
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí
—Se acerca el invierno, Pedro.
—Mire los llanos, don Raúl. Se están pelando. Ya viene el mal tiempo.
Hablo con Pedro, Pedro el viejo. Muchas veces nos encontramos en este lugar, La Dentellada, a cinco o seis kilómetros del pueblo. Él pastorea con sus vacas por estos parajes, y yo tengo la costumbre de cabalgar por aquí cuando termino la consulta. Por eso es probable que coincidamos, como ahora, y trabemos algunas palabras entre nosotros. Pedro sabe leer en los árboles, en las nubes, en las sombras de las montañas, en el aire. En la mayoría de las ocasiones cabalgo por donde él pastorea, para encontrármelo y aprender de su ciencia.
Pedro me llama don Raúl, por ese respeto antiguo que se le tiene a los médicos. Don Raúl el médico, o don Matías el maestro, o don Jonás el párroco. Así ha sido siempre desde que el mundo es mundo.
Es por la tarde. Deben de ser las cinco, cinco y cuarto. Pronto llegará la noche y el frío.
—Pedro... ¿vendrá?
—Antes de que acabe el invierno vendrá el lobo, don Raúl; sí, sí que vendrá.
El pueblo, Fuentes del Niebla, es pequeño. No se podía esperar otra cosa: está aislado, a dos mil metros de altura, junto al bosque. El río Niebla, blanco y frío, serpentea entre sus casas. La quesería es el alma del pueblo, casi todos poseen vacas y viven de su leche. Esta es una fotografía fiel del pueblo, poco más se puede decir: casas silenciosas, buena gente, frío, agua por todas partes: en el aire, en las hojas de los árboles, entre las piedras.
Cuando alcanzo la vereda del pueblo me gusta apearme del caballo y recorrer a pie la distancia hasta mi casa. La tierra está mojada, como casi siempre. Me tropiezo con Marcos, el mayor de los Aguirre. “Llega el invierno, don Raúl”, me dice. “Ajá”, le contesto, y continúo mi ruta, escuchando los pasos de mi caballo sobre la tierra mojada. Marcos me detiene.
—Este año vendrá el lobo, don Raúl.
—Sí, creo que vendrá. Pedro lo ha leído en el aire.
El lobo vendrá antes de que se apague el invierno. Hace cientos de años que viene. No sigue una secuencia en el tiempo, al menos que nosotros podamos descifrarla. Cada tres años, cada cuatro, cada cinco. Cuando aparece, todas las puertas y ventanas están selladas, porque sabemos que vendrá, estamos avisados. Nos guarecemos en las casas, sin luz, sin ruidos, deseando no ser los elegidos. Viene al caer la noche, hace ya cientos de años, y es imposible que algo, o alguien, impida el baño de sangre. Nada sabemos de sus métodos, de la manera de seleccionar sus presas, sobre qué refugio apuntan sus ojos.
Cerca de casa juegan Carlitos y Lucía, mis hijos. Me ven y corren a abrazarme, sus manos manchadas de barro. Les acaricio el pelo hasta alcanzar la puerta, luego ellos esperan a que guarde el caballo en el establo.
Tengo la costumbre de jugar con mis hijos después de la cena. Mientras Sara recoge la mesa y limpia los cacharros, yo los entretengo con juegos distintos a los comunes. Procuro elegirlos creativos, para que imaginen, para que se estimulen. Nada de juegos de mesa, ni cantos infantiles. A veces invento cuentos sobre osos o elefantes, o sobre magos, o tigres. Lo que me gusta es imaginar, introduzco giros inesperados o hago que el protagonista se decida por la posibilidad más extravagante o remota, para que mis hijos entiendan que ninguna alternativa es despreciable, que el mundo se comprende mejor si observamos todas sus aristas.
A Carlitos le entusiasman los origamis. Doblamos repetidas veces alguna hoja sobrante de la consulta, luego la desplegamos y desde las líneas marcadas en el papel levantamos pájaros extraños, barcos de vela, imposibles árboles. Lucía no, a Lucía le encantan las sombras chinas en la pared. Las más hermosas formas requieren oscuridad y luz de luna. Yo dispongo mis manos para que los rayos que entran por la ventana se estrellen en ellas, y entonces, por el otro lado, los ángulos de mis dedos se convierten en un perro, en un hombre con sombrero, en un dragón. En esos momentos suelo pensar en los otros destinos de esa luz que me incide; quizás las ramas y las hojas, en el profundo bosque, hacen de manos que el viento mueve, y la lógica me lleva a deducir que seres extraños asisten a ese embrujo, a ese juego de sombras mucho más hermoso que el que yo proyecto en la pared. Seres extraños que es difícil que concibamos, como el lobo que cada cierto tiempo llena de sangre este pueblo. Pienso en estas cosas cuando invento posturas con los dedos, pero no se lo digo a mis hijos.
Me levanto temprano los días que trabajo. Todos duermen. Me ducho, me visto, preparo el café. Después tomo el maletín y salgo hacia la consulta. En el despacho voy recibiendo a los pacientes, uno a uno; el resto espera en la salita. El menor de los Gándara resbaló en el río y sufrió numerosos cortes en la pierna. Le receto fármacos con corticoides para reducir la hinchazón, y le digo a su madre: “Uno en la mañana y otro en la noche”. Continúo con otros pacientes, pero a eso de las once me llegan desde la sala murmullos más excitados que otras veces.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Me contesta Matilde, la de Aguirre: “Dice Pedro que esta noche viene el lobo”.
