
Muy agradecido y honrado de poder dirigirme a ustedes en esta excepcional oportunidad de encuentro anual, realmente excepcional, para quienes en Canadá intentamos escribir en castellano con intención literaria.
Considerando cómo va el mundo, con los entuertos creados por las mitologías consensuadas por nuestra especie, hablar sobre el lenguaje, además de ser un inexcusable acto recursivo, pudiera parecer un despropósito. Pero es que sin lenguaje no existirían los mitos —siendo el lenguaje el primero de ellos, y no sólo en el sentido en que lo dice Lévi-Strauss (“myth is language”),1 sino en el sentido con el que Harari2 utiliza el término mitológico, por el lenguaje basarse en símbolos sólo consensuados—, y sin mitos difícilmente habría entuertos,3 por lo menos en la misma superlativa y multitudinaria magnitud a la que asistimos en la actualidad sobre la Tierra, por lo que la posibilidad de decir algo bello acerca del lenguaje pareciera tornarlo, si no menos delincuente, por lo menos más tolerable.
A modo de introducción, les leeré algunas consideraciones personales que he preparado para esta ocasión. Dos razones justifican que las lea en lugar de expresarme de manera más espontánea: las muchas citas ajenas y las vaguedades de mi memoria. No intentaré abordar la problemática del inmigrante castellano en Canadá, sino sólo las del escritor que con veleidades literarias intenta escribir en castellano en Canadá. Mis palabras pudieran interpretarse como una apología personal del idioma castellano, pero no quiero ni remotamente aparecer anteponiendo esta lengua a las lenguas oficiales de Canadá, ni mucho menos, a las lenguas de las numerosas naciones originarias que en estas tierras aún esperan. El título pretende ser, más que un clamor de batalla, un lamento nostálgico. Además, buena parte del mensaje que espero transmitirles tal vez se aplique al lenguaje simbólico en general, cualquiera sea la lengua en que se le exprese.
Quizás cada uno de quienes intentamos escribir en castellano en Canadá tengamos una respuesta propia y distinta para ese por qué y para quién. Pero no es mi objetivo relatarles la historia del escritor en castellano en Canadá, ni conjeturar acerca del futuro de esta lengua en este país. Para ello me remito a Latinocanadá, el seminal libro del autor estadounidense-canadiense Hugh Hazelton, publicado en inglés en 2007,4 a las tesis académicas,5 6 7 a numerosos artículos en revistas (de los cuales cito sólo unos pocos ejemplos)8 9 10 11 y a las múltiples antologías de autores castellano-canadienses que distintas editoriales han venido publicando en castellano12 13 14 15 16 17 o en versión trilingüe.18 Yo sólo trataré de contarles mi propia, relativamente reciente, peculiar y, sobre todo, disfrutable experiencia con el castellano, las razones que me han llevado a preferirlo para mis intentos de narrativa en Canadá, y mi propio intento de respuesta a las dos preguntas del título.
Habiéndome interesado por la narrativa ficcional sólo durante esta, mi segunda adolescencia, y escribiendo literalmente como amateur del lenguaje, no creo ser capaz de hacerles descubrir nada totalmente nuevo. Por otro lado, varias décadas de inglés científico y burocrático oficiando como telón de fondo proporcionan un excelente contraste para resaltar, descubrir y —en mi caso— dejarme seducir por la deslumbrante paleta de colores del castellano. Y es, precisamente, mi propósito de hoy, tratar de dirigir dicha seducción hacia quienes, de ustedes, pudiendo escribir en castellano en Canadá, aún no lo hacen, para que seamos más, y porque el particular disfrute que proporciona el hacerlo pienso que bien vale la pena.
¿En qué contexto se inserta el escritor castellano en Canadá?
