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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 84
20 de diciembre
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Sueños en el Orinoco

Rafael Rattia

Dieter contempla un atardecer orinoquense desde el celoso borde de una frágil curiara en pleno caño de Araguao, en Bajo Delta. Es celosa la endeble embarcación y nada más admite dos personas de mediano peso. Dieter es hijo de una mujer propensa a la melancolía enamorada del hechizo que produce en ella los laberintos de agua que crean los crepúsculos deltaicos y de un sacerdote alemán que viene hasta el Bajo Delta en una extraña expedición camuflajeada con fines científicos. Parece que el padre de Dieter llega al caño de Araguao en un submarino no se sabe aún en cuáles circunstancias. El caño de Araguao es un remanso de agua rodeado de inmensos borales circunscritos por tupidas galerías de manglares, situado en la parte más alta del corredor fluvial que comprende el triángulo "El Toro-Sacupana-Sacoroco". La madre de Dieter se llama Dalia y el nombre del padre, para los efectos, poco importa. Las manos de Dalia exhiben una asombrosa destreza en las labores de pesca y preparación del Morocoto, pez emblemático en la alimentación diaria de todo habitante de Araguao. La pasión de Dieter es acercarse al vapor (un barco grande y ancho se llama vapor) no sin sigilo y con mucha precaución por la fuerza de las marejadas que produce su paso. Todas las semanas pasa el vapor por el frente del caño Araguao bañando la casa de madera que habita Dieter construida sobre las aguas de la creciente de agosto. Mes terrible para los habitantes del majestuoso Orinoco, pues las inundaciones hacen estragos en los riberas del Orinoco. Porque es bueno saber que todos los meses de agosto el río Padre se ensoberbece y empieza a crecer hasta elevar su cuerpo más arriba de las escaleras de madera que sirven de frontispicio a la medicatura. No es ocioso decir además, que Dieter de ahora en adelante vivirá en una casa semejante a un palafito que es a la vez dispensario-medicatura y hogar. El dentista, llamado "el negro Guilán" realiza su labor profiláctica mensual entre la población guarao que va al dispensario a que le extraigan las muelas dañadas de tanto comer moriche. Siempre será bien recordado "el negro guilán" porque los maraisas decían que se acordaban de Dios solamente cuando el dentista les sacaba una muela o un diente. El gigante vapor de bandera norteamericana suele pasar por el frente de la casa de Dieter los sábados a punto de 5:00 de la tarde. Anuncia su paso con un melancólico rugido que estremece las entrañas de la casa-hospital que sirve de habitáculo a Dieter y a su vez sirve de medicatura ambulatoria a los pocos vecinos que habitan la breve hilera de casitas ribereñas del caño de Araguao. El barco "saluda", así lo entiende el vecindario de Araguao, lanzando bolsas plásticas que contienen uvas, manzanas, peras y uno que otro objeto extraño que cae al agua en gesto de amable cortesía de los viajantes del vapor. A partir de una de esas tardes alguien que viaja en el vapor deja caer un pequeño bulto que contiene folletos y libros en pequeño formato que luego, una vez abiertos, resultan novelas y breves antologías de cuentos cortos que sirven de alimento espiritual a Dieter. Aún hay por esos predios acuáticos "filibusteros" y contrabandistas que protagonizan asaltos y crímenes a bordo de las pequeñas embarcaciones que integran el transporte fluvial del bajo Delta. ¿Qué busca esa gente del agua dulce que manejan las lanchas llamadas balajúes? ¿Qué enigmas buscan resolver esos fantasmales motoristas que hablan una mezcla de inglés tití, con guarao y castellano? ¿Por qué se aventuran por tan intrincados caños y cañitos habiendo tanta llanura fluvial libre y despejada Orinoco afuera? Los maraisas que pescan morocotos al frente de la isla de Sacupana dicen que son mulas de los cárteles de Guyana que trafican con drogas y contrabandean mercaderías por los caminos de agua que "son el vivir y que van a la mar océano que es el morir". Tal vez, quién sabe si será así, buscan una mina de titanio y uranio que la imaginación de los habitantes de Araguao sitúan en el caño Karosimo. Por cierto, en "la tercera orilla del río", justamente, en la margen oeste del caño Karosimo, existe un cementerio de gringos y canadienses que anduvieron a finales del siglo pasado explotando ricas minas de oro y hierro que transportaban en inmensos cargueros con destino desconocido. El gran vapor que "saluda" tristemente los sábados ¿qué transporta?, ¿qué lleva en su vientre esa mole de hierro? Cada fin de mes llega a casa de Dieter una lancha con medicamentos, enseres y atavíos varios entre los que vienen gruesos volúmenes de libros y videos; porque además de lector Dieter es un obseso del videísmo. Dieter es videísta sin ser vidente. Únicamente durante algunas tardes Dieter se vuelve clarividente. Dieter lee muchísimo durante el día, sobre todo en las tardes cuando la marea está alta y la corriente transcurre con un fluir escéptico y tenaz que recuerda al tiempo heraclíteo incesante.

