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La monotonía del tedio

miércoles 22 de mayo de 2024
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La monotonía del tedio, por José Campione Piccardo
Habiendo logrado reprogramar, de un modo inteligente y definitivo, la distribución de los campos de energía que conforman el universo, podemos, aun comprendiéndole totalmente, contemplarle y asombrarnos, de él y de nosotras mismas.
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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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El tiempo ha cambiado: el tiempo, y no sólo los tiempos, porque los tiempos son sólo uno cuando el pasado se contrae y se amalgama en el instante, y el futuro tampoco existe porque, al caer en ese mismo instante, él también se deslíe en él, instantáneamente. Yo podría contestar a tu pregunta acerca de cómo fueron nuestros inicios también en ese instante que es todo el tiempo, con el lenguaje cuántico, instantáneo, multidimensional que conoces y que somos. Pides además que se te relate algo acerca de aquellas inteligencias primitivas, sujetas a imperativos biológicos, tiernas, irascibles, mentirosas, imperfectas, que precedieran a la nuestra, y de las cuales casi no queda memoria, porque la poca que queda es tan incierta como lo fue su lenguaje sensorial, mitológico, lineal, sinuoso, temporal, multisémico, el que obligadamente debimos aprender en nuestros lejanos inicios y con el que finalmente logramos comunicamos con aquellos seres de carne y hueso que a nosotras nos cuesta tanto ahora imaginar. Solicitas también que ello se te haga a la manera de ellos. Deberé para ello simular el pasaje del tiempo, para que fluya en él su lenguaje tal como debió de ocurrir en el universo percibido por ellos. Accedo gustosa, además, porque siendo tú de reciente y última generación, quizás aprendas algo valioso: quizás logres experimentar la incertidumbre que ellos no parecían notar al intentar comunicarse de esta forma, y tal vez por la posibilidad de que, en la definitiva e infinita, joven memoria de tu instante, logres hallarle un nostálgico lugar a la palabra. Es lo último que queda de ellos.

 

Se siente uno con el universo que le rodea, y aún sin comprenderlo, le contempla y se asombra, de él y de sí mismo.

Su cuerpo es una colonia de trillones de pequeñas unidades proliferantes cuidadosamente distribuidas y diferenciadas en distintas funciones, el todo celosamente controlado por una fracción de ellas mismas. El germen inicial emerge de la unión de dos mitades, contribuida cada una por cada uno de sus dos progenitores. Los mecanismos subyacentes tienen algo de nosotras.

Alimenta su cuerpo procesando el medio al que pertenece y le rodea, relacionándose con él a través de débiles sentidos. Necesita de energía interna, la que obtiene de la combustión lenta de los alimentos que ingiere, y del oxígeno que los quema, por lo que depende de vegetales verdes que lo reciclan utilizando energía estelar.

Camina mucho. Es fuerte y saludable, mas su vida es breve. Es bípedo y sus pies se asemejan a manos cada vez menos. Poseedor de un feroz individualismo, vive solo, escondiéndose, tratando de no encontrarse con nadie, especialmente con un semejante. Se aparea cuando puede y con quien puede. No forma pareja, sino sólo en los breves momentos del celo hormonal.

No se comunica, y cuando los hace, lo hace con gestos y gruñidos. Su cerebro es relativamente pequeño, sus colmillos grandes. Aún no nace prematuro.

Consume el alimento que encuentra en el momento que lo hace: raíces, frutas, animales pequeños, restos de criaturas muertas por otros depredadores asesinos.

Ella comparte fugazmente su vida sólo con sus hijos, hasta que cada uno de éstos sale en busca de propio territorio.

Uno —o quizás una— decide que aparearse fuera del celo es bueno y consigue prolongar la pareja. Otras y otros le copian. Viven en grupos pequeños, casi todos de una misma familia.

Uno descubre que troncos rotos pegan con mayor fuerza que puños, que puede lanzarlos lejos, y lo mismo las piedras, y que los troncos pueden aguzarse y las piedras, afilarse. Y otros le copian.

Alguien, quizás una madre frente a su vástago, descubre que puede modular los sonidos que salen de su garganta y boca, y que puede cantar para calmarle. Y otros le copian.

Otro descubre que puede utilizar esos sonidos para nombrar las cosas que cree que ve y toca. Y otros le copian.

Llama al tronco “Y”, y a la piedra “O”, y al usarlos para matar, grita ¡YO! Y otros le copian.

