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Poemas
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Paisaje antes del alba
Yamil Rodríguez Montaña

El buzón de la
Tierra de Letras


Una producción de JGJ Binaria
Cagua, estado Aragua, Venezuela
info@letralia.com
Resolución óptima: 800x600
Todos los derechos reservados. ®1996, 1999

Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 63
1 de febrero
de 1999
Cagua, Venezuela

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Letras de la Tierra de Letras

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Paisaje antes del alba

Yamil Rodríguez Montaña

Martes. Seis y cuarto. La lluvia nos amenaza. Ariel cerca del parque detiene la bicicleta, suspira y se muerde los labios, sé que se muerde los labios. ¿Quieres ir?, pregunta. No sé, como tú quieras, replico. Quizás vuelva la cabeza y me diga: mejor te quedas, te invito a un trago. Pero no lo hace. Yo sigo corrigiendo el maquillaje y él no se mueve hasta que un claxon indiscreto me tira al pavimento. No, no es nada, le digo y me ajusto los tacones con indiferencia para que no se baje y me mire y diga una estupidez, porque ha comenzado a mirar a la gente con odio; y cruzamos unas palabras que casi siempre son las mismas o muy parecidas a las que el día anterior habíamos cruzado en este o en otro lugar que siempre nos parece el mismo:

    No van a dejar de mirar.
    Ni de hablar.
    No me importa.
    Quisiera pensar igual.
    Entonces mueve las nalgas y olvídate de esta mierda.
    Mejor te vas.
    No sé, no sé...

Y sólo tengo que hincarle los ojos en el azul sucio de sus pupilas, hacer como que no lo conozco, tomar un poco de aire salado, triste, y caminar hacia el mar para que baje la cabeza y el asco le brote por la piel, invisible, letal y lo arrastre sin compasión calle arriba. Y dice: No aguanto más, con los dientes bien apretados, mientras se retira como un animal herido, porque sabe que después que doy la espalda estoy sorda y el rubor se evapora como por arte de magia y soy yo pero no soy la misma y eso me asusta tanto como caminar cerca del mar a la hora que la tarde se hace añicos.

En otro tiempo Ariel no hubiera hundido la cabeza y yo no me hubiera puesto estos zapatos onda retro feos, zapatos con aspecto de zapatos feos onda retro que seguro se puso una mujer que le gustaban los zapatos feos onda retro y tenía el pie plano y sufría de migraña, pero como son los únicos me hago la idea de que no son los únicos y que a la gente le encantan y que a mí me gustan, aunque no me gustan, y que a Ariel lo vuelven loco, aunque no lo vuelven loco, ni me pide, nunca lo hace, que me los deje puestos para hacer el amor a la manera de las revistas porno que guarda debajo de la cama. Pudiera tener unos zapatos mejores, llenar un armario de zapatos para ir a restaurantes, zapatos para ir a tiendas, zapatos para sacar a pasear los perros que no tengo, pero no puedo; no me puedo dar el lujo con los verdes. El dinero que gano es para una casa, para irme lejos, lo más lejos posible de este pueblo de mierda donde la gente no sabe otra cosa que hablar mierda:

                                                                                              que si
fulana esto y fulana aquello,

                                                                   que ahora sí el mundo está
patas arriba porque mengana esto y sultana aquello, hacen lo que les viene en gana:

                                    y esto no es decente y lo otro no es decente y
aquello mucho menos es decente

                                 y nada es decente en este pueblo de mierda a donde
vine a parar después del último legrado que me dejó vacía, sin hijo, sin casa, sin familia, sin amigos que eran católicos y Testigos de Jehová y pentecostales y protestantes y espiritistas y muy devotos del copón divino y la quinta de los mameyes.

Ahora no me queda otro remedio que conformarme con soñar con una casita blanca con rosas búlgaras en el pórtico y verja que rechine y dálmatas que dormirán en mi cama para espantar la soledad que a veces es preferible, mejor que nada, y aceptar lo que dice sin decir Ariel a cualquier hora. Pero a decir verdad y a decir mentira, sueño, no porque no cueste nada, sino porque creo que eso me ayuda a darle algún sentido, si es que lo tiene, a mi vida que no sé si gano o pierdo cada vez que entro al Seamanclub como lo hago en esta santa hora, dejando atrás el olor de las algas podridas sobre la arena, a metal oxidado por el salitre, de espaldas al jadeo del mar y al silbido del viento que manosea las majaguas que se deshojan, muy cerca de la playa.

