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Crónicas desde Lima
Cuando hace unos años yo era un completo ignorante del mundo de las computadoras (dicho sea de paso, ahora comprendo por qué los españoles se empeñan en defender a rajatabla "sus" términos, como "ordenador"), veía con cierta desconfianza el alboroto que se armó en la Madre Patria a raíz del cambio que significaba en los teclados el destierro definitivo de la "eñe" para uniformizar ("estandarizar" diría más de uno) la producción de estos aparatos en toda la Europa unificada (no es que uno tenga el alma torcida, pero creo que más durará la castiza letra en nuestro idioma que la armonía en el Viejo Continente). "¡Vaya antojo!", pensaba airado, "estos españoles creídos quieren detener el progreso por algo tan pueril como una letra...". ¡Qué error el mío! Ahora que ingresé con fuerza a este mundo de los "Ci-Dis", los "disquets", los RAM y las ROM, veo cómo nuestro idioma, tan rico y tan vasto, anda cediendo terreno al avance grotesco de un inglés chato y empobrecidamente técnico. Hoy comprendo y asumo como propia la cruzada española. Hoy entiendo que la vapuleada "eñe" es parte de lo que denominamos "nuestra cultura" y tiene que ver con la esencia misma de lo que somos. Un pueblo se reconoce como tal porque tiene elementos que vinculan a cada uno de sus miembros con los demás. La identidad, ese "ser lo que somos y serlo con orgullo", es algo sutil e intangible, se encuentra en la música y la danza que heredamos, en los valores y las creencias que compartimos, en nuestra propia manera de explicarnos el mundo y la existencia. Juan Antonio Massone, un lúcido académico y delicado poeta chileno, me decía hace un tiempo que con la destrucción de nuestro idioma avanzábamos a la irremediable liquidación de nuestra cultura. Entonces, erróneamente, defendí ardoroso el concepto de la "universalidad". Pensaba, entusiasta pulverizador de fronteras, que la unificación del idioma, eso que el esperanto intentó décadas atrás, podría reportarnos el gran beneficio de un código único y generalizado que permitiría superar las barreras idiomáticas que hoy nos separan tanto. Imaginaba un mundo donde chinos, árabes, ingleses y españoles pudieran compartir el placer del diálogo sin intérpretes. Apasionado por el arte perdido de la conversación, vislumbraba un futuro donde el mayor y mejor conocimiento de nosotros mismos y de nuestros vecinos nos convidara a la armonía, a la convivencia y a la paz. Sólo después comprendí que en nuestras diferencias, en nuestras particularidades, en nuestra sana individualidad, podemos encontrar las coincidencias (y las discrepancias) que nos convoquen a eso que llamamos integración. Todo esto venía a cuento porque me enfrento, desde que me he convertido en usuario de este universo llamado "virtual", a la disyuntiva de someterme al vocabulario que nos imponen los productores o, terco como los españoles, resistir el embate de esta modernidad descarriada y apabullante con las armas del infinito idioma castellano. Me subleva recibir "meils" donde me solicitan que "forwardee" algún aviso, que "atachee" un archivo o que "deletee" alguna información que debo encontrar "sercheando" en la "compiuter", después de haberla "printeado". Me subleva más todavía que muchos lingüistas y académicos se sometan a la tiranía de la red electrónica y empiecen a deformar nuestro idioma porque temen "que los lenguajes de las máquinas no sean compatibles y el mensaje no se entienda". Un amigo, poeta de los buenos y maestro universitario, ha cedido a los cantos de sirena (o de bufeo) de "míster" Gates y me escribe reemplazando nuestra querida "ñ" por una "nh" portuguesa, otro (más exquisito) la reemplaza por la "gn" de los italianos y, para no quedarse atrás, otro la escribe "nn" (éste es empresario). Por supuesto que la inmensa mayoría ha decidido defenestrarla del alfabeto y dejan a nuestro entender que