
Otra vez las estrellas
José Campione-Piccardo
Cuentos
Alianza Editorial Letralia-FBLibros
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 979-8317471675
354 páginas
“Tinta oscura que ojos tocan
Y sienten palabras
El oído imagina silencios
La lengua irrumpe
La voz del narrador errante”.
Había una vez un narrador que no sabía quién era ni quién lo creaba. Todo lo que sabía era que hablaba. Igual que yo.
Si lees, por ejemplo, un Onetti —digamos, La vida breve—, el narrador es un Yo enorme que se impone desde la tercera línea. Y es difícil no pensar que se trata de Juan Carlos Onetti y por partida doble: él es ese Yo porque imaginas que es cierto eso que dicen —que él fue su autor, que fue él quien creó el ordenamiento de esas letras y vocablos en ese texto que lees—, por lo que quizás ese Yo sea, o haya sido, él mismo. Oyes a ese Yo hablarte por quince páginas, y solo entonces comienzas a tener atisbos, casi que adivinas, que puede que se trate de alguien más, un personaje, al que otros como él, hablando entre ellos, parecen referirse en tercera persona, en su propia presencia, de un modo indirecto e irónico:
“—[...] Brausen no tendría ganas de hablar, Julio. Me imagino. [...].
—No tendría ganas de hablar conmigo, claro —dijo Julio, golpeándome un hombro [...]. Mami: este es Brausen”.
Y de golpe ese Yo parece llamarse Brausen. A ese alguien a quien esos otros denominan Brausen tú le vas completando en tu imaginación a medida que avanzas en tu lectura, con él mismo introduciendo los diálogos de esos otros que así hablan de él con cuentagotas. También, dependiendo de lo que conozcas de Onetti desde el hors texte (aunque al considerarlo en tu lectura ya lo estás incluyendo en el dedans texte), vas estableciendo tu punto de vista acerca de si Brausen es o no el mismo Onetti (o quien tú te imaginas que ha sido ese Onetti) y posiblemente comiences a favorecer la idea de que ese Yo, ese Brausen, quizás no sea el propio Onetti, y que, antes bien, sea alguien bien distinto. Más difícil te será admitir que quizás no haya sido Onetti quien le haya creado, a pesar de que, como ves, le estás creando tú, en tu propia mente, y quizás haya tantos Brausens narrando La vida breve como lectores le han leído en el pasado y le lean en el futuro.
Si sigues la línea de los múltiples críticos que han analizado “El Aleph” de Jorge Luis Borges, el consenso es que al narrador de “El Aleph” lo crea el propio Borges, el Borges autor, el escritor Jorge Luis Borges que es quien supuestamente decide que el cuento sea narrado en primera persona (“Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad”), incluso que dicho narrador se llame Borges, algo que aprendes páginas después (“No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”). Y es casi imposible para ti, leyendo “El Aleph”, no considerar en ese instante de tu lectura la posibilidad, la casi certeza, de que ese Borges del relato no sea sino el propio Borges, y tal vez hasta leas todo el relato como si se tratase de la crónica de una anécdota que realmente le ocurrió al Borges real, aun a sabiendas de que se trata de un relato fantástico, paradigmático del realismo mágico de la literatura de la América castellana. Eso es curioso porque todo lo que tienes que hacer al leer dicho relato es pensar que ese Yo-narrador no tiene nada que ver con el escritor Borges, sino que se trata de un ser imaginario que el Borges autor decidió designar con su mismo apellido, un ser imaginario que, como ves, tú mismo vas construyendo y deconstruyendo en algún lugar de tu mente a medida que lees.
