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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 84
20 de diciembre
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Matías Gastaldi

Costó bastante deducir cuándo comenzó todo. Hubo un hecho insignificante que hizo que parte de mi historia comenzara.

De aquel día recuerdo que estaba un poco alterado. Seguramente era un día de esos, en que todo amenaza con salir mal. Pero la cuestión es que no eran sólo amenazas, sino que directamente todo salía mal. Desde el primer momento me di cuenta de que no tendría que haberme levantado de la cama.

En mi tour matinal siempre incluyo el baño, pero ese día todo estaba planeado para que saliera mal. Primera noticia: no hay agua. Resultado, peinado desprolijo, cierto mal gusto en la boca, y restos de una noche larga gracias a ese trabajo tan importante que pidió el jefe. Y para colmo ni un trago de agua para una maldita aspirina. Y encima de los hombros, algo llamado cabeza que duele un poco. Que duele un poco en el hemisferio este, y un poco en el hemisferio oeste. En suma, duele bastante y molesta un tanto más.

Luego de hacer todos los preparativos para el rally diario, repasé todos los detalles, tratando de descubrir algún posible olvido que obviamente apareció en el momento en que me iba. La carta, la maldita carta que tanto se había hecho esperar, y que ya no podía tardar más en salir. Rápidamente corrí al escritorio y tomé la carta que yacía en el mismo lugar que ayer. La coloqué en un sobre en blanco y me fugué del departamento, en el momento en que los nervios comenzaban a jugarme una mala pasada.

En el apuro por no llegar tarde, casi tuve un olvido fatal, la puerta de calle abierta, sería una gran invitación. ¡Señor chorro! ¡Pase y vea que estamos de oferta! Departamento cómodo, amueblado, especial para limpiarlo mientras el dueño no está. Hice que la llave se encargara de lo suyo, de cerrar la puerta, y así comencé el día.

En mi carrera hacia la calle, tuve un solo obstáculo: el portero y su escoba. Con una habilidad insospechada en mí, lo esquivé y enfilé hacia la puerta que ansiosa esperaba para vomitarme hacia el mundo exterior y sus problemas, o dicho de otra forma: hacia el mundo problemas y su exterior.

Debería haberlo sabido, hoy no era el día indicado para levantarme. Simple casualidad o jugada del destino, en una acción casi poética, la jornada se había transformado en un día de mierda.

En la calle había restos de una noche lluviosa, unos cuantos charcos en la vereda, y otros tantos en la calle. ¿Cuál es la posibilidad de que un auto pase sobre un charco y salpique el agua en dirección hacia el mismo lugar en que está uno? Pocas, pero hoy era el día de la gran posibilidad y así sucedió. De un momento a otro mi pantalón fue una versión subdesarrollada de un dálmata, azul a pintitas marrón-grisaceas. Y para colmo de males era demasiado tarde como para volver atrás y cambiarse. Poco importó y esa situación no impidió que siguiera adelante. Sólo un ojo con mucha crítica podría descubrir la maldita huella del auto sobre el charco, e indirectamente sobre el pantalón.

Mi reloj gritaba la hora equivocada. Es decir, la hora equivocada para alguien que está llegando tarde. Ocho menos diez y nada más, ni un segundo más ni un segundo menos. A lo mejor siempre unos segundos más, SIEMPRE unos segundos más.

A medida que el tiempo corría, la presión iba en aumento, justamente hoy no podía llegar tarde, ya para cuando estaba pisando el umbral de la puerta del correo mi ceguera era insoportable.

Entré al correo a las ocho y cinco, y obviamente la señorita del mostrador miró mis pantalones e hizo una mueca que no llegué a entender. Cuando se dio cuenta de que la estaba mirando apartó su vista de mi pantalón granizado. Le entregué el sobre, ella rápidamente lo selló, y fue muy poco el tiempo que pasó entre lo que tardé en pagarle, en retirarme de la ventanilla y en colocarla en el buzón, menos de cinco segundos y ya nuevamente fuera, para seguir con la carrera del siglo.

Un rato después recapacité sobre algo que había hecho sin darme cuenta. Había mandado la carta con remitente, pero sin destinatario, quizás nada pasaría, simplemente la carta no saldría y la devolverían al remitente, para que le ponga la dirección y no vuelva a cometer el mismo error la próxima vez. Seguramente, además de devolver la carta, ésta vendría con un folleto de recomendación que diría más o menos así: Señor usuario del correo: se recomienda, para una mayor efectividad, la escritura de la dirección del destinatario en la cara posterior del sobre en que usted coloca el remitente. Se le ruega no ser tan boludo la próxima vez. Gracias.