Camino despacio, muy despacio, preguntándome cómo me podré llamar esta noche; si el peinado es o no atractivo; si el escote es más indecente que el de las otras que me guiñan el ojo, mueven la mano y dicen:

    Tómate un whisky.
    Pincha un More.
    El barco va a estar una semana.
    No hablan ni jota español.
    Coño, al fin llegaste china.

Y trato de no volver sobre mis pasos y sonreír para que desde lo más negro de mis ojos surja un brillo que probará que estoy feliz de poderme llevar un mentolado a los labios y más feliz por saber que por una semana, siete días que comienzan con un martes, voy a ser más feliz que nunca, aunque es mentira y no lo es, lo sé y es muy difícil de explicar.

Filipinos y griegos, me dice, el amigo de una de las chicas, que se cruza conmigo y me da fuego y sigue hacia la mesa de la esquina repleta de cerveza y whisky, soda y cajetillas de todas las marcas habidas y por haber. Filipinos y griegos, repite a mis espaldas, bajito, con desprecio, el amigo, novio, esposo, guardaespaldas, que seguro hace de primo, vecino, hermano o quién sabe qué ariente o pariente, para beber cerveza de lata y fumar cigarrillos con filtros en la misma mesa que su mujer, que no es su mujer, no puede serlo, y no va a ser su mujer en una jodida semana. Y yo digo: filipinos y griegos, y comienzo a marcar con el taca taca de los zapatos feos onda retro mi territorio, expandiendo el perfume más rechinante del mundo como un menstruo sexual que se les mete en los pulmones y en los huesos a los marinos que beben, fuman, chapurrean un inglés bastardo y toquetean a las chicas, meten las manos entre las piernas de las chicas como si las conocieran de días, meses, años; babosean a las chicas que no tienen nada de chicas, porque una chica, una verdadera chica tiene padres rosados que huelen a nuevo y va a la mejor escuela y usa ropa chic y no es virgen pero todos piensan que es virgen y la abuela le regala dólares para que se compre zapatos feos onda retro y vaya, con los zapatos feos onda retro, a un cabaret con su novio y sea una chica decente que a fin de cuentas es lo que importa en un pueblo de mierda, que es de la más pura mierda porque no tiene un baño público, ni un hotel que valga la pena, ni vienen turistas de ninguna clase, ni hay un cabaret decente, si es que un cabaret ha sido alguna vez decente, ni un jodido lugar donde te puedas sentar a ver caer la tarde sin que alguien que no es extranjero, ni turista, ni nada, quiera follarte, cogerte, templarte, apuñalearte a vergazos, para dejarte medio muerta en un chiquero, que no pudo parecer el Galaxy Hotel de Las Vegas, con un puñado de pesos que no van a dar para un litro de aceite, un creyón labial y unos zapatos tenis de tres por quilo. Por eso es mejor hacerle caso a cualquier marino grasiento, bronceado y pichicorto, y dejar que el sol se ponga en las novelitas de Corín Tellado y Vargas Vila; por eso, nada más por eso, llego a la barra con el More entre los labios, envuelta en una nube de humo, exhibiendo una sonrisa de sirena pervertida que no sé de dónde saco. El barman de turno, pálido, ojeroso, me descubre en la banqueta más lejana y balbucea: ¿Lo de siempre? Lo de siempre, le respondo para que se concentre en lo de siempre: un portavasos, copa de champaña y agua. Entonces, con un gesto premeditado, dejo caer la colilla, cruzo la pierna, me arqueo, como queriéndome salir del vestido que casi no me sirve, y tomo un sorbo de agua que es mejor que un bautismo; y siento que lo que me quería decir el barman con los ojos, puta, puta de mierda, no me lo quería decir y dejo de sentirme sucia y me digo: tú tienes más agallas que nadie, los cana no van a joder la noche, no eres una puta, no eres una puta de mierda. Y así el conjuro funciona. Los proxenetas no se atreven a echarme mano y las demás putas, las no chicas, las domadas, las que no pueden vivir sin una navaja en el cuello y sin un macho que les chupe la plata, esconden sus garras y me tienen que sonreír, mirar dulce. Y me miran dulce, muy dulce, las putanas, los chulos, el barman, con las terribles ganas de gritarme hija de puta, puta de mierda, puta con suerte, ahora que un filipino o un griego me pone su mano de hombre solo en el hombro, cálido, ámbar.

