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Cazadores de sueños

Édgar Allan García

    (Nota del editor: El escritor ecuatoriano Édgar Allan García obtuvo, a mediados de noviembre, el Premio Nacional de Literatura Infantil de su país. García se hizo acreedor de tal distinción por su novela Cazadores de sueños, de la cual Letralia presenta hoy el sexto capítulo, titulado "Un héroe de verdad").

Para ser un héroe no basta con decirlo, hay que probarlo, hay que probarlo todo el tiempo, no a los otros, ni siquiera a uno mismo, sino a la vida, a la sustancia de la vida, Capitán. Estas extrañas palabras las escuchó resonar en boca de Humberto, al poco tiempo de haberse recuperado de su "enfermedad", mientras viajaban alumbrados por los potentes faros del jeep, hacia el confín de un horizonte que empezaba a iluminarse con los primeros rayos del día. Y es que aquel hombre enorme, con barba de vikingo y ojos de venado, según le había prometido dos semanas antes, había ido a buscarlo una fría madrugada de sábado, en previo —y secreto— acuerdo con su mamá y, cuando el cielo era aún un inmenso océano estrellado sobre sus cabezas, se lo llevó a escalar aquella montaña coronada de nieve que, según le explicó, en un idioma antiguo y melodioso significaba el dulce cuello del sol.

Más tarde descubrió que cuando Humberto hablaba de "héroe", la palabra no tenía mucho que ver con hazañas extraordinarias, sino más bien con sucesos comunes, como el gesto que tuvo Doménico al arriesgarse a confesarle la verdad, o como en el hecho de que su mamá, que era tan pobre, le hubiera regalado aquel reloj tan costoso, sólo para verlo recuperado de su extraña dolencia.

Hay muchos héroes que andan por ahí, sin medallas, volvió sobre el tema Humberto, mientras ambos descansaban sobre un megalito y la niebla se disipaba; y hay cobardes, agregó que, más por miedo que por otra cosa, alguna vez hicieron, sin saber cómo ni por qué, algo extraordinario, y fueron aplaudidos como héroes. Yo prefiero los primeros, dijo sin elevar la voz y mirándose las manos callosas, los que se arriesgan todos los días a ser sencillamente de carne y hueso, los que se abren sin miedo a sus propios sentimientos, los que ayudan sin que nadie lo sepa, los que vuelan alto, alto, dejando el pellejo en el vuelo, los que son capaces de maravillarse con el mundo de todos los días, los que se emocionan hasta las lágrimas con lo que van descubriendo tras las máscaras de la vida, los que dicen sí, o no, así se caiga el mundo, sólo para no traicionar su verdad profunda. ¿Me entiendes, Capitán?, dijo Humberto con un tono de tristeza, revolviéndole los cabellos, y él, que no entendía del todo lo que en esos momentos le decía Humberto, dijo que sí, que le entendía, pero lo que en realidad quiso decir es que algún día entendería, que le juraba, de corazón, querido Humberto, que entendería lo que en esos momentos le había dicho emocionado, y entonces tomó con fuerza esa mano grande y dura que había dejado por unos segundos la protección del guante de piel de alpaca.

El día se fue en un instante mientras ellos deambulaban de un lado para otro, como si no fueran a parte alguna. Humberto se detenía cada cierto trecho y le enseñaba una flor y otra y otra, llamándolas por sus nombres originarios; le explicaba acerca de las diferentes clases de líquenes que crecían en aquellos luminosos ojos de agua helada y sobre esos musgos que a primera vista parecían iguales; hacia el mediodía, le empezó a revelar, por medio del tacto, la sabia forma de la chuquirahua y la suave "voz" de la piedra imán que "nunca habla al oído sino al corazón"; descifró para él la maravilla de las gaviotas de altura, y el vuelo en picada del quilico, y la belleza de unas ranas diminutas como gotas negras; le hizo palpar, sobre los extensos arenales, el secreto de las huellas del venado y el singular desplazamiento de la curiquinga; y en los momentos más imprevistos le pedía detenerse para que percibiera el movimiento en apariencia caprichoso de la niebla o el agudo canto de los huiracchuros que desde muy lejos les traía el viento. Antes del anochecer el Capitán ya había aprendido a descubrir a primera vista las madrigueras de las liebres ocultas entre los pajonales, y a percibir a la distancia, como si se tratara de lentas hormigas, el movimiento de los caballos salvajes bajo esas rocas gigantescas regadas como oscuras canicas por toda la planicie, y a admirar el poder de supervivencia de unas plantas tan singulares que eran capaces de crecer y florecer hasta en las grietas de esas piedras rugosas, pero sobre todo aprendió a estar consciente del océano de vida que bullía bajo sus botas cada vez que daba un paso, y otro, y otro. Estaba maravillado, más presente que nunca, abierto a la belleza del mundo, multiplicado en la inmensidad de aquel universo recién descubierto.