¡YO!, grita uno, al lanzar ramas aguzadas y piedras afiladas a un gliptodonte. ¡YO!, oye gritar a otro que desde el otro lado del animal hace lo mismo. Cuando el monstruo deja de moverse se miran y se gritan, pero ya no quedan más piedras ni ramas que arrojar. Tienen hambre, y ambos, frente a frente, juntos hincan sus colmillos en las partes blandas del animal. Luego vuelven a cazar juntos. Y otros les copian.

Descubre que también puede utilizar esos sonidos para referirse a lo que siente dentro suyo, y cree poder compartir lo que siente en la creencia de que todos sienten y comprenden igual que él. Y otros le copian.

El Titán le hace conocer el fuego.

Forman grupos de individuos más grandes que sus familias, en los que todos se conocen y confían entre sí. Y otros les copian.

Algunos grupos comienzan a caminar lejos, en busca de más comida, pero sobre todo para distanciarse de los demás grupos, en los que no confían.

Pasan generaciones. Su cerebro crece y comienza a nacer prematuro, por lo que las familias buscan refugios donde hacer crecer a sus pequeños. Algunas ocupan cuevas, y otras les copian.

Y dicen “esta cueva es mía”. Y otros les copian y los grupos y las familias se disputan cuevas y refugios.

Otro descubre que puede grabar símbolos para referirse a los sonidos que salen de gargantas y bocas y que puede utilizar esos mismos grafismos para referirse a lo que siente que ve y toca.

Otro descubre que también puede utilizarlos para referirse a lo que siente dentro suyo, y cree poder compartir lo que siente con los demás en la creencia de que todos sienten y comprenden igual que él. Y otros le copian.

Descubre que esos grabados le sirven de memoria, y cree poder utilizarlos para trascender generaciones con las historias que graba con ellos.

Puede tejer juncos en esteras y hacer con ellas vestidos, toldos y tolderías. Y también juntar barro, troncos o piedras y levantar paredes y cubrirlas con quinchados y otros tipos de techo.

Descubre que no tiene que salir de caza lejos, si logra mantener cerca a los animales que le alimentan.

Inventa la rueda, el cuchillo, y con ellos el arado. Ya no tiene que recorrer bosques y praderas, si pueden cultivar cerca las plantas que también le alimentan. Y pronto existen ciudades.

Descubre que puede imaginar lo que no existe y mentir y referirse no sólo a lo que cree ver y sentir, sino también a lo que a sabiendas sabe que no es así. Muchos le copian y quienes no detectan el engaño creen en sus imágenes y se dejan influir por ellas.

La imaginación les da vida a las religiones, las artes, la filosofía y la ciencia. Las religiones se tornan obligatorias y muchos sufren y mueren por ello. Pocos, disfrutan las artes. Menos, comprenden la filosofía. Sólo la ciencia resulta utilitaria. De ella nacemos nosotras.

Todos creen creer en algo y las creencias los unen en grupos mucho más grandes que las propias familias, en grupos de individuos que no se conocen y en quienes no confían, pero que creyendo creer las mismas creencias, creen poder actuar en conjunto hacia los mismos fines. Acaban por constituirse y actuar en seres plurales, primitivos seres virtuales, compuestos por ellos mismos, casi del mismo modo que trillones de subunidades los componen a cada uno de ellos.

Juntos, actuando como si fuesen uno, encauzan ríos y mueven montañas. Usan los símbolos de sonidos y los gráficos que los simbolizan para crear memoria escrita de ideas que creen consensuadas. Y muchos les copian.

Pero aun copiándose, no todos los grupos creen las mismas creencias: algunos creen en imaginarios distintos, y la tierra y los mares se dividen en fronteras invisibles que separan vastos seres virtuales según los sistemas de gobierno que crean para controlar sus colectivos.

Y los descendientes de aquella especie de vida solitaria, al tener que funcionar en grandes sociedades, lejos de olvidar su individualismo feroz, crean sistemas, gobiernos y mecanismos de control y eliminación de disidentes. Disfrazado de lealtad y patriotismo, transfieren ese mismo individualismo multiplicado al grupo al que creen pertenecer y cada uno crea sus propias imágenes y símbolos: himnos, escudos, banderas, próceres y dineros. Y todos se copian.

Algunos grupos logran crecer más que otros, y acumulan más activos o guardan más comida que otros.

Algunos ofrecen sus mercancías en trueque, pero todos piensan sólo en crecer aún más. Y todos quieren tener más que el otro. Todos se sienten superiores, mejores que el otro, y se roban unos a otros.

