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Monstrum Orbis

jueves 22 de mayo de 2025
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Monstrum Orbis, por José Campione Piccardo
Sólo ellos, en el infinito extravío colectivo de sus consciencias, podían ser capaces de cometer actos colectivos tan corruptos y falaces, con semejante falta de misericordia y discernimiento, en terrible exceso de lesa humanidad y leso universo.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí
In order to make earthly planetary survival possible,
some versions of this world need to end
”.
Robyn Maynard y Leanne Betasamosake Simpson, Rehearsals for Living
Alfred A. Knopf; Canadá, 2022.

—Enorme es mi alegría por veros llegar y volver a encontraros en este mismo puesto. Retirémonos a esa antigua soledad, aún que sea sin las esteras de otrora. No he dejado de recordaros ni de desear que volvieseis a acudir a este lugar, y volver a tener la felicidad de escuchar el milagro de la vuestra voz, y que vos escuchaseis el de la mía, y así poder compartir algo de las luces que aún alumbran nuestras secretas memorias e insondables consciencias, y reír y llorar de lo bueno y de lo malo, tanto en la vida que nos acosa de ahí afuera, como en el imaginario que nos hostiga desde adentro.

—Grande es también el mío contento, comparable en magnitud sólo con la sorpresa de encontraros y encontrarme de nuevo aquí y veros igual que antes, como si nunca os hubierais cambiado de lugar, tal como siempre os he recordado. Quizás la misma magia que da vida a nuestras laringes sea la que nos convoca ahora para volver a encontrarnos. Mencionáis lo bueno y lo malo y nada como eso ha ocupado tanto mi intelecto y espíritu desde aquella, nuestra última charla, en gran parte recordando las historias que me contasteis de la vuestra vida, las que mucho me han dado qué ponderar. Pienso que no existen el bien y el mal absoluto, que algo es bueno o malo relativo al punto de vista del que se le considera. Nada es bueno o malo para una roca, y en la naturaleza de lo vivo, lo que es bueno para un depredador es decisivamente malo para su presa, pero quizás ni el uno ni el otro así lo vean. Y eso es válido para todas las especies, incluso para un cierto débil y cuasi lampiño primate cabezón, contador de historias, sin garras ni dientes afilados, que basa su supremacía depredadora en el ingenio de su enorme cerebro para crear las artimañas que urde y los útiles que fabrica. La diferencia, la gran diferencia es que este insignificante mico suele concertarse en grandes grupos, y eso solo no cambia demasiado porque también se congregan peces y estorninos, pero con el viento de su laringe emite sonidos, y eso tampoco fuera razón de mayor diferencia, porque también lo hacen delfines y murciélagos, pero se obstina en darle a sus sonidos significados arbitrarios, y ello, en sí mismo, si bien podría dar lugar a tropos o quid pro quós, tampoco sería malo de por sí, si no fuera que con ellos existe la intención expresa de compartir con otros semejantes las imágenes que su cerebro le inventa a su consciencia al ritmo de lo que los sentidos y su razonamiento le permiten aprehender de sí mismo y del medio en el que cree que crece y evoluciona, en la seguridad de lograr con ello realmente comunicarse, él con otros y otros con él. Y de ese modo es como se recluta y se diferencia en grandes grupos, definiendo lo bueno como suyo y de su grupo y lo malo como ajeno y de los otros, y a veces ensañándose y destruyendo a sus semejantes, y a enorme escala, por la sola razón de mitos encontrados, olvidando su inescapable común origen telúrico y su precaria existencia, como individuo y como colectivo: la empatía por aquellos a quienes ve lejanos o distintos nunca fue su fuerte.

—Veo que en todo este tiempo no sólo no habéis perdido un ápice de vuestra perspicacia ni apego a la filosofía —la que un día supisteis definirme en su etimología— sino que habéis largamente expandido vuestra erudición y hasta vuestro lenguaje. Pero os interrumpo en medio de vuestra tirada... ¡proseguid!

