ya se conocían?

—No, pero como a Gonzalo ya no lo quisieron en el equipo de Recursos Humanos, se inventó otro con todos los que rechazaron en nuestro departamento.

Sin soltar el tobillo, César comienza a acariciarlo, mientras su mano derecha busca la pierna de Patricia.

—¿Vas a volver?

—¿A qué?

—Pues no sé. A tu casa.

—¿A ti qué te importa?

—Con todo lo que dice Dalia Sofía de ti, vas a tener que regresar algún día. ¿Acaso crees que se van a olvidar de ti? ¡Si tú eres su esperanza!

—¿Y qué les voy a decir?

—Algo se te ocurrirá.

—No seas estúpido. Si regreso tengo que llevar algo de lo que he hecho para mostrárselos.

La mano derecha de César encuentra la pierna que buscaba. Afianzada, ahora su mano izquierda abandona el tobillo rumbo a la otra pierna.

—¿No te gustaba el trabajo en la planta?

—¿Qué más podía lograr en ese pobre escritorio? Sólo amargarme poco a poco. Yo quería algo más allá de un par de uniformes nuevos cada seis meses y unos zapatos que combinaran.

—A muchos les gustabas.

La cara de Patricia sale por completo debajo de las sábanas. Toma una almohada, la pone en su pecho y se sienta en la cama.

—¿Y luego? Todos eran simples empleados. No iba a salir de una casa de interés social, pagada a veinte o treinta años, con un auto lo suficientemente viejo para poder pagarlo y lo suficientemente nuevo para que no me deje tirada. No, ya veo que mis salidas serían sólo al martes de frutas y verduras, a la escuela de los niños y a alguna clase donde me enseñaran cómo hacer lindos y sabrosos pasteles para vender y ganar más dinero, con el que ayudaría a mi esposo, porque el maldito dinero, como siempre, no nos alcanzaría.

—¿Así te veías?

—¿Y cómo te ves tú dentro de diez años?

—Yo voy a salir adelante.

—¿No seas estúpido! Llevas cinco años en la planta y no has podido cambiar el auto.

—Te equivocas, ya lo cambié.

—¿Y en cuántos años lo vas a pagar?

—En cincuenta meses.

—Qué jodido.

César empuja las sábanas y deja descubiertas las piernas de Patricia. Se acomoda a su lado, toma la almohada y la estira. Patricia no la suelta, la mantiene aprisionada. Él la observa, sus ojos siguen rojos, sólo que ahora de un rojo encendido. Suelta la almohada, se levanta de la cama y comienza a vestirse. Patricia lo sigue con la mirada.

—¿Te vas a quedar en Querétaro?

—Por un tiempo. Voy a regresar al De Efe, me pondré a estudiar en otra escuela de teatro, al cabo hay muchas allá. Terminaré, comenzaré a actuar, seré famosa y entonces sí podré regresar a Monterrey.

—¿Y si no lo logras?

—Entonces me busco un hombre con dinero, me caso y regreso con familia y todo eso.

—¿Y tú crees que lo puedas hacer?

—Sí. Hay mucho pendejo en este mundo.

Mientras termina de vestirse, César observa los ojos de Patricia: siguen rojos. Mete la mano al pantalón y saca un par de billetes. Los pone junto a Patricia y se va hacia la puerta.

—Toma, para que sigas juntando. Me imagino que las escuelas de teatro son caras. El mes que viene hacemos una auditoria por acá y me doy la vuelta para saludarte.

—Ya no me encontrarás aquí, estaré estudiando.

—Como digas.



       

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