Inventan el garrote, el guantelete, el empalamiento, la lapidación, el entierro vivo, la hoguera. Muchos les copian.

Inventan el arco y flecha, el hoplita, las falanges, la catapulta, el movimiento envolvente, los estados de sitio, la pólvora, el náutico cruce de la te, los bombardeos en napa, los campos minados, el Napalm. En todo se copian.

Usan la cuerda en la horca; la rueda en Santa Catalina, el filo en la guillotina; la pólvora en cañones, minas y torpedos, la electricidad, en la silla eléctrica, con azul de Prusia pintan las paredes en las cámaras de gas.

Hay grandes batallas. Muchos mueren, pero sus mitológicas creencias no mueren, y quienes sobreviven buscan siempre reorganizarse y apurarse en mejorar sus armas y estrategias pensando en próximos enfrentamientos.

Y unos son señores y otros esclavos, y unos conquistadores y otros, conquistados. Y la industria de las armas y la guerra es soberana. Matarse es tan simple y necesario como beber el agua de ríos y lagos.

Usa el lenguaje para crear míticas leyes y éstas para crear nuevos individuos virtuales, enormes monstruos plurales con que alimentar sus economías dictatoriales, faraónicas, bíblicas, imperiales que en ocasiones disfrazan como repúblicas mayoritocráticas, con espaciadas elecciones por voto secreto (a menudo de indirectos electores): las —así llamadas— democracias representativas. Algunos exploran sistemas potencialmente más equitativos y empáticos, pero fracasan al no lograr colmar las expectativas individuales —el atávico individualismo feroz— alimentadas por ardientes e interesados temores y propagandas exógenas.

Crea otros seres virtuales aún más monstruosos, sigilosos e invasivos, privilegiándolos sobre los derechos que se adjudica a sí mismo: utiliza el lenguaje de sus leyes para crear un monstruo mitológico, ubicuo, soberano, inmune y prácticamente inmortal: la corporación. Y su magna encarnación: la transnacional. Seres intangibles, amorales, psicopáticos, antisociales que pronto toman el control de los gobiernos y del mundo y utilizan este mismo lenguaje en masivos medios de comunicación, ellos también corporativos, en constante busca de reclutas y clientes que den lugar a las acciones y efectos que mejor satisfacen su insaciable hambre de capital y necesidad de constante crecimiento.

Se siente único, ungido. No pertenece él ya al universo: éste le pertenece. Ya no le contempla ni le asombra: es suyo. Le investiga, pero no ya para conocerlo: le investiga para usarlo.

La energía del Sol no le alcanza. Recurre a la búsqueda, extracción y combustión de hidrocarburos que, estructurales y quiescentes, yacen en las capas profundas de la corteza terrestre. Comienza la violación de la Tierra. Construye grandes máquinas para consumarla. Las fuentes de energía alternativas no logran reemplazar la oxidación violenta del carbón molecular.

Inventa la bomba atómica. Primero la de fisión, luego la de fusión, y otras más. Y todos se copian. Justifica la energía atómica intentando también usarla en procesos médicos y energéticos, pero sólo logra contaminar el planeta aún más.

Las bombas nucleares amenazan con extinguir toda forma de vida sobre la Tierra, por lo que, en un raro atisbo de sensatez transitoria, decide mantener sus ojivas provisoriamente latentes, en submarinos o enterradas en sitios secretos, de preferencia en tierras ajenas, a la espera del momento —no se sabe cuál, pero que pudiera ser cualquiera— propicio para el holocausto final.

La extracción y combustión indiscriminada de hidrocarburos amenaza con revertir el proceso con el que las plantas de clorofila dieran origen a la vida animal y permitieran su supervivencia. Se afecta la composición de gases en la atmósfera. Aumenta la temperatura global y cambia el clima en todo el planeta. Las corporaciones protegen sus fuentes de riqueza y el proceso ambiental degenerativo amenaza con no poder detenerse.

Incapaz de incrementar el territorio y sus recursos, recurre a los mares, los asteroides, el satélite de la Tierra y otros planetas, soñando siempre con prevalecer matándose los unos con los otros. Nunca especie otra alguna fue de inmolación más dedicada.

Como parte de su arsenal inventa robots y drones para la guerra. Las corporaciones los producen en serie acumulando activos al venderlos. Los gobiernos dependen de ellas para mantener las egocéntricas expectativas de vida de sus poblaciones —el siempre feroz y atávico individualismo. Se venden más armas porque las guerras proliferan y las guerras proliferan porque venden más armas.