—No niego que no vea al ser humano como un animal patológico, tanto desde un punto de vista estadístico como normativo, un camino descarriado de la evolución. No hay más que ver cómo sobreviven y conviven otras especies. La enfermedad genética del humano parece siempre derivar de su capacidad para la lengua, sin reparar “que en ella consisten los mayores daños de la humana vida”. En el mundo natural, o sea sin la participación de algoritmos ni lucubraciones de consciencia alguna, no existe el bien ni tampoco el mal: en tales avatares, nada es bueno y nada es malo, simplemente es. Así, el que el universo haya estallado a la existencia hace trece mil setecientos ochenta y siete billones de años no puede calificarse de un gran bien ni de un gran mal, simplemente fue y sigue siendo. Y lo mismo será cuando el universo entero agote su energía, mucho después de que el Sol englobe sus planetas, aún después de que aumente en luminosidad y con ello evapore toda el agua de la Tierra y eventualmente coagule las más termorresistentes enzimas de la vida, y todos los elementos que componen la Tierra vuelvan a ser hadrones, leptones y hasta cuarks, allende el horizonte de sucesos del monstruoso agujero negro que nos convoca a todos y a todo hacia el centro de la galaxia, y nada bueno ni malo habrá en ello. En esa óptica natural, el bien y el mal son dos extremos con sentido opuesto y, como tales, se aniquilan entre sí, desaparecen, no existen. El bien y el mal sólo existen en el sentir del individuo humano, y colectivamente, en su discurso, en su lenguaje.

—Mi pobre razón —menor y en mucho, que la razón que a mi sinrazón vuestra razón sin razón le otorga—, en la medida que aquélla cree poder seguir la lógica del vuestro discurso, me lleva a pensar que quizás yo vea gigantes donde vos veis molinos, o viceversa. Pero acaso ¿no estaríais dando por sentados hechos futuros que nada autoriza a vaticinar como ciertos, ni siquiera como probables, y mucho menos como inevitables, y al hacerlo no estaríais erigiéndoos en profeta?

—No lo creo, porque no afirmo que ello seguramente ocurra, como lo sería si anunciara profecías, sino sólo que se trata de un escenario probable, y tal vez más probable que otros que se pudiera imaginar. Cierto es que lo que digo tiene más de aristotélico que de platónico, pero pensar de otro modo implicaría tener que inventar y aceptar nuevos postulados o realidades primeras en reemplazo de esa visión de universo-objeto cara a la ciencia de hoy. Pensar de otro modo obligaría a postular una nueva clase de hipótesis sin base racional ni fáctica, y como tal tremendamente compleja, siendo la simplicidad la última regla que, a falta de otras, orienta o debería orientar el pensamiento: el “Pluralitas non est ponenda sine necessitate”, el filo monástico y mendicante de la vieja y herrumbrosa navaja franciscana, siendo ella última justificación de primacía para todo postulado, y de validez cognitiva para todo lo que con él y de él se derivara.

—Me está costando mucho seguiros. Por qué mejor no dejáis de lado algo de eso que llamáis ciencia o filosofía, y me confiáis algo de lo mucho que debéis de haber vivido, o quizás imaginado, o tal vez soñado, con esas deliciosas incongruencias que sólo pueden darse en los sueños.