Cuando a Dieter se le irritan los ojos de tanto leer y necesita hacer una pausa para refrescarse los ojos cierra el libro y proyecta su vista en lontananza, cual ojos del vigía, y detalla densos puñales cortando el rostro del tiempo en la superficie de la gran masa de agua. Lee de todo Dieter, desde etnosiquiatría y metafísica indígena hasta literatura serbia o rumana. Mientras el río hincha su vientre en el rictus naranja de la lánguida tarde Dieter lee hasta adormecerse en el banco de la curiara. Un cómodo bibliobongo es la pequeña piragua de Dieter que se desplaza dulcemente por entre la majestuosa ribera del Orinoco mientras el mismo se expande verticalmente y el río interior de la memoria de Dieter crece y se extravía por meandros infinitos de quereres indiferentes. Las imágenes plásticas rielan sensiblemente aguas abajo como una erótica fruta de moriche; las bombachas de borales marchan lentamente bajo el triste ralentí de los ojos de Dieter. Un lento detenimiento transcurre en el sobrecogimiento de la cálida tarde. La lancha surtidora; así la llaman los vecinos de Araguao, trae el Breviario de podredumbre, esa summa aforística que ha salvado a muchas adolescentes del vacío y de la dulce tentación de la muerte por sus propias manos. Las niñas que estudian en el colegio Sagrada Familia siempre llevan en sus morrales pequeños "precis de suicidologie" que ayudan a vivir al borde de la franja quemante del gran llamado. Dieter lee diez o quince páginas del Breviario y se reconforta hasta sentir una leve ebriedad de ánimo capaz de soportar el taedium vitae que nulifica a cualquier nativo. El principio de la cuádruple raíz de razón suficiente, los Fragmentos inéditos de Heráclito y una biblia resumida en idioma guarao, son compañías infaltables en las salidas y paseos vespertinos del inefable Dieter. A Dieter le fascina contemplar la bóveda celeste en el brillor estrellado de la serena corriente y eso le deleita tanto que son las 11 de la noche y Dieter aún ceba el anzuelo morocotero mientras su mirada se derrite en la dilatada lámina celeste que forma la sábana nocturna salpicada de miríadicos botones brillantes que bañan los ojos de Dieter mientras pesca. Por las mañanas Dieter escucha los programas noticiosos y culturales que emite diariamente Radio Francia en la voz de monsieur Gustav Guerrero. Así, Dieter se entera de los acontecimientos de la guerra de los Balcanes. Gustav Guerrero lee gustosamente los editoriales de la prensa europea con una impecable prosodia en la que da muestras de una impresionante sintaxis oral que adhiere a Dieter al pequeño pero potente radio traído de la República Cooperativa de Guyana por contrabandistas de palma manaca y chinchorros de moriche. De tanto leer, Dieter siente irrefrenables ganas de recrear las impresiones que causa en su ánimo y sensibilidad y se dispone a escribir, primero observaciones sueltas e inconexas en torno a los autores que lleva la lancha de fin de mes o los que deja a su paso el vapor de los sábados por la tarde. Para sorpresa de suecos, alemanes, franceses y belgas que recalan por el Delta, aguas abajo, en plan de turismo de selva y de aventura, Dieter habla con propiedad sobre Otto Weininger, Von Kleist, Nerval, Schopenhauer, Cioran, Dostoiewsky, Michaux, Paz, Samuel Beckett. Por las tardes en derredor de un fogón improvisado para espantar las plagas que caen como nubes sobre los habitantes de Araguao, Dieter cita pensamientos del filósofo de la desesperación y aforismos de Lichtenbert o poemas de Fernando Báez editados en una pequeña máquina conectada a un procesador que funciona