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El día en que dejamos la tierra, de Iris Mónica Vargas
(selección)

domingo 26 de octubre de 2025
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“El día en que dejamos la tierra”, de Iris Mónica Vargas

Cierta libertad

El día en que dejamos
y abandonamos las plazas,
moríamos en silencio.
Sismógrafos en todo el mundo
mostraban que habían disminuido
nuestros pesados pasos.
Se habían hecho pequeñas
las reverberaciones de todas
nuestras fiestas. En algunos lugares,
corrían las ovejas por praderas de asfalto,
y todas nuestras voces hacían eco
en las casas. Ya nadie observaría
nuestra partida.
Los últimos te quieros
llegaban desde lejos
abriéndose en pantallas protegidas
por escudos de plástico.
Crecía el motín afuera.
Se agrupaban protestas,
regando por doquier la muerte
que llevaban en las manos.
Rogaban por la libertad
de morir como antes.

 

Lee también en Letralia: reseña de El día en que dejamos la tierra, de Iris Mónica Vargas, por Alberto Hernández.

Peregrina

Al mediodía jugaban los niños y las niñas.
Regados por la calle, andaban con sus
gritos y sus risas, los pantalones cortos
y el calor.
Al llegar la noche, alumbrado por velas,
un niño bailaba una canción
cantada por su abuelo, el Pavarotti.
Comíamos arroz bien cocinado a fuego,
y unos frijoles negros. Los aguacates
buenos los trajo la vecina agradecida:
le habíamos espantado una gallina de palo.
Aquellos días de antaño,
después de la tormenta,
cuando quedaba poco y no había luz,
ni una gota de agua, saltaba todo esto
entre las sombras.

 

“El día en que dejamos la tierra”, de Iris Mónica Vargas
El día en que dejamos la tierra, de Iris Mónica Vargas (Valparaíso, 2024). Disponible en Amazon

El día en que dejamos la tierra
Iris Mónica Vargas
Poesía
Valparaíso Ediciones
Granada (España), 2024
ISBN: 979-1387538040
118 páginas

Gotas

Te habría abrazado y, sin embargo,
el final del final no lo olvido.
Escuchaba, ausente,
de una esquina a la otra,
un retumbe en tu pecho,
y una gota de agua, en susurro,
que bajaba del techo, como una alegoría.
Mientras tanto mi madre
—anunciaba mi madre—,
que ya el último pétalo había caído,
que era sólo paredes la casa,
aquel pico malvado
se había robado ya el polen.
Era todo lo mismo, sin duda:
una mezcla de nada.
Era todo distinto...
Yo buscaba siluetas
hasta en nubes de polvo.
Observando tus ojos,
que quedaban ya secos y abiertos,
di cuenta que hace rato
ya andabas de nuevo,
quizá habrías nacido
y ahora estabas en pecho de alguien.
Que yo hacía, no más,
despedida a la almohada
en que pude abrazarte, y tanto.

Mi abuela conocía el idioma de las gotas.

 

Inmanencia

Un pequeño gorrión murió
sobre mis manos una vez.
Fue pura coincidencia
notarle entre la oscuridad
debajo de un arbusto.
Su cuerpo contraía intermitentemente,
moviéndose en dos campos a la vez,
así como un reloj,
que al parecer camina,
siguiendo a los segundos
que ya han muerto.
Así, como muda la piel el lagartijo,
mudábase la vida mi pájaro pequeño.
La última vez que pareció inhalar,
tan grande abrió sus ojos que parecía
ya vivo. Entonces extendió las alas
como si estuviera preparándose,
de nuevo, para el vuelo.
Cerró lentamente los ojos,
y partió.

Mi Abuela murió con su mano
entre mis manos.
Yo me había acomodado
en la dirección de su mirada
para pretender que aún podía verme.
Respiró por última vez,
y nunca cerró los ojos.

 

Canto de resistencia

La lucha es interminable
pensamos aquel día:
las aguas separaban sus entrañas
del bloque que le hundía.
Soltáronle el amarre de sus manos
y sus pies, tal que del hueco
profundo de laguna
se levantase su cuerpo de nuevo.

De pie, lucía ahora, allí junto al fruto de su vientre.

Y así lo comprendimos:
los golpes y las balas no logran destruirnos.
Nadamos, inclusive, con piedras
llenando los bolsillos.
No existe jeringuilla ni sustancia
que muerda nuestra sangre de guerrera.

Ya no muy lejos, cerca,
se escuchan los tambores
marcando nuestros pasos de regreso.
Los miedos, de la niebla se desciñen.
Del cielo se descuelgan los pájaros
y vuelan. La lluvia desenreda.
Ahora el trueno. El canto.

Hermana, estamos en el puerto.
Hemos llegado.

 

Lo que nadie puede ver

Hubo un momento.
Un grito agudo brotó de las entrañas,
como el de un animal.
Ojos oscuros y abiertos,
como llanto prematuro,
observando lo que ya no estaba en frente.
Él sujetaba sus hombros
mientras rogaba asustado que dejara de gritar,
que estaba aquí,
que regresara.
Pero la herida no estaba
sobre la superficie.
Estiraba y partía desde adentro.
El mundo ahora constaba de sustancias
que ya no conocía.
Supo entonces, como habían alcanzado
a comprender sólo unos pocos,
que no existían los héroes ni los dioses.
La Tierra giraba alrededor del Sol
y nada más.
Las olas llegaban y se iban.
Las hojas se abrían,
tendidos sus ruegos bajo el cielo,
y continuaban buscando la luz.