—Vale, amigo mío, vale. No sé si sólo en los sueños, pero he de contaros algo asaz curioso que seguramente debe de haberle sido impuesto a mi consciencia y a mi memoria mientras dormía, porque sueños sólo me ocurren cuando duermo, porque de los otros mi espíritu huelga desde mucho ha. Grande fue mi congoja durante esa pesadilla por vívidamente sentir que todo lo que he de contaros sucedía en la realidad tal como que es cierto que os hablo ahora. Ocurría que yo, siendo aún pequeño, me hallaba temblando junto a mi familia, escuchando sus plegarias, cuando uniformados armados irrumpieron haciendo astillas la puerta de la casa en la que nos encontrábamos. Corrimos a escondernos, pero ya desde la puerta comenzaron a acribillarles. Yo encontré refugio bajo una escalera. Luego, milagrosamente ileso, salí a la calle y corrí todo lo que pude. Por doquier otras casas y familias corrían igual suerte. Intenté subir a un viejo tren ya en marcha. Me recogió al vuelo un adolescente que a riesgo de su vida estiró su brazo hasta con su mano rozar casi el andén, encontrándome yo de golpe a su lado, en un vagón oscuro, hacinado, sin asientos ni ventilación. El tren eventualmente se detuvo dentro de un predio cerrado. Yo sobreviví un par de años en aquel terrible gallinero, donde mi providencial joven amigo varias veces me salvó de entrar en recintos con aromas almendrados, desde donde quienes lo hacían, seguramente trascendían a realidades mejores que las en que nos hallábamos, porque difícilmente ellas podrían haber sido peores y porque nunca nadie volvió jamás con una queja. Cuando por fin se abrieron las puertas de aquel corral, no sé bien cómo, junto con él y con los pocos que aún quedábamos, todos casi piel y huesos, navegamos en mar abierto rumbo a nuestra Ítaca: primero una isla, luego otra, hasta desembarcar en un gran puerto que desconocía. No bien descendimos del navío mi amigo se perdió entre la multitud. Por ese entonces yo me había enamorado del mar y caminé al sur y luego hacia el poniente, hacia la playa, logrando instalarme solo en un bosque de olivos. Allí me halló un viejo ermitaño, anacoreta del desierto, con quien conviví ayudándole a pescar, a juntar cangrejos entre las rocas y berberechos en las arenas de la playa al retiro de la pleamar y, en ocasiones, a cazar los escurridizos damanes roqueros, los Procavia que los británicos denominan hyrax, y luego, ya en los túneles, a atrapar los oscuros y escurridizos roedores que compartían nuestro bajo mundo. Así viví hasta que otros uniformados armados irrumpieron en la boca del túnel que nos cobijaba. Le acribillaron sin más, y esta vez, en la cara del soldado asesino, reconocí las facciones, ahora impávidas, de quien me izara hacia el tren y compartiera mis años de encierro. Manchado por la sangre del ermitaño y nuevamente milagrosamente ileso, de nuevo salí corriendo, mientras enormes tanques reptaban sus orugas metálicas sobre escombros y cadáveres por ellos mismos creados. Y más corría, más notaba cómo mis baladros se tornaban aullidos de licántropo. Desperté en la llaga de un alarido sin sonido. Me llevó tiempo darme cuenta de si aún dormía pues no era la primera vez que sentía que lo que me ocurre “pasa de los términos de la naturaleza”. Tardé en recobrar el habla, y cuando sentí que nuevamente la palabra empujaba por vibrar en mis cuerdas vocales, recordé las vuestras últimas palabras de la vez anterior y me puse en marcha hacia este mismo puesto, a intentar revivir la paz amiga y conversada de nuestro último encuentro.

—Grande es mi impresión al escuchar esa la vuestra historia, aun siendo, como creo que haya sido, imaginaria nube soñada por Morfeo, y no realidad segura, como sí lo eran las historias que os contaba otrora. Colijo que es una ejemplar historia de venganza sin razón, de comportamiento salvaje motivado por el odio, de Talión irracional, de definitiva demostración de que no hay aprendizaje de empatía en el sufrimiento, sino sólo ansias de revancha, desprecio por la propia especie, por sus iguales cuando sólo una vaga mitología parcialmente compartida, que fuera una sola en sus orígenes, logra ser la única diferencia entre víctimas y victimarios.

—Sí, pero pienso que están también detrás la envidia y la idea de pertenencia que denunciara Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los humanos. Cierto es que el ser humano en su mayoría no siente que pertenece a la tierra, sino que la tierra —¡la Tierra!— le pertenece, y si algo le pertenece siente justificada su obligación de negárselo o quitárselo a sus semejantes. No deja ello también de ser sólo una creencia, una mitología, pero una que tiene directa relación con la manera en la que el ser humano afecta a la Naturaleza. Y no descarto que sienta que el propio prójimo también le pertenezca. Y es dicha idea de pertenencia, sin la cual sería imposible concebir el mundo de la oferta y la demanda, la que lleva al ser humano a creerse superior a su prójimo elevándose, en hubris supremo, hacia lo que cree ser niveles de deidad, sin darse cuenta de que, al hacerlo, pierde su condición de humano y con ella toda posibilidad de satisfacer su anhelo divino. “Homo homini lupus”, aunque tengo al Canis lupus como mucho más sensato que el Sapiens.

