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Crónicas desde Lima

José Luis Mejía

Nada guarda la Muerte para nadie

Nada guarda la Muerte para nadie, y Él lo sabe. Nunca pudo creer en las historias de ángeles o fantasmas que contaban los abuelos. El Cielo, ese que le inventaron cuando niño, se le hace tan distante como la feria prometida que jamás llegó al pueblo. Desde pequeño, desconfió de la sombra y no supo hallar en las ausencias ni la serenidad ni la resignación que otros —los mayores— ostentaban. Se le hace duro reconocer que en eso no podemos distanciarnos de la jungla. Piensa que la Muerte, con su dosis de violencia, es una ruptura definitiva, siente que es el término inapelable que los Dioses —hijos de nuestro miedo— nos señalan.

No entiende cómo es posible no ser; cómo se llega de ser poeta, o científico o mago, a no ser nada. Cómo las manos, que ayer construyeron pirámides, hoy son arena en los desiertos. ¿Dónde nació el error? Y el horror... ¿Dónde nace? ¿Quién fue el hombre que levantó murallas que vencieron los siglos? ¿De quién fueron los ojos que vieron la primera espada, de quién el primer cuerpo atravesado? El gran rey y el último vasallo sucumbieron. ¿Quién los recuerda ahora?

Hay algo que no entiende, que nadie entiende. Una trampa espera al final del bosque, pero el hombre avanza como arrastrado por una fuerza secular que le incita a vivir entre muertos antiguos y cadáveres recientes. No faltan los que dan razones, pero él desconfía de los iluminados, de los que llevan respuestas en la alforja como quien carga espejos y baratijas. ¿Por qué la vida? ¿Para qué? Nadie puede contestar esa pregunta sin acudir a viejas historias o leyendas, a dogmas o mentiras.

Le tiene un espanto visceral a los hospitales, esas construcciones donde llegan todos, heridos y moribundos, para acabarse o demorar el final con fármacos y drogas. Una sala de urgencias es peor que un cementerio, es una arena sangrienta donde una vida se define por la voluntad de la Muerte —infinita— contra la voluntad de un hombre —efímero— que jamás supo de la victoria sino del aplazamiento. De tanto andar con la Muerte el médico se acostumbra —como el enterrador— al cadáver, y deja de luchar y pierde el fuego.

El Padre supo que la Muerte es más respetuosa cuando nos halla en casa, en el hogar de siempre. Cuando llega y nos encuentra con nuestro alrededor como cobijo, se estremece. Morir entre las sábanas horrorosamente blancas y limpias de una clínica, piensa él, es morir dos veces, desarraigado y solo. Dejar el último aliento en la casa que construimos, donde crecieron nuestros hijos, donde amamos y temimos, no es morirse del todo. ¿Cómo decir a todos lo que siente? ¿Cómo gritarle al mundo —sordo de modernidad— que no hay más valor en la vida que la vida misma? Los antiguos convivieron con la Muerte, mantuvieron con ella la misma familiaridad que con toda la Naturaleza. Pero nos civilizamos, escondimos a nuestros enfermos y le dimos a otros la tarea de sepultar a nuestros muertos.

Odia los velorios. ¿O los teme? El Padre —sabio— ordenó que a su última noche entre los vivos sólo acudiera su descendencia. Aborrecía las ceremonias y los trapos negros y los amigos de última hora y el cura ignorado y las palabras que se lleva el viento. Apagada la chispa de la vida, el ataúd contiene tan sólo un bulto estéril de tejidos y huesos. ¿Quiénes son los desconocidos que se juntan y abrazan? Se visita a los vivos, se recuerda a los muertos.

Como el Padre, él cree que las llamas son mejores que la humedad podrida de los jardines de los cementerios. Y si es que del mar venimos, hacemos bien si volvemos a la espuma de sus olas y al grito de su silencio. Porque la Muerte es triste como un chiquillo hambriento.

Él, que vive diciendo, no sabe qué se dice junto al cajón de un muerto.


Después de la función, no hay ensayo

Poner en escena obras teatrales es, a mi entender, una magnífica manera de comprometer a los jóvenes y de integrarlos. Al menos, así lo he experimentado como alumno —hace ya muchas lunas—, como espectador —a través de los años—, y como director —en algún atrevido montaje que llegó a buen puerto gracias a la voluntad de los muchachos.