De pronto, mientras ayudaba a armar la tienda, reparó en un hecho que hasta ese momento le había parecido normal, pero que no lo era: tan ocupado había estado en mirar, escuchar, oler y tocar, que desde hacía horas no había dicho ni una sola palabra. Cuando se lo dijo a Humberto, este sonrió y exclamó: las palabras son hermosas, Capitán, sobre todo cuando están llenas de magia, pero la mayoría de veces las palabras sólo sirven para fingir que decimos algo. El Capitán se lo quedó viendo con cara de sorpresa. Ya lo entenderás, le dijo Humberto. No, le replicó el Capitán, ya lo entiendo... ya lo entiendo... al menos eso creo. Ambos rieron a carcajadas.

Al filo del sueño, como para poder dormirse con más calma, el Capitán no pudo dejar de contarle a Humberto, con todos los detalles imaginables, otra más de sus incontables aventuras, esta vez en la lejana isla de Java. Humberto lo escuchó casi sin pestañear, preguntando y gruñendo de admiración. Más tarde el Capitán se ruborizaría hasta el ombligo cuando, una vez que hubo concluida su historia, Humberto le dijo que él también había estado en Java, unos siete u ocho años antes. Bueno... agregó encandilado por la lámpara de aceite, casi hundido en el saco de dormir, algunas cosas las leí en una revista de Papá Luna. Humberto sonrió: leer, le dijo mientras suspiraba hondo y se acomodaba en el saco de dormir, es otra forma de vivir; en realidad, una hermosa forma de vivir muchas vidas en una. Entonces apagó la lámpara y empezó a roncar suavemente.

Durante la noche, el viento del páramo arremetió con fuerza sobre la tienda, escondida tras una montaña de rocas y clavada a conciencia por ambos. El Capitán se despertó asustado y permaneció ovillado dentro del bolso de dormir. El viento no sólo es viento, tronó de pronto en la oscuridad la voz de Humberto, es un ser de la montaña, un ser vivo quiero decir, por eso habla, ruge, araña, susurra o acaricia según se le antoje. Escúchalo, ahora cree que esta tienda es un juguete y se mueve en torno a ella, restregándose la espalda con alegría, con esa alegría salvaje propia del viento, del agua y del fuego. Es obvio que no quiere destrozarla, de lo contrario ya lo habría hecho de un solo zarpazo, así, y chasqueó los dedos. Esperemos a que se canse y nos deje dormir en paz, agregó.

En efecto, unos minutos más tarde, el viento se había ido. ¿Oyes?, dijo Humberto. Sí, atinó a decir el Capitán, antes de suspirar hondo. Le toca el turno al silencio, explicó Humberto. A los lobos del páramo les encanta el silencio. Ahora pueden acercarse a merodear, a olfatearnos de cerca. Y así fue: unos minutos más tarde, escucharon ruidos cercanos, piedrecitas que caían desde la montaña, gruñidos, jadeos, narices olisqueando el aire. Están hambrientos, le susurró al oído Humberto. Si quisieran, destrozarían la tienda para entrar, pero no pueden, nos tienen un miedo atroz. Sí, miedo, porque te cuento que somos humanos, los animales más feroces del planeta, los depredadores por excelencia. Tranquilo, Capitán, los lobos no entrarán, te lo aseguro.

Luego de un largo silencio, Humberto siguió diciendo: hubo un tiempo en que quise dedicarme a cazar, pero pronto me di cuenta de que, más allá de lo que pudiera parecer, cazar era un acto de profunda cobardía. Un animal contra un fusil no es un lance justo. Menos aun si lo haces por diversión, para probar tu puntería nada más. Entonces un día descubrí que lo que en verdad quería era cazar sueños. Sí, lo que escuchaste, sueños, manojos de sueños que había que acechar, perseguir y cazar con mis propias manos. Decidí, desde entonces, vivir la intensidad de cada instante, me propuse dejarme llevar por el vértigo de la curiosidad y la aventura, lo mismo que tú, Capitán, por eso nos entendemos tan bien. La voz de Humberto se extinguió de pronto en la oscuridad y el silencio de la noche quedó a merced de las fieras.