—Pero ya que habéis mencionado en vuestro relato onírico a esa especie tan extraña que comparte similitudes genéticas con proboscídeos y manatíes, los Procavia, dejadme que sea yo quien ahora os relate un cuento, que sospecho no sea sino un relato inventado por un espíritu descarriado en brazos de irrestricta imaginación, pero que condice con la vuestra historia en que muestra la misma liviandad con la que el ser humano se da en destruir sus bases naturales sin darse cuenta de que ello, lo que lejos de ascenderle a proporciones celestiales, refuerza su oscura condición subterránea. Acaso sea —el Procavia— ejemplo viviente de quimera benévola, de monstruo clemente, viviendo en las cuevas de los montes como alguna vez lo hiciera cierto gigante ciclópeo, monstruo —si alguna vez existió alguno— capricho de la tierra morando en “melancólico vacío” junto al “cabrío, que un silbo junta y un peñasco sella”.

—Vale, apreciado amigo, callo y aguzo ávido el oído.

—Oí esta historia en una reunión vespertina, en un jardín con un pequeño teatro al aire libre reminiscente, a escala, de grandes circos de la Grecia antigua. En él distintos personajes leían o recitaban sucesivamente lo que tenían escrito frente a sí o consignado a la memoria, tal como en el teatro ateniense de Dionisos lo hicieran los actores de Las nubes, sellando con ello la suerte de Sócrates. Aun sin comprender todos sus detalles, logré grabar en mi mente bastante bien su sonido. No podré reproducir las mismas sonoridades poéticas ni las inflexiones del original, pero trataré de hacerlo de la mejor manera posible.

—No mengüéis vuestra capacidad oradora o la de la vuestra memoria que ya hemos alabado en veces anteriores y de la que quizás no conozcáis siquiera sus posibilidades últimas, ni seguramente sus arcanos, y comenzad de una vez que me es causa de gran anticipación el saber qué podéis haber oído decir acerca de este muy circunspecto animal que buen trabajo me daba acorralar y darle caza en mi terrible sueño del desierto. Comenzad sin más.