Durante seis años, a fines del siglo XVIII, la España imperial mantuvo un destacamento permanente en la bahía de Nootka, en la costa oceánica de la isla de Vancouver —el primero de un poder colonial europeo en lo que ahora es la provincia de British Columbia. Fue leyendo las trilingües Lettres de Nootka del escritor boliviano-canadiense Alejandro Saravia que por primera vez me enteré acerca de la “Santa Cruz de Nutka”19 del Imperio español. De haber prosperado dicha vanguardia, para bien o para mal, hablar castellano en Canadá seguramente no sería, como lo es hoy, privilegio de tan pocos, y quizás hasta se hablase con acento propio, característico canadiense, como ocurre en cada región de nuestra América castellana. No es que en este país el castellano esté específicamente prohibido, sino que como idioma carece localmente del mismo eco social de otros idiomas, sobre todo por no poseer arraigo generacional: en la mayoría de las familias inmigrantes de habla castellana, este idioma, en promedio, se agota en dos generaciones y existe la impresión de que en Canadá la retención familiar sea significativamente menor para el castellano que para otras lenguas inmigrantes. Contribuye a ello, no sólo el que los castellano-hablantes en Canadá seamos minoría (menos de uno de cada treinta en aproximadamente treinta y tres millones), sino también el deseo (y a veces la necesidad) de integración, así como la gran dispersión geográfica dada la vastedad del territorio canadiense, y el que la misma lengua que nos unifica también nos separe, al reflejarse en ella, a veces de forma predominante, diferencias regionales culturales, históricas, lingüísticas e ideológicas, peculiares de los lugares y momentos de donde cada uno es originario. También afecta la contigüidad inmediata del gigante estadounidense, con cuya literatura castellana —bajo los muy controvertibles títulos de Hispanic o Latin literature— se suele amalgamar la canadiense, aunque ambas presentan claras diferencias: en una población estadounidense diez veces mayor que la canadiense, uno de cada cinco habla castellano (unos sesenta millones), la mayoría distribuidos en núcleos demográficos más definidos en sus raíces y geográficamente más compactos (bloques étnicos, dice Hugh Hazelton),20 y —lo que es aún más importante— con continuidad lingüística familiar y generacional.
El idioma castellano, en todas sus variedades de origen, se halla entre los dos o tres idiomas extranjeros más hablados en Canadá, donde se practica con por lo menos cuatro propósitos y distinto ímpetu:21 22 a) como lenguaje social entre quienes lo hablan (manteniendo claras características de sus raíces regionales en la América castellana, a veces con tintes de spanglish o de frañol según la lengua oficial local predominante); b) como lenguaje escolar, en su enseñanza como lengua extranjera: para niños, en escuelas dominicales de acceso desigual a través del territorio, pero mayormente para adultos francófonos o anglófonos en diversas instituciones docentes o de forma privada, con propósito sobre todo conversacional; c) en las universidades, como lenguaje académico en la investigación y crítica literarias, y d) como lenguaje de expresión y creación literaria por quienes lo escriben con dicha intención. Sin embargo, quizás no existe entre estas cuatro prácticas o ámbitos toda la integración que se pudiera esperar o imaginar.
Pero si hablar castellano en Canadá es privilegio de pocos, el escribirlo con intención literaria es una locura digna de la más enajenada narrativa: “Letras escritas en arenas vacías a la espera de la pleamar”, escribió alguna vez un poeta castellano a su paso por Canadá. Intentar hacer literatura en castellano en Canadá es, de toda evidencia, un fenómeno que depende del reiterado influjo de escritores migrantes (inmigrantes, refugiados, exilados, expatriados y toda otra forma en que alguien con desvaríos literarios, nacido o educado en un lugar de expresión predominantemente castellana, pueda lograr residencia estable en este país). Ello resulta en una comunidad escritora altamente heterogénea, de oscilante e impredecible bienvenida y extinción permanente, verdadero sistema abierto, de flujo incierto, contribuyendo predominantemente una literatura de tierra de nadie: literatura inmigrante, al margen del devenir literario de su país adoptivo, y literatura remota, de diáspora y de exilio, en el país que quedó atrás, por lo general nostálgica y, en todo caso, ajena a lo que se considera como genuina literatura canadiense.