Hace unas semanas acudí al estreno de la obra Después de la función, no hay ensayo, una producción colectiva de los alumnos que este año se graduaron en el colegio limeño Los Reyes Rojos. Bajo la dirección de Pilar Núñez, todos los alumnos de quinto de secundaria se reunieron y empezaron a hilvanar, con sueños, deseos, aspiraciones y muchísima fantasía y creatividad, una obra que va mostrando al espectador (principalmente los padres de familia y los alumnos de grados menores) todo el universo de unos adolescentes maravillosos que nos hacen despertar, con sus atrevimientos, del letargo mortal de ser adultos; que nos seducen con sonrisas limpias y carcajadas blancas; que llenan nuestros vacíos con el inacabable néctar de su juventud.

Ver a todo un grupo comprometido en la realización de una obra efímera (muchas veces se ensaya para una sola función, otras —con suerte— para cuatro o cinco) es realmente vivificador. Todos se agitan, todos se mueven, construyendo el sueño. Los artistas no son los únicos que intervienen, junto a ellos un ejército de utileros, asistentes y apuntadores se encargan de la luz y el sonido, de los permisos y los boletos, de la propaganda y de la venta de entradas, de la impresión de afiches, del control de ingreso y hasta de los bocaditos que esperan al espectador en el intermedio. Nadie se queda sin hacer algo. Todos son tomados por la vorágine de la solidaridad y, entusiastas, se lanzan a la tarea del montaje.

La obra incluía un preámbulo y la presentación en sí. En el preámbulo, los espectadores que iban entrando, y a los que se les invitaba a esperar el inicio de la obra dando un paseo por el patio de ingreso, se encontraban con grupos de chicos leyendo al unísono un poema en cuatro idiomas, o con una pareja de haraganes pidiendo "unas monedas", o un colérico enamorado reclamando por la impuntualidad compulsiva de la bella que aparecía rauda y explicaba sus feminísimas razones para llegar tarde, o dos locos acróbatas subidos a las ramas del árbol que protege la entrada que a todos daban la bienvenida con acertijos, bromas y papel picado, o la plañidera que sentada a la sombra de un pasaje oscuro recibía "al respetable" que buscaba sitio en la platea improvisada.

Luego, la obra en sí. La excusa de un viejo y destartalado teatro fue el marco adecuado para dar paso a una cantante cornuda de voz espectacular, una actriz de tercera creidísima de su talento gracias a las mentiras del amante impenitente (marido de la cantante), un enamorado frustrado, unos acróbatas de antología, un coro de tres voces sabias, irónicas y reflexivas, y unas niñas inolvidables, representaciones borrosas (y sin embargo meridianas) de lo que somos, de nuestros fantasmas, del cielo/infierno que nos da forma.

Preparar una presentación teatral, desde escoger la obra hasta la noche del estreno, es una aventura enriquecedora. Juntar a un grupo de jóvenes y motivarlos, es un alimento para el alma. Uno cree que va a enseñar y termina aprendiendo. Cada chica ilusionada, cada chico rebelde, cada uno de ellos, con todo lo dulce y amargo que traen encima, es un milagro.

Pocos pueden emocionarse de una manera tan sencilla. Sin esas ambiciones que terminan pasmando el corazón y sin la dejadez que nos va ganando al paso de los años, los adolescentes reunidos alrededor de una obra, junto al fuego creador de un gran dramaturgo o al lado de la chispa luminosa de su propia creatividad, se muestran como lo nuevo que rejuvenece nuestras vejeces, lo claro que ilumina nuestros días grises y lo alegre que ríe con esa carcajada abrumadora que hace años reprimimos.

Todos los colegios deberían hallar en la puesta en escena de una obra teatral la manera más amable y simple de dar alas a sus alumnos, de brindarles la oportunidad de soñar y soñarse, de expulsar miedos y frustraciones sobre las tablas, de dar de sí generosamente aprendiendo a trabajar en conjunto, liberándose del individualismo castrante y del egoísmo que fabrica tiranos.

Y no sólo el teatro, dejemos que se expresen a través de las mil maneras que ofrece el arte, enseñémosles que la humanidad necesita de poetas y de músicos tanto como de médicos e ingenieros. Fomentemos sus talentos. Mostrémosles los mil y un caminos que tiene la existencia y dejemos que ellos escojan el que mejor les acomode.

Nuestra obligación como educadores no es convertirlos en acumuladores y repetidores de datos, nuestra obligación es formar seres humanos capaces de enfrentar el reto de la vida con valor y generosidad, conscientes de lo complicado que es a veces seguir el rumbo correcto y de lo grandioso de atreverse.

Después de la función, no hay ensayo, y traspasadas las puertas que hoy los guardan, sólo queda la vida, ese único acto.



       

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