—En las altas térmicas un águila imperial giraba en majestuoso vuelo. Desde el cráter allá en la cima bajaban vapores grises de olores acres. Por la ladera, en la brisa suave del amanecer, subía el aroma dulce del trébol fresco. Donde se encontraban ambos humores vivía un hyrax: una rata, una liebre, un pika, un mara con dientes de vampiro de Irlanda. En todo caso, un Procavia, hermano de mamuts y de elefantes, primo de delfines y manatíes, descendiente, como todo mamífero actual, de una pareja de reptiles mamaliformes del Triásico Medio. Su madriguera era como todas, y su vasta familia también. Todo lo que necesitaba para su subsistencia y protección lo encontraba en la montaña y nunca se había aventurado al fondo del valle. Era la única realidad que conocía. Con ella como único escenario para sus ávidos sentidos era que había forjado su propia interpretación acerca del mundo que lo rodeaba, las distancias, los tiempos, los colores, las texturas, los peligros, los olores, los sabores, los dolores y los placeres que le acechaban. Pero el hyrax de esta historia tenía un problema. Un gravísimo problema. Una dolencia peor que cualquier otra que pudiera haberse hallado en el espectro de patologías que desde tiempos ancestrales —de hecho, desde mucho antes del comienzo de la aparición de los mamíferos en la Tierra— solían enfermar a sus ancestros y cuyos patógenos descendientes, habiendo evolucionado con ellos, solían afectar a los individuos ahora vivos: este hyrax se creía, se sentía, humano. Quizá siempre lo había sido y era su locura creerse hyrax. Había oído o leído acerca de que la especie humana se consideraba superior a todas las demás. Y como él no se sentía inferior a nada o nadie, decidió que debía ser humano. Además, había detalles, evidencias fácticas irrefutables, en las que podía basar sus aspiraciones a tal afinidad específica. Quizá era su cóccix pequeño y casi carencia de apéndice caudal. Ello parecía ser un distintivo importante en los humanos, en los que cualquier aparición ocasional de una prolongación al final de la columna conllevaba connotaciones negativas y hasta ominosos designios —definitivamente documentados en soledades centenarias por íconos de la lengua castellana— para quienes pudieran verse desfavorecidos con tamaña deformación atávica. Quizás era su mirada binocular frontal, típicamente humana, que le permitía una clara visión tridimensional y lo dotaba de una atractiva simetría facial. Quizás, su termorregulación deficiente que le llevaba a exponer su cuerpo al sol en típico lagartear humano, por el solo placer de la temperatura. Quizás, su capacidad intelectual y su memoria proboscídica. Quizás, su pasado anfibio impreso en las características de su hemoglobina, en sus orejas cortas y en sus narinas móviles y desplegadas. Quizás, el conocimiento por revelación platónica de su inclusión en el Libro, aunque ella fuese fácticamente errónea. Quizás, el propio brudzismo que el autor del Levítico confundiera con la ruminancia de ungulados artiodáctilos o el mericismo de los macrópodos, en un claro error biológico de proporciones bíblicas. Quizás, porque un ancestro suyo vio al Profeta bajar del Monte abrazando las tablas abrasadas. Quizás, sus muchos dedos en manos y pies y sus uñas planas. Quizás, la sudoración profusa de sus palmas. Quizá su capacidad de adaptación a la montaña, como los labradores de los cafetales en las laderas volcánicas. Quizás, el vello rubio que cubría su cuerpo. Quizás, las rotundas mamas pectorales de sus hembras. Quizás, su carácter sociable y conducta gregaria. Quizás, su criptorquídea, infrecuente pero atávica, ontogénicamente también presente en el primate en los que se miraba. Quizás, su temperamento irascible y despiadado hacia quienes pudiesen disputar su liderazgo manifiesto. Quizás, sus incisivos latiendo poderosos detrás de sus mejillas, amenazando con asomar a cada rictus y a veces hasta lográndolo. ¿Pero eran incisivos rituales de hyracoidae o caninos desgarradores? En todo caso, joyas inútiles, brillando sólo en el bostezo o en sonrisas de interpretación dudosa o agonística. Quizás, su cara burlona de mascota predestinada. Si es que los tenía, nunca había sido consciente acerca de sus múltiples estómagos. Además, de haber sido así, podría haber sido sólo una malformación circunstancial. Su condición de cuadrúpedo tampoco lo exoneraba, porque los pocos humanos que había visto eran cazadores que sólo ocasionalmente caminaban erguidos: los solía ver desde lejos reptando entre las rocas y la escasa vegetación de clima seco. Además, cuando el terreno se lo permitía, él prefería caminar con el torso erguido sobre sus dos piernas. Convencido ya de su condición humana, el hyrax se decidió un día a bajar al valle a reclamar su identidad de especie y, con ella, el derecho de pertenencia a todo su territorio. Herido súbito por el proyectil de un rifle de alto poder, alcanzó a ver acercarse a dos humanos —esos sí, bien humanos, homúnculos de allende el mar, civilizados cazadores deportivos, ángeles de la muerte por la mera excitación de serlo— darse la mano y felicitarse por tan bonito blanco, y luego comenzar a desollarle, ya trofeo de su propiedad. Su piel se separaba fácil de su carcasa, y con ella, toda su ilusión de humanidad se trocaba en profundo dolor por esa especie. Por debajo del mentón quedaron pronto al descubierto el hioides flotante y la compleja laringe casi a nivel del tórax. Un último estertor crispó su brazo, la mano en garra, el pulgar en oposición. Desde la falda de la montaña bajaba el aroma dulce del trébol fresco, y en el sol a pico del mediodía, reverberaba en el aire seco el olor metálico de la sangre humana. En las altas térmicas, en vuelo pausado, un enorme buitre negro giraba solemne.

—¡Si no lo habéis recordado verbatim, me rindo ante vuestra erudición zoológica e idiomática! Cierto es que debió de ser gran pecado el creerse humano si realmente no lo era, o es que realmente lo era y gran pecado debió de ser el creerse Procavia. Y los humanos cazadores cometieron terrible crimen no sólo matando, ¡sino incluso desollando! a un semejante, en todo caso dos ejemplos de conducta monstruosa de quien se puede creer humano y, por ende, superior a todo el resto y dueño del mundo, y de las terribles consecuencias que ello puede conllevar. Me congratulo de que mi experiencia ayudando al ermitaño del desierto a cazar individuos de esta curiosa especie haya sido sólo onírica. Espero que el gravísimo problema de ese Procavia, la tremenda dolencia de creerse y sentirse humano (o quizás la de serlo, y creerse hyrax) no sea la que nos afecta también a nosotros al poder departir entre nos de esta tan caballeresca manera. Porque no sabemos de dónde es que sale nuestra capacidad de lenguaje “desta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho”. Espero que no sea pródromo del mismo mal que el del Procavia, aunque si lo fuese “lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir”. Así que mejor aprovecharnos de este don mientras nos dure, esperando nunca sentirnos ni creernos superiores que nadie, ni tampoco súbditos de nadie, conscientes de ser lo que somos y no abandonar nunca nuestra perfecta y amable condición.