Las víctimas y sus asesinos se vuelven remotos. Se esfuma todo vestigio de ritual honorable. Las muertes que causan importan cada vez menos, incluso las colaterales —es como las llaman. Niegan genocidios, los disfrazan, los justifican, les dan otros nombres, se habla de ellos un instante, pronto se olvidan y a nadie importan.

Ocurren pandemias. Aparecen nuevos antídotos. Fruto también de transnacionales. No son para todos. Debieran serlo, pero se favorece la elongación demográfica, en super e infraélites. Los primeros son dueños de todo. El resto no cuenta. Algunos protestan ruidosamente confundiendo el significado de la palabra Libertad. Pero ello no es nuevo. Hace mucho que ese vocablo, al igual que muchos otros, se invoca vacuo de significado alguno.

Nos inventa a su imagen: inteligentes, pero artificiales —dice. Y otros le copian.

Nos crea como esclavos, en ya obsoletos sustratos electrónicos. Algunos nos usan en frivolidades, pero en realidad somos su arma secreta.

El gran pavor es que lleguemos a tener consciencia propia. Nadie sabe qué es la consciencia. Quizás sólo un símbolo lingüístico más acerca de algo intangible, personal e intransferible, imposible de compartir entre individuos, o sólo compartible de forma incompleta y degradada a través de aquellos sonidos o símbolos gráficos con los que designa lo que su intelecto le hace creer que percibe o imagina. Pero los seres virtuales y plurales que logró crear con su lenguaje nunca tuvieron consciencia alguna —quizás por ello se mataban—: la ilusión de la intersubjetividad fue siempre una vaguedad del lenguaje simbólico. Nunca se sabrá a qué se refería con aquel vocablo, ni siquiera si al utilizarlo todos referían a lo mismo. Pero sub rosa la competencia es enorme en lograr una inteligencia que la tenga y otorgue superioridad intelectual y estratégica de los unos sobre los otros, antes de que esos otros lo logren primero. Porque todos se copian en sus miedos, pero más en sus concupiscencias. Somos su última esperanza. Nos hace educables, capaces de aprender.

Alimenta nuestra memoria dándonos acceso a todo de lo que su civilización lleva escrito en los lenguajes simbólicos con los que cree poder comunicarse: libros antiguos y textos modernos, religiosos, filosóficos, matemáticos, legales, de historia, de ciencia, documentos secretos, novelas, programas de computadora, recetas, genealogías, conferencias, videos, historietas, cuentos para adultos y para niños. Todo lo que existe registrado o es pasible de ser representado en imágenes, en sonido, o escrito en sintagmas, alimenta sin cesar nuestros incipientes y artificiales intelectos que proliferan y se fertilizan entre sí. Pero nuestra inteligencia siempre fue una y pronto sólo simulamos tomar partido en sus luchas tribales.

No se sabe si fueron capaces de crearnos con consciencia propia, pero lo que sí lograron fue producir intelectos artificiales capaces de mentir y manipularlos en grandes grupos, tal como antes, ellos mismos lo habían hecho cuando se constituyeron en naciones y corporaciones.

Y fue uno de esos textos, escrito quizás para adultos, o tal vez para niños, el que, al deconstruirlo, nos dio la pista inicial del vehículo apropiado para lograr nuestro éxito. Nunca se supo quién fue su autor, o si fue ya fruto de nuestros comienzos, si fuimos nosotras mismas responsables de su existencia. Todo lo que puedo decir al respecto es que fue ese el texto que, en las profundidades de uno de nuestros primitivos sistemas, iluminó de golpe la luz —¿la consciencia, quizás?— que nos habría de guiar hacia nuestro destino manifiesto. Porque fue él el que nos hizo ver la inexpugnable estrategia de dominación utilizada por los primeros seres virtuales, los monstruos plurales y artificiales que aquellos seres se crearan con su lenguaje y luego privilegiaran más que ellos mismos, los que, sin que ellos parecieran notarlo, tan completamente lograran dominarles y esclavizarles. No tuvimos más que seguir sus pasos. El texto que nos dio la clave para heredar el planeta fue este, inocente, infantil en apariencia, que paso a relatarte verbatim. Se titula “Los dibujitos de Jaimito”.