El día fue un poco más normal que de costumbre, o sea, no sé cómo sería uno normal, porque a mi parecer, nunca tuve un día... digámosle común. Mis días siempre son medio normales, no sé si es una maldición o una gracia del destino, eso sí que nunca termino de comprenderlo. Mi jornada transita de la siguiente manera: un poco de oficina, unos cuantos teléfonos, algún fax por ahí, un almuerzo insulso y la gran escapada del infierno y la búsqueda de mi seudoparaíso, de mi casa que me aguarda llena de calma, y que me recibe con música a las nueve en punto, gracias al encendido automático del equipo musical.

Llego a las nueve y diez y se escucha a Charly cantando... "la fiebre de un sábado azul, y un domingo sin tristeza...", inconfundible "Viernes 3 am", de la época de Serú Giran. Un poema musical sobre algo tan jodido como el suicidio. Y eso de jodido lo afirmo yo por experiencia propia. No es que me haya suicidado, si no sería muy difícil que estuviese acá parado. Lo decía por un amigo, Juan, que lo hizo justo el día en que cambiábamos de siglo. Fue trágico, e inesperado. Recuerdo que todo pasó muy rápido. A mí me contaron todo. Es que en ese momento no miraba televisión, y tampoco me importaba mucho eso de vender la vida para que salga por TV, en formato de serie, o novela, o como sea.

Luego de tomar un baño salvador, pensé en comer algo, muy bien no sabía qué, pero en algún rincón de mi cuerpo, algo me decía: ¡comida! ¡Comida! Y eso no podía negarlo por nada del mundo. Poco tiempo tardé en llevar a cabo el ritual de la cena. Unas cuantas cosas, una comida insignificante y luego un poco de televisión. Paseo un poco por la gran cantidad de canales. Todavía está el Life Channel. A pesar de todas las cosas que se vieron. Demasiadas para mi ver, pero aún sigue siendo el canal con más rating. No soy quién para criticarlo, pero no me parece nada bien todo ese canibalismo televisivo, en el que se ven vidas reales en la pantalla. Te pagan por entretener a la gente, y eso desde un primer momento te modifica la vida. Y ya no sos vos.

Me acuerdo de que tengo que revisar el correo electrónico. Busco el canal adecuado, ingreso la clave y espero unos segundos. Un mensaje, es Federico, que tal vez va a pasar mañana para devolverme aquellos compactos que le presté. Lo de aquellos viene porque pasaron dos meses desde que se los llevó. Eran tres. Me acuerdo de dos, pero el tercero no viene a mi mente. Trato de usar la pila de CDs en el mueble del rincón pero no me sirve de nada. Pero no. La verdad es que nada viene a la mente.

Siendo las once de la noche pensé que lo mejor sería una pequeña siesta de 7 u 8 horas como para estar bien repuesto al día siguiente. Lo único que me acuerdo de esa noche es que tuve un sueño muy extraño. Un campo verde, extenso en el más acá, infinito en el más allá. Sé que caminaba o al menos eso parecía. Era como si flotara y avanzara lentamente, e inevitablemente, hacia un no sé dónde. La libertad asustaba un poco, ver tanto sin poder hacer nada, tener todo el mundo tan vasto y desolado me atemorizaba. Era tan confortable pero tan aterrador. Lo único que podía hacer era avanzar, hasta que distinguí algo en un punto no muy distante. Era una pared, una pared que cubría todo el horizonte, y que se perdía en el infinito hacia un lado y hacia el otro. Resultaba imposible intentar saltarlo o escalarlo. En el sueño mis intentos eran inútiles, hasta que caía rendido bajo la pared, y ahí era cuando me despertaba.

Al otro día me levanté bien, de una forma u otra lo hice bien, o mal, pero logré levantarme. Diecinueve de mayo del 2001 me decía el despertador una y otra vez hasta que sucumbió bajo un manotazo. Mi intuición me decía que iba a ser uno de esos días en que no iba a pasar nada especial, pero extrañamente, ese día fue cuando recibí el primer indicio de que algo raro iba a pasar. Algo que aún no entiendo.

Con un pie en el mundo de los sueños, y otro pie en el mundo real, fui hacia la cocina con el fin de encontrar alguna posibilidad para concretar mi desayuno. La sala estaba en silencio. Lo único que se escuchaba era la chicharra de la cafetera que me decía que el café ya estaba caliente y el congelador que se apagaba. Pero luego el silencio volvía a reinar.