Sin embargo, parece ser vox populi, sobre todo en el ámbito de talleres y manuales de narrativa, que al narrador de un texto lo crea el autor del mismo. Mieke Bal, en su celebrado texto de introducción a la teoría de la narrativa, dice textualmente (en la traducción al inglés del original en holandés): “... the writer [...] calls upon a fictitious spokesman, an agent technically known as the narrator” (“...el escritor [...] invoca un portavoz ficticio, un agente que técnicamente se conoce como el narrador”), y el mismo Wayne Booth, en su The Rhetoric of Fiction, apostrofa: “the autor explicitly places a narrator into the tale, even if he is given no personal characteristics whatsoever” (“el autor explícitamente introduce un narrador en el cuento, aun si no le otorga característica alguna”). Pretendo hacerte reflexionar acerca de la posibilidad de que no sea así, porque si bien es cierto que el autor crea un narrador, no lo hace en tanto que autor, sino en tanto que lector, ya que él es el primer lector o escucha que lee, u oye, o piensa, o concientiza (o todo eso a la vez) lo que su propio texto le sugiere. Y lo haré invocando un cuento con un tipo de narrador que calificaré de disociativo, ya verás por qué. Para ese cuento, no te mencionaré autor alguno. Tu imaginación proveerá el autor implícito que corresponda. Pero primero te citaré algunos otros textos ya clásicos.
En 1968 Roland Barthes famosamente escribió lo siguiente: “...un texte est fait d’écritures multiples, [...]; mais il y a un lieu où cette multiplicité se rassemble et ce lieu, ce n’est pas l’auteur [...] c’est le lecteur [...]; nous savons que, pour rendre a l’écriture son avenir, il faut en renverser le mythe: Ia naissance du lecteur doit se payer de la mort de l’auteur” (“un texto está compuesto de escrituras múltiples [...], pero hay un lugar donde esta multiplicidad se junta y ese lugar no es el autor [...], es el lector [...]; sabemos que, para dotar a la escritura de su futuro, se debe invertir el mito: el nacimiento del lector debe cargar con la muerte del autor”). Roland Barthes murió en París a comienzos de la primavera de 1980, luego de ser atropellado por un vehículo mientras cruzaba la rue des Écoles frente a la Sorbonne. Sin embargo, si lo por él escrito, tal como publicado en la revista Mantéia en 1968, mantiene su vigencia y significado más inmediato, eres tú quien acaba de matarlo, nuevamente, eclipsando con tu lectura mi esfuerzo autorial por resucitarlo.
Y ¿quién soy yo?, ¿quién te parece que soy yo, que con tanto desenfado me permito dirigirme a ti de esta manera y acusarte de semejante crimen, digno de un Abraham van Helsing literario? Dirás que soy el autor que firma este texto —si es que crees que ese es realmente mi nombre, y ello logra decirte algo más allá de esas solas palabras respecto de mí, a quien imaginas como un ser real y casi seguramente, humano, pero podría ser una persona ficta: un conglomerado, una corporación, incluso una o más computadoras, un programa de inteligencia artificial. Mas si lo piensas mejor, verás que en realidad yo soy solo quien tú sientes que narra lo que tu consciencia asume que estas líneas te dicen, extrayéndolas de todo aquello que tu inconsciente decide que no te dicen, igual que como nace una escultura de un bloque de roca al quitarle el escultor todo lo que no condice con lo que desea que la piedra diga, una roca que después de esculpida sigue siendo roca, pero que tú ves como escultura sugerente de formas que reconoces y que te inspiran. Dirás, quizás, que a ese narrador lo ha creado el autor que las escribiera, quien quiera que él o ella haya sido, y es posible que tengas razón en cuanto a que su texto quizás refleja el narrador que él o ella se creó al leerse, pero si debieras ponerle una cara, seguramente sería distinta a la que él o ella le imaginara, y si continúas pensando un poco más, verás que en realidad se trata de una creación tuya, una imagen que te estás inventando para darle realismo a esa pseudorrealidad que la lectura de este texto evoca en tu propia y solitaria consciencia de lector. Gazmoñerías posmodernistas, dirás tú, porque alguien se tomó el