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Paisaje antes del alba Martes. Seis y cuarto. La lluvia nos amenaza. Ariel cerca del parque detiene la bicicleta, suspira y se muerde los labios, sé que se muerde los labios. ¿Quieres ir?, pregunta. No sé, como tú quieras, replico. Quizás vuelva la cabeza y me diga: mejor te quedas, te invito a un trago. Pero no lo hace. Yo sigo corrigiendo el maquillaje y él no se mueve hasta que un claxon indiscreto me tira al pavimento. No, no es nada, le digo y me ajusto los tacones con indiferencia para que no se baje y me mire y diga una estupidez, porque ha comenzado a mirar a la gente con odio; y cruzamos unas palabras que casi siempre son las mismas o muy parecidas a las que el día anterior habíamos cruzado en este o en otro lugar que siempre nos parece el mismo:
No van a dejar de mirar. Y sólo tengo que hincarle los ojos en el azul sucio de sus pupilas, hacer como que no lo conozco, tomar un poco de aire salado, triste, y caminar hacia el mar para que baje la cabeza y el asco le brote por la piel, invisible, letal y lo arrastre sin compasión calle arriba. Y dice: No aguanto más, con los dientes bien apretados, mientras se retira como un animal herido, porque sabe que después que doy la espalda estoy sorda y el rubor se evapora como por arte de magia y soy yo pero no soy la misma y eso me asusta tanto como caminar cerca del mar a la hora que la tarde se hace añicos. En otro tiempo Ariel no hubiera hundido la cabeza y yo no me hubiera puesto estos zapatos onda retro feos, zapatos con aspecto de zapatos feos onda retro que seguro se puso una mujer que le gustaban los zapatos feos onda retro y tenía el pie plano y sufría de migraña, pero como son los únicos me hago la idea de que no son los únicos y que a la gente le encantan y que a mí me gustan, aunque no me gustan, y que a Ariel lo vuelven loco, aunque no lo vuelven loco, ni me pide, nunca lo hace, que me los deje puestos para hacer el amor a la manera de las revistas porno que guarda debajo de la cama. Pudiera tener unos zapatos mejores, llenar un armario de zapatos para ir a restaurantes, zapatos para ir a tiendas, zapatos para sacar a pasear los perros que no tengo, pero no puedo; no me puedo dar el lujo con los verdes. El dinero que gano es para una casa, para irme lejos, lo más lejos posible de este pueblo de mierda donde la gente no sabe otra cosa que hablar mierda:
que si
que ahora sí el mundo está
y esto no es decente y lo otro no es decente y
y nada es decente en este pueblo de mierda a donde Ahora no me queda otro remedio que conformarme con soñar con una casita blanca con rosas búlgaras en el pórtico y verja que rechine y dálmatas que dormirán en mi cama para espantar la soledad que a veces es preferible, mejor que nada, y aceptar lo que dice sin decir Ariel a cualquier hora. Pero a decir verdad y a decir mentira, sueño, no porque no cueste nada, sino porque creo que eso me ayuda a darle algún sentido, si es que lo tiene, a mi vida que no sé si gano o pierdo cada vez que entro al Seamanclub como lo hago en esta santa hora, dejando atrás el olor de las algas podridas sobre la arena, a metal oxidado por el salitre, de espaldas al jadeo del mar y al silbido del viento que manosea las majaguas que se deshojan, muy cerca de la playa. Camino despacio, muy despacio, preguntándome cómo me podré llamar esta noche; si el peinado es o no atractivo; si el escote es más indecente que el de las otras que me guiñan el ojo, mueven la mano y dicen:
Tómate un whisky. Y trato de no volver sobre mis pasos y sonreír para que desde lo más negro de mis ojos surja un brillo que probará que estoy feliz de poderme llevar un mentolado a los labios y más feliz por saber que por una semana, siete días que comienzan con un martes, voy a ser más feliz que nunca, aunque es mentira y no lo es, lo sé y es muy difícil de explicar. Filipinos y griegos, me dice, el amigo de una de las chicas, que se cruza conmigo y me da fuego y sigue hacia la mesa de la esquina repleta de cerveza y whisky, soda y cajetillas de todas las marcas habidas y por haber. Filipinos y griegos, repite a mis espaldas, bajito, con desprecio, el amigo, novio, esposo, guardaespaldas, que seguro hace de primo, vecino, hermano o quién sabe qué ariente o pariente, para beber cerveza de lata y fumar cigarrillos con filtros en la misma mesa que su mujer, que no es su