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Yo era un dios infalible...
Helmer Hernández Rosales
(Nota del editor: Hoy presentamos a nuestros lectores este poema,
que forma parte de su libro inédito El párpado del grillo).
Yo era un dios infalible
Y para no sentirme solo
Creé dentro de mí un fantasma.
Le di nombre, sonrisa, manos limpias
Y un corazón abismal para la lujuria.
Pronto adquirió excusas para vivir
Resabios para matar
Y complicidades que compartió furtivamente
Con otros fantasmas.
Fuimos confidentes
Y felices por un tiempo.
De cada paso y huella
Me entregaba un vestigio
Y en sus entrañas encubría
Un rincón cálido para la alabanza.
Adquirió las virtudes
De un guerrero audaz e infatigable
Y su armadura derrotó enemigos encarnizados.
Fué próspero, admirado y codiciado
Por las legiones de otras comarcas.
Un día se embriagó
Con el triunfo de su mejor batalla
Y quiso asesinarme
Para usurpar mi reino.
Lo entreví en la impaciencia lacerante
De su mirada
y lo dijo a viva voz su sangre galopante.
Nada hice; tampoco pronuncié palabra.
Esperé sin aflicción
Y creí que había llegado el momento
De dejar en manos dignas
El dominio de mi feudo.
Una madrugada lo presentí
Escabullirse por mi cuarto revuelto.
Avanzaba a tientas y en sigilo
Evitando tropezar con las cosas inútiles
Que me han rodeado siempre.
Cerca de mi rostro
Percibí su aliento cálido y urgente;
Nada hice que pudiera desalentarlo.
Dispuesto a morir, cerré los ojos
...y esperé el golpe de gracia.
Tuve compasión y le deseé la mejor suerte.
Pero no sentí el filo de su espada
Atravesando mi corazón y aburrimiento.
En cambio cayó a mi lado
Débil, asustado, indeciso
Con el rostro bañado en lágrimas
Y gimiendo como un niño abandonado.
Solo entonces me reconocí
Como un dios imperfecto
Porque había sembrado en él
La misma cobardía
Que me ha impedido tantas veces
Clavar un puñal
En mi corazón viejo y perverso.