Saltar al contenido

El habitante de Guasalandia

sábado 14 de marzo de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El país está destruido. Precios de la canasta básica por los cielos, carreteras destrozadas, educación suspendida por los propios maestros, servicios de salud colapsados, transporte público inexistente, entre otros problemas que lo aquejan. En fin, país del tercer mundo, porque no existe quinto. Si no, nuestra patria sería del quinto mundo.

Así las cosas, la gente se las ingenia para que esta situación no derive en pueblo fantasma —debido a la falta de empleo, las pocas plazas de trabajo pagadas al mínimo, la inanición de sus habitantes, hospitales desabastecidos y sin médicos que atiendan como debe ser, entre muchos otros problemas— creando ventas callejeras para evitar lo leonino de las autoridades al cobrar los impuestos que luego no utilizan en beneficio del pueblo.

La falta de transporte obliga a los ciudadanos a comprar motocicletas (los que pueden hacerlo) y bicicletas para trasladarse de un lugar a otro y evitar los taxis piratas que secuestran, vejan, asesinan o roban impunemente a los usuarios, o los taxis “legales” que cobran cantidades exorbitantes a los clientes, dividiendo el trayecto en dos o tres partes, para cobrar dos o tres veces, sin que las autoridades se enteren.

Ante este panorama, Benancio compra bicicleta y ese día decide, motivado por la depresión y buscando salir de ella, salir a dar un paseo para ver, aunque sea de lejos, las mansiones de los explotadores que han tomado posesión del país y lo manejan como si fuera su propia finca. Pedalea fuerte, suda a chorros, pero sigue al frente sintiendo el viento en su rostro, dejando atrás las llanuras que enmarcan las residencias de los afortunados.

De repente decide, provocado a saber por qué, salir de la cinta asfáltica y tomar el sendero que se abre a su derecha, en el campo, sin estar seguro de a dónde conduce, pero anhela hacer ejercicio, divagar la mente, cansarse, para olvidar un poco la desgracia que lo invade y lo hace renegar de su país. De repente lo alcanza un individuo que se pone a su lado.

Lo ve de reojo. Es un tipo alto, de buena complexión, que usa casco protector. La bicicleta es de las buenas, de las caras. Nada que ver con la que él usa, una bicicleta del proletariado. El sendero culmina en un inmueble de madera, con altillo, y su acompañante involuntario lo invita, primero con un gesto y luego de palabra, a detenerse frente a aquella casa que parece salida de la nada, diferente a las usuales en su patria. Los dos se bajan de sus bicicletas y el extraño se dirige a él largándole la frase que lo hace erizarse.

—Por tu forma de vestir y tu vehículo un tanto anticuado, presumo que vienes del siglo XXI, de uno de esos países que, la verdad, no son países sino fincas.

—Sí, vengo de Guasalandia, país del siglo XXI como dices, y soy fruto de la desesperación que ahí se vive. Salí a divagar un poco, hacer ejercicio, olvidarme de tanto problema.

—Pasa adelante, antes de enseñarte algo de nuestra vida voy a mostrarte mi casa por dentro, para que veas que en este siglo uno puede vivir mejor que en Guasalandia.

—¿De qué siglo hablas?

—El número de siglo no importa. Ya hemos superado muchas cosas. Aquí tenemos transporte a la última, carreteras que son una belleza, hospitales gratuitos totalmente equipados que atienden eminentes médicos, escuelas gratis para todos. En fin, del siglo XXI para acá hay mucha diferencia. Ya verás.

La residencia es espaciosa. Piso de madera, recibidor muy grande, comedor equipado con amueblado de lujo y habitaciones amplias. Pero no hay nadie en la casa, salvo su acompañante.

—¿Vives solo?

—No, mis hermanos andan en sus quehaceres. No tardan en llegar.

Efectivamente, se escucha una bocina, las voces bullangueras de personas jóvenes que entran atropelladamente a la residencia y, al verlo, se detienen sorprendidas. Son un hombre y una mujer, vestidos de manera elegante, con alegría y satisfacción que les mana desde adentro.