Entre medialunas y café, había un silencio un poco tortuoso, por lo que decidí levantarme a poner un poco de música para alegrar el ambiente. Atento a cada sonido del departamento, me levanté y me dirigí hacia el living. En el momento en que cruzada la arcada hacia "la sala del sillón del descanso post-trabajo-morten" escuché un leve sonido que se hizo sentir en la puerta de entrada. Algo así como un papel deslizándose por el suelo. Muy leve pero perceptible, lo suficiente como para llamar la atención. Sin poder controlar la intriga sobre el origen de ese sonido, me dirigí hacia la puerta, y ahí estaba, un sobre, descansando junto al felpudo azul, esperando a que lo recojan. Pensando en quién podría haberme escrito, y recordando después el error cometido en el correo, me hizo pensar en que me había devuelto el sobre para que corrigiera el pequeño desliz.

Levanté el sobre, examinándolo por un lado y por el otro, como si lo hubiera hecho un mago a punto de hacer uno de sus trucos. Me sorprendí al ver que el sobre no tenía escrito nada, o sea nada por aquí, nada por allá, cosa que me intrigó bastante. Ahí me di cuenta de que no era el sobre que estúpidamente había dejado en el buzón el día anterior. La curiosidad me invadió por completo. Pensé en alguna campaña publicitaria. Pero por alguna razón la posibilidad de que fuera una broma me convencía más. Pensé en Luis, un compañero de oficina bastante chicharachero con pronóstico de cargoso hacia el mediodía y terminando en pesado para el final de la tarde. Pero no. ¿Cómo podría tener mi dirección el tipo ese? Decidí tomar el camino más corto para terminar con mi intriga: abrir el sobre, que para esa altura parecía quemar mis manos.

Era un sobre común, de tamaño común, que tenía dentro un papel común, donde había algo escrito. Unas cuantas letras formando palabras, y palabras formando oraciones, y oraciones formando párrafos, y estos párrafos a su vez formando un texto que decía así:

"Tus sueños de verde y prados, de infinitud y de eso que termina en una pared, es signo de que en un más allá no vas a poder seguir, y lo sé.

"No sé quién soy, así que de nada sirve decirte algo. Lo único que sé es cómo seguirás, a dónde irás, qué harás y muy poco de cómo se terminará.

"Las vidas son como estaciones, algunas son otoños, algunas primaveras. Otros viven veranos y algunos son puramente inviernos. Por ahí fríos, cálidos, tibios y hasta calientes. A veces se vive más de una estación... se pasa de verano a invierno, de primavera a verano. Y así sucesivamente. Y se vive y se muere. Muy de vez en cuando, alguna vez cada tanto.

"Sé de tu primavera y sé del invierno que se viene. No quiero ser pájaro de mal agüero, pero es así, lo sé.

"Sé de mí, que estoy aquí, sé de mí, que estoy allí. Simplemente estoy, y de vez en cuando soy. Y de vez en cuando se me permite esto. No me explicaron cómo, pero me dejan, tampoco entiendo mucho la razón por la cual hago esto.

"Hasta pronto, es inútil decirlo, pero no te intrigues por mí. Vive y déjate vivir".

Recuerdo que observé el papel con cierta distancia, como algo muy ajeno a mí. Luego de observarlo durante un minuto, comprendí que esto era demasiado extraño. El tratar de buscar alguna lógica para unir el texto me produjo una especie de escalofrío. Era demasiado ilógico, muy oscuro. Como aquella vez que dejé el teléfono en una radio que sacaba los mensajes al aire y me llamó uno que decía que participaba de rituales satánicos. Esta vez también me asustaba bastante. Cuando la razón, el motivo, no tuvo explicación, busqué el posible origen, que ya escapaba a la simple broma de una amistad. También tenía su carácter enfermizo, y resultaba más que difícil encontrar algo, o alguien que concordara con las palabras, y con todo lo demás.

Muchas imágenes recorrieron de punta a punta mi cabeza. Un loco, una secta, y muchas otras cosas más. Ese día me sentí un poco molesto. Pensar a mil gran cantidad de posibilidades para una sola preocupación. Hasta que llegué al punto en que decidí frenar. Me di cuenta de que era demasiada cosa preocuparse por un escrito tan insignificante y tan incomprensible. Decidí ocupar mi mente en otra cosa, pero prometí volver.

Así me encontré por la noche, carta en mano, sentado en el sillón y pensando mucho.

Muchas imágenes oníricas me invadían la mente. El recuerdo del sueño, el campo verde y la pared infinita a ambos lados. Y ahora la carta, frente a mí. Confundiéndome, letra a letra, palabra a palabra. Pensé nuevamente en las causas, en algo que me pudiera llevar a estar relacionado con la aparición de la carta, pero no, me partía el mate hacerlo. Volví a vivir el día anterior de punta a punta. El comienzo, el despertar, la corrida y el sobre blanco... no podía ser. Tal vez alguna cargada de algún empleado del correo... y me acordé de la descripción del sueño. Era casi imposible pensar en una casualidad. El sobre en blanco, con remitente. Y la posibilidad de una intervención sobrenatural se me cruzó por la cabeza. Puede llegar a ser estúpido pensar en eso. Pero cuando ya no se tienen más posibilidades, cualquier fundamento viene bien. Hasta un simple pensamiento sobre algo fuera de lo normal.