mujer, no puede serlo, y no va a ser su mujer en una jodida semana. Y yo digo: filipinos y griegos, y comienzo a marcar con el taca taca de los zapatos feos onda retro mi territorio, expandiendo el perfume más rechinante del mundo como un menstruo sexual que se les mete en los pulmones y en los huesos a los marinos que beben, fuman, chapurrean un inglés bastardo y toquetean a las chicas, meten las manos entre las piernas de las chicas como si las conocieran de días, meses, años; babosean a las chicas que no tienen nada de chicas, porque una chica, una verdadera chica tiene padres rosados que huelen a nuevo y va a la mejor escuela y usa ropa chic y no es virgen pero todos piensan que es virgen y la abuela le regala dólares para que se compre zapatos feos onda retro y vaya, con los zapatos feos onda retro, a un cabaret con su novio y sea una chica decente que a fin de cuentas es lo que importa en un pueblo de mierda, que es de la más pura mierda porque no tiene un baño público, ni un hotel que valga la pena, ni vienen turistas de ninguna clase, ni hay un cabaret decente, si es que un cabaret ha sido alguna vez decente, ni un jodido lugar donde te puedas sentar a ver caer la tarde sin que alguien que no es extranjero, ni turista, ni nada, quiera follarte, cogerte, templarte, apuñalearte a vergazos, para dejarte medio muerta en un chiquero, que no pudo parecer el Galaxy Hotel de Las Vegas, con un puñado de pesos que no van a dar para un litro de aceite, un creyón labial y unos zapatos tenis de tres por quilo. Por eso es mejor hacerle caso a cualquier marino grasiento, bronceado y pichicorto, y dejar que el sol se ponga en las novelitas de Corín Tellado y Vargas Vila; por eso, nada más por eso, llego a la barra con el More entre los labios, envuelta en una nube de humo, exhibiendo una sonrisa de sirena pervertida que no sé de dónde saco. El barman de turno, pálido, ojeroso, me descubre en la banqueta más lejana y balbucea: ¿Lo de siempre? Lo de siempre, le respondo para que se concentre en lo de siempre: un portavasos, copa de champaña y agua. Entonces, con un gesto premeditado, dejo caer la colilla, cruzo la pierna, me arqueo, como queriéndome salir del vestido que casi no me sirve, y tomo un sorbo de agua que es mejor que un bautismo; y siento que lo que me quería decir el barman con los ojos, puta, puta de mierda, no me lo quería decir y dejo de sentirme sucia y me digo: tú tienes más agallas que nadie, los cana no van a joder la noche, no eres una puta, no eres una puta de mierda. Y así el conjuro funciona. Los proxenetas no se atreven a echarme mano y las demás putas, las no chicas, las domadas, las que no pueden vivir sin una navaja en el cuello y sin un macho que les chupe la plata, esconden sus garras y me tienen que sonreír, mirar dulce. Y me miran dulce, muy dulce, las putanas, los chulos, el barman, con las terribles ganas de gritarme hija de puta, puta de mierda, puta con suerte, ahora que un filipino o un griego me pone su mano de hombre solo en el hombro, cálido, ámbar. Bingo.
Hay putas pudriéndose sin un semental, sin un grumete Bingo.
Le muestro la cara al filipino que Bingo.
El filipino con cara de idiota, blablabla inglés, Komodo, Komodo, no deja de balbucear el filipino; Komodo, Komodo, tagalo, inglés, a la mierda el barco, el griego y el sobrecargo. El marino me aprisiona con el brazo y caminamos calle arriba hasta la primera sombra, bien lejos del farol frío y lejano de mercurio. Un beso, está pidiendo un beso, esa mueca no puede ser para otra cosa, pero no puedo; veo su lengua ensalivada y creo que es ponzoña, lo aparto, llegamos a la luz más cercana y le digo: moment please, quita, quita, después men, no here, ¿okey?; okey, replica desanimado bebiendo lo último de una lata de cerveza que su mano aplasta y deja caer sobre la negrura del asfalto. Entonces, me trago el asco, vuelvo a besar su mano y Bingo. Llegamos a una casa apuntalada, forrada de líquenes y hongos, al final de una callejuela. No problema amigo, no problema, le digo para que no se inquiete y piense que es una encerrona, la trampa que no le hicieron en Liverpool, Gibraltar, Hong Kong. Y con los ojos hinchados por el miedo se acerca y me dice: okey, no problema, y trata de sonreír con el tan tan tan de mi mano en el portón. Tan tan tan y no vuelvo a profanar la madera para que adentro me entiendan y no se asusten. Yes.