—Estos son mis hermanos. Juan es médico y María enfermera.

—Y tú, ¿cómo te llamas?

—Soy José, maestro de escuela.

—Yo, Benancio, agricultor —dice un tanto perplejo.

Habrá que ver, piensa, cómo es la vida de sus nuevos conocidos, su desempeño en esas actividades fundamentales para una nación que, lamentablemente, no es el caso de su país.

Los hermanos lo ven con simpatía y, en medio de una alharaca, lo invitan a subir al vehículo en que han llegado. Es, ni más ni menos, un sedán de cuatro puertas de una marca que sólo tienen los poderosos de Guasalandia. Solícito se sube al vehículo que, conducido por Juan, llega a una autopista de cuatro carriles por lado, nítidamente asfaltada. Queda anonadado.

—¿Todas las carreteras de tu país son así?

—Las hay más grandes y mejores —dice José.

Piensa en Guasalandia y sus carreteras llenas de hoyos, con la maleza de las orillas tapando las señales, derrumbes que obstaculizan el paso de los vehículos y tantas situaciones más que hacen de las vías de su patria un verdadero desastre. Pero cuando llegan al edificio de seis niveles que dice “Hospital Nacional”, no cabe en él su asombro y no puede dejar de compararlo con los hospitales de Guasalandia, que están cayéndose, despintados, sucios y demás epítetos aplicables.

Entran al edificio, lo recorren, puede ver la excelente atención a los enfermos, el equipo médico insuperable, las salas de emergencia, la surtida farmacia; en fin, un hospital del primer mundo, o uno del tercero, pero bien atendido por sus gobernantes utilizando los impuestos con que gravan a la población.

No sale de su asombro. Cuando vuelven a la autopista, no ve motocicletas y mucho menos bicicletas, sino un metro aéreo, estaciones del metro subterráneo y autobuses lujosísimos que transportan a los habitantes de ese país con la comodidad y seguridad que se merecen.

Pero cuando llegan a una escuela, a Benancio “se le cae la baba”. Es grande, limpia, bien atendida por maestros dedicados verdaderamente a la educación, que piensan en los niños más que en ellos. Tiene sanitarios limpios, biblioteca surtida, grande, y está abarrotada de estudiantes con hambre de saber.

—Esta es una muestra de nuestro mundo —dice José— y de lo que un país como el tuyo podría hacer con los impuestos que cobra a la población.

—Claro —dice Juan—, para nosotros la salud es importantísima. Un pueblo sano es un pueblo que trabaja, produce y genera desarrollo a la patria.

Interviene María, que hace un gesto de incredulidad al notar, por las palabras de José y los comentarios de Juan, que el gobierno de Guasalandia no tiene el más mínimo concepto de servicio a su pueblo.

—No puedo creer que exista un país cuyos gobernantes no se preocupen por darles una vida digna a sus habitantes. ¿Es que no cuentan con carreteras así? ¿Con escuelas dignas? ¿Transporte adecuado, seguro? ¿Hospitales de primera categoría?

Benancio se siente avergonzado. No sabe de dónde han salido sus anfitriones, pero nota la diferencia entre naciones. Son abismales. De regreso a la vivienda de quienes lo acogieron, se despide. No sabe a ciencia cierta si lo que ve y oye está sucediendo de verdad, o es una simple alucinación.

Monta su bicicleta y emprende el regreso a casa esquivando hoyos, alucinado por bocinas estruendosas de buses extraurbanos, taxis piratas y de estafadores que corren entre la gente que debe brincar para esquivarlos, personas que atraviesan las calles sin ver, después de orinar en ellas, vendedores ambulantes que gritan ofreciendo sus productos, y piensa en lo grande que sería Guasalandia con carreteras presentables, hospitales gratuitos ostentando lo último de la medicina, escuelas del Estado que verdaderamente funcionen y transporte público eficiente que satisfaga las necesidades de los usuarios que, con su trabajo, agigantan la economía del país.

Una utopía.

Antonio Cerezo Sisniega
Últimas entradas de Antonio Cerezo Sisniega (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio