
Segunda novela de Txemi Parra (Madrid, 1971) tras El eco de las sombras. Sólo queda silencio es un thriller canónico de este actor, monologuista y guionista de 7 vidas, Aída, Los Serrano, y las series de intriga y misterio El internado y Águila Roja. Y el autor se desenvuelve como pez en el agua en una trama que se puede adscribir perfectamente en el rural noir que tiene tantos cultivadores como lectores desde que Fargo y Twin Peaks hicieran furor entre los espectadores. ¿Qué es rural noir? Se lo preguntan a Jim Thompson, o a Cormac McCarthy, o al mismísimo Camilo José Cela, si tienen dudas.
Todo empieza con un muerto, un suicidio extraño, el de Martín Blasco, joven abogado, cuyo cadáver aparece en el río en Jaca, al día siguiente de su boda, con un mensaje en su bolsillo: Perdón. ¿Hay alguna relación entre Martín y el hombre que ha aparecido congelado en la bañera de su casa días antes? La teniente Gloria Maldonado y el agente Bermúdez de la Benemérita llevan la investigación. Es la mujer quien hace las presentaciones, teniente Maldonado y sargento Bermúdez, Guardia Civil de la Comandancia de Jaca. El binomio policial hace unas indagaciones laboriosas cuyas claves se encuentran rastreando en el pasado de las víctimas: ¿Qué une a los muertos? Fueron amigos de juventud, sí, ¿y qué más? ¿Qué tenían en común? Tiene que haber más conexiones. Y lo que cuenta una foto antigua para un olfato policial: El punto de conexión entre los tres es la foto encontrada en la Biblia de Garcés. Los tres amigos, agarrados, sonrientes, posando orgullosos en la pista con el uniforme del equipo de hockey de Jaca.

Sólo queda silencio
Txemi Parra
Novela
Grijalbo
Barcelona (España), 2025
ISBN: 978-8425368783
400 páginas
Txemi Parra perfila a conciencia a los protagonistas de su historia, a esa pareja de guardias civiles cuya vida tranquila trunca esa muerte sospechosa, especialmente la teniente Maldonado, todo un hallazgo ese personaje central, que es una persona rígida, seria, poco amiga de familiaridades, y menos en el trabajo: A Gloria no le gusta la gente que exhibe su vida privada en su puesto de trabajo. Le parece obsceno, una especie de pornografía de la felicidad. ¿Por qué tengo que tragarme a doña Perfecta y esa familia feliz cuando vengo a currar?, piensa. Hace el autor hincapié en sus controvertidos gustos gastronómicos: Bermúdez, pensativo, observa con desagradado cómo la teniente coge un torrezno más, lo sumerge en la taza y se lo come en dos bocados. Una persona que reflexiona en voz alta sobre una sociedad que se ha vuelto, en su opinión, demasiado sensible ante ciertos temas, que impone la autocensura: Ahora todos tenemos la piel muy fina, piensa, enseguida nos escandalizamos por cualquier comentario, y no sólo en temas de género, raza, política, religión... ya no se puede decir nada sin ofender a algún colectivo.
La trama argumental está bien sostenida por las investigaciones que lleva a cabo ese binomio policial: No sabe por qué lo hace, qué raro instinto la lleva a agacharse, vaciar la papelera, recuperar los papeles y reconstruirlos como si fuese un puzle, pero lo hace. Son doce pedazos de papel. Los extiende sobre la cama y los observa minuciosamente antes de comenzar a unirlos. Hay agudas apreciaciones acerca de los objetos de un muerto: Qué extraños resultan los objetos cuando aquel a quien pertenecían ya no está, carecen de esencia, es como si también ellos hubiesen perdido la vida. Sobre la muerte misma: No puedo apartar la vista del rostro sin vida del ganadero. Un rostro tensionado, rígido, envuelto en un color irreal, rosáceo, de apariencia fantasmal. Y el miedo: El miedo es libre, campa a sus anchas, el miedo no hace distinciones, no tiene prejuicios; el miedo viene cuando menos te lo esperas, no sabe de fiestas ni de celebraciones.
El escritor madrileño, gran aficionado a la montaña, adonde escapa en cuanto su trabajo y su adicción por los viajes se lo permiten en compañía de su perro, describe a la perfección el escenario rural en el que se desarrolla la mayor parte de Sólo queda silencio: En cuanto encara la primera rampa siente la boira. Un frondoso bosque de pinos silvestres flanquea el camino y le acompaña durante buena parte de trayecto. Según va subiendo y adentrándose en el corazón de la montaña, el pino deja paso a las hayas, abetos y tejos. Tras él queda Jaca y, al fondo, los picos nevados. Pero también los ambientes urbanos por donde discurre su narración: A la izquierda se distinguen las curvas plateadas del Guggenheim, sobre los antiguos astilleros sobresale el Palacio Euskalduna y, al fondo, el nuevo San Mamés, la Catedral, asomándose orgullosa sobre la ría de Bilbao. A la derecha, el ayuntamiento, las cúpulas del teatro Arriaga y a continuación el enjambre de tejados del casco viejo.
Tiene garra la novela en sus más de trescientas páginas y está escrita con soltura, oficio y talento. Santiago Blasco hunde los dedos en la masa, sientes su textura, añade un poco de harina, la manosea una y otra vez con los ojos cerrados, toda su atención está en el tacto, en las yemas de los dedos. Txemi Parra cuida trama, ambiente y personajes, un trinomio necesario para que funcione una novela, y mantiene el suspense hasta el último párrafo.
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