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Las noches de Muriel

lunes 19 de enero de 2026
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I
Las noches de Muriel

Las noches de Muriel, noches de bosque,
de parques, de silencios y tristezas...
Y, en esas noches suyas silenciosas,
la nieve cae despacio, si es febrero
—las nieves llegan siempre por febrero.
Y rompen los granizos, de mañana,
su orgullo en la dureza del asfalto,
violentos pero alegres, con embrujo.

Muriel sabe de lluvias cuando hay lluvias,
de gotas que, llenando los cristales,
lamentan las tristezas del otoño.
Muriel camina siempre entre los charcos,
pasea entre los charcos donde hay charcos,
comprende su tristeza en los caminos.
Y siente cada noche, cuando es noche,
soñando la alborada más tardía...

Y llega la alborada más tardía,
soñando en el abrazo de la helada;
sintiendo, en el abrazo de la helada,
la muerte del jazmín, la de esa rosa
que tiembla blanquecina en el otoño
—septiembre, de repente, queda lejos.
Y, siempre con el alba que bosteza,
huyendo madrugar, esa mañana.

Diréis que viene lenta y sin apuro.
Lo saben en los pueblos los tenderos,
los mozos, los viajantes, las palomas
que vuelan en la torre de la iglesia.
Y viene, desafiante, hasta la torre,
risueño, el viento malo, antagonista,
canalla entre groseras carcajadas.
El alba corre montes, sierras, llanos...

Y, tras la noche triste y a la espera
del beso del ocaso más aciago
—no falta la tristeza a los crepúsculos—,
el beso de la escarcha que regresa.
Muriel escucha al bosque, a los hayedos,
que saben comentarle sus penurias.
Las noches de Muriel, noches de bosque,
de parques, de silencios y tristezas...

 

II
El azote de los vientos

Muriel sintió el azote de los vientos,
sabiendo que era grave aquel azote,
la seria bofetada recibida
por un paisaje triste en el otoño.
Son cosas que suceden en otoño.

Muriel sintió el azote y el otoño
le habló del viento vil, de su maltrato,
de todos los maltratos de los vientos,
de todos los otoños maltratados.
Son cosas que suceden en otoño.

Muriel sintió el azote, y, cuando
el viento reía a carcajadas en el aire,
temió a la brisa fresca del otoño,
sabiéndola la cómplice, en su reino.
Son cosas que suceden en otoño.

Y, viendo que el otoño, como otoño,
sabiéndose el otoño de la zona,
por no ceder los feudos del otoño,
mostraba su coraje, lo apoyaba.
Son cosas que suceden en otoño.

Y oyó Muriel el grito desgarrado
de todos los jardines del otoño,
sus voces, sus letargos, sus lamentos,
pues eran, a las puertas del invierno,
las cosas que suceden en otoño.

Las cosas que suceden en otoño:
los árboles heridos y las tardes
que ven un sol temprano en retirada,
que baja a las montañas de la altura,
temiendo al viento vil de cada cumbre.

Y todas esas cumbres lo repiten.
Muriel escucha el canto de las cumbres,
cubiertas por las nieves prematuras.
Muriel lo sabe bien cuando las mira,
pues siente la tristeza del paisaje.

De pronto, se engalana la tristeza.

 

III
La escarcha no es amiga

La escarcha no es amiga.
Muriel lo sintió entonces,
mirando aquel camino.
Muriel sintió el paisaje y el paisaje
le supo confesar su pesadumbre:
moría del paisaje la belleza,
moría del paisaje la hermosura,
moría del paisaje
—de aquel paisaje suyo—
la dicha de los verdes y los ocres.

Sintió que el colorido
del parque y de los bosques
le hablaban del ocaso.
Faltaba poco ya para el ocaso:
—Qué cerca ese crepúsculo —se dijo,
mirando la hermosura del paisaje:
los ocres, los rojizos, los dorados,
los oros, las antorchas
del brillo del crepúsculo
y el fuego de un sol débil que se fuga.

La escarcha no era buena.
Hermana del invierno,
de toda su tristeza,
sintió su aliento entonces, y diciembre,
con su sonrisa extraña, pero helada,
le vino enamorado en la caricia
del viento que lo hería cada tarde.
Por eso temió al viento,
fijándose en la rosa
callada de un jardín en su palacio.