Canadá aspira al multiculturalismo y tiene leyes especiales a dicho efecto,23 pero sus principios y términos se interpretan de forma distinta según las regiones, existiendo de hecho un fuerte proteccionismo para las dos lenguas denominadas oficiales, las que, dentro del territorio que hoy se conoce como Canadá, cuentan con claros privilegios sobre toda otra lengua exógena o indígena. Excepto circunstancias excepcionales, es difícil que un escritor que escriba en castellano en Canadá, por más exquisita que sea su producción, obtenga, tanto en su nuevo país como en el que dejó atrás, el mismo reconocimiento al que hubiera podido aspirar de haber podido permanecer en su país de origen. Deriva ello no sólo de la dificultad en llegar de forma inmediata a gran número de lectores, sino a la diferente atención por parte de las estructuras y programas que normalmente publican y divulgan las obras, y promocionan a los autores literarios, severamente sesgados en Canadá hacia quienes escriben en sus idiomas oficiales. Así, el país en el que nace un autor, y no en el que reside, suele ser el primer detalle en su biografía, anteponiendo las circunstancias de su nacimiento a las del espacio-tiempo cultural en el que vive y escribe: la dimensión desconocida, el “to be or not to be” propio de la diáspora. Nunca como con el escritor fue consejo alguno más pertinente que el “no andés cambiando de cueva...”24 del Viejo Viscacha en el Martín Fierro de José Hernández.
Tal como ya mencionado, una plétora de artículos en revistas, libros, tesis académicas y antologías han sido escritos en las últimas dos décadas tratando de recoger en sus páginas el fenómeno del inmigrante y escritor en castellano en Canadá, fenómeno que recibiera un gran impulso, sobre todo, a partir de los años 70, debido a la gran ola de intelectuales de habla castellana refugiados de las desolaciones del Plan Cóndor en el Cono Sur y de sus repercusiones y secuelas en el resto del continente. En 2007, Hugh Hazelton comenzaba la introducción a su Latinocanadá con estas palabras: “Una nueva literatura está emergiendo hoy en la sociedad canadiense”. Diecisiete años después, ¿puede decirse que dicha literatura emergente se haya consolidado y, sobre todo, que lo haya hecho como realmente canadiense, más allá de sus cultores coincidir dentro del mismo contexto geográfico, histórico y mitológico que hoy se ha dado en llamar Canadá? Si existe un consenso expresado por el escritor castellano en Canadá es en las dificultades que debe enfrentar en —al decir inspirado del escritor chileno-canadiense Jorge Etcheverry— “este país de vastas corrientes etnoculturales soterradas y anfibológicas”.25 No en balde el escritor salvadoreño-canadiense Julio Torres-Recinos titula su reflexión: “Ser escritor hispano canadiense y sobrevivir”.26 Pero si ese escritor hace del Canadá su país definitivo, ¿no debería su obra celebrarse como auténticamente canadiense?, ¿acaso no lo sería, por lo menos en mayor medida, si, en vez de escribir en castellano, ese mismo autor esculpiese en mármol, compusiese en pentagramas, pintase sobre lienzos, obtuviese medallas en competencias olímpicas, o escribiese en británico inglés o francés parisino?, ¿por qué retacearle nacionalidad al escritor local por haber nacido fuera de fronteras y viajar con el útil de su arte?: “Mi lengua viaja conmigo, eso es lo único que uno trae, sobre todo si es escritor” —dice el escritor colombiano-canadiense Gerardo Ferro Rojas.27 Todo cultor del castellano escrito que se interne para siempre en un país como Canadá debe hacerlo a sabiendas de que su palabra castellana habrá de ser difícilmente oída, poco leída y contará con una muy baja probabilidad de sobrevivirle. Y de ahí la primera de las preguntas:
¿Por qué escribir en castellano en Canadá?
Modernamente existen para el estudio del lenguaje humano dos principales enfoques que, lejos de anteponerse, se amalgaman en las ciencias cognitivas: el sociolingüístico y el neurolingüístico.
El primero de estos enfoques, preferido de larga data por la mayoría de lectores, escritores y filólogos clásicos, visualiza el lenguaje como un útil con propósito de comunicación interindividual, social y comunitaria. Es indudable que el lenguaje evoluciona según su uso social, que se le enseña y aprende —de modo imperativo, cuando no compulsivo— primariamente con propósito de comunicación y que, a pesar de su carácter intrínsecamente polisémico y autorreferencial, se le utiliza universalmente para la comunicación interindividual por ser el menos peor sistema de significación con que cuenta nuestra especie para intentar compartir, aún con errores, los símbolos que habitan la conciencia, propia e intransferible, de cada uno —o por lo menos tener la ilusión de compartirlos. Como ya hemos visto, es precisamente el enfoque sociolingüístico el que subraya las barreras que dificultan la continuidad y evolución futura del castellano canadiense, sobre todo el literario, y quizás no se hallen ahí las mejores razones que pudieran justificar el escribir en este idioma en Canadá.