                             Bingo.

                             Hay putas pudriéndose sin un semental, sin un grumete
siquiera, y yo sin mover un dedo ya dí el primer pistoletazo.

                                                Bingo.

                                                  Le muestro la cara al filipino que
podría ser la mujer del griego en la oscuridad de un camarote; pero esas cosas a una puta de alto calibre no le importan aunque te cuente, con una lengua mitad inglés mitad español, que fue violado en el cuarto de máquinas por un tipo siniestro que la tenía grande. Y una cree que el pobre hombre no es más que el maricón del barco, que va a tirarse a una puta para ver si no le vuelven a dar por el culo. Va a pagar, éste va a pagar por sólo ver mis tetas, piensas; y el marino paga, paga demasiado bien, te paga y paga a la otra y nos invita a besarnos, para después él tirársenos arriba, y aunque no nos gusta lo hacemos. Y mi amiga dice: no se lo cuentes a nadie. Y mientras aguanto la respiración para no ahogarme con el olor rancio de la piel del filipino, le digo: puedes estar segura, y hacemos como que nos gustamos y nos tenemos que gustar y nos gustamos para que el marino que no es tan maricón, ni tan infeliz, ni un carajo tímido, ni bobo. Sí, así pasa a veces con los que tienen pinta de tarados y sólo traen billetes grandes que depositan en tu mano si dejas que un marica y otra puta suban a la cama.

                              Bingo.

                                 El filipino con cara de idiota, blablabla inglés,
Komodo, bear, blablabla tagalo, More, fuego, y sin saber si me habla de la isla Komodo o si me dice que se llama Komodo como el dragón y la isla, yo muevo la cabeza, fumo, bebo y digo: yes baby, okey, sonrío y Komodo, porque así se tiene que llamar aunque no se llame, me acaricia la cara, blablablablabla en tagalo y que pretty, que good, que baby hot, baby great, baby god. Y yo: sí, yes, no problema, más More, más bear, aquí no, los cana Komodo, blablablablabla, le saco la mano de entre los senos y antes de volver a acomodársela en mi cara, se la beso como si besara la mano del príncipe de Gales, la del Rey Juan Carlos II o la del Santo Padre. Él sabe que ya puede agarrarme por el brazo para arrastrarme a la calle, que me puede decir puta en cualquier dialecto y llamarme Gerardine, Rosa, Claudia, Virgen, pero yo lo ataco, lo agredo antes que él me agreda, sin que pueda pensar que soy quien lo toma por el brazo, le dice un nombre, una cifra, apretándole la mano. Y lo obligo sin obligarlo a que camine hacia lo noche, a que abandone el Seamanclub y se olvide del sobrecargo que lo increpa, del griego borracho con una puta que no ha bebido nada y de la rubia que le coge los huevos a un filipino mientras toca con el pie, por debajo de la mesa, al esposo que no puede ser su esposo, que bebe cerveza de lata y fuma cigarros extranjeros tratando de olvidar que es el dueño de la mujer que manosea un grumete.

Komodo, Komodo, no deja de balbucear el filipino; Komodo, Komodo, tagalo, inglés, a la mierda el barco, el griego y el sobrecargo. El marino me aprisiona con el brazo y caminamos calle arriba hasta la primera sombra, bien lejos del farol frío y lejano de mercurio. Un beso, está pidiendo un beso, esa mueca no puede ser para otra cosa, pero no puedo; veo su lengua ensalivada y creo que es ponzoña, lo aparto, llegamos a la luz más cercana y le digo: moment please, quita, quita, después men, no here, ¿okey?; okey, replica desanimado bebiendo lo último de una lata de cerveza que su mano aplasta y deja caer sobre la negrura del asfalto. Entonces, me trago el asco, vuelvo a besar su mano y

Bingo.