La puerta se abre con la exactitud de la sospecha. El No pienso en nada. Para estas cosas no se puede pensar en nada, ni siquiera en la nada misma, porque a veces cuando a una se le ocurre pensar en nada, para no pensar en nada, ahí mismo viene un nombre, un lugar, un día, un olor, y allá va el perro, la perra, con el rabo entre las piernas porque no pudo bajar la bragueta, sacar la cosa, chuparla, abrir las piernas, metérsela, moverse, moverse y moverse. Coño, moverse y fingir un orgasmo Komodo, eso es más difícil que tenerlo, y a veces una no puede. Pero qué coño vas tú a saber de eso. Sí, sigue pasándome la lengua; hunde tus manos en mi cuerpo que arde por otro hombre y dime como tú quieras que lo voy a intentar, pero si no puedo no me culpes. Komodo. Komodo, le digo sin que se me escape otro nombre de la punta de la lengua sin que el asco me brote, con los pezones destilando saliva y el cuello arañado por los garfios del mentón mal rasurado. Komodo, Komodo, repito como un abracadabra y aparto su cuerpo para entregarle el condón, regalía de la casa, comenzar de rodillas una operación que no dura nada y dura toda una eternidad: un botón, la cremallera, el puncho, una sonrisa y ya tengo el pene entre las manos, duro, pequeño, circuncidado. Los hay que la tienen más pequeña, con tatuajes de serpientes y dragones, y marcas que parecen de cuchillo, heridas que no son heridas, que por dentro a una la raspan y pinchan, pero este tiene una perla incrustada en el glande y una maraña de várices que no me dan asco. Y abro la boca, tengo que abrir la boca, para que Komodo no tenga que cogerme por el cuello y me ponga un cuchillo en el ojo y me diga en inglés o tagalo: mama coño, mama, seguro dice. Y saco la lengua y la paso por el glande ensalivando la perla hasta que me trago el pene y su pene y su pene en mi boca y mis manos hincándole las uñas, sin hincárselas, en las nalgas y mi boca en su pene y su perla abriendo un surco en mi garganta. Y una voz me dice: muerde y arráncale la verga, mastícala coño; mastícala, mastica; mátalo a mordidas. Y cuando creo que puedo arrancarle el pene y saciar una rara hambre de no sé qué, los dientes se arrepienten de morder y mi boca en su pene ya no está en su pene. Suspiro hondo y le señalo con el dedo el condón que Komodo aprisiona. Sí, póntelo, porque si no nananina le dijo a nana. Y él me entiende, sin entenderme, se quita la ropa gritando con los ojos que me arranque el vestido, que haga de tripas corazón, que le sonría para ver si tiene por una vez en su vida una cabrona noche de felicidad. Sí, Komodo, voy a sonreír, me voy a parecer a tu primera novia, vas a sentir el olor de tu mejor amante y me puedes decir como tú quieras en esta noche, tu noche, la mejor de tu vida. Sí, eso es Komodo, acomoda el látex y ábreme los brazos que no demoro nada; afílate los dientes como un dragón y deja que el deseo te coma; todo va a salir a pedir de boca, no queda otro remedio: el vestido cae, salen los pies de los zapatos feos onda retro y retiro las bragas.
Yes. Yes, vuélvete loco con Miss Universo, con la La money, la money Komodo, le digo, finito baby, finito y salto de la cama huyendo de la mujer que soy y que no quiero ser. Y para acabar de joderlo todo, porque no aguanto más, al ponerme los zapatos feos onda retro, al meterme dentro de un vestido que no es mío, pienso en Ariel. Sí Komodo, sí, las putas tienen sentimientos, el corazón les llora toda una vida. Pero tú no puedes ver nada, ni imaginarte que estos dólares que me das son para comprar una casa donde Ariel me hará el amor interminablemente. Con razón, ahora, me siento más sucia que nunca, más puta y sucia. Y veo el rostro de Ariel en la cara bronceada y grasienta de Komodo que se resigna a no volverme a tener y paga. Finito.
Ariel, Ariel, mi Ariel, tú no tienes la La luz está apagada y respiro hondo sin poder tragarme el miedo que aprieta en mi garganta. Ahora o nunca, me digo, quién dice que eres una puta, y de puntillas, siempre de puntillas, encorvada, con los zapatos en la mano empujo la puerta para quitar la silla de metal que rechina y alerta y me quiere sacar el corazón en medio de tanta oscuridad. ¿Eres tú?, susurra para que sepa que sus ojos acechan. Sí, soy yo, contesto y ruego a Dios que a Ariel no se le ocurra encender la luz y vea las marcas. Y sigo en puntillas deshaciéndome de los zapatos feos onda retro, el vestido y el dinero, para entrar en la cama dispuesta a todo, a que me diga puta desgraciada, prenda el cigarrillo y lo entierre en mi cuerpo, dispuesta a pasarle la lengua a las paredes y que me dé patadas y piñazos, piñazos y patadas, porque no quiere casa con rosas búlgaras, ni dálmatas, ni vivir conmigo la putana grande. Y cuando trago en seco, tiritando sobre unas sábanas que no huelen a raro y están tibias, muy tibias, después que le doy la espalda para ni enterarme de lo que viene, siento su respiración atacándome el cuello y sus brazos fuertes de estrangulador rodeándome, tomando a la presa que suda como nunca todo el miedo de su vida. Si tú quieres no voy más, se acabó, te juro que se acabó, ya se acabó, pienso decirle, pero mi voz se atasca y cuando mis lágrimas brotan anticipadas al dolor con la certeza de que estas cuatro paredes no son una pesadilla, Ariel me besa y besa y en el más profundo silencio se mete en mi cuerpo desesperadamente con una increíble sed. Y puedo decir su nombre: Ariel, Ariel, Ariel, como un conjuro que me purifica entre salivazos incontinentes, deliciosos mordisqueos, apretones y gemidos, suspiros y besos, que me estremecen toda. Y su sexo atraviesa mi sexo y veo una luz con los ojos cerrados y cruje una verja, ladran los dálmatas y siento como con la emoción de un milagro, el fortísimo olor de las rosas búlgaras pinchar, sin rencor, mi corazón.
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