Por otro lado, es del segundo enfoque, el neurolingüístico, del que pudieran emerger razones que pudieran justificar —y aun tornar deseable, e incluso tal vez necesaria— la presencia del castellano dentro del devenir cultural de Canadá, sobre todo como parte integral de su literatura.
Así, este segundo enfoque considera el lenguaje como una capacidad —un instinto, dice el canadiense Steven Pinker,28 propio de la naturaleza del cerebro humano. Un órgano, el órgano del lenguaje, insiste Noam Chomsky29 y, como tal, al igual que cualquier otro órgano, susceptible de poder desempeñar diversas funciones sin connotación teleológica alguna, una de las cuales es proveer las estructuras de base genética y ontológica que permiten que desde temprana edad el cerebro humano pueda adquirir la comprensión y el uso del lenguaje simbólico.
Adelantos en las ciencias cognitivas, basados sobre todo en evidencias obtenidas con nuevas técnicas de estudio acerca de la funcionalidad del cerebro, avalan la idea de que vivimos la realidad que nos incluye, no de forma directa tal como ella se ofrece a nuestros sentidos, sino a través de la manera en que el cerebro la procesa y simboliza con base en complejos y específicos circuitos neuronales diseñados y educados por los estímulos sensoriales recibidos desde el nacimiento (tal vez desde antes), durante la ontogénesis, y quizás durante toda la vida. De forma inconsciente, estos circuitos se activan y reclutan entre ellos, y se asocian entre sí plasmando un concepto, una idea (la que, para el filósofo y lingüista estadounidense Charles Peirce, también es un símbolo si bien no uno convencional, a diferencia del símbolo aristotélico o estructuralista),30 una idea quizás aún inconsciente, parte memoria y parte imaginación, la que misteriosamente resulta captada por algo tan ininteligible como lo es la conciencia, probablemente ella también fruto de circuitos neuronales especializados, la que, si aún ello no ha ocurrido, los termina asociando con aquellos que simbolizan (en el sentido de Peirce) los símbolos del lenguaje (en el sentido estructuralista), cuyos signos, una vez ordenados en sintagmas, pueden luego verbalizarse o ser escritos —símbolos de símbolos—, los que es un verdadero placer leer y releer invirtiendo y repasando el camino de sintagma a idea, de idea a sintagma, una y otra vez, reordenando, corrigiendo, fertilizando el concepto, hasta precisar y maximizar sus efectos cognitivos y emocionales en el propio encéfalo y en la conciencia del escritor. Luego, si ello habrá de reproducirse de igual o distinta manera en un lector otro que él —si la flecha se clavará o no se clavará—, ello no tiene por qué ser motivo de desvelo, entre otras razones porque es imposible predecir con exactitud el tipo de herida de la que pudiera ser causa un sintagma peregrino, en el improbable caso de su saeta hacer blanco en conciencia ajena alguna.
Así, además de su precario rol social, el lenguaje simbólico aparece entonces como estímulo de memoria, como facilitador de ideación, como catalizador y destilador de ideas nuevas y complejas, como medio para la enunciación oral y el registro escrito del concepto, permitiendo la lectura y el análisis pormenorizado del fraseado: su análisis lingüístico (la estructura, la gramática, la métrica, los sonidos, la rima, el ritmo), su análisis semántico (sus significados posibles —su deconstrucción, diría Jacques Derrida—), el análisis de sus efectos cognitivos y emocionales y, en definitiva, su lúdico disfrute. Este último, en gran parte debido a la propia polisemia intrínseca del lenguaje, posibilitando figuras retóricas tales como la metáfora, la alegoría, la fábula, la parábola, la ironía, incluso el calambur.