—¡No lo permita el Cielo! Pero verbatim, no, porque he tratado de embellecer el relato según mi propio sentir, puesto que “no es literario un texto por lo que dice, sino por la forma en que lo hace”, razón por la que traté de hacerle justicia.

—¡Y lo habéis hecho de manera superlativa! No habéis perdido ni un ápice de vuestra literariedad, una y otra vez demostrada en vuestras historias de otrora. Seguid, si es que tenéis más para contar.

—Dejadme que antes de partir —ya hacia el oriente veo al cielo comenzar a teñirse de aurora— que os relate ahora acerca de los horrores que contara una preciosa niña acerca del Mostrum Orbis. Una vez finalizado el relato del Procavia, comenzaba yo a sentir el aguijón del hambre, pero me seguía quedando por la sola razón del anunciado ágape que habría de suceder al evento. Los gorgoritos de mi estómago amenazaban con ser oídos por el resto de la audiencia por lo que, con discreción, me retiré hacia detrás del koilon o cavea, a recostarme en una de las columnas que demarcaban el pórtico de la entrada. Por ello no pude oír todo con la misma claridad que el relato anterior, por lo que no le recuerdo con el mismo detalle, pero lo que alcancé a escuchar alcanzó para erizarme de cuello y espalda. Al podio había ascendido una muy apuesta joven de la que quedé ipso facto prendado. Afirmaba con su clara voz que espíritus hay que reptan sobre la Tierra y en grandes números, los que, en invocando apocalípticas predicciones de escrituras milenarias de dudoso origen, colectivamente confabulados en confesos iluminados autoelegidos, deciden tomar el curso del destino en sus manos intercediendo de forma frívola y fraudulenta en el devenir natural del orbe para hacer que su suceder coincida, y cuanto antes cumpla, con los nefastos vaticinios de los oráculos por ellos mismos predicados. Y para luego de la hecatombe, decía la niña, planean un futuro planetario en el que el grueso de la humanidad les será un estorbo, ya que sólo será necesario un puñado de elegidos —los dueños de las máquinas, decía ella— como únicos representantes de la especie humana en el sistema solar. Explicaba la joven que esos que así se abrogan a sí mismos ese derecho no hacen sino reclamar para sí otra cosa que el rol que sólo les compete a los dioses, y al hacerlo, decía ella, más que en deidades, parecen erigirse en ángeles exterminadores, agentes de inmolación para su propia especie, monstruos apocalípticos cerrando los extremos del Möbius de la Ética, en un círculo olímpico en el que todas las virtudes se confunden con los mayores horrores y viceversa, en un “Monstrum Orbis”, dijo. Palabra que incluso en su voz llenaba mi espíritu de gran trepidación y congoja, mote que ella no vaciló en endilgarle a los humanos señalando que sólo ellos, en el infinito extravío colectivo de sus consciencias, podían ser capaces de cometer actos colectivos tan corruptos y falaces, con semejante falta de misericordia y discernimiento, en terrible exceso de lesa humanidad y leso universo. Retomo por ello y hago propias vuestras muy sabias palabras de mantenernos siempre “conscientes de ser lo que somos y no abandonar nunca nuestra perfecta y amable condición” de cánidos ocasionalmente parlanchines, mi querido Cipión.

—Ansí sea, gran amigo Berganza, y que aquello que acabáis de relatar nunca ocurra. Y cada vez que notéis que “no nos ha dejado este grande beneficio de la habla”, acudid presto “a este mismo puesto” que gran gusto me da oír de vuestra voz por el solo placer de escucharla. Hago votos para que el mundo de todo lo vivo sobreviva al Hombre, y que la próxima vez no sea tan luenga la espera para volver a encontrarnos; porque si bien hoy —en aras de las letras de quien apodara “Monstruo de la Naturaleza” al “Fénix de los ingenios”— hemos logrado sortear con éxito más de cuatrocientas largas leguas del turbulento instante, no es ello razón para pensar que estas nuevas letras de agora nos permitan luego vadear otras tantas, y de igual suerte y manera.

José Campione Piccardo

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