decidamos si la frase "Néstor recibió un ano más en compañía de sus amigos" se refiere al onomástico de tan buen ser humano o a alguna extraña cirugía estética... Los acentos son otro problema, resulta que si el lenguaje de mi máquina no es compatible con el de la máquina que recibe mi correo electrónico (el "imeil"), lo que saldrá en la pantalla es la transformación de cada una de las vocales acentuadas en un monstruo de variadas formas que hará tediosa y equívoca la lectura. Unos han elegido la solución de nuestra niñez y escriben todo en mayúsculas, porque alguien les enseñó que cuando se utilizan letras en "altas", el acento no es necesario; otros simple y llanamente han suprimido los acentos de su vocabulario y escriben al mejor estilo inglés, ignorando de paso que los signos de admiración (¿?) y exclamación (¡!) "abren y cierran" la oración, es decir deben ser colocados al comienzo y al final, no sólo al término como hacen los "gringos". Hace un tiempo discutía con un amigo publicista e insistía en colocar las exclamaciones de un comercial sólo con el signo final (!) argumentando que "en publicidad se permiten esas licencias"... Reflexionemos, la tentación totalitaria radica en pretender que todos seamos iguales, idénticas piezas intercambiables de una maquinaria que nos coloca o nos desecha a su voluntad, sin consideración ninguna. La democracia, que es áspera y es dura, sueña con el consenso, la tolerancia, la mutua aceptación y el trabajo, difícil pero fructífero, de encontrar la unión en la diversidad.
Cuando uno tiene que ir al Palacio de Justicia, al menos en el Perú, no deja de tener ciertos extraños sentimientos que hacen poco digerible el desayuno. Hoy, al tomar el taxi que me conduciría al tribunal, iba con cierta desazón en el cuerpo y sin muchos ánimos de ponerme a charlar con el chofer de turno. Detuve el automóvil, con ese gesto tan común de levantar la mano derecha como quien va a formular una pregunta a la maestra, y pregunté: "¿Al Palacio de Justicia?". Una voz entrecortada dijo un monosílabo. "¿Seis?", repetí preguntando, y el caballero que iba al volante me respondió afirmando con la cabeza. Subí, saludé cortés pero cortante y me dispuse a disfrutar del paisaje eternamente gris de Lima. Avanzamos unas cuadras sin cruzar palabra. Iba pensando en todas esas cosas en las que piensa uno cuando no piensa nada y de repente escuché algo del sol, del clima, del invierno... Mi obligado compañero de ruta se animaba a desafiar mi silencio. Sonreí y asentí. Continué callado pero él insistió. Dijo algo del fútbol, de un partido con México el sábado... Asentí nuevamente y volví a sonreír, pero fue inútil, el hasta entonces tímido chofer se convirtió en un elocuente narrador de historias. Un carro muy lujoso se cruzó intempestivamente en nuestro camino y él sentenció "el tío no se fija por dónde va porque está hablando por celular", yo por no parecer grosero con mi indiferencia, respondí: "en el Callao le pondrían multa". "¡Claro!", me dijo, "ya me pararon una vez...". Y empezó a contarme su historia: "Resulta que para hacer taxi en el Callao [nuestro primer puerto] hay que tener unos permisos que da la Municipalidad. Y yo no sabía nada. Nunca voy por allá. Una que otra carrera de vez en cuando, pero no es mi ruta. Hace unos meses llevé a una señora hasta La Punta, y cuando estaba regresando, me paró un policía. Me pidió mi permiso para hacer taxi y yo le dije que no sabía de qué me hablaba, que yo no era de la zona y que sólo le había hecho una carrerita a una vecina. Felizmente era comprensivo, le dije que estaba trabajando, que tuviera consideración con uno que era un ciudadano honrado que no le robaba a nadie, y se apiadó. Me dijo que tuviera cuidado y me agradeció mucho por la pequeña contribución que hice para los útiles en la Comisaría... Me salvé, no me puso la papeleta. Es carísima y además tienes que pintar tu carro amarillo y poner