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El vagón de los recuerdos

José Mijares

En Asunción el tiempo estaba paralizado; sus moradores vivían enterrados con su memoria, como los alacranes debajo de las piedras. El único nexo con los demás pueblos fue siempre a través del olvidado sendero de las mulas: un largo recorrido: pedregoso, agreste y desolado por el que muy pocos se aventuraban.

Las caravanas cargadas con bastimentos de las aldeas vecinas recorrían aquella ruta por meses, y sólo si las condiciones del terreno y el clima eran propicios, les tomaba algunas semanas llegar felizmente a su destino.

Un día corrió un rumor entre los pobladores del desierto. Los lugareños hablaban de un extraño sonido que ensordecía el aire y espantaba las nubes. Quienes tenían el valor de acercarse para curiosear huían despavoridos para ocultarse en los montes cercanos, o correr sin rumbo fijo, hasta alcanzar la cueva de algún ermitaño donde se enclaustraban para no volver a ver la luz del sol; todos en esas vastedades se refugiaban aterrorizados luego de presenciar semejante monstruo, soplando humo, salpicando chispas, empujado en una endemoniada carrera, sin alterar, no obstante, la tristeza del paisaje. Los más audaces: orates o desposeídos de toda fortuna, se detenían sobre los rieles y yacían sobre ellos, tentando a la mismísima muerte con el regreso de aquél.

Muy pronto, los moradores de Asunción comenzaron a inquietarse. Cada día que pasaba, el monstruo del penacho de humo se acercaba inquietantemente. Por primera vez, y así lo registran los anales del pueblo, sus ancianos decidieron oponérsele en defensa de la paz que juraban de sus manos partiría, como sus hijos y sus nietos con la llegada de aquel intruso. Los jóvenes asuncionenses habían emigrado de la aldea y eran reclutados por los advenedizos que llegaban en oleadas dentro del engendro de hierro. Los aldeanos a regañadientes se familiarizaban con el ferrócarril, como lo llamaban. Poco pudieron los viejos resquemores y sus dueños. Las nuevas arribaron inevitablemente.

El ferrocarril era el ariete inesperado del progreso. Con su avanzada, arribaban también los civilizadores: señores orgullosos y educados, portadores de extraños instrumentos con los que levantaban la vialidad por donde pasaría; y con ellos, venían también constructores, médicos, sastres, zapateros, periodistas, boticarios, bodegueros y pare usted de contar.

Así comenzó todo, hijo. Decirte que fue demasiado tarde cuando tú naciste, sería como desechar los sueños a los que tienes derecho y por cuyos carriles corre aún tu imaginación. Sobre el ferrócarril pasamos las páginas de la historia e iniciamos una nueva relación a partir de nuestros inventos. Y fue el ferrócarril el más importante antes de la llegada del teléfono. Pueblos enteros como Asunción, cuya bucólica vida aletargaba a sus moradores, fueron transformados inexorablemente. Muchos viejos, entre ellos mi padre, le opusieron tenaz resistencia, aunque al final fueran arrastrados también por el dictamen fatal del progreso.

Y no conociste el ferrocarril, no porque yo no haya querido; fue así, pues en el fondo no lo quisimos, si lo hubiésemos querido, el carro o el autobús con que vas todos los días al colegio continuaría siendo el ferrocarril. Por fortuna, los niños aprecian la historia que se hizo legendaria a fuerza de contarla.

Salía en lomo de mula hasta Asunción donde llegaba el tren y aguardaba hasta que no hubiese nadie para colarme en alguno de esos vagones repletos de gallinas, marranos o niños como yo que gozábamos la aventura de viajar en él. Así pude ver el mundo, desde las ventanillas de un ferrocarril. Escuchar el repique de sus ruedas sobre la superficie de la tierra era como entregarte a la sensación que no perteneces a nada ni a nadie, sólo a ti mismo y al camino por donde te encarrilas como aquellos dichosos vagones de mis recuerdos.

No puedo ahogar una odisea como aquella, aunque mis padres lo hayan intentado. Mi relación con el ferrocarril fue inevitable, desde mi infancia y a lo largo de toda mi vida: un viaje con todas las escalas y todo el tiempo para valorar la pausa. Porque por más grande que sea el mundo, nunca faltarán rieles para recorrerlo.



       

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