Y es precisamente esa condición de impreciso la que, junto a sonoridades propias y estructuras sintácticas particularmente libres y permisivas, dotan al castellano de su inusual fuerza expresiva. Mario Vargas Llosa dice que el castellano “tiene una íntima predisposición hacia el exceso” [en el que] “lo emotivo y lo concreto prevalecen sobre lo intelectual y lo abstracto. [...] El español [...] es un idioma palabrero, abundante, pirotécnico, de una formidable expresividad emocional, pero, por lo mismo, conceptualmente impreciso [y] no hay en los excesos retóricos típicos del español nada de censurable [porque] en materia de lengua literaria, nada está definitivamente hecho y dicho...”.31
Brevemente, resumo aquí algunas de las características peculiares del idioma castellano que, a mi parecer, se hallan directamente relacionadas con su particular capacidad expresiva:
- excepto variaciones regionales, e incluso dentro de cada una, en el castellano existe una marcada correspondencia entre fonemas y grafemas, entre lo que se habla y lo que se escribe, por lo que la evocación sonora durante la lectura es casi siempre inmediata;
- posee sólo cinco sonidos vocales (algunos otros idiomas poseen muchos más), lo que favorece el uso de figuras retóricas sonoras: aliteraciones, ecos y rimas;
- Predominan las vocales, y entre ellas la a y la e, siendo éstas las vocales que requieren mayor apertura de boca, evocando expresiones faciales asociadas con distintos estados de ánimo;
- posee un solo sonido gutural (o velar): el de la jota y el de la ge delante de e o i, sonido proveniente del árabe, al igual que muchas de sus palabras, y sólo tres nasales: eme, ene y eñe; el resto son todas consonantes labio-dento-linguales;
- la suavidad de los sonidos y su modulación en las partes anteriores de la cavidad bucal dotan al castellano de una cierta sensación de claridad y espontaneidad lúdica y juvenil;
- la mayoría de las palabras son de acentuación en la penúltima sílaba, lo que influye en efectos de métrica, ritmos y rimas;
- sus palabras son, en comparación, relativamente largas, lo que agrega sonoridades y ritmos al fraseado;
- las conjugaciones de sus verbos poseen un gran número de terminaciones distintas y sonoras, las que, por lo general, permiten discernir modos, tiempos y personas;
- admite frases largas, subordinadas y complejas, de sintaxis relativamente libre y diversa, pudiendo llegarse a estructuras extremas, torturadas, las que, sin ser herméticas, causan efectos difíciles de reproducir en su traducción a otros idiomas: por ejemplo, los hipérbatos endecasílabos de Góngora en símil de sintaxis del latín32 a las elipsis verbales de Ida Vitale;33
- consiente un tratamiento particularmente libre de la metáfora, y otras figuras retóricas: mientras que otras lenguas suelen utilizar la metáfora sobre todo como recurso cognitivo tratando de precisar la idea, el castellano suele utilizarla como invitación a que ésta vuele y expanda la imaginación, aportándole al texto claros efectos afectivos;
- se presta particularmente para la ironía y otras formas de ambigüedades, llegándose a dualidades en la lectura tales como el símbolo disémico descrito por el crítico español Carlos Bousoño,34 que él ejemplifica con versos de Antonio Machado en los que un doble significado planea sobre el inmediato de las palabras;
- al igual que la mayoría de las lenguas romances, excepto el francés, permite la elipsis del pronombre sujeto, bastándole sugerirlo por medio de la conjugación, lo que da lugar a interesantes ambigüedades al poderse ocultar el género o la naturaleza del sujeto;
- el pretérito imperfecto y el pluscuamperfecto (los tiempos característicos del estilo indirecto libre) conjugan de la misma manera para el yo, el él, el ella y el usted, permitiendo, junto a la elipsis de pronombres, crear incertidumbres subliminales respecto de quién es que habla, y aun mantener indefinida y ambigua la naturaleza del narrador, dejándolo para la creación consciente o inconsciente del propio lector (a ese tipo de narrador lo he denominado errante o disociativo. Ver, como ejemplo, el cuento “De estrellas y cometas” en el libro homónimo,35 en el que el texto cambia de crónica de un suicidio relatado por narrador externo, a cuento fantástico al ser relatado por el propio protagonista).