el número de la placa en los costados y un montón de trámites... "Pero no siempre tengo suerte, la otra vez me pararon en el aeropuerto. Resulta que mi carro tiene orden de captura por una infracción de la que me había olvidado. Un señor me pide que lo lleve al centro, a una dirección que resultó que estaba en un pasaje, y uno por educado termina perjudicándose. Como no había señales, me metí en contra. El pasajero me había hecho parar y estaba metiendo unos paquetes al auto, cuando se acercó una de esas policías en moto. Esas sí que son bravas. Le dije que era un ratito, que me disculpara y nada. No escuchó argumentos. Me dijo si no había visto que todos los carros estaban estacionados en sentido contrario, y yo quise hacerle una broma, pero ni me miró. Me pidió secamente el brevete y la tarjeta de propiedad y ahí no más me puso la papeleta... y yo me olvidé de pagarla, es que era mucha plata.... Y cuando fui a llevar a mi primo al aeropuerto, me detuvieron en la entrada. "Allí sí que es difícil la cosa, mi primo me dejó veinte soles para 'arreglar', usted sabe, pero eso no vale en ese sitio. Resulta que cuando a uno lo paran en la entrada a pedirle sus papeles, otro policía que está en una cabina con lunas polarizadas digita el número de tu placa y si tienes orden de captura, te dejan avanzar y ¡zas!, cuando vas a estacionar te cae encima un agente en moto. Todos los argumentos fueron por las puras. Cuando uno entra al sistema, no hay vuelta que darle. Si me dejan ir, se arruinan solitos, porque en la central ya saben que mi carro entró y debió ser capturado para pagar la multa. "Eran las nueve y treinta de la noche y me dijeron que tenía ir a la Caja Municipal a pagar mi deuda y que tenía doce horas, si hasta ese momento no regresaba, mi carro se lo llevaban al depósito, y usted sabe que en el depósito lo desmantelan... Me fui en un micro, mientras conseguía el dinero me dieron como las dos de la madrugada, gracias a Dios me advirtieron que la oficina del centro atendía 24 horas. Era cierto. Pagué un montón de plata y cuando me iba al aeropuerto me dicen que no, que primero tenía que darle de baja a la orden de captura en la oficina de transportes... "La oficina no atendía hasta las nueve. Me puse a dar vueltas, me tomé un caldo de gallina bien calientito, para el frío, ¿sabe?, y por fin abrieron la ventanilla. Pagué pero ya eran como las nueve y quince. En la caja conocí a un señor que estaba en las mismas. Uno de sus carros lo habían retenido en el aeropuerto. Él los alquila para taxi y los choferes jamás le avisan de las papeletas, sólo se entera cuando le detienen un carro. "Le estuve hablando y salimos juntos. Me dijo que me subiera en su automóvil, y cuando llegamos, ¡qué se cree! me dijo que le diera diez soles, que un taxi me hubiera costado más... "Yo le dije que aún tenía que sacar el carro. Entré a la oficina. Ya eran las diez de la mañana y el policía de turno me dijo que ya era tarde, que me había pasado de las doce horas y que el carro se lo habían llevado... Pero yo sabía que mi coche estaba en el estacionamiento y se lo dije. Entonces me contó que le dijo a su oficial que era un auto de su primo y que se estaba arriesgando... Que le dejara algo... Le expliqué que no tenía nada, que la multa me costó una fortuna... Me pidió para la gaseosa... Busqué en mi bolsillo y le di dos soles... ¿Y? Me dejó salir. ¿Qué iba a hacer, pues? "Cuando fui a recoger mi taxi me encontré con el tipo de los diez soles, le expliqué que el policía me había hecho mil problemas pero que por fin se ablandó cuando le di veinte soles... 'Tú ya no le des nada', le aclaré, 'le di los veinte y le dije que eres mi primo, que eso era por los dos...'. Entonces me di cuenta de que ya estábamos frente al Palacio de Justicia, pagué los seis soles y me despedí. Mi aventura con el Secretario de Juzgado recién empezaba...".
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