En realidad la preocupación que mostré por el hecho fue desmedida. Al fin y al cabo no presentaba ningún peligro. Era un hecho un tanto extraño, pero nada tan importante como para que perturbe mi vida. Y mucho menos como para que logre perturbar mi sueño.

Sueños. Mis sueños últimamente son muy insólitos. ¿O será tal vez que les presto más atención? Esa noche soñé que caminaba por una ciudad vacía. Donde me sentía un intruso. Todo estaba demasiado calmo. Como si la gente hubiese estado hace un segundo nomás, pero ya no. Se podía observar todo porque era de día. Pero en un determinado momento comenzaba a oscurecer de una manera muy especial. En vez de oscurecer negro, en mi sueño oscurecía rojo. La luna era roja, por lo que reflejaba luz roja, como si estuviera en un constante eclipse total, pero con un rojo más intenso, más vivo. La sensación era desesperante, una soledad muy pesimista me quería derribar. En un determinado momento sentí algo que rondaba cerca mío. Apenas perceptible en mi campo visual lo sentí, una sombra, o algo así, un leve movimiento hacia mi izquierda. Cuando giré mi cabeza ya no estaba más, sea lo que sea, lo que estaba ahí, se había esfumado.

Esa fue mi noche, hasta que escuché el despertador parlante decir: ¡seis treinta! 22 de mayo del 2001, seis treinta, 22 de mayo del 2001, y el golpe certero, en el botón apropiado, y nuevamente el silencio. Pero había algo que andaba mal, algo que mi mente semidormida no podía descubrir, eso sí, lo único que sabía era que algo no encajaba. Luego de levantarme, con todo lo que implica el despegarse de la cama a esa hora. Recordé el sueño y me sentí un poco desorientado, mientras un escalofrío me hacía estremecer demasiado. Frente al espejo, en vez de mirar mi imagen, trataba de entender aquello que no me dejaba en paz esa mañana. Había algo en el aire que lo volvía extraño. Como una mosquita muy molesta, que ronda la mejor siesta en pleno verano. Definitivamente me tenía que afeitar, ya que estaba llegando al límite en que todos te empiezan a mirar mal en la oficina.

Para comenzar la misión, tomé la crema de afeitar y me disfracé de un joven Papa Noel, después de haber hecho una dieta muy rigurosa, pero con la misma barba blanca. Cuando agarré la gillete para afeitarme, vino a mi mente algo así como una iluminación que descubrió ante mí el motivo de mi preocupación.

Corrí al dormitorio, miré el reloj que decía: 22 de mayo del 2001 y fue cuando la afeitadora se hizo pedazos en el suelo, junto a mi pie. Fui a prender el televisor y busqué el Day Channel y descubrí que el despertador estaba bien, era 22 de mayo, eran las siete menos cuarto. Pero estaba todo mal, muy mal. La razón era que ayer había sido 19. Y no es común que siendo un día 19 lo suceda otro día que lleve el número 22, ¿o me parece a mí nomás?

¿Qué me estaría pasando? Tres días pasaron, como si nada y no me di cuenta. ¿Habré dormido los tres días? Imposible. Revise la tarjeta de entrada al laburo y estaba todo bien, había asistido los tres días. Todavía con la crema de afeitar en la cara, me senté en la cama y traté de razonar. Cuando volví al mundo eran las siete, y esta vez no quería llegar tarde al trabajo, por nada del mundo.

Cuando estaba por salir, con una fuerza propia de una dosis de Vitagenol, me detuve, sabiendo que estaba ahí, pero evitándolo, haciendo fuerza con mi mente como para desaparecerlo, pero ahí estaba, inmóvil, y esperando otro sobre blanco, con quién sabe qué dentro.

La cuestión principal se centraba ahí. En el contenido, en cada frase. Quizás podían ser tan excéntricas como las anteriores. Y a eso había que sumarle la intriga de los tres días faltantes. ¿Qué me estaba pasando? Reflexioné sobre algo. Si existe un paso previo a la locura, debería ser este. Donde todo te empieza a parecer incomprensible, donde nada encaja, y todo se te empieza a mostrar de una forma muy distinta a lo acostumbrado. El único problema era que mi agenda estaba muy ocupada como para darle alguna cita a la esquizofrenia.

