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Jorge Gómez Jiménez |
La razón de soñar
"Yo he dado en Don Quijote pasatiempo El Quijote es la novela que se escribe para burlar la novelería —no para burlarse de ella. Y la burla, en efecto, aprisionándola, encerrándola en un laberinto de razón. De razón de soñar. El hombre siempre tiene razón de soñar. Decía Chesterton que loco es el hombre que lo ha perdido todo, menos la razón. En este sentido, pudiera decirse que el novelista —escritor o lector de novelas— es el hombre que se ha perdido en todo menos en el sueño, donde encuentra una perdición laberíntica, entrañable, que le refleja por entero, y en múltiples facetas, como en un laberinto de espejos, la imagen de su propia razón de soñar. Y pudiera decirse, en efecto, que si el sueño de la razón engendra monstruos: la razón de soñar hace laberintos que los encierra, que los aprisiona. La razón de soñar hace novelas. La novela es un laberinto con monstruos dentro: un monstruo de su laberinto, que diría Calderón, quien llamó sueño a la novelería del vivir. Al quehacer novelero de la vida. La cuestión atroz de la novela es ésta: que obliga al hombre, para encontrarse, a tenerse primero que perder en este mundo. Mundo singular el de la novela, pues en él el monstruo de la novelería construye su laberinto como quiere; pero cuando lo ha construido se queda preso dentro. Y no hay novela sin novelería. Lo que puede haber es novelería sin novela. ¿Y qué vivo monstruo será ése? A ese monstruo le reconocemos fácilmente, según las épocas, por diferentes nombres. Eran los libros de caballerías para Cervantes. En el siglo XIX se llama el folletín; después en el XX la novelería de aventuras, sobre todo, las policíacas, la novela policíaca. Este milagro humano, vivo, monstruo y laberíntico de la novela, se nos revela o aparece de una sola vez —de una sola vez para siempre— como verdadera, apocalíptica revelación de un mundo clarísimo, luminoso, transparente y superficial —profundamente superficial—, cuando leemos a Cervantes; de un mundo misterioso, sombrío, oscuro y profundo —superficialmente profundo— cuando leemos a Dostoievski. Estos dos mundos de novela polarizan, a mi entender, las dos máximas corrientes espirituales de toda la novelería del mundo. En la triste figura de Don Quijote se nos representa el alma de la novelería: el alma y el cuerpo; es la novela en cuerpo y alma la suya: la máscara y la voz del Mundo. La última palabra de este mundo maravilloso de las novelas de Cervantes es ésta: desengaño. Pero, entre tanto —y todo es entre tanto en la novela, todo es entre tanto en el mundo—, ¡ah!, entre tanto se nos mete el mundo, así amorosamente animado por la palabra, se nos mete en este mundo, maravillosamente, por los ojos; como una risa: como una clara risa. Porque el desengaño de este mundo, de estos mundos, acaba en eso, precisamente: en risa. El mundo de la novela —su relación— es el principio del mundo de la poesía. Y es que, como dijo el poeta: "Que es tener más razón / querer perder la cabeza / por ganar el corazón".
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