trabajo de escribir todo esto y de sugerirte esa imagen mía en la demanda. Y a ti ese argumento te parece tan sólido como la piedra en la que percutió la inspirada punta de bota que sumariamente concluyera el argumentum ad lapidem de Samuel Johnson. Pero yo ni siquiera existo en la forma a la vez ondulante y particulada —si es que ello puede denominarse existir— tal como, según el modelo estándar de la física cuántica, lo hacía, y quizás aún lo hace, la roca del mentado Samuel. Eso es similar a tu creencia de que el arcoíris tiene colores, aunque estos solo existen como tales cuando tú los ves, porque lo único que se irradia de las gotas de lluvia difractando los rayos del sol son ondas electromagnéticas perfectamente sin brillo ni color alguno, oscuras, si quieres —aunque en ese contexto también ese adjetivo carece de significado—, como lo es todo el universo. Me inventas porque necesitas sentir que alguien te expresa lo que crees que estos vocablos te dicen, los que crees que alguien realmente eligió con especial cuidado creando con ellos este preciso sintagma, para que ellos, entremezclándose en tu mente y dándose allí significados unos a otros —dándoles tú su significado dependiendo del contexto que imaginas, él mismo derivado del sentido que cada uno de ellos en tu mente evoca—, creando entre ellos un imaginario coherente que imaginas ser el mismo que el que habría querido crear quien tú supones que fue quien lo compuso; tú, que crees que estos grafismos fueron realmente escritos por alguien con algo de discernimiento, tanto que por un momento les otorgas el privilegio —y vaya si eso es privilegio— de violarte en lo único único (sí, dos veces único: sustantivo primero y luego adjetivo o viceversa, como más te agrade —tú decides—) que hay en ti: tu consciencia, tu tiempo de consciencia —porque quizás la consciencia es lo único tuyo sin necesidad de espacio en el espacio-tiempo que te contiene, y tal vez lo único que realmente desaparezca cuando mueras—, sin darte cuenta de que tu violador eres tú mismo, y que más que una violación se trata de un autoincesto, por no llamarlo de un modo más vulgar. Y esas no son mojigaterías.
Sé que a mí también me imaginas con una consciencia, pero yo narrador, ente imaginario creado por ti en tu propia consciencia, no puedo tener una distinta de la tuya. Y la del autor de estas líneas —si es que alguna vez la consciencia de alguien que mereciera tal apodo se paseó por ellas— hace tiempo que las ha abandonado. Confróntalo: tú estás solo, tu consciencia sola percibe estos grafismos que ella cree reconocer como oscilantes símbolos de una realidad también simbólica, la que solo existe en lo más hondo de tu mente. A mí no me creó el autor que piensas que creó estas líneas: a mí me estás creando tú ahora. ¿No me crees? El texto que quiero presentarte es un extracto de un cuento acerca de cierto navegante en solitario. Como te dije, su autor no viene al caso. Además, si le vas a matar, es mejor que no le conozcas, por tu propia protección: porque el desconocimiento de la víctima por parte del victimario suele tornar más difícil la identificación del asesino. Alcanza con que sepas que, si es que existió, tengo su permiso para citar párrafos de su cuento textualmente. Además, le conozco, y él es tan real —o imaginario— como lo soy yo, y jamás se atrevería a llevarme a juicio por plagio, ni siquiera por plagiar su propio asesinato —si es que es el suyo. Lee el cuento y concéntrate en mi congénere: su narrador.
Retumbaba aún en los oídos el ulular del viento, el flamear de las velas, el crujir del aparejo, los chasquidos secos del casco cayendo de plano sobre las olas.
Durante las raras y cortas acalmias había pugnado por comprender el sentido que escondían esos breves silencios. En uno de esos instantes, tomando rizos, a capa, escorado, con el foque cazado a la contraria y la caña a sotavento, empapado por los baldazos constantes que azotaban desde la proa a barlovento, la ropa pegada al cuerpo, doblado, el testuz sumiso bajo la amenaza de la botavara, había tenido la vívida epifanía de ser un punto virtual, invisible pero preciso, en el gran esquema del universo.