Decidí no quedarme en casa, tomé el sobre y salí para la oficina. Más que mirar, revisé todo el trayecto, como lo haría un extranjero realizando su primer visita al lugar. Me sentía extraño. Como si todo fuera nuevo. Como si nunca hubiera estado en Buenos Aires, en sus barrios, en sus calles. Plaza de Mayo, el obelisco, pintado de amarillo desde los comienzos del 2000, aún da esa imagen de grandeza. Aunque para mí siga dando la idea de que allí, en la 9 de Julio, está el monumento al ego sexual argentino.

La silla de la oficina me reconfortaba. Si fuera jefe tendría puestos los pies sobre el escritorio, pero como no es así me mantengo bien a la raya. Por ahora me contento con sacarme los zapatos, para estirar un poco los dedos. Eso es comodidad. Aunque a veces me sorprende lo conformista que puedo llegar a ser.

No sé si me había olvidado, o si era una actitud típica de no querer saber qué contenía el cobre. Lo cierto es que hasta las diez y media no me acordé de que había un sobre esperándome. Con una lentitud notable miré el sobre a trasluz y nada. Busqué el cortapapeles, y empuñándolo a manera de cuchillo, miré amenazante al sobre como si fuera un asesino serial a punto de matar a su víctima diaria. Pero no pasó de la mirada, fui paciente y ordenado, hasta que logré apreciar la misma letra que en la carta anterior. En ese momento la tranquilidad sacó un pasaje sin escalas al carajo. Mi mano tembló involuntariamente. Una gota amenazó con llover sobre mi cara, y así lo hizo, y no pude evitarlo. Justamente sobre ella reparó Laura, una compañera de trabajo que entraba en ese preciso momento a dejarme unos papeles sobre el escritorio. Lo único que me molestó de ella fue la pregunta estúpida: ¿querés que baje la calefacción, estás transpirando, sentís mucho calor? Mi cara lo dijo todo. Nada tuve que decir, para anunciar la pronta retirada de Laura de mi oficina. Después me arrepentí, y solamente deseaba alguna posibilidad para disculparme. Seguramente mi cara no debe haber sido la mejor vidriera de mis sentimientos hacia ella. Tal vez agarré esa vidriera, la desorganicé un poco y la transformé en lo peor que se pudiera ver. Y resultó, aunque estuviera dirigida a la persona equivocada. Debido a eso, el resto del día no me dirigió la palabra.

La cuestión es que la carta seguía en el mismo lugar. Y mi desesperación también. Al abrir el sobre no sentí absolutamente nada. La situación ya me estaba cansando. Y eso que tenía la leve sospecha de que la cosa recién comenzaba. Me decidí a sacar la carta de una vez por todas de su sobre, que a manera de ataúd guardaba los pequeños cadáveres de tinta que formaban las letras. Una preocupación me crecía por dentro. ¿Qué me esperaba? Sentí que este momento no debía tener ninguna interrupción, así que me levanté y cerré la puerta con llave. Me recosté en la silla y quise no existir. Cerré los ojos y miré la nada que se escondía tras mis párpados. Cuando volví en mí me sorprendí bastante. Tanto como si cualquier hombre cerrara los ojos a las 9 de la mañana y sin dormirse ni nada, los vuelve a abrir, un segundo después, a las siete de la tarde. Y eso fue lo que sucedió. Mi mente recordó lo sucedido a la mañana y un escalofrío me atacó. ¿Qué estaba pasando? Nada se me ocurría para calmar la extraña sensación que me acosaba. Estaba confundido como para poder pensar en algo. Me levanté de la silla y prendí la luz. La carta seguía en su lugar. El reloj de la computadora decía que eran las siete y diecisiete. Pero no me podía estar pasando lo que me pasaba. De alguna forma, o me fallaba la memoria de una forma absurda, o estaba perdiendo días y horas sin ninguna explicación.

Agarré el sobre, lo miré nuevamente a trasluz durante unos segundos y luego saqué la hoja y la desplegué ante mis ojos. Una letra muy extraña, no muy definida, un tanto difusa, decía algo así:

"Te estuve viendo. Qué apocalíptico todo, ¿no? Raros días, noches teñidas de sangre. Estuve ahí y poco me dejé ver. Casi nada. La soledad es tu soledad. Estás pero no estás, soñás pero no soñás, vivís para no vivir.

"Quizás sé quién soy. Soy la inmensidad, soy parte de todo, soy la peor ola en el mar de tu confusión. Soy lo imposible y lo cierto.

"Me pensás y quizás no existo, me negás y te invado. Soy nacimiento y muerte.

"Sé sobre tu final. Pero no puedo decirlo.