Llegamos a una casa apuntalada, forrada de líquenes y hongos, al final de una callejuela. No problema amigo, no problema, le digo para que no se inquiete y piense que es una encerrona, la trampa que no le hicieron en Liverpool, Gibraltar, Hong Kong. Y con los ojos hinchados por el miedo se acerca y me dice: okey, no problema, y trata de sonreír con el tan tan tan de mi mano en el portón. Tan tan tan y no vuelvo a profanar la madera para que adentro me entiendan y no se asusten.

                             Yes.

                          La puerta se abre con la exactitud de la sospecha. El
filo de luz, después de una pausa para que nos examinen, queda en un rectángulo ocresino donde se ríe una silueta. Coño, pensé que no vendrías, me dice y con su mano negra nos invita a entrar a la posada sin nombre que no existe salvo en un rumor; la posada que por el día es la casa donde venden helados y por la noche, aunque nadie va a comprar helados, también se venden helados. Usted sabe, la moná, los azules, la fiana, no entienden con eso de las putas. Y la silueta conduciéndonos hasta uno de los cuartos pone las cartas sobre la mesa: ya sabes, la police en una puerta y tu chon chin chen o como se llame, en la otra; la plata ahora al tin tin contante y sonante; condones en la mesa de noche. Hay un cubo con agua, toallas y jabón; pasas el cerrojo y me hacen poco ruido, ¿okey? Okey, susurro y digo la cifra a Komodo con los dedos. El billete pasa de la mano bronceada a la mano del anfitrión que no deja que la luz del corredor lo toque. Ya tienen cama, dice la sombra y en lo que se escurren sus pasos entre las mamparas y celosías, aparadores y muebles, yo y Komodo, Komodo y yo, nos apoderamos del maltrecho cuarto cuya única virtud es tener una cama con sábanas limpias y poca luz.

No pienso en nada. Para estas cosas no se puede pensar en nada, ni siquiera en la nada misma, porque a veces cuando a una se le ocurre pensar en nada, para no pensar en nada, ahí mismo viene un nombre, un lugar, un día, un olor, y allá va el perro, la perra, con el rabo entre las piernas porque no pudo bajar la bragueta, sacar la cosa, chuparla, abrir las piernas, metérsela, moverse, moverse y moverse. Coño, moverse y fingir un orgasmo Komodo, eso es más difícil que tenerlo, y a veces una no puede. Pero qué coño vas tú a saber de eso. Sí, sigue pasándome la lengua; hunde tus manos en mi cuerpo que arde por otro hombre y dime como tú quieras que lo voy a intentar, pero si no puedo no me culpes. Komodo. Komodo, le digo sin que se me escape otro nombre de la punta de la lengua sin que el asco me brote, con los pezones destilando saliva y el cuello arañado por los garfios del mentón mal rasurado. Komodo, Komodo, repito como un abracadabra y aparto su cuerpo para entregarle el condón, regalía de la casa, comenzar de rodillas una operación que no dura nada y dura toda una eternidad: un botón, la cremallera, el puncho, una sonrisa y ya tengo el pene entre las manos, duro, pequeño, circuncidado. Los hay que la tienen más pequeña, con tatuajes de serpientes y dragones, y marcas que parecen de cuchillo, heridas que no son heridas, que por dentro a una la raspan y pinchan, pero este tiene una perla incrustada en el glande y una maraña de várices que no me dan asco. Y abro la boca, tengo que abrir la boca, para que Komodo no tenga que cogerme por el cuello y me ponga un cuchillo en el ojo y me diga en inglés o tagalo: mama coño, mama, seguro dice. Y saco la lengua y la paso por el glande ensalivando la perla hasta que me trago el pene y su pene y su pene en mi boca y mis manos hincándole las uñas, sin hincárselas, en las nalgas y mi boca en su pene y su perla abriendo un surco en mi garganta. Y una voz me dice: muerde y arráncale la verga, mastícala coño; mastícala, mastica; mátalo a mordidas. Y cuando creo que puedo arrancarle el pene y saciar una rara hambre de no sé qué, los dientes se arrepienten de morder y mi boca en su pene ya no está en su pene. Suspiro hondo y le señalo con el dedo el condón que Komodo aprisiona. Sí, póntelo, porque si no nananina le dijo a nana. Y él me entiende, sin entenderme, se quita la ropa gritando con los ojos que me arranque el vestido, que haga de tripas corazón, que le sonría para ver si tiene por una vez en su vida una cabrona noche de felicidad. Sí, Komodo, voy a sonreír, me voy a parecer a tu primera novia, vas a sentir el olor de tu mejor amante y me puedes decir como tú quieras en esta noche, tu noche, la mejor de tu vida. Sí, eso es Komodo, acomoda el látex y ábreme los brazos que no demoro nada; afílate los dientes como un dragón y deja que el deseo te coma; todo va a salir a pedir de boca, no queda otro remedio: el vestido cae, salen los pies de los zapatos feos onda retro y retiro las bragas.