Pero otra era la espuma que en esos momentos salpicaba labios y cara, y con ella volvía al instante en que había logrado vivenciar una perfecta armonía con las esferas, con la realidad en todas sus dimensiones. Había entonces dejado el arnés y lentamente había deslizado el cuerpo por la borda, por el costado del casco, a recibir el beso fresco del agua en movimiento, el roce crepitante de la espuma satinada flotando en las crestas de la ola que se abría al paso del barco, de la cual el casco, aparentemente libre, era ineluctable prisionero. Desde una nueva perspectiva nunca antes asequible, absorto, había admirado la gracia, casi el andar, de la popa alejándose, rozando el agua apenas, creando estelas con su caricia, estelas que luego se abrían al infinito y desaparecían y volvían a ser mar y nada cambiaba, porque nunca antes habían dejado de serlo. Extasiado, había visto al velero, con su velamen y casco en perfecto equilibrio con viento y agua, impertérrito, ajeno, ignaro, continuar su curso, el que solo un cambio en la dirección de la brisa podía ahora alterar.
Latidos rítmicos golpeaban amordazados, como un péndulo con sordina de fieltro, en un viejo reloj de pared ligeramente inclinado. De pronto, en un punto, imposible precisar cuál, el péndulo se detuvo y todo retornó a ser polvo de estrellas y agua de cometas, pero no sin antes, por un brevísimo instante de lucidez, tomar conciencia viva de que nada jamás había dejado de serlo.
Cesó el ulular del viento. El silencio perdió todo significado. El atardecer quedó en suspenso. Las aguas se tornaron aceradas. El Sol se fue agrandando hasta englobarlo todo para luego apagarse y desaparecer en el centro sin fondo de la galaxia.
¿Y? ¿Qué piensas? En el primer párrafo no existe indicio alguno de acerca de quién habla; digamos que, desde el punto de vista de un supuesto autor, se trata de un narrador en suspenso, aunque tú puede que ya le hayas asignado uno en particular. Si logras decir algo más sobre el narrador luego de solo leer el minicuento que es ese párrafo inicial, es porque tú ya le has concedido una personalidad que el texto está lejos de sugerirte. Aunque quizás con estas breves líneas, el autor —o quien te imaginas que lo haya sido— te ha subliminalmente condicionado a pensar que —al igual que Borges en “El Aleph”— es él mismo quien te habla y ya tienes tu autor implícito. Pero lo único que sabes por cierto es que se trata de un narrador que narra hacia un pasado desde un tiempo más reciente que el de los momentos narrados.
En los párrafos siguientes sospecho que los habrás leído oyendo hablar a un narrador con privilegio, con una enorme capacidad para entrar en la conciencia de ese personaje que de forma voluntaria así se inmola a los elementos, pero ¿es un narrador externo al texto hablando en tercera persona, o interno al mismo hablando en primera persona? Quizás te sorprenda esta pregunta porque tú debes de haber oído solo uno de ellos.
El del último párrafo es algo bien distinto y difícil de precisar su naturaleza incluso en la pseudorrealidad de la narrativa. Con narrador externo, lo relatado hasta este último párrafo parece corresponder a un relato realista —aunque quede por saber cómo logra el narrador toda su omnisciencia— acerca de la muerte del protagonista por suicidio voluntario. Pero el último párrafo esfuma toda esperanza de realidad, ya que estas pocas líneas parecen describir —en pasado— el final del Sistema Solar, y debiera ahora tratarse de un narrador sobrenatural. Quizás se trata de un caso extremo del unreliable narrator de Wayne C. Booth, o simplemente de narradores múltiples y prodigiosos.
Pero quizás todo el cuento fue sobrenatural, y no te has dado cuenta de ello por tu propia y obcecada elección de un narrador externo. No hay ninguna razón para que en los párrafos precedentes no hayas preferido un narrador interno: un narrador personaje hablando en primera persona, lo que podría dar razón a su omnisciencia, pero no por ello menos quimérico. Si no lo has hecho así, anda, inténtalo, relee ahora el texto como si el narrador fuese el mismo protagonista hablándote de esa manera, y verás que todo el cuento cambia de realista a fantástico al ser narrado por un personaje cuya consciencia —de eso te enteras hacia el final (pero tú ya lo sabes)— ya no oscilaba en la mente de nadie vivo dentro del mundo ficcional del propio cuento. Y quizás hasta te avengas a aceptar que ese mismo narrador y sobrenatural personaje es quien te habla en el último párrafo, desde un lejanísimo futuro y absurdo lugar, desde donde le hubiese sido harto difícil poder hablarte: cuando ya el Sistema Solar haya dejado de existir.