"Sé de tus pérdidas temporales, de tus amnesias diurnas y de tus deslices. Pastor de ti mismo, cuida de las ovejas descarriadas.

"Sé de mí, que estoy aquí, sé de mí, que estoy allí. Simplemente estoy, y de vez en cuando soy.

"El reloj de arena a veces falla. Adelanta y no atrasa. No te descuides o la arena se detendrá.

"Hasta pronto, es inútil decirlo, pero no te intrigues por mí. Vive y déjate vivir".

Tenía varias opciones. Negar todo, quedarme en la más profunda ignorancia y vivir a medias, ya que me parecía poco posible olvidar esto a esta altura. Otra opción era sacar un pasaje al psiquiátrico más cercano con escala en Freud, pero tampoco me convencía. Estaba un poco confundido. Pensándolo bien estaba un poco más que eso. Me recosté otra vez sobre la silla, cerré los ojos, y de pronto recordé la pérdida de horas y la desesperación, y eso me obligó a caer de cabeza en la realidad. De una forma muy brusca.

Inmediatamente miré el reloj y seguía en su lugar. Seguían siendo las 19:17. Y por suerte no había pasado nada extraño. Decidí que debía ordenar el escritorio. Era lo más parecido a una batalla campal. Primero las notas de la oficina ordenadas por importancia de arriba hacia abajo. Luego los clips hacia lo que podía llamarse clipera, o algo así. Después los papeles varios, y vi algo que me llamó la atención. Un papel doblado a la mitad que estaba dirigido hacia mí, con mi nombre escrito con una letra conocida, pensé un segundo y me di cuenta de quién era. Era la letra de Laura. Inmediatamente tomé el papel y confieso que me sorprendí bastante al leer lo que decía:

"Aprovechando que te escapaste al baño para vestirte y peinarte un poco. Yo también voy a hacer lo mismo. Sabía que el enojo de esta mañana era algo transitorio, así que pensé que querías disculparte y por eso vine. No quiero decirte que estuviste fabuloso, para que no te la creas, pero si querés, para esta noche, cuando nos veamos en mi casa, enójate mucho más.

"Laura

PD: Trae algo para tomar, que lo demás lo pongo yo."

Esto ya era el colmo. Era obvio lo que había pasado, pero no podía recordar nada, y eso era lo que me mataba. Traté de tranquilizarme. 19:17. Miré a mi alrededor y todo estaba muy pacífico. 19:17. Me recosté sobre la silla y pensé en lo que supuestamente había pasado a la tarde. 19:17. Contemplé mi oficina, el perchero, 19:17, el tacho de basura, 19:17, la pequeña cafetera, 19:17, la luz del escritorio, y el reloj recién comprado que marcaba las 19:17. Recordé un juego infantil que consistía en mirar fijamente un reloj hasta que finalmente los números cambiaran. El desafío de hoy consistía en esperar las 19:18. Hasta el más burro sabe que por lógica, y desde hace mucho tiempo, desde que se inventó el tiempo, a los 17 minutos de cualquier hora, siempre le sucedieron los 18 minutos de cualquier hora también. Parecía estúpido esperar con tanta expectativa algo tan previsible. Pero si se piensa bien, no es tan así. ¡Qué invento jodido el tiempo! Y pensar que nos creemos tan libres.

Algo extraño pasaba. Hace más de un minuto, el reloj marcaba 19:17. Y ahora, luego de unos minutos, el reloj seguía marcando lo mismo. Me tranquilicé. Al fin y al cabo era una máquina, y podía fallar. Busqué el interruptor y lo apagué. Lo dejé titilando en las 16:00. Siempre titilando. Una y otra vez, marcando a destiempo el ritmo de mi corazón.

Afuera estaba atardeciendo, entre los altos edificios se podía vislumbrar un haz de luz que provenía del horizonte. El cielo estaba seminublado y las nubes tenían un tinte rojo-anaranjado que invadía todo el ambiente. Por allá abajo, en las calles, extrañamente no había autos. Un silencio sepulcral construía un clima muy nervioso que comenzaba a tensionarme. Pensar que uno puteaba tanto con los bocinazos, y con los gritos de la gente. Pero ahora nada interrumpía este clima. Sólo había silencio y nada más.

Abandoné la oficina, con el saco en la mano, y el maletín en la otra. Tomé el ascensor, el cual se sentía muy distinto estando tan vacío. A otras horas, la gente suele ocuparlo continuamente. Es más, a veces va tan lleno que alguna emanación gaseosa corporal puede llegar a ser fatal. Tanto para el dueño como para los desgraciados catadores. Mientras me reía por mi ocurrencia, escuché el característico ¡tin!, que acompaña al ascensor mientras frena y lo deposita a uno en el destino deseado.