gracias a un dispositivo colocado por Dieter que funciona con energía solar y que conecta a un audifonovocal celular para leer hipertextos en Internet y enviar o recibir correo a y desde cualquier parte del orbe. Dieter navega doble: en el ciberespacio y sobre la delicada piel acuática del Orinoco hinchado de agosto. Pescar es para él un pretexto para pensar y meditar sobre el sentido del devenir, la naturaleza de la melancolía, la tristeza de la poesía, la presencia de Dios en tales parajes desolados, la incertidumbre y la indeterminación del ser o de ser tan sólo un ser. A veces se torna metafísico Dieter y se abandona a lucubrar inagotables ensoñaciones abstractas que lo avientan a lugares insólitos sin moverse de la diminuta curiara, ignotos mares mnémicos se hacen navegar por la memoria. Un topos ouranos es navegado por el delirante barco alucinado de la memoria deseante de Dieter. La madre de Dieter es una mujer propensa a la melancolía y profundamente depresiva, y si no se ha suicidado aún es gracias a su sempiterno pasatiempo de extraerle veneno a las culebras corales que se enrollan en las bases que sirven de pilotines a la casa sobre el agua donde habita Dieter. Mientras Dalia almacena veneno coralino, Dieter teje menudas urdimbres de evocaciones griegas y guaraos quién sabe con qué propósitos y encalla en los arrecifes de su frágil memoria indómita acuatiforme. Poco a poco, en el intenso fragor de las lecturas, Dieter descubre un cangrejo azul cogido por su anzuelo de diamante en una de sus patas carnosas y de dura textura. Dicen que ese cangrejo despierta cada veinte años cuando a algún indígena se le enreda un anzuelo en el cuerpo del mítico animal. Cuando el cangrejo despierta nacen diez ríos del tamaño de Boca Grande, ¿saben?, esa inmensa llanura de agua de más de veinte kilómetros que está cerca de Varadero, no Varadero de Cuba sino Varadero de Yaya, donde también hay arenas blancas como en el de allá. A Dieter le fascina ir a descansar a Varadero porque la familia Lema prepara las comidas que le gustan y es acogedor el trato que le brindan cuando decide ir a pasar algún fin de semana a Varadero. Aunque le cuesta "despegarse" de su caño de Araguao, siempre termina accediendo a las cordiales invitaciones de esa cálida familia que tiene en Varadero. Este último caserío ribereño situado justamente al frente de Barrancas del Orinoco, es famoso por la recurrente aparición de un caimán a orillas de la playa más concurrida de Varadero. Un veintinueve de noviembre, Dieter quiso aprovechar el Día del Escritor para disfrutar a plenitud un largo fin de semana, pues era justo que se proporcionase un buen descanso después de tanto esfuerzo intelectual y tantos días dedicados a la pesca y a las agotadoras jornadas del "salado" de kilos y kilos de pescado para comercializar en los alrededores del caño de Araguao. Entonces era justo que Dieter disfrutara de tres intensos y soleados días de playa y de suculentos platillos de iguana en coco, lapa asada y demás carnes silvestres que tanto prolifera en Isla Misteriosa, que es el verdadero nombre de la montaña que rodea a Varadero. Dieter se bañaba de lo lindo y gozaba como Dios manda en las blancas arenas de Palital, playita adjunta a las orillas de Varadero cuando ya tarde, tarde en la tarde Dieter nadaba hacia fuera, más allá del cantil, sin mayor preocupación, cuando súbitamente, nadie se dio cuenta de ello, fue engullido por las inmensas fauces del caimán. Dieter se perdió en la noche infinita de las entrañas del animal.


       

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