Decido entonces comenzar mi breve descanso diario. Entro en el baño, abro el grifo y me mojo las manos y la cara. Cuando me miro en el espejo ocurre algo que nunca me había pasado: no veo mi cara ni mis manos, lo que refleja el cristal es una imposible catarata de saliva. Brota desde la mitad del espejo, y no se vislumbra su final. Mucha saliva, espuma feroz y blanca. Al cabo de unos segundos dejo de darle importancia. Quizás sea la fatiga, o la altitud de este pueblo, que suele jugar malas pasadas. O la noticia del lobo, el miedo, el recelo. Como alguna cosa, y continúo con las consultas hasta las cuatro.
Siempre que termino la jornada algo se me desata en el estómago. Debe de ser porque mi cuerpo presiente la llegada del paseo, el ruido de los cascos sobre el barro, los remolinos del viento en las retamas.
Sobre el caballo me adentro en el río, formo un cuenco con mis manos y tomo agua. Después regreso a la vereda, y me encamino a La Dentellada, a dar con Pedro.
Tendré tiempo de pensar, camino a La Dentellada. Pensaré en el lobo, por ejemplo. Dónde se esconde, desde qué recóndita cueva decide venir, qué pecado cometió este pueblo para sufrir su rabia, para sufrir su furia. Pensaré en la descarnada costumbre de mantener vivo a uno en cada casa que ataca. Como rito o como obligación. Quizás lo deje vivo para que dé fe de su violencia, o es otra manera de matarlo, mucho más atroz que la muerte abrupta de sus fauces, creciéndole la muerte cada día sin que sus ojos olviden el horror de vísceras por las paredes, de ojos que sangran por el suelo y de caras congeladas en el espanto. Puede que sean estos sus motivos, o la instintiva precaución de que nos reproduzcamos, de que sus presas no se extingan, para matar cuando desata la matanza.
Pedro sobrevivió al lobo, hace muchos años. Se ocultó en la despensa de su cabaña, todas las puertas cerradas, la noche negra. A los dos días lo echamos en falta, y fuimos hacia su casa. Su cuerpo estaba atrapado en la ventana, la cabeza partida, pero vivía. Cuando pudo hablar nos confesó que oyó los terribles gruñidos del lobo, sintió cómo su ferocidad le rondaba, muy cerca, como si ya hubiese sido descubierto agazapado allí, entre los hatos de pienso y las cajas viejas. Lo último que recuerda es una brutal fiereza estrellándolo contra la ventana.
Llego a La Dentellada, no encuentro a Pedro, hoy no ha subido. Es posible que se encuentre reforzando el refugio de los animales y su propia cabaña. En unas horas vendrá el lobo, es momento de ocultarse.
Ya hemos cenado. Apenas un poco de leche y pan. Realmente hemos comido obligándonos unos a otros. No existe deseo de nada, tan sólo de que ya acabe esta noche, de que sigamos vivos cuando amanezca. Hace una hora que no nos movemos, Sara y los niños a un lado de la mesa, yo enfrente. Los miro, la leve luz de la luna me basta para descubrir sus figuras. Callados, unidos por las manos, los niños con sus cabezas gachas. Sara me mira. Yo, como en las otras noches del lobo, mantengo mis ojos en ella. Es la única manera que sé de decirle que no seremos nosotros los muertos, que otra vez el azar nos salvará. Que escucharemos los desconsolados gritos de las presas en alguna otra casa, que la mezcla de sangre y frío empezará a brotar desde otras puertas. Mi familia, Sara y los niños. Al otro lado de la mesa. Noto sus minúsculos temblores, el ruido de los dedos, el ruido lento de los párpados. Quiero extender mi mano hasta alcanzarlos, pero me detengo, para mantener intacto el rito de noches como esta, que nos impone esta lejanía, esta ausencia de mis manos sobre sus cuerpos o sobre sus cabellos. Quizás el secreto de la vida se encuentra en cuidar estas liturgias, la misma posición, el mismo silencio yendo de uno a otros ojos. Son tan frágiles, tan pequeños, tan indefensos. Sus soledades llegan desde el destello triste de sus ojos y desde sus respiraciones cortadas, y estallan cerca de mi cara, frente a mí, las huelo. No debería sentirme más fuerte que ellos, pero no puedo pensar otra cosa cuando ellos se hunden en el miedo, y yo sólo estoy al acecho, más despierto, más en guardia. No necesito mirarlos, oigo sus dientes disparados en sus bocas. Sus blandas bocas, sus pieles tibias y blancas, sus exquisitos olores. Noto su sangre, es un delirio sentir cómo se agolpa en sus cuellos, cómo crecen las venas en un instante, escuchar cómo sus vidas me llaman. La sangre en sus cuellos calientes y tiernos, me excitan sus cuellos trémulos, y la visión de la sangre ocupando sus hombros y sus pechos. Quiero morderlos, ese terror que me mira desde lo oscuro de sus ojos es lo que me impulsa a devorarlos. Se entregan, abren sus bocas y me muestran su pánico, su deseo de sacrificio, su sumisión al más fuerte para que la vida continúe. Qué placer hundir mis dientes en sus muslos, en sus brazos, en sus vientres, arrancarles la cabeza, triturarles la espalda. Qué placer devorarlos, son todos míos, la noche empieza. De una a otra presa, un brazo, corazones, músculos.
Llaman a la puerta. No soporto el dolor de cabeza. Ya es de día. A duras penas alcanzo la puerta. Es Pedro.
—Ya pasó la noche, don Raúl. Deje la puerta abierta, que crean que escapó el lobo.
Me apoyo en su hombro y nos encaminamos a la plaza. Anoche el lobo atacó mi casa. No entiendo a Pedro, no recuerdo nada. Lentamente me inunda la desoladora nostalgia de que no habrá más origamis, ni sombras chinescas.
- Viene el lobo - miércoles 28 de mayo de 2025