En otras palabras, el castellano se presta soberbiamente para que el símbolo del discurso, que invariablemente emerge en la conciencia del lector (o del escritor) durante la lectura (o escritura) de un texto, sus sonoridades, los flashes de ideas que sugiere y el sentir que evoca, suela ser tanto o más preponderante para el placer de la lectura que la historia que se revela a su análisis semántico. “En literatura no existe un mensaje directo: no es lo que se dice sino cómo se dice lo que ahí importa”, dice el gran crítico canadiense Northrop Frye en la segunda de sus Massey Lectures.36 Quizás no todos estos efectos y ambigüedades sean detectados por todo lector, pero ciertamente siempre podrán ser captados en toda su diversidad y disfrute por su primer y privilegiado lector: el escritor que lo compone mientras escribe. He ahí una posible respuesta a por qué escribir, por qué hacerlo en castellano, y más particularmente por qué hacerlo, y de ese mismo modo, aun en un entorno lingüístico como el canadiense.
¿Para quién escribir en castellano en Canadá?
En Canadá, quien desee escribir para mayorías y pretenda que ellas le reconozcan —siempre que tenga el dominio necesario de alguna de sus official languages—, by all means, soyez les bienvenus: el Canadá oficial os lo agradecerá. Muchos escritores canadienses originarios de países de habla castellana lo han logrado con éxito. Y quizás lleguen a ser considerados a la par de los locales, e incluso logren influenciar las letras en su país de adopción —como Joseph Conrad lo hiciera entre británicos y Guillaume Apollinaire entre franceses.
Por otro lado, para un escritor, cambiar de idioma puede resultar harto difícil, y el no hacerlo puede también reflejar un acto de aserción personal: dice en Canadá el escritor venezolano-canadiense Geyser Dacosta: “Pienso que, si tengo algo importante que decir, lo voy a decir en español”.37
Se puede intentar llegar a un mayor público a través de traducciones a los idiomas oficiales,38 aunque, al decir de Rhizanthella, una cierta florecilla castellana y subterránea: “quizás logres vislumbrar en ellas la forma de mis pétalos, pero difícilmente discernirás en ellos su color”.39
También se puede intentar escribir para lectores fuera de fronteras. Los medios modernos de comunicación y diversas plataformas creadas a dicho efecto permiten cada vez más que ello se intente con éxito.
O puede encontrar su razón de ser aceptando escribir sólo para el selecto grupo de lectores castellanohablantes con quienes comparte su vida y sus escritos. En algunos casos, el compartir la solitud creadora alcanza para justificarla.
Pero un escritor siempre puede escribir para sí, algo que el castellano parece posibilitar particularmente. De hecho, escribir para sí es inevitable porque, aun escribiendo una carta para un amigo o familiar, el acto de seleccionar términos del paradigma para plasmarlos en sintagmas —como componiendo un rompecabezas imaginario o tensando un arco para disparar una flecha— constituye un acto íntimo. El acto de escribir es siempre fruto de una conversación introspectiva consigo mismo.
En una entrevista que la periodista Rita Guilbert le realizara en París en 1968, Julio Cortázar expresó: “Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará...”.40 Cortázar compara al escritor —“de verdad”, dice él— con un arquero que tensa su arco en un acto íntimo, en solitario, abrazado a su útil, confiado en que su fuerza y técnica harán que la flecha vuele, pero sin depender ni preocuparse de lo que, una vez en el aire, pueda ocurrir con ella, ni de si habrá de dar o no en blanco alguno. Quizás ello se aplica particularmente bien para aquellos escritores que persistimos en escribir en castellano, insertos en comunidades donde el entusiasmo de autor no puede siempre depender del blanco que haga la flecha.
Cuando Julio Cortázar quiso crear un cronopio que lo representara, creó a Un tal Lucas.41 A Lucas a veces le cuesta comprender los textos que lee de otros, y suele preguntarse “qué demonios ha podido ocurrir en el aparentemente obvio pasaje del comunicante al comunicado”. En el caso de su propios escritos Lucas no se plantea jamás esa cuestión. Sin embargo, “no deja nunca de verificar si la venida es válida y si el paso se opera sin obstáculos mayores”, porque “no se trata de escribir para los demás sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás”. A él no le importa para nada el destinatario “puesto que lo tiene ahí, a tiro, escribiendo lo que él lee y leyendo lo que él escribe...”.