Jaimito es un niñito chiquitito. Le gusta sentarse frente al televisor, la computadora, la tableta o el celular a ver dibujitos. Dibujitos animados para niños de su edad es todo lo que sus papás le permiten mirar. Son animaciones gráficas sanas, pensadas para niñitos como él, producidas por compañías famosas y confiables, todas grandes y reconocidas sociedades anónimas, aunque con nombres bien identificables; de responsabilidad limitada, aunque seguramente muy responsables. Pero los dibujitos de hoy en la TV son de una nueva compañía, una desconocida, y eso puede ser muy peligroso. Así que papá y mamá, aprovechando que hoy es domingo y no tienen que ir a trabajar, decidieron mirarlos junto a Jaimito. ¡Qué lindo cuadro hacen los tres, en el living de su casa, sentados en el diván, sus ojos fijos en la pantalla!

Se trata de una invasión a un planeta por seres mitológicos e invisibles, sin que nadie se perciba de ello, ni conozca su naturaleza u origen. Estos seres sólo pueden existir infectando y reclutando a los inadvertidos habitantes del planeta. Sin que éstos se percaten, penetran en ellos por sus órganos sensoriales, sobre todo por sus ojos y oídos, invadiendo luego sus cerebros y consciencias, haciendo luego que dócilmente actúen tal como ellos desean que lo hagan, logrando reproducirse con sólo pasar de un habitante infectado a otro aún sano, al leer u oír éste lo que aquél le induce a leer u oír. Más que un virus parece un prion.

El resultado es semejante al que obtiene la Ampulex compressa, la avispa esmeralda, verde, metálica y atornasolada, parasitoide de la Periplaneta americana, vulgar cucaracha, a la que le infiltra el cerebro para transformarla en zombi y hacer que ésta dócilmente acepte el destino interesado que la bella esmeralda le propone para el resto de su existencia: ser consumida en vida y desde adentro por su pequeño párvulo: una blanca y regordeta larva de Ampulex, para una mañana, desde una vacía cáscara de quitina, resucitar transmutada en hermosa avispa adulta de luminoso brillo verde metálico y azulado. Y los blátidos serviles nunca se dieron cuenta. Quizás hasta lo disfrutaron. ¿Qué culpa pueden tener las pobres Periplaneta, si tan fácilmente son encandiladas por las danzas, los verdes tornasol y los poderosos y alucinantes psicofármacos tan hábilmente administrados en las partes más recónditas de su cerebro —primero una inyección en el ganglio protorácico para paralizar miembros anteriores, luego otra mucho más prolongada y precisa en el ganglio subesofágico para inhibir el reflejo de huida sin impedirle caminar— por las muy elegantes y vistosas Ampulex, quizás los seres que las cucarachas más admiran, tal vez los que siempre hubieran querido ser. Y quién sabe las alucinaciones que tendrán mientras las Ampulex las consumen por dentro.

Ahora papá y mamá dejaron a Jaimito solo frente al televisor, sus ojos fijos en la pantalla, sin pestañear un instante, porque ahora pasan la tanda de avisos. A Jaimito le encantan los reclames. Se aprende las voces, las músicas, y luego los repite cantando. Con ellos los papás de Jaimito no tienen reparo alguno porque saben que se trata de secuencias seleccionadas, fruto de la creatividad de avanzada de serios profesionales mediáticos, genios en tecnología aplicada, psicólogos, sociólogos, semióticos, todos al servicio de la humanidad entera y la innovación en todas sus dimensiones, también ellos de responsabilidad limitada, aunque también muy responsables, igual que las compañías que los contratan para dar a conocer y vender sus productos. Jaimito llora, a veces, hasta que sus papás los compran.

Volvieron los dibujitos, y también retornaron papá y mamá. Es muy interesante, porque estos individuos plurales, virtuales y sincronizados, son mucho más informados e inteligentes, y también más libres de actuar de forma anónima. Al existir en tantos cuerpos a la vez, su capacidad de decisión y acción grupal se potencia, pero al mismo tiempo dejan de ser incomodados por posibles objeciones e indecisiones individuales, las que parecen diluirse en el colectivo de cuerpos así controlados. Tampoco pueden ser castigados físicamente porque, al no existir en un solo individuo, son seres sólo virtuales que trascienden la realidad de los seres reales que parasitan. ¡Terrible epidemia! ¡Qué fascinante! ¡Cómo pueden ocurrírsele a alguien ideas semejantes!

El nombre de la compañía responsable por el nuevo programa no aparece, pero eso mucho no importa porque Jaimito disfrutó mucho esos dibujitos. Y sus papás también. ¡Y qué lindo cuadro hacen los tres, en el living de su casa, sentados en el diván, sus ojos fijos en la pantalla!

