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Apología de mí mismo

sábado 13 de julio de 2024
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Supongamos que mi nombre es Pedro Urdemales, pero no necesariamente porque urdo algún mal, sino emulando el nombre de uno de los personajes típicos de mi país. La verdad, no quiero dar el mío para contar lo que voy a contar, no porque sea malo o, por el contrario, tenga gracia o sea la excusa apropiada para indicar mi total desubicación en los quehaceres mundanos que me aquejan, como mi relación con aquella prima ya muerta, pero no por mi causa, con quien jugábamos de pequeños de los asuntos que atañen exclusivamente, según las normas que no sé quién estableció, a los adultos no familiares. Es decir, no ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. Pero he de decir, en mi descargo, que por aquella época mi mente no estaba tan desarrollada y mi alma, motor de la existencia, se encontraba aún dormida.

Cuando era niño, hacía travesuras como cualquiera y solía robarme el pan y la leche en polvo que comía en mis largas fugas del hogar, porque me sentía como preso, atormentado por el encierro, a pesar de contar con los juguetes de última generación de esa época —hace ya muchos años—, y al recibir la sanción descargaba mis culpas en la muchacha que ayudaba en los quehaceres domésticos, a quien mi madre reprendía duramente. Mi disculpa, buena o mala, es que era muy pequeño de edad y todavía no entendía bien el teje y maneje de la vida, y sigo sin entenderlo.

En la adolescencia viví amores prohibidos, porque tuve la mala suerte —o buena— de tener primas no sólo bonitas, sino amables y cariñosas, aun sabiendo que dadas las reglas de la sociedad en que me tocó vivir aquello era “pecado” tal como decía mi abuelita. Pero nunca entendí, o no quería entender, qué tenía aquello de pecado si estaban de por medio el amor y el cariño que uno al otro nos dispensábamos. En fin, desde esa época mi pensamiento no congeniaba con las disposiciones sociales, pues mi alma aún no alcanzaba la plenitud de su capacidad de conocimiento y por lo tanto el mundo no me era comprensible.

Llegó la época del colegio y mi instinto buscaba a las compañeras más bonitas, las seguía, besaba, tocaba, hasta que cualquiera de ellas, haciendo caso omiso de la bondad de mis impulsos, me aruñaba o daba una cachetada antes de salir corriendo. En fin, cuando alguna daba la queja a las maestras o la directora, sufría los castigos inmerecidos, a mi manera de ver, como cuando me ponían de plantón bajo la campana a “lavar” mis pecados. Por mi mente corrían los efluvios del amor, y mi desazón por vivir en un mundo lleno de complejos y maledicencia se debía, como he dicho, y si no lo digo ahora, a que mi alma aún no jugaba el rol de motor para darle la dirección adecuada a mis relaciones humanas.

Poco a poco, cayendo en los cánones mandados por la sociedad, llegó la época del matrimonio, hijos, penas, deslices —en opinión de los moralistas—, y seguía sin entender los mandatos sociales que, a mi modo de ver, contradecían los divinos de “crear y multiplicarse”. En fin, me costó encajar en una sociedad que, para mí, está llena de reglas inentendibles, complejas y absurdas, totalmente alejadas de lo que yo pensaba y aún pienso.

Vino la época de las aventuras, los amigos, compañeros que luchaban por un “mundo mejor” y, después de involucrarme de lleno en esa lucha, o la de ellos, aún no lo sé, fui avanzando en la existencia al pensar en otros asuntos como la historia, el origen del hombre, la vida después de la muerte como dicen los religiosos, la vuelta al polvo eterno como dicen los materialistas; en fin, mi pensamiento fluía raudo en lo que compañeros y amigos seguían los cánones establecidos por la sociedad respecto a la familia, trabajo, estudio, y me era sumamente difícil encajar en ese mundo de reglas que obligaban a levantarse temprano, ir a la oficina, escuchar órdenes imprecisas, chistes vacuos, reuniones insulsas, cuando mi pensamiento vagaba por caminos insospechados de la ciencia y, repito, me cuestionaba sobre el origen y destino del hombre, ¿vida después de la muerte? Entonces ¿para qué sepelios caros, llenos de brillo para alumbrar la oscuridad de la muerte?

De repente me volví un poco taciturno, o más, si se quiere, olvidado del mundo, siempre metido en mis cosas, y me fui olvidando de mis “obligaciones” sociales. Mi existencia se volvió hacia dentro de mi ser, en lugar de compartir, vivir de acuerdo a la sociedad, pero mi mundo era otro, más interior, espiritual, alejado de la estulticia cotidiana. Debo confesar que me distancié un poco de la responsabilidad del trabajo, volviéndome impuntual y no dándole la importancia que los jefes conferían a todos los asuntos intrascendentes de la vida cotidiana. Por eso alguna vez me acusaron de negligente, haragán, antisocial y no sé cuántos epítetos más, pero la verdad no me importaba en tanto estuviera bien conmigo mismo y con mi alma, la guía de mi existencia.

Me parecían una rutina inaguantable el mundo y sus reglas, la discriminación social, las enfermedades y sus “curaciones” a través de medicinas cuyo negocio enriquecía enormemente a sus fabricantes. Me volví rebelde, alejado de todo el mundo, metido dentro de mí.

Se me olvidó el respeto a las autoridades puestas a dedo, como se dice, pero carentes del conocimiento y la virtud necesarios para un buen desempeño. Mi vida social sucumbió ante tanta ignominia. Decidí no participar más en asuntos de “democracia” como las elecciones generales del país, que no hacen más que perpetuar en el poder a los mismos de siempre, y opté por retirarme de todo, aun a costa de mis obligaciones sociales, recibiendo reprimendas constantes de aquellos que actuaban como miembros del rebaño instituido quién sabe por quién.

Esa rebeldía me trajo innumerables problemas, lo que me condujo irremediablemente a la vida apartada de la sociedad y sus compromisos, y me llené de pensamiento, introspección, tornándome en un paria hecho y derecho, como decía mi abuelita.

Eso es lo que quería contarles. No es que sea un ser antisocial en el sentido estricto de la palabra, sino que soy un poco diferente tal y como creo que tengo derecho a serlo. Poco a poco fui huyendo de todas las normas establecidas que, a decir verdad, no creo que sirvan para el desarrollo humano intelectual o espiritual. No me arrepiento de mi actuar, pero el tiempo me dirá, cuando ya no pertenezca a este mundo, si mi destino fue una tumba en cualquier cementerio, o mi alma se trasladó a través de alguna ruta del universo, para volverme parte de un Todo Eterno que nos devolverá a este mundo con la idea de perfeccionarnos.

Algún día lo sabré.

Antonio Cerezo Sisniega
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