Afuera los lobos gruñían y jadeaban como si estuvieran conversando entre ellos. El Capitán no se movía, tenía los brazos cruzados sobre el pecho, le temblaba la mandíbula y sentía que el aire se le hacía hilachas en los pulmones. Estaba entumecido a pesar de la mullida bolsa de dormir. Nunca, jamás, ningún libro lo había aterrorizado hasta ese extremo. En esos minutos intensos, de pronto se encontró pensando en que lo que les contaría a sus compañeros, si es que sobrevivía a aquella experiencia, por fin sería real, pero ahora se daba cuenta de que todo para ellos era real, o al menos eso parecía por la forma en que lo escuchaban y aplaudían y festejaban, pero en el fondo, claro, no lo era: les gustaba lo que contaba y cómo lo contaba, y al terminar pedían siempre más y más, pero a nadie se le ocurría pensar, ya en serio, que lo que él contaba fuera verdad, que todo aquello le hubiera pasado o le estuviera pasando en realidad. Y sin embargo, para él todo lo que contaba era verdad, lo sentía en especial cuando, en un momento dado del relato, las palabras mariposas, las palabras dragones, las palabras torbellinos lo envolvían, lo levantaban, lo hacían girar vertiginoso y luego lo lanzaban como catapultas gigantescas hacia mundos fantásticos, terribles, emocionantes, y entonces ellas, o más bien, a través de ellas, de las palabras, viajaba en el tiempo y el espacio, como si éstas fueran naves o túneles mágicos, y eran ellas las que le permitían que tuviera una serie de experiencias extraordinarias que salían por su boca pero que, al mismo tiempo, resonaban como tambores en su corazón agitado. Por eso, cuando terminaba de contarles sus aventuras, él se encontraba sudando, con las manos crispadas, la lengua pastosa y los ojos húmedos, como si en ese preciso momento una fuerza invisible hubiera cortado el hilo de luz que lo sostenía atado a aquellos mundos de elefantes enloquecidos por cazadores despiadados, tigres heridos que atacan aldeas birmanas, boas de más de veinte metros, y también, cómo no, unicornios, duendes, gigantes, arpías y esos aku-aku cuyas temibles ilustraciones había visto tantas veces en los libros de la biblioteca municipal.

El Capitán quería que amaneciera, pero aún faltaba mucho. Afuera reinaba el silencio otra vez, pero —como en los libros de aventuras que había leído— todo era posible en aquel reino de las sombras. Por fin, rendido de cansancio y arrullado por el suave ronquido de Humberto, se dejó atrapar por el sueño. Cuando despertó, estaba solo. La bolsa de dormir de Humberto estaba abierta de par en par y afuera una luz lechosa anunciaba una mañana con espesa neblina.

No alcanzó a preguntarse a dónde se había ido Humberto cuando éste lo llamó desde afuera de la tienda. El olor de la leche humeante lo hizo salivar y salió de un salto, con las manos por delante, cortando con los dedos helados la gasa de neblina que lo separaba de Humberto. Comió como un náufrago todo lo que encontró a su alcance, que no era mucho. ¿Tienes más hambre? preguntó entonces Humberto. Él asintió con la cabeza. Eso está bien, caminar con el estómago lleno es una pesadilla. El que tiene la panza llena, dijo, sólo se escucha a sí mismo, sólo se preocupa de su propia hartura, en cambio el estómago semivacío alerta, sensibiliza, potencia. Humberto se lo quedó viendo dos segundos y luego soltó una carcajada. Ya lo entenderás, concluyó.

No subieron hasta la cima, por suerte para el Capitán. Avanzaron unos mil ochocientos metros más arriba del último refugio, pero fue suficiente esfuerzo para su cuerpo. Mientras subían, Humberto le iba diciendo, a ratos, cuando lo veía desfallecer, que la montaña era como la vida, que el que se sentaba a descansar demasiado tiempo, luego ya no quería subir más; que el que miraba hacia arriba, se sentía abrumado por todo lo que faltaba por subir y se desanimaba pronto; que por eso el secreto estaba en mirarse los pies, en concentrarse en cada paso, en sentir el dolor y la alegría del cuerpo que sube, que se agota y que se recobra hasta que la cima, de pronto, deja de ser un sueño. El Capitán no asentía ni negaba, sólo trataba de permanecer vivo.