Lévi-Strauss, en su Leçon d’écriture,42 dice que la escritura es una forma de memoria, y Umberto Eco en su Semiótica43 considera la posibilidad de que un solo individuo pueda utilizar un sistema de significación para comunicarse consigo mismo. Quizás lo haga con la intención de releerse y corregirse, y al hacerlo logre dar continuidad y profundidad a sus propias ideas, y sorprenderse de ellas y disfrutarlas sin que sea indispensable tener que necesariamente hacerlo para ojos otros que los propios, aunque sin impedir de forma expresa que ellos pudieran también disfrutar de ella de igual o distinta manera.
Dice el escritor chileno Roberto Bolaño, refiriéndose al oficio de escritor, en su “Discurso de Caracas”: “Este es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas”.44
Al decir del escritor uruguayo Hugo Burel, “la literatura tiene para el escritor un componente lúdico, marcadamente vicioso en el sentido de adicción [...]. Es una necesidad marcadamente psicológica”.45
No hace mucho, la escritora argentina Stella Alvarado enunciaba esta sentencia tan terrible como poética: “Creo que escribimos para nosotros mismos, para resucitarnos cotidianamente ungidos con la inútil y estéril vanidad de la palabra”.46
Ya había escrito Horacio Quiroga en “El decálogo del perfecto cuentista”:47 “No pienses en los amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes...”.
En una entrevista telefónica que en 1974 le realizara la periodista Lacey Fosburgh, el escritor Jerome Salinger expresó lo siguiente: “Me gusta escribir. Adoro escribir. Pero escribo sólo para mí y mi propio placer”.48 Para él, publicar sus escritos era “una terrible invasión de la privacidad” y solía destruir la mayor parte de lo que escribía.
“Yo escribo para mí [...] por el placer que siento”, afirmaba el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, ganador del Cervantes de 1980, en la entrevista que le hiciera Eduardo Galeano ese mismo año, mientras ambos compartían sus respectivos exilios obligados en Madrid,49 pero eso ya lo había declarado años antes diciendo: “Nunca escribí para pocos o muchos; siempre escribí para mí, dulce vicio que no castiga el Código Penal [...]. En mi caso el lector no es imprescindible”.50
El propio Hemingway, en 1950, en una carta al crítico Arthur Mizener,51 confesó que “básicamente escribes para dos personas: tú mismo para tratar de hacerlo absolutamente perfecto; o, si no eso, maravilloso, y entonces escribes para quien amas, pueda [ella o él] leerte o no...”. Y entonces, quizás el acto de escribir no sea más que agregar una y otra estrofa a la famosa “Carta a la amada inmortal”,52 quizás eternamente ideal e inexistente.
Por otra parte, quien escribe para sí, por su propio diálogo con el lenguaje escrito, jamás se verá reemplazado, por lo menos en dicho propósito, por las, en apariencia, cada vez más inteligentes y ubicuas inteligencias artificiales, y ¿quién puede afirmar que —aun en ausencia del símbolo del símbolo— no terminen ellas también escribiendo para sí, y disfrutando y disfrutándose igualmente en la demanda?
Y si faltase una razón para escribir, y sobre todo, para hacerlo en castellano en la escribiente solitud del Canadá anglofrancófono, quizás ella se halla en el poema “Oh me! Oh life!”,53 en la respuesta que en él da Walt Whitman a la pregunta existencial tan triste y sin pausa que tanto le angustia, y que de modo tan pertinente parece poder aplicarse al mundo actual:
¿Qué de bueno entre todo esto —¡ay de mí!, ¡oh, vida!?:
Que tú estás aquí,
que existe la vida, y la identidad,
que el poderoso drama continúa,
y que tú puedes contribuir un verso.
Y si consideramos con Roland Barthes que el lector es de alguna forma responsable por la muerte del autor (La mort de l’auteur),54 ¿por qué pedirle que escriba pensando en su némesis...? ¿Por qué no mejor sugerirle que contribuya su verso escribiendo como lo pensaba Hemingway: “...para ti mismo [...] y para quien amas...”?
Y en este caso... ¿qué mejor idioma que el castellano?
- La voz del narrador errante
(un cuento del libro Otra vez las estrellas, de José Campione-Piccardo) - domingo 29 de junio de 2025 - Monstrum Orbis - jueves 22 de mayo de 2025
- “La flecha ya anda por el aire”:
escribir en castellano en Canadá; por qué y para quién - lunes 4 de noviembre de 2024
Notas
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