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Terapia para locos

jueves 4 de diciembre de 2025
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Porque a veces juzgamos
y somos nosotros los que necesitamos terapia

Esta es la historia del matrimonio de mi sobrino Manolo. Ellos llevaban dos años juntos, pero cayeron en el letargo que incurren todos los que se sumergen en la rutina. Pero eso es lo de menos, el problema fue cómo buscaron revertir la situación. Se convirtieron en personas obsesionadas con la vida de otros. Dentro de mi campo, este comportamiento forma parte de un trastorno en el que una persona se enfoca en los demás para desviar la atención de sus propios problemas. Lamentablemente, ellos nunca asistieron a mi terapia. Manolo decía que por él no había problema, pero a ella no le gustaba que extraños se metieran en su vida privada, y menos yo.

 

—Manolo, cierra la ventana que está mirando otra vez.

—Ese tipo se la pasa mirando para acá y uno tiene que cerrar las ventanas con este calorón. Tú crees que yo soy gafo, ese hombre lo que te está es buceando.

—Ay, no vengas con eso otra vez, ¿tú crees que yo tengo la culpa de cada morboso que se asoma por las ventanas del edificio?

—Siempre dices lo mismo, ¿por qué no dices la verdad?

—¿Y cuál verdad?

—Que a ustedes, las mujeres, les encanta que los hombres se las coman con los ojos.

Marilú explotó en una risa incontenible, como si escuchara un chiste.

—Bueno, Manolito, eso no te lo puedo negar, ¿cuándo has visto que una mujer se moleste por una mirada o un piropo?

—¿Una mirada? ¿Un piropo? A los tipos de este edificio parece que les da una conmoción cada vez te ven. Lo que pasa es que se controlan cuando estoy contigo. Ya me puedo imaginar la escenita cuando estás sola.

Ella se desborda en una risa que le recorre el cuerpo. Por su mente transitan imágenes de ella en una sesión de fotografías en la Star Model Internacional.

—Bueno, y qué te puedo decir, ustedes son así; tú mismo eres así. Ay, mijo, quién te viera por un huequito.

—No me desvíes el punto, tú eres la que te la pasas coqueteando con todos los zamuros del edificio.

—¿Y qué quieres que te diga?, yo no tengo la culpa de que los zamuros no puedan ver carne. Ahora, ese peloncito de enfrente tiene como cara de enfermo.

—Sí, yo sé cuál es su enfermedad. Está enfermo de tanto verte con ese camisón transparente. Pero mira cómo sigue viéndote el abusador ese, tiene hasta unos binoculares... ¡Chica, cambiante esa facha o cierra la ventana!

—Y qué pretendes, en esta casa no tenemos aire acondicionado y lo único son esas ventanas. Bájale dos, mijito, ese hombre lo que puede es estar enfermo. Fíjate, ayer leía un artículo que mencionaba una estadística de tipos con trastorno obsesivo compulsivo. Sólo aquí en Caracas hay más de un sesenta por ciento de los casos.

—Tú no sales de tus índices, de tus porcentajes. Para ti todo se reduce a un artículo de la revista esa Vaguedades.

—Se llama: Va-rie-da-des, ¿no sabes leer tampoco?

—Sí, sí, yo sé cuál es, la que dejas regada por todos lados, pero te digo algo, ese tipo es más inteligente que tú y yo. No te das cuenta de cómo maneja esos binoculares, parece todo un experto. Es como si estuviera investigándonos. Cualquiera diría que se trata de alguien que quiere secuestrar a alguno de los dos. Pero mira el desgraciado cómo nos saluda con la mano, él sabe que lo estamos observando...

—Ay, cierra las cortinas, Manolo, cómo te gusta abrumarte con la gente.

—Sí, se las voy a cerrar en la cara al bicho ese. Y con tanto calor, tener que sacrificar la ventilación de la casa por un abusador.

 

Cuando el sol del siguiente día iluminó el edificio. Manolo abrió las cortinas y no vio a nadie. Sintió como una liberación. Se fue al baño, se metió bajo la ducha helada y comenzó a cantar. Al ratico, Marilú salió del cuarto haciendo su ejercicio de estiramiento con los brazos, sacó la jarra de la cafetera, hizo café y se sentó en la mesa con una taza humeante entre sus dedos tersos y delgados. Sacó pan de una bolsa y se introducía pedacitos en la boca mientras veía la ventana del vecino.

—¡Manolito!, parece que el vecino por fin nos dejó en paz.

Él respondió con voz de Oscar D’León:

—¡Sííí, tem-pra-ni-to me di cuen-taaa.