                               Yes. Yes, vuélvete loco con Miss Universo, con la
puta más rica de la tierra; cómete el cuerpo que ha olvidado las veces que lo han comido en interminables noches. Sí, eso es dime que te gusto, dime puta rica, maricona, cualquier cosa para ver si me olvido que la tienes chiquita y no te sabes mover. Muévete coño, muévete hijoeputa, no me sigas baboseando, no me ralles con la barba, no aprietes mis tetas como si fueran globos, no me digas que me ponga abajo, deja que lo haga a mi manera. Yes baby, yes, bueno, good, yes, eres un semental, me pinchas con la perla y no veo estrellas como dicen otras. Y yo: oh Dios, qué es esto; gemidos y suspiros. Y Komodo: yes baby, bueno, good, yes, yes, yes... y blablabla. Y nos viramos para un lado y para el otro horadando con el fuego de los cuerpos la virginidad de las sábanas y me revuelco con furia sobre su pene de mosquito y me pongo a resoplar como una bestia y retuerzo y hago que voy a gritar y jadeo, jadeo, sí, y viro los ojos y tengo espasmos y le digo a Komodo que me tiene loca, aunque no me tiene loca, que me voy a venir, que no aguanto más. Espasmos, contracciones. Que es lo máximo. Espasmos, contracciones. Que me voy a desmayar. Espasmos, contracciones. Y no me desmayo. Espasmos, contracciones. Y hago como si me desmayara y pierdo las fuerzas sin perder las fuerzas. Espasmos, contracciones. Y Komodo se viene y se muerde los labios desesperado por los espasmos y las contracciones que no son espasmos ni contracciones; y no quiere sacarla, no puede, y tengo que empujarlo para quitármelo de arriba y suspirar no como una puta, no como una cualquiera, sino, todo lo contrario, como una virgen a la que le han partido el alma con el pene de un semental.

La money, la money Komodo, le digo, finito baby, finito y salto de la cama huyendo de la mujer que soy y que no quiero ser. Y para acabar de joderlo todo, porque no aguanto más, al ponerme los zapatos feos onda retro, al meterme dentro de un vestido que no es mío, pienso en Ariel. Sí Komodo, sí, las putas tienen sentimientos, el corazón les llora toda una vida. Pero tú no puedes ver nada, ni imaginarte que estos dólares que me das son para comprar una casa donde Ariel me hará el amor interminablemente. Con razón, ahora, me siento más sucia que nunca, más puta y sucia. Y veo el rostro de Ariel en la cara bronceada y grasienta de Komodo que se resigna a no volverme a tener y paga.

                                           Finito.