Luego de largos trechos, cuando veía al Capitán concentrado en el esfuerzo, le decía: pero la cima no es la cima, la cima no existe, Capitán, sólo existe el subir y el bajar, el subir y el bajar, y así hasta el final. En la montaña no compites contra nadie, excepto contra tus miedos, tu cansancio, tus límites, y cuando crees ganar te das cuenta de que todas las ganancias son momentáneas, nunca definitivas, que a un paso en firme le puede suceder una grieta mortal. Aquí, en esta soledad, no hay goles ni aplausos, sólo tu respiración rítmica y tus pies adivinando el camino, sólo tu corazón resonando por todas partes, abriéndote paso, iluminando la vida. A pesar de que no parecía, el Capitán lo escuchaba con atención, no quería que se callara, sentía que cuando se callaba se le iban las fuerzas, que sus palabras de alguna manera lo sostenían de pie.

Cuando finalmente se sentaron bajo un paredón de piedra negra, el Capitán sintió que se moría y que el escaso aire se le había congelado en el pecho. Estaba con los ojos hacia arriba, mirando la niebla espesa, cuando se viró sobre su costado derecho y vomitó siete barras de chocolate y media funda de caramelos que se había comido en el camino, con el pretexto del frío y el cansancio. Recordó nítida la voz musical de su madre diciéndole: los excesos se pagan, muchacho. Humberto no se rió de él, como temía, pero tampoco se preocupó, sólo le sacó las botas y los calcetines, y de inmediato le puso unos calcetines térmicos, antes de colocarle encima las mismas botas heladas. Los compré especialmente para ti, le dijo, mientras conectaba el mecanismo que en breve calentaría sus pies. Luego le acercó una cantimplora con un líquido agrio que le quemó la garganta. Se estremeció tratando de rechazar el líquido, pero Humberto lo detuvo con firmeza: toma, es lo mejor que hay contra el "soroche", el espantoso mal de altura; yo también lo he sentido, así que sé lo que es esto, aseguró, en tanto le sonreía con sus enormes dientes de potrillo. Él, con el cuerpo descompuesto, se sintió morir en aquel océano blanco y helado.

Cuando abrió nuevamente los ojos, estaba mucho mejor, salvo por el dolor de piernas. Con los pies irradiando calor hacia el resto del cuerpo, pudo ver el paisaje que se abría tras la neblina. Era estremecedor: bajo el sol del mediodía se desplegaban como dientes enormes las montañas azuladas, la huella de los resecos ríos milenarios, las nubes bajas como espectros curvos posados sobre otras elevaciones, y a un lado, apenas un poco más arriba de donde se encontraban, un espectáculo único y estremecedor: un cóndor adulto planeando con las alas abiertas, casi inmóvil en el aire, vigilando el horizonte.

El tiempo pareció detenerse. Ambos se quedaron como estaban, en silencio, mirándolo, o más bien, elevándose mediante la mirada hacia ese espacio azulado donde estaba él, y volaron junto a él, se adentraron en él, sintieron a través de él. Ese momento mágico se prolongó una eternidad hasta que, lentamente, navegando entre las frías corrientes de aire, el cóndor se fue alejando, se fue convirtiendo en apenas un punto difuso ante sus ojos, hasta que desapareció. De súbito Humberto dijo: no es un simple animal, Capitán, es un espíritu, un espíritu poderoso de la montaña. Entonces el Capitán percibió cómo a aquel hombre aparentemente endurecido se le inundaban los ojos y se le cortaba la voz.

Luego de unos instantes, Humberto prosiguió: pensar que casi los exterminamos por completo, Capitán; había miserables que los cazaban, que subían a las laderas para destruir sus nidos, que los embalsamaban para adornar hostales y casas de hacienda. Ahora cada vez hay más, pero todavía son pocos; lo que acabamos de ver es casi un milagro, agregó conmovido. Luego de unos minutos de plenitud, en que sólo se escuchaba las oleadas del viento helado, Humberto se levantó como si hubiera sonado un gong dentro de su cabeza: es hora de volver, sentenció.


       

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