—¡Aquí tengo cafecito y pan con queso!

—¡Ya voy, catira, que quiero quedarme un ratico más, bajo esta agua tan sabrosa!

—¡No sé cómo la aguantas, parece que la enviaran del polo norte!

—¡Así es que tiene gracia, que lo despierte a uno!

Ella tomaba sorbitos de café mirando detalladamente el mobiliario del apartamento de enfrente. Se quedó con la taza detenida a medio camino cuando apareció una mujer mirando a través de los binoculares.

—¡Manolito, no vas a creer esto...! ¡Ahora es una mujer la que está mirando para acá!

Él cerró la llave al instante y su voz fluyó nítida.

—No me digas... Bueno, ahora la cosa se pone interesante...

—¿Y se puede saber por qué?

—Tú sabes..., puede que sea otra de tus estadísticas o una pobre loca con ganas de bucearlo a uno.

Salió del baño con su bóxer y avanzó hasta la cocina. Tenía una toalla blanca colgada del cuello y la agarraba en cada extremo con las manos, como en una película de James Bond. Luego se puso a rotar las caderas como lo hacía en el gimnasio.

—Dime tú, Marilú, ¿qué crees que puede estar viendo esa mujer?, ¿el color de nuestros muebles?, ¿el diseño de la cocina?, ¿las baldosas?

—¡Pero chico, quítate de allí que te está viendo!

—Tranquila que esas fisgonas son pura bulla...

Manolo arrojó la toalla en la mesa e inició lo que él denominaba “terapia para locos”. Una especie de danza psicodélica que, según su tío el sicólogo, podía bloquear a los trastornados sexuales. Algo así como provocar la inhibición momentánea de su lado perverso.

—¡Manolo, que estás haciendo el ridículo!

—Tranquila, que esta terapia fue aprobada científicamente.

—Como siempre, terco como la mula, nunca tomas mis consejos, por eso es que das pena ajena. ¡Ay, qué ridículo, Dios mío...! Quién te viera, cómo se ve que nunca aprendiste a bailar.

La risa burlesca de Marilú se prolongó por unos segundos hasta que...

—¡Mira, hazme el favor y ciérrame el show, esa bicha lo que te está es buceando! No ves cómo gradúa el binocular, cómo se moja los labios, esa bicha es una perra...

—Ajá, ¿ves cómo se siente uno?

—Y eso pretendías desde el principio, muérgano, descobrártela.

—Lo que busco es enseñarte cómo son las cosas. Tú eres una chama de treinta y dos años y yo un tipo de cincuenta. Tienes mucho que aprender de mí.

—Sí, en estos casos me llevas todos los años del mundo, ¿verdad?

—Pero no te molestes. Mira, ya me puse la toalla, ¿ves?, ya me la puse.

Marilú se tomó un trago largo de café y lo miró como si quisiera arrojarlo por la ventana.

—Dime, ¿te gustó lucirte ante esa enferma? ¿Tú me has traicionado con alguna perra de este edificio, Manuel Ferreira?

—Bueno, mamita, yo no pensaba que te ibas a poner así, rabiosa, no sé, estás como celosa.

—¡¿Celosa yo?!, cómo se ve que no has logrado conocerme.

—Mi intención fue darle una lección a esa mujer, cómo me gustaría dársela al peloncito ese que se la pasa mirándote. Traté de aplicar la terapia que inventó mi tío, pero a la sinvergüenza le gustó el show.

—Mira, yo nunca he creído en los cuentos chinos de tu tío.

—No es cuento, es pura ciencia, mami. Una investigación seria donde desentrañó el lado vulnerable de los trastornados.

—Tú me críticas cuando te cuento los casos de la revista Variedades, pero yo tengo que calarme las tonterías de tu tío.

—No, vale, lo de la terapia para locos es verdad. Mi tío es un psicólogo reconocido que ha escrito hasta libros.

—Ya te dije que yo no le creo nada a tu tío y no vas a obligarme.

—Marilú, él es un profesional, mira, una vez le tocó atender a una ninfómana que entró en crisis en plena consulta. La tipa le saltó encima. Tenía una fuerza descomunal y lo arrojó al piso como si fuera un muñeco de plástico. Le arrancaba los botones, las hebillas y la ropa con los dientes, pero, justo en ese instante, él le aplicó la terapia y la loca se le puso mansita como una paloma.

—Por Dios, Manolo, tú sirves para ser escritor de ficción.

