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Trascendencia

sábado 14 de septiembre de 2024
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El día que vi por última vez a Emiliano Chuy, nunca imaginé que sería el último. Su cara transmitía una seguridad pocas veces vista y su mirada se posó sobre la mía. No hubo palabras, sólo el destello de su mirada sobre mi rostro y yo, viéndolo como lo miraba, es decir bien, abandoné la sala de hospital en que se encontraba con la certeza de que volvería a verlo, pero no fue así. Al menos no en el reino de los vivos.

El día anterior lo trasladaron al hospital, después de un episodio de demencia al que no nos tenía acostumbrados y que era, ni más ni menos, el resultado final de su enfermedad, terminal, por cierto, aunque no lo quisiéramos aceptar. Porque nunca nadie acepta la finitud de la vida, aunque sea evidente.

La verdad, no sé cómo definir la existencia sin caer en contradicciones dentro de mí, porque la pura verdad de la vida es, a mi entender, la muerte, si hablamos de la subsistencia de los seres humanos, por supuesto. Según la biología, éstos tienen la capacidad de nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar y morir. Desde la física se entiende la vida como el tiempo que duran las cosas, pero, según los griegos, específicamente Aristóteles, para que la vida se dé deben existir requisitos como la autonomía, la libertad, la búsqueda de la belleza, la política y la filosofía, entre otros.

Por otra parte, algunos consideran que un requisito indispensable para que exista la vida humana es la razón, pues ésta es la que nos distingue de los demás seres vivos, y otros afirman que la vida son los diferentes estados de reencarnación. En fin, no tengo claridad en cuanto a la definición de vida, porque me parece la mayor contradicción llegar a la muerte para confirmar la vida y, en cuanto a la reencarnación, aún no hay pruebas contundentes de que exista.

Emiliano Chuy llevó siempre una existencia vivida a lo máximo: estudió, trabajó, se aprovechó de la inocencia de la gente, viajó, fue fiestero, mujeriego, parrandero, en fin, para qué les cuento más. Por eso, al verlo postrado en una cama con su mirada fija en mí, no pude menos que contener las lágrimas y pensar sobre lo injusto de la llamada vida a la que pone colofón la muerte.

He de confesar que a mi edad fue difícil trasladarlo a un centro asistencial y que, de no ser por la ayuda de paramédicos, ambulancia, enfermeros y cuanta persona se dedica a prolongar la existencia sin saber que con esto está alargando la agonía de la persona en este mundo, no me hubiera sido posible buscar asistencia médica.

Siempre que lo vi en la sala de hospital, que no fueron muchas veces, pedía el regreso a su hogar, pero la carencia de dinero —mal de casi toda la población del mundo— hizo imposible cumplir con su deseo y se quedó sufriendo los embates de médicos, enfermeras, practicantes y todas esas personas que aprenden su oficio maltratando la vida de los demás.

La muerte, según he aprendido a lo largo de mi presencia en este mundo, es el final de la vida, o su interrupción, o lo contrario a la subsistencia. Es la antítesis de la vida. Es algo inevitable que sólo los seres humanos estamos conscientes de que ha de ocurrir. La muerte es la experiencia final de todos los organismos vivientes. Sin embargo, si la muerte no fuera inevitable, los seres humanos estaríamos sometidos a una competencia feroz por los recursos del planeta y ésta, la muerte, se da cuando los seres vivos decaen, mueren y retornan al ciclo de la naturaleza toda la energía química y la materia que se halla acumulada en sus cuerpos.

Sin embargo, nunca lo pensé. Siempre creí que Emiliano Chuy era inmortal y por eso el último día que lo vi con vida pensé que, dada su naturaleza, estaba jugando conmigo al lanzarme aquella mirada que parecía algo entre un destello y una súplica por que lo sacara de ese lugar nefasto donde sólo sobreviven los seres de fuerza excepcional.

Pero no lo entendí así en ese momento. Todavía le lancé una broma, lo salpiqué con el agua que tenía en las manos después de lavarlas a conciencia en el lavamanos del hospital, y me fui de regreso a casa.

Al día siguiente me enteré de que había muerto. No lo podía creer, pero su muerte “permitiría la circulación de materia y energía en el ciclo natural”, como dicen los entendidos. También debemos entender que, sin la presencia futura de la muerte, la vida puede llegar a ser una agonía que nos haría perder las motivaciones para amarla.

Pero me vuelven las dudas existenciales: ¿para qué nacemos?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿a dónde va nuestra alma después que morimos?

En el caso de Emiliano lo tengo claro: él vagará por el mundo buscando otro cuerpo para regresar a la vida y seguir chingando como era su costumbre. De tal manera que su muerte trasciende la existencia.

Después de la muerte vienen los ritos: cánticos religiosos, velorio, entierro o cremación, según la voluntad del muerto o de los deudos que a veces deciden por las personas que se han ido.

Estoy aquí, escribiendo esto, al lado de las cenizas de Emiliano, esperando que no se salgan de su recipiente, y presto a esparcirlas por el campo, un lago, el mar, o cualquier lugar donde la muerte valga madre y la vida resurja de las cenizas para continuar la existencia.

De no ser así, ¿qué sentido tuvo la vida de Emiliano Chuy? ¿Lo enterraremos para siempre? ¿Lanzaremos al viento su existencia para que éste la riegue por todo el globo terráqueo?

Yo creo que esto último es lo mejor, para prolongar la vida, crear un mundo óptimo y demostrar la trascendencia del alma.

Emiliano Chuy, volarás por los aires revoloteando con el viento en un amanecer eterno.

¡Salud! y hasta pronto, cuando me toque emprender el vuelo y te pueda alcanzar en las alturas.

Antonio Cerezo Sisniega
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