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La mejor ruta

martes 17 de febrero de 2026
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El destino del hombre es un concepto que varía según sea religioso, filosófico, o provocado por la creencia que cada individuo tiene, dependiendo de cómo haya sido creado, instruido en su casa, la escuela o por el devenir de la vida.

Algunas filosofías plantean que el destino del hombre está en la búsqueda de la felicidad a través del pensamiento y la libertad; las religiones, por el contrario, afirman que el destino del hombre es la dirección y el propósito final que Dios ha determinado.

Hay quienes —religiosos o no— coinciden en que la vida del hombre está predestinada, y que fatalmente acaba de una manera determinada, así se haga lo que se haga por cambiar ese destino. Por el contrario, otros opinan que el hombre es un ser poderoso y creador de su propio hado, capaz de conquistar todas las religiones y que no depende de un destino preestablecido. En fin, las opiniones son diversas dependiendo de si se tratan en sentido religioso o filosófico.

Cuando Pedro fue a visitar a Juan, lo encontró en cama, alicaído, sufriendo la soledad en que lo sumió la incipiente vejez. Pero, además, reponiéndose del golpe sufrido por la caída de ese día en que se tomó un par de tragos, según él, pero Pedro sabía que era un beodo empedernido.

—Juan, me alegro de verte casi recuperado. Deberías tratar de disminuir un poco el licor, porque eso te llevará a la muerte o, lo que es peor, a una lesión que no te permitirá vivir a plenitud los años que te quedan.

—Mirá, Pedro. Yo voy a vivir los años que me quedan de acuerdo al destino prefijado, no sé por quién, pero no puedo quitarme de encima ese designio que pesa sobre mí: mi alma y todos los componentes de mi cuerpo. Pasará lo que tenga que pasar.

—Eso no es cierto, Juan, ya lo dijo el poeta: “El hombre es el arquitecto de su propio destino”, y si vos seguís con lo mismo, dañarás tu salud y, en consecuencia, acortarás tu vida.

—Mirá, yo lo veo así —dijo el convaleciente—: el destino es el futuro predeterminado e inevitable del ser humano, en lo que se refiere a los sucesos que ocurren en la vida de los individuos. Puede interpretarse como un poder sobrenatural que guía estos eventos, lo que supone una oposición al libre albedrío, o simplemente como la suerte o el curso de los acontecimientos. Estos eventos de la vida ya están marcados y son inevitables. Es decir, que no están sujetos al azar ni al libre albedrío y se llega a ellos independientemente de lo que el humano haga para desviar el rumbo marcado por la vida.

—No lo creo. Si tú tomas veneno, brincas del techo de una casa, corres en un vehículo a toda velocidad, vas a morir más temprano de lo que la vida te tiene preparado.

Juan puso cara de circunstancias. Pedro sabía que jamás aceptaría que el trago estaba minando su vida y haría hasta lo imposible por defender su vicio.

—Es imposible —dijo Juan— manejar el destino a capricho del ser humano, ya que son dos conceptos diferentes: destino, un plan o fuerza predeterminada que no se puede controlar, y capricho, un antojo o voluntad personal que escapa a dicho plan. En ese sentido, por ejemplo, si una persona ha de morir en un accidente automovilístico, asesinado o de muerte natural, así ocurrirá, aunque el individuo haga todo lo posible por cambiar su destino tomando carreteras seguras, evite riesgos en antros peligrosos, o cuide en extremo su salud para alargar la vida.

—Pero no, si tú tomas alcohol, consumes drogas u otras sustancias tóxicas, estás acortando la vida.

—Es claro que el alcohol o las drogas pueden desencadenar acontecimientos poco deseables, pero éstos se dan siempre, indefectiblemente, porque están marcados por el destino de la persona. Es decir, si alguien se quebrará una pierna, por ejemplo, lo hará, así la persona tome el rumbo que tome. La pierna se accidentará en un vehículo, caminando, por la caída de una silla o cualquier evento que lleve a esta condición preestablecida. Efectivamente, las drogas o el alcohol pueden llevar a este suceso, pero sólo se da si éste, el suceso, está predeterminado en la vida de ese individuo.

La plática entre los dos amigos se prolongó hasta horas de la noche y tanto uno como el otro trataban de imponer sus argumentos en cuanto a la vida, el destino, el libre albedrío, el mal uso de sustancias que conducen al vicio y la pérdida de la cordura. Pero los dos argüían a su máxima capacidad y no lograron ponerse de acuerdo.

Juan, pese a su dolencia, se levantó a servirle una taza de café a Pedro, que se disponía ya a emprender el regreso a casa. Él, para variar, vertió en un vaso el consabido trago doble de coñac “para dormir mejor”.

—Te lo estoy diciendo, Juan. El trago te va matar.

—Moriré el día y hora en que me toque. El día y hora que señale mi destino.

Pedro terminó su taza de café, se levantó del mullido sillón en que descansaba, abrazó a su gran amigo Juan y se despidió.

Conduciendo su vehículo, Pedro pensaba en Juan, el desperdicio de su vida, el vicio que lo llevaría irremisiblemente a la muerte. Se propuso que al llegar a su casa lo llamaría por teléfono para ver si estaba bien o si —como era su costumbre— había terminado la botella de coñac recién abierta.

Pensaba también en cuanto a qué ruta tomar hacia su domicilio. Tenía dos posibilidades: la carretera normal, regular; la autopista, que lo conduciría libremente sobre un asfalto precioso, o el extravío recién descubierto por el cual se ahorraba como mínimo hora y media de camino, pero estaba mal asfaltado, estrecho, con muchas curvas y barrancos profundos a los lados.

Recordó a Juan y su vida licenciosa, las decisiones que éste tomaba a la ligera sin importarle para nada la existencia y se dijo que, si él se permitía aconsejarlo para que llevara una vida sana, alejado de todos los vicios, con el propósito que tuviera una existencia larga y de buena calidad, él tenía que dar el ejemplo siguiendo los consejos que daba a su amigo.

Tomaría la autopista, aunque le llevara de hora y media a dos horas más el recorrido, pero no iba a arriesgarse conduciendo —sólo para ahorrar tiempo— por una carretera con hoyos, pendientes, barrancos por los que, si derrapaba su vehículo, caería, pudiendo costarle la vida.

Tomó el camino correcto: la calzada conocida, e iba —prudente como siempre— a sesenta kilómetros por hora, deseando llegar a su residencia para llamar por teléfono a Juan, descansar y emprender de buena manera la jornada laboral de la semana siguiente.

A lo lejos vio un pequeño bulto negro que venía en sentido contrario. De repente se hizo más grande y un camión enorme —de manera intempestiva— se saltó el arriate que dividía la autopista y se vino sobre él. Trató de esquivarlo, pero le fue imposible.

Lo chocó de lado. Su automóvil dio tres vueltas sobre el asfalto y su cuerpo quedó tendido encima de la carretera.

Murió —según el informe forense— a las 20:16 horas de aquel nefasto 13 de marzo. Su amigo Juan, pese a la tristeza que aún sentía por la partida tempranera de Pedro, estaba convencido que esa era la fecha y hora exactas de su destino final.

Juan, como siempre —fiel a sus convicciones—, continúa impertérrito por los derroteros que le marca su idolatrado dios Baco, sin miedo ni zozobra alguna por su destino final.

Antonio Cerezo Sisniega
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