—Te lo juro por este puñado de cruces. La mujer había estado encerrada en un psiquiátrico por arrancarle el miembro a un tipo. De allí salió su famoso libro El caso de la loca Casandra, una crónica sobre la historia de esa pobre mujer y la experiencia que mi tío vivió con ella. El libro no dura en las estanterías y le ha venido ganando terreno al de Sangre en el diván, escrito por la acreditada periodista Ibéyise Pacheco.

—Sea de quien sea esa historia, da náusea. Yo nunca la leería y compararla con la magnífica investigación de Ibéyise, me parece una exageración... Mira, Manolo, por fin se quitó de la ventana la morbosa esa. Parece que va a abrirle la puerta a alguien...

—Sí, el que faltaba, el pelón.

—Le trae comida china, guau, mira la bolsa: Salón Cantón, mira las copas, la champaña, mmm... ¿desde cuándo no me haces algo así?

—Desde que nos congelaron el salario.

—Mira cómo cenan... ¡qué lindo!, viste, hasta la gente rara tiene momentos románticos.

—Bueno, tú ya me conoces, catira, y sabes que no soy bueno para la cursilería y menos sin plata.

—Pero es que ni siquiera haces el esfuerzo, chico, ¡ahh, qué preciosa escena!, cómo le besa las manos, y el candelero hace un ambiente tan formidable. Mira, el peloncito se le queda mirando, profundamente, como si la amara de toda la vida.

—Si sigues así, se me van a aguar los ojos, Marilú. Voy a llorar...

—Puedes burlarte, pero tienes que aprender de ellos, digo, si quieres renovar lo que tuvimos alguna vez. Pásame los binoculares, porfa.

—¿Yo?, ¿aprender de un par de sádicos?, estás loca, toma...

—Entonces prefiero enamorarme de uno. Uno que me mueva el piso y no sea tan calvo.

—¿Te estás escuchando?, hablas como otra desquiciada.

Marilú sonreía mientras graduaba el aumento de los binoculares. Él masticaba sin hambre su pan con queso. Le costaba tragarlo mientras escuchaba el eterno parloteo de Marilú.

—Míralos, cómo se ve que se quieren... Él le besa las manos, tiernamente, y luego se levantan. Creo que ya comieron. Tan caballeroso el calvito, le retira la silla, ¡ahh, qué tipazo!, si tú me trataras así, como si estuviéramos dentro de una novela de Jane Austen, colocaría una foto tuya en mi estado de wasap todos los días.

Manolo la miró desde la mesa con unos ojos de perro rabioso. Bebía su café y masticaba el pan de mala gana.

—A quién se le ocurre abrir una botella de champán a las ocho y media de la mañana.

—Creo que a un hombre verdaderamente enamorado —dijo ella, imbuida de un halo de fascinación.

—A un alcohólico, querrás decir. El compadre era así, para él no existía el agua, pura caña clara por ese buche. Y míralo cómo quedó, sin lo más elemental para un hombre, su virilidad.

En eso soltó la taza sobre la mesa y unas gotas profanaron el blanco impoluto del mantel. Se levantó y caminó hacia donde se encontraba ella, mirando impasible con los binoculares.

—Ya basta, chica, dame acá esos aparatos.

—¿Y ahora qué es lo que te pasa, Manolo?, estamos divirtiéndonos y vienes a fastidiarlo todo. Razón tenía mi hermana Yamileth, desde que me casé contigo esta casa parece un cuartel.

—Llámame aguafiestas, fastidioso y todo lo que tú que quieras, pero el pelón ese nos está señalando. No te das cuenta, parece que ya no les gusta que los estemos viendo.

Marilú cerró las ventanas de golpe y volvieron a sentarse en la mesa. Él le recriminaba su desfachatez. Su talante de reportera de la vida ajena. Ella, con las manos hechas nervios, trataba de llevarse el café a la boca. Pero luego se le quedó mirando.

—Manolo, tú no tienes moral para regañarme. Tú eres el dueño de esos binoculares, el que se la pasaba mirando por las ventanas desde que nos mudamos.

En eso sonó el timbre. Los ojos de Manolo y Marilú colisionaron en una pavorosa incertidumbre. Él la colocó rápido detrás de su espalda como protegiéndola e introdujo la llave girando varias veces los engranajes de la Multilock. Cuando empujó la puerta evidenció la cabeza calva del vecino y su grotesco rostro minado de protuberancias. Algo le dijo que lo había visto en alguna parte y no sólo desde la ventana. Pero fue el golpe que le dio en la cara el que lo situó cinco meses atrás en un comercio de la zona, cuando el tipo lo pillara gritándole desde un carro a su mujer un ardoroso piropo.

—¡Te dije que me la iba a cobrar, desgraciado!

Axel Blanco Castillo
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