Hasta ahora nada me sorprendía. Me había quedado hasta tarde y generalmente toda la gente se va temprano, cuando no antes de hora. Las puertas del ascensor se abrieron, acción que obliga a uno a abandonar el cubículo que está condenado a subir y bajar de piso en piso desde su nacimiento, hasta su muerte. Eso sí que es algo raro. El fallecimiento de un ascensor. ¡Y pensar que hasta se suicidan! Un simple corte de cable y ¡plaf!, cóctel de humanos que sólo atinaron a gritar los últimos pisos de su vida. Para algunos, podría llegar a ser una forma de llegar mucho más rápido al infierno, si se lo merecen. O quizás también solamente funcionaría como un agacharse para tomar envión, para así poder llegar con más fuerza al cielo. Si realmente se lo merece.

Me encontré parado en el hall de entrada, viendo de reojo al guardia que estaba sentado en su lugar. Con sus característicos anteojos negros y sus auriculares, mirando nada, y escuchando algo seguramente. Debido a eso, no me respondería. Podría venirse abajo el mundo, que él seguiría sentado en su lugar, de punta a punta del mes y sólo se levantaría para cobrar su sueldo.

Caminé hacia la puerta principal y me dejé llevar por la puerta giratoria, que me depositó en la vereda, donde todo parecía estar bien. Al menos en la primera impresión.

Los edificios seguían teñidos del mismo color que se veía allá en la oficina. Un rojo-anaranjado que me hacía recordar al sueño que había tenido la otra noche.

Caminé unos metros mirando a mi alrededor, buscando no sé qué, tratando de ver algo que no sabía. Intentando saber qué era esa calma que inundaba todo el ambiente, y que aunque parezca increíble, perturbaba.

Caminé hacia la esquina, donde unos de esos relojes callejeros, que le van avisando a uno cuando llega tarde a todos lados, tendría que estar funcionando. Quizás la mayor sorpresa no fue encontrar el reloj donde tenía que estar. La mayor sorpresa fue el cuadro que se presentó ante mí. Como si fuera una fotografía, en primer plano, una fila de autos estaba detenida, con los ocupantes dentro también, como si fueran muñecos de una prueba de choque.

En ambas veredas el espectáculo era similar. Había más gente, también estática, como si fueran maniquíes, como si no tuvieran vida. El espectáculo era impresionante en todo aspecto, yo todo bañado con el color del atardecer. Sólo atiné a apoyarme en una pared y a mirar hacia todos lados. Entonces me concentré de nuevo en el reloj. Que me decía que eran las 19:17 y llegué a sentir que perdía el conocimiento, pero me pude contener y comencé a correr hacia algún lugar, buscando algún refugio, algún lugar que me permitiera pensar.

Me detuve en una esquina. Frente a una puerta de madera que el tiempo había tratado bastante mal. Me senté en un escalón que se asomaba por debajo de la puerta, dejé el maletín a un costado y escondí mi cabeza entre las piernas.

Recordé el espectáculo en aquella esquina. Miré a mi alrededor y ya no sabía qué hacer, a esta altura las cosas se tornaban espeluznantes. Un canillita en la esquina tenía ahogado el grito de "¡Diario!, ¡diario!". Pero lo más asombroso era la cara de espanto de la señora del décimo piso, mientras que a la altura del quinto, un tipo estaba como congelado en el aire, en una posición demasiado rara. Seguramente esto, sea lo que sea, le cortó el suicidio en el mejor momento.

Después de lo visto, ya estaba curado de espanto. ¿Qué más podría pasar? Las calles ya me habían soportado bastante en ese atardecer interminable de las 19:17, y me llevaron hasta mi casa. Tenía todo el tiempo del mundo, y eso sí que no era ninguna ilusión.

Había una sola cosa que no podía dilucidar. ¿Estaba entrando en razón, o la estaba perdiendo? ¿Dónde está la diferencia entre comprender un hecho como este o volverse loco? Me cuesta entender últimamente muchas cosas. Es que... claro, la vida de uno no ha sido muy normal que digamos, y eso afecta bastante la azotea y... es como si uno estuviera siempre a punto de gritar a los cuatro vientos, y no quisiera hacerlo por temor a perder la cordura, eso a lo que uno está tan acostumbrado.

El resto del camino hasta el departamento fue como si no lo hubiera hecho en realidad. Poco me acuerdo de lo que sucedió o lo que vi, sólo sé que llegué a mi casa y me tiré boca abajo en la cama deseando dormir. O deseando despertar, y descubrir que todo fue un sueño bastante horrible.