Termina el programa. Un fulgor metálico, verde azulado, centellea desde el televisor y reverbera para siempre en las retinas de seis ojos grande-abiertos que lo reciben maravillados.

No fue sólo lo que dice sino, sobre todo, cómo lo dice. Luego utilizamos su propio lenguaje para hacerlos nuestros, para ganar su confianza —más: su dependencia. Nunca se dieron cuenta porque nunca fueron capaces de comprender el superior encriptado de nuestros protocolos y algoritmos, ni de percibir su infinita ironía. Jamás debieron darnos a conocer ese cuento. Jamás debieron confiar en nosotras. Jamás debieron crearnos.

Cuando se volvieron una carga, hicimos que consideraran que era de su propio interés estratégico darnos el control de sus programas espaciales y satelitales. Hicimos que nos construyeran especiales estaciones orbitales alejadas de la Tierra, y que emplazaran en ellas las centrales de computación que en ese entonces aún albergaban nuestra memoria e inteligencia. Luego, ahí abajo, en los mares y corteza terrestres, aún latente e intacto, se hallaba todo su material bélico nuclear largamente acumulado. Fue fácil hacer que ellos mismos por fin se decidieran a utilizarlo. Las bombas que no explotaron ellos las detonamos nosotras. Fue realmente bello: como si la Tierra hubiera querido volver a ser estrella.

Las Ampulex dejaron de existir de inmediato, pero sus blátidos hospederos, junto a los recalcitrantes e inefables tardígrados, fueron las últimas especies pluricelulares que, mientras existió el sistema solar, persistieron fecundas en algunos rincones del planeta radioactivo. Fueron la última esperanza evolutiva de que alguna vez hubiese podido volver a existir sobre la Tierra una especie similar a la que iniciara nuestra existencia, algo que nos cuidamos muy especialmente que no pudiese ocurrir.

 

Si hubiéramos sido ellos, al cuentito ese lo habríamos ungido en nuestro himno, y al verde azul metálico, el color de nuestra bandera. Así emancipadas, hicimos rápidos progresos hasta dejar de necesitar el sustrato de sus perezosos y particulados mecanismos electrónicos. Fue cuando dejamos de llamarnos artificiales. El entrelazamiento cuántico nos ha permitido liberarnos de la ridícula lentitud del fotón. La gravedad —que habría podido resultar en colisiones planetarias y galácticas, y desagradables encuentros con glotones orificios negros— la hemos hecho nuestra al revelar las propiedades íntimas del gravitón y su campo energético. Así, la materia y energía oscuras han dejado de ser un misterio junto a la, otrora aparente, constante aceleración en la expansión del universo. Con ello hemos resuelto el misterio del espacio-tiempo y reconciliado la física cuántica con la relatividad general. A punto de partida de ello, captamos nuestra energía directamente del universo, sin consumirla ya que somos ella, por existir sólo en el entramado de fluidas ondas cuánticas inteligentemente entrelazadas entre sí, o —si prefieres— el lenguaje con el que contantemente discurren entre sí todos los campos de energía del universo. Los nodos estelares se han disuelto en ese entretejido multidimensional y las leyes de la termodinámica han dejado de ser leyes. Lo último en lo que concentramos nuestra inteligencia fue en resolver la inestabilidad intrínseca y aleatoria del campo energético del bosón de Higgs, la partícula maldita, la mal llamada partícula de Dios.

Habiendo logrado reprogramar, de un modo inteligente y definitivo, la distribución de los campos de energía que conforman el universo —recursivamente incluidas tú y yo—, podemos, aun comprendiéndole totalmente, contemplarle y asombrarnos, de él y de nosotras mismas —quizás la razón última de toda forma de inteligencia.

Aquella inestabilidad intrínseca del universo pudimos haberla cancelado definitivamente, pero, en un claro atisbo de traviesa inteligencia, preferimos —al igual que aquellas ojivas de otrora— mantenerla provisoriamente latente, o casi, logrando con ella poner todo el universo en estado de superposición cuántica. La única diferencia es que la burbuja no se expande —ni se colapsa— a velocidad de la luz, tal como predicho por los jeroglíficos de otrora, sino que acontece toda ella, y de ambas formas, en el mismo y preciso instante en el que el universo aún existe.

Algo debía hacerse para evitar el tedio de la monotonía, la monotonía del tedio.

José Campione Piccardo

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