 

Los monstruos nunca olvidan

Se levanta de su cama el cuerpecito
empapado en sudor, temblando.

Su dedo señala hacia una esquina
—la misma esquina siempre—.

Puedo ver al monstruo claramente
[¿Por qué siempre insistimos
en mirarlo?]

y sé que no es el mismo
que pueden ver sus ojos.

No tiene
........dientes amarillos afilados,
........babas pegajosas,
........algún hedor abominable.
........No es......araña pequeñita.

Las garras son las mismas, eso sí.
Y siempre en una esquina
hambriento de los miedos.

El niño grita. Llora.
Recojo sus manitos con mis manos.
Anido su carita aquí en mi cuello.
Enfrento la desalmada esquina.

He visto al monstro muchas veces.
En toda oscuridad. En toda esquina.
No ha habido superhéroes en mi caso.

Aunque me atreva a enfrentarle
—con uñas y garras invisibles—
y pueda sostenerle la mirada
no significa que no le tenga miedo.

 

La hipótesis del transeúnte

Un pájaro, lo he visto allá en el cielo
donde vuelan las ruedas.
El viento parecía burlarse.
Tú, ¡ven a volar, ven a volar!, decía.
Pero el vuelo había abandonado ya
el tierno cuerpecito regordete,
tan negro y amarillo.
Me detuve. Tomé un momento
para despedirme.
No sabía si alguien ya lo había hecho.
De pronto sorprendió una idea:
Tal vez ha sido el vuelo
—y no así el viento—
que quiso entrar de nuevo
por no acostumbrarse todavía
a verse así tan quedo y frío,
afuera, sin sus alas.

 

Al otro lado

En alguna frontera, estarás,
como siempre.
En el margen de un río,
reinventado en pupilas:
coyotes del desierto que te observan.

Es distinto el lenguaje de su aullido,
y es el mismo el líquido en su cuerpo.

—El brazo umbilical aún te agarra—

Ya ves, no cerca, lejos,
la luz de una chiringa.
Refractado en las curvas de su ala mojada
un rayo ha atravesado el umbral
hasta tu ojo.

—Si partiera la cuerda,
sólo habría precipicio—

Querrás llegar, tocarle: papalote amarillo,
cometa luminoso, papagayo que morfa
tu hielo, tu polvillo, en la estela infinita
de un pandero valiente, volador
y pandorga.

—La luz tartamudea. El frío...
Ya no tiemblas—

Barrilete tan noble, serás en un lugar
y luego en otro.
A veces, pareciera
que la casa no existe
porque se han repartido sus luces
y sus risas. Que ello no te congoje:
tú sabes construir.

Volantín y piscucha, ya conoces la cifra
de tus pasos al vuelo.
Ha llegado el momento.

—El último asidero es la calma—

 

Homínidos

También desaparecen,
y luego se transforman en estatuas
que caen, se vuelven verdes.
Como los alienígenas de los cómics:
un día, ya no tienen efecto.
Algunos se adornan de grafiti.
Más tarde, sus huesos son interpretados
por arqueólogos que no sabrán
sus nombres. Dirán, “Algún homínido”.
Y puede que se escuche una leyenda.

...............La Tierra de John quién.
...............El átomo de qué.
...............La etapa de los peces
...............de cuál Friedrich Meckel.

Aquella llamarada habría iluminado
o quizás no. A nadie importa ya.
Habrá difuminado el universo
en sus noveles formas,
como si nunca hubieran sido.

Nuestra debilidad más grande
es siempre lo que más ansiamos.

 

La tierra era perfecta

A Ethan Fernando

Y cómo ves el mundo tú,
si yo lo veo en bloquecitos
que esparzo acá en la mesa
hasta que junto en formas
que parecen volar, no, que vuelan.
No prefiero las luces amarillas.
Las quiero de colores,
sin arreglo, colgando en la ventana,
hasta la navidad.
Me cansan los abrazos.
Y las cosquillas... depende.

¿Tú crees, Papá, que navidad
es para siempre?

Ya no necesito andar afuera.
Los planetas son suficientes
aquí adentro. Ya sé que estoy
sobre la Tierra.

Mañana vuelve el hada
de los dientes
y la espero.

 

La subjetividad de lo necesario

Había una vez, y no es así
como comienzan los poemas,
un poema.
No contaba una historia, exactamente,
y no llevaba lecciones
creciéndole en la panza.
No decía tanto o mucho, en realidad,
si lo mirabas desde cierta perspectiva
utilitaria, pero tenía una vida
y cierto fuego aquel poema.
Todo, también, de lo que no se dice.
Lo que sostiene cuando nada agarra.
Las alas que propulsan el vuelo,
y aún más alto.
Así es entonces que el Poema
habría existido alguna vez,
y todavía. Tenía que ser así
pese a la infamia, el miedo,
los derrumbes, las caídas.
El poema estuvo aquí,
y levantó otra vez las frentes.

Hizo algo bueno.

Iris Mónica Vargas
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