La escarcha no es amiga.
Muriel lo sintió entonces,
mirando aquel camino.
Muriel sintió el paisaje y el paisaje
le supo confesar su pesadumbre:
moría del paisaje la belleza,
moría del paisaje la hermosura,
moría del paisaje
—de aquel paisaje suyo—
la dicha de los verdes y los ocres.

Sintió que el colorido
del parque y de los bosques
le hablaban del ocaso.
Faltaba poco ya para el ocaso:
—Qué cerca ese crepúsculo —se dijo,
mirando la hermosura del paisaje:
los ocres, los rojizos, los dorados,
los oros, las antorchas
del brillo del crepúsculo
y el fuego de un sol débil que se fuga.

 

IV
Muriel y la belleza de la rosa

La rosa moribunda
le hablaba del Barroco,
del sueño del otoño
llegado a los jardines
callados del palacio y de las fuentes.
La voz de la hojarasca malherida
y el timbre de la brisa impenitente
que canta sus tristezas y salmodias
le hablaron de esa rosa
—Muriel sintió el dolor de aquella rosa—:

la rosa y la blancura,
su brillo y su blancura,
su llama y la blancura
que llora deshojada,
que muere humedecida entre las gotas
que beben los cristales del rocío.
La rosa y la belleza de la rosa,
los pétalos heridos de una rosa
que halló, cuando a la tarde,
Muriel se regalaba a su paseo.

La rosa, sí, la rosa,
la rosa malherida,
la rosa despojada,
la rosa de otras veces,
distinta de otras veces, porque, entonces,
la muerte la acosaba con sus filos,
con toda la maldad de su dureza.
Pensó Muriel la suerte desdichada
de aquella rosa dulce,
llorando su destino en el otoño.

La rosa moribunda
le hablaba del Barroco,
del sueño del otoño
llegado a los jardines
callados del palacio y de las fuentes.
La voz de la hojarasca malherida
y el timbre de la brisa impenitente
que canta sus tristezas y salmodias
le hablaron de esa rosa
—Muriel sintió el dolor de aquella rosa—:

la rosa y la blancura,
su brillo y su blancura,
su llama y la blancura
que llora deshojada,
que muere humedecida entre las gotas
que beben los cristales del rocío.
La rosa y la belleza de la rosa,
los pétalos heridos de una rosa
que halló, cuando a la tarde,
Muriel se regalaba a su paseo.

 

V
Y un verso, del crepúsculo a la puerta

Y un verso, del crepúsculo a la puerta,
miró a Muriel, que, huyendo de la tarde,
corriendo de los brillos de la tarde,
temiendo los colores de la tarde,
no quiso que aquel viento la rozara.

Y un llanto, del crepúsculo a la puerta,
miró a Muriel, que, yendo temerosa,
buscando su camino, temerosa;
queriendo guarecerse, temerosa;
no quiso que aquel viento la rozara.

Y un eco, del crepúsculo a la puerta,
miró a Muriel, que, triste, acobardada,
luchando por no verse acobardada,
sufriendo por no verse acobardada,
huyó del viento aquel y de su soplo.

Y huyendo de aquel viento, de su soplo,
Muriel, ya del crepúsculo a la puerta,
dejada a los pasillos de la noche
—la tarde fue quedándose en la noche—,
no quiso que aquel viento la rozara.

Dejada a unos minutos de la noche,
perdida en los rincones de la noche,
soñando los rincones de la noche,
los oros, los colores de otra aurora,
no quiso que aquel viento la rozara.

Y todo se hizo hechizo sobre el claro:
la luz halló a Muriel, porque la luna
llegaba hasta Muriel, porque la luna,
sensible oyó su voz, ya que la luna
jamás dejó a Muriel en abandono.

Y todo se hizo sueño de los bosques:
Muriel y los crepúsculos, sus tonos,
la brisa, el viento vil, la voz, la noche,
los ecos y los versos de la noche,
las vagas esperanzas de otra aurora.

Y vio Muriel nacer otra alborada.

José Ramón Muñiz Álvarez
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