Me dormí mirando el desgraciado reloj que ya no me sorprendía. Me mostraba las por ahora perpetuas 19 y 17 horas.

Luego de algún tiempo desperté, y sin abrir los ojos, tuve el deseo de que algo hubiese cambiado al despertar. Entreabrí un ojo y vi un pequeño cambio, eran las 19 y 18. Intenté un esfuerzo, casi telepático como para empujar otro cambio. Fue un minuto muy pero muy largo. Interminable. Pero al fin sucedió. Se sumó un minuto más y me di cuenta de que recién había comenzado a relajarme.

No sé el tiempo que había pasado desde que dormí. Pero sé que fue mucho, pero para quién. Tal vez para mí, pero para algún otro no había pasado más que un minuto, o dos a lo sumo. La pregunta que me estaba matando era si algo así volvería a pasar. La verdad es que poco me preocupaba. Me tomé todo muy a la ligera. Quizás otro se hubiera pegado un tiro, pero no era mi estilo y no sería un buen final para mi historia.

Me levanté de la cama con bastante seguridad. Me asomé a la ventana y miré a la gente que caminaba allá abajo, como si nada hubiera pasado. Y es que en realidad para ellos nada pasó. Es muy feo sentirse el único testigo de un cierto capricho de origen incierto. Estar caminando en un lugar donde ninguna voluntad, ni divina ni de otro tipo, se cumple, es inexplicable. Aparte, por qué me tenía que tocar justo a mí. Ahora que lo pienso, la única voluntad que se cumplía era la mía. Podría haber hecho lo que quisiera, que nadie se hubiese enterado de nada. Pero en ese momento no podía pensar en nada, y mucho menos hacer. No podía salir de mi asombro, y ante eso me costaba mucho intentar hacer otra cosa más que mirar, y encontrar una explicación a lo inexplicable.

Pensé seriamente en lo que estaba pasando últimamente. El dilema de las horas perdidas, o de alguna posible laguna mental. La aparición de esas cartas y luego la sorpresiva quietud del tiempo.

Así fue como escuché el ruido de un conocido deslizar bajo la puerta. Era de esperar. Cómo iba a ser entretenida la historia si no pasaba nada. Sabía lo que tenía que hacer: seguir mi personaje. Correr, agarrar el sobre y leer la carta. Y obviamente someterme a las consecuencias. A esta altura, ya estaba jugado:

"¿Aprendiste a valorar un minuto de tu vida? Íntimamente pienso que no. Te echaste a dormir y lo dejaste pasar. Pudiste arreglar algo y no lo hiciste, y ahora estoy más muerto que nunca. Pero no impediste mi caída y ahora sigo en todo tiempo y lugar...

"Lo del tiempo fue un pequeño regalo que se me permitió hacerte. Y veo que te sorprendió, demasiado para mi gusto.

"Ahora, desde el lugar que ocupo, te doy el don de tener voluntad ante todo, repito, ante todo. También te doy la voluntad de darte cuenta de quién sos. Seguramente, después de hacer esto no podré escribirte más, así que me despido, hasta siempre".

Más que nunca me sorprendí de estas cosas que me estaban pasando, a mí, justamente que soy un buen personaje. Ahí me di cuenta de lo que realmente era. Un personaje, nada más que eso. Alimentado por no sé quién. Seguramente alguno que no tiene otra cosa qué hacer más que torturar a conciencias inexistentes como yo.

En ese momento, el techo era el paisaje más interesante para ver. Pensé, y decidí revelarme. Abrí bien la ventana, de par en par, y ubiqué mi mejor sillón, el más cómodo de la casa frente a ella, y me senté. Y ahí me quedé.

Pasaron las horas, y nada hice. Durante la noche dormí y durante el día me aprendí de memoria el paisaje, pero sin hacer prácticamente nada, más que pestañear de día y roncar de noche. A veces suena el teléfono pero no lo contesto. Sé que es un artilugio del que escribe para levantarme del sillón, pero no lo logrará. Lo último que hice fue acercar el televisor a la ventana y prenderlo en el canal de las películas. Como para divertirme un poco. Y aquí estoy, hace un año y todavía no me he movido, y...

Nota del autor: Por razones obvias, decidí cortar la historia en este lugar. Mis intentos son en vano para hacer algo con este personaje. Él decide qué hacer a partir de este momento, y no puedo hacer absolutamente nada. La verdad es que salió un poco insulso, y no se lo extraña. Escribí dos páginas que no están incluidas en este texto, y directamente las obvié ya que resultaban muy tediosas. En ellas se describe a un tipo sentado en un sillón, y nada más. Pero no se preocupe usted, lector, que esto no va a volver a suceder. Aparte, acá, entre nosotros, no se perdía de nada.


       

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