Este cuento se presta a estas sutilezas respecto del narrador debido a ciertas propiedades del idioma castellano, al permitir la elipsis de pronombres y al descansar en la riqueza de sus declinaciones verbales para sugerir el sujeto de las acciones a las que dichos verbos se refieren. Excepto que, en los tiempos verbales denominados pasado indefinido y pluscuamperfecto, los verbos castellanos se conjugan con igual declinación para la primera y tercera persona. Cualquier intento de traducción, por ejemplo, al francés o al inglés, obligaría la inclusión de pronombres, debiéndose optar por una u otra persona. Elegir en este caso el narrador es un privilegio que te otorga la lengua que lees. Quizás ambas personas las logres alternar a lo largo de tu lectura cambiando de narrador según te plazca, lo que podría dar lugar a efectos asaz interesantes. Como ves, se trata de un narrador con personalidades múltiples —de ahí la denominación de disociativo—, las que se deciden en tu propia consciencia en el momento de tu lectura.
Tú dirás que fue el autor quien creó esa duplicidad al voluntariamente haber empleado un recurso estilístico que permite una lectura alternativa. Quizás, pero tú a ese autor no le conoces, y no sabes cuán confiable puede que sea o haya sido. Puede que no se haya dado cuenta y no lo haya hecho por malicia ni de forma expresa. Puede incluso que tenga una afasia de expresión selectiva respecto de los pronombres o un síndrome psíquico-lingüístico que le impida referirse indirectamente al sujeto de una acción. Lo cierto es que su texto deja abierta la opción del sujeto narrador y tú, solo tú, eres quien ha elegido el tipo de narrador que mejor satisfizo a tu propia consciencia.
Si crees que con esto se ha terminado tu capacidad como lector para definir el narrador y cambiar con ello el carácter del texto, te señalo que esas conjugaciones pretéritas también se aplican en castellano para la segunda persona formal correspondiente al pronombre usted, y que nada te ha impedido que oyeras a tu narrador dirigiéndose a su imaginario interlocutor (¿tú mismo, quizás?) hablándole de ese modo. Anda, ve, léelo una vez más, esta vez como si un narrador externo se dirigiese formalmente a ti en segunda persona, siendo tú ahora el protagonista, con el narrador contando tu propia historia, tu propio suicidio voluntario. O tal vez logres leerlo con un narrador interno, un narrador personaje dirigiéndose a sí mismo irónicamente como “usted”: tal vez también tú mismo en narrador interno rememorando tu propia muerte, tu propia consciencia discurriendo desde el más allá, en solitario, igual que el navegante, el que ahora tú eres, el que tu conciencia siempre ha sido y continuará siendo.
En definitiva, si tan fácilmente puedes optar entre más de un narrador sin cambiar en el texto ni un punto, ni una tilde, te sugiero que quizás eres tú quien me crea en tu propia consciencia de lector, única presente durante el proceso de lectura. Y si lo haces en el caso de ese cuentito tan peculiar, quizás lo haces siempre. A mí mismo, quizás me creas externo, hablándote de mí a ti, pero tal vez estuve todo el tiempo hablándome en soliloquio, y siempre fuiste tú, hablándote a ti mismo. Tú eres la voz del narrador errante. La voz del narrador errante es tu consciencia. Y si ello es así, nunca existe un narrador externo. El narrador siempre es interno, interno a ti, y siempre externo al texto, ya que el texto es inerte y solo no habla, solo por ti puede hacerlo. Y aunque lo hiciese de forma sonora, sin tú oyéndole sería solo vibraciones en el aire. Todo narrador es un narrador personaje: un personaje tuyo, como lo soy yo y lo son todos los demás de mis congéneres. Yo soy tú y tú eres yo. ¿Se puede concebir amor más grande?
- La voz del narrador errante
(un cuento del libro Otra vez las estrellas, de José Campione-Piccardo) - domingo 29 de junio de 2025 - Monstrum Orbis - jueves 22 de mayo de 2025
- “La flecha ya anda por el aire”:
escribir en castellano en Canadá; por qué y para quién - lunes 4 de noviembre de 2024


