Las máquinas de la oficina, en realidad, no se parecen gran cosa a las secretarias. Sí, no bromeo. Es cierto que ya tienen cierta edad (son empleadas desde hace muchos años), pero se conservan bien. Las jóvenes brillan por su ausencia, pero las que tenemos platican, cantan, bailan, en fin, tienen sus gracias.
En cambio, las máquinas de escribir son del siglo pasado y, además de no poder platicar con ellas, ni cantan ni bailan; casi podría decir que no tienen ninguna gracia. Claro que su función primordial es escribir, pero no se puede. Son una calamidad.
El otro día tuve que hacer una combinación de ambas: la máquina que de momento mejor escribía, y la secretaria que mejor estaba.
Comencé a dictar. La máquina imprimía tres letras de cada ocho teclas que se pulsaban: no marcaba bien los caracteres. Un desastre.
La secretaria se sentía incómoda primero, desesperada al rato, e histérica al final.
El trabajo no salió y yo tuve que calmar a la secre. Salí con ella.
Por eso puedo afirmar con conocimiento de causa que las máquinas de escribir y las secretarias de la oficina no se parecen en nada. La salida con ella me lo confirmó: fue cuestión de un par de tragos, la cena y el respectivo baile. Todo duró alrededor de dos horas.
Las máquinas, en cambio, necesitan tres o cuatro horas para estar a punto.
No hay derecho.
- Yo confieso - jueves 16 de abril de 2026
- El habitante de Guasalandia - sábado 14 de marzo de 2026
- La mejor ruta - martes 17 de febrero de 2026