                                               Ariel, Ariel, mi Ariel, tú no tienes la
culpa de nada. Tenemos un trato y lo voy a cumplir, sólo hay que completar el dinero y finito, la pesadilla acaba; unos dólares más y finito. Esto tiene que acabar, me digo y oculto la plata en un lugar seguro de mi cuerpo. Bye, bye Komodo o como carajo te llames. Y taca taca taca, camino hacia la puerta y alcanzo el corredor avergonzada, con la garganta seca, con el alma manchada de besos que olvido y no olvido, claro, al dar la espalda en la hora más difícil de la noche, cuando el dueño del burdel me da unas palmaditas en el hombro, besa mi cuello y dice: llévale a tu macho. Y no le llevo nada y hago como que en mi cuello no hay otro beso. Y la rabia me muerde como una rata furiosa que deja la baba del miedo con nombre y todo: Ariel. Cinco letras que me desangran como espinas mientras se revuelcan en mis entrañas. Ariel es algo más que un nombre, que un pedazo de carne musculosa atrapada en un jean. Si fuera un simple hombre, uno de esos que no usan zapatos tenis, ni camisetas apretadas, ni saben tomar ron, ni templar como Dios manda, estos pasos no volverían sobre los pasos de la mujer que me gusta ser, no doblara tantas callejuelas oscuras y desafiara la mirada urticante de los viejos serenos que acarician sus armas como si fueran penes, tratando de espantar el rencor de la madrugada. Ay Dios, unos pasos más y el corazón se me parte como un vulgar pedazo de plástico. A estas alturas Ariel debe haber consumido toda su amargura y seguro querrá consumir la mía que no sabe igual, no es igual. Él siempre lo hace, de una forma u otra, con una colilla en la espalda, un arañazo en la cara, una caricia de un pico de botella sobre el pubis. No sé qué es mejor, todavía no he podido descifrarlo. Puedo aguantarlo todo, aguantar cualquier cosa, incluso que me arrastre por el cuartucho miserable en que vivimos y me obligue a pasarle la lengua por el piso de cemento, antes que se trague la ira y me mire con esos ojos que no puedo olvidar, por Dios, coño. Ojos que sólo pueden ser los de Dios mirándome por la cerradura de la vida apuntando con ese terrible dedo de silencio que es peor que nada. Pero una nunca sabe cuando abre la puerta y aunque la luz esté encendida ando en puntillas, encorvada por el miedo, arrepentida de ser la mujer de tantos y sedienta de Ariel, mi ángel, que aunque sea una bestia, es el único que me hace el amor hasta destrozarme, dejarme seca como carne salada que el calor consume sin que me importe nada. Y aunque no es mucho, nada diría otra, es lo único que tengo. A veces he pensado en envenenar su café, rociarle agua de ras y darle candela, sacarle los ojos con las uñas, pero no, no puedo, y me aterro con la sospecha de que el muy imbécil ha oído mis pensamientos y me espera tras la puerta con un cuchillo para cortarme el sexo y comérselo porque es de él desde que mis días tuvieron nombre, dice, y que cuando esta porquería de filipinos y griegos se acabe le va a tatuar su signo que arde como esta noche que no se acaba y está por volverme loca, ahora, que estoy frente a la puerta del cuarto que hace meses alquilamos a no sé quién.

La luz está apagada y respiro hondo sin poder tragarme el miedo que aprieta en mi garganta. Ahora o nunca, me digo, quién dice que eres una puta, y de puntillas, siempre de puntillas, encorvada, con los zapatos en la mano empujo la puerta para quitar la silla de metal que rechina y alerta y me quiere sacar el corazón en medio de tanta oscuridad. ¿Eres tú?, susurra para que sepa que sus ojos acechan. Sí, soy yo, contesto y ruego a Dios que a Ariel no se le ocurra encender la luz y vea las marcas. Y sigo en puntillas deshaciéndome de los zapatos feos onda retro, el vestido y el dinero, para entrar en la cama dispuesta a todo, a que me diga puta desgraciada, prenda el cigarrillo y lo entierre en mi cuerpo, dispuesta a pasarle la lengua a las paredes y que me dé patadas y piñazos, piñazos y patadas, porque no quiere casa con rosas búlgaras, ni dálmatas, ni vivir conmigo la putana grande. Y cuando trago en seco, tiritando sobre unas sábanas que no huelen a raro y están tibias, muy tibias, después que le doy la espalda para ni enterarme de lo que viene, siento su respiración atacándome el cuello y sus brazos fuertes de estrangulador rodeándome, tomando a la presa que suda como nunca todo el miedo de su vida. Si tú quieres no voy más, se acabó, te juro que se acabó, ya se acabó, pienso decirle, pero mi voz se atasca y cuando mis lágrimas brotan anticipadas al dolor con la certeza de que estas cuatro paredes no son una pesadilla, Ariel me besa y besa y en el más profundo silencio se mete en mi cuerpo desesperadamente con una increíble sed. Y puedo decir su nombre: Ariel, Ariel, Ariel, como un conjuro que me purifica entre salivazos incontinentes, deliciosos mordisqueos, apretones y gemidos, suspiros y besos, que me estremecen toda. Y su sexo atraviesa mi sexo y veo una luz con los ojos cerrados y cruje una verja, ladran los dálmatas y siento como con la emoción de un milagro, el fortísimo olor de las rosas búlgaras pinchar, sin rencor, mi corazón.



       

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