Recuerdo que la controversia sobre el sentido de la vida y el destino del hombre al morir fue tema persistente de sobremesa o que se trataba en la sala de mi casa después de la cena cuando, ya relajados, pensábamos en ello.
El razonamiento y la arenga de mi esposo siempre iban dirigidos a que la muerte es el término de la vida, el momento en que el alma se separa del cuerpo, y afirmaba que eternamente ha persistido la duda sobre a dónde van las ánimas cuando los cuerpos mueren. Existe una teoría —me explicaba—, no demostrada aún, sobre que los espíritus —o las almas— viven en otra dimensión diferente a la nuestra, pues no desaparecen después de la muerte física y se puede acceder a ellos sólo a través de estados alterados de conciencia. Esta idea, vinculada a la cuarta dimensión, sostiene que existe —o podría existir— un reino espiritual paralelo en el que las leyes de la física y la realidad son diferentes a las que conocemos.
Añadía que los seres de la cuarta dimensión podrían interactuar con los humanos, manifestándose como fantasmas o fenómenos inexplicables. Estas apariciones —me decía—, y otros fenómenos paranormales, suelen ser interpretados como manifestaciones de espíritus provenientes de otra dimensión.
También se ha especulado, afirmaba, que seres en estados como la meditación profunda, la muerte clínica o experiencias cercanas a la muerte como accidentes, enfermedades y otras, podrían atravesar una transición temporal o parcial a otras dimensiones —como la cuarta— donde se encontrarían con seres espirituales.
La teoría sobre esta dimensión espiritual, argüía, está íntimamente relacionada con fenómenos que la ciencia convencional no puede explicar fácilmente, como la telepatía, la clarividencia y las experiencias extracorporales.
Él siempre me lo dijo como una verdad irrefutable, pero yo, por el contrario, estaba convencida de la vida eterna que promete la Iglesia. Era este un tema recurrente en nuestras conversaciones y totalmente irresoluto.
Sin embargo, le hablaba sobre la vida eterna que, según la Biblia, es la existencia continuada, que no tiene fin, y se obtiene a través de Jesucristo y la fe en él. Esta subsistencia, le decía, no consiste sólo en vivir para siempre en el tiempo, sino hacerlo con una calidad divina y eterna. Pero, como he dicho, su opinión era contraria a la mía y, por lo que veo en esta sobrevida espiritual en que me encuentro, tenía razón, aunque, lo confieso, aún conservo la esperanza de que desde aquí nuestros espíritus continúen su tránsito hacia la vida eterna.
Cuando sucedió la transición, de repente no pude hablar y, para moverme, debía recurrir a mi propio espíritu, que sí se desplazaba, mas mi cuerpo permanecía inerte. No sé, la verdad, qué ocurrió, pero todo me sobrevino de un momento a otro. Por mi mente pasaban muchas escenas entre mi esposo y yo, relacionadas con nuestra vida en común, que duró más de medio siglo, pero me sentía abatida y sin comprender el fondo del suceso que acabó con mi vida. Al principio estuve en la casa, rodeada de familia, vecinas y amigas que no sé si llegaban a consolarme o a ver cómo termina uno si no se cuida. No, eso no es cierto. Creo que todos tenemos el destino marcado y, si sucedió lo que sucedió, es porque así tenía que ser.
Al principio vi luces y luego percibí cómo se apagaron. No entendía realmente lo que estaba ocurriendo, pero toda mi vida comenzó a pasar por mi mente con rapidez inaudita: niñez, adolescencia, juventud, edad madura... Después ya no sentí nada. Mi mente se llenó de tinieblas y sólo percibía el movimiento de la familia, enfermeras, amigas, y sentía dentro de mí el chorro de medicinas que aliviaban mi mal por momentos, para luego volver al sufrimiento que me aquejaba.
No podía controlar mis esfínteres y orinaba y defecaba por doquier. Muy dentro de mí sentía la vergüenza de este comportamiento, pero no me era posible evitarlo. Luego recuerdo la sirena de la ambulancia, el ajetreo del traslado, los médicos, las enfermeras, mi ingreso al hospital. En seguida vinieron las medicinas, los catéteres, los exámenes y todos esos procedimientos usuales en una persona que está por trasponer la existencia terrena.
Dentro de mí sentía que pronto estaría en la vida eterna, rodeada de paisajes espectaculares, amor y bondad desbordantes. Jamás imaginé que él tenía razón al suponer que el alma se va, huye del cuerpo terreno al momento de la defunción, y vive en otra dimensión espiritual en la que, ahora, puedo ver el desempeño de mi familia, amistades y toda la gente con que me rodeé en mis años terrenos.
Cuando me tocó el turno, es decir, el desprendimiento de la vida terrena, sentí dentro de mí un ahogo indescriptible y todos mis seres queridos desfilaron dándome ánimos, señales de amor y comprensión. Sin embargo, el momento fue muy duro cuando, rodeada de médicos y enfermeras, escuché que había fallecido. Luego llegó mi familia a verme y tratar con los médicos, y me sacaron del hospital con un fondo de sirenas indescriptible, aún mejor que el que escuché cuando me ingresaron.
El viaje fue corto. Cuando menos sentí, estaba en la funeraria dentro de un ataúd de lujo, en el que me presentaron a todos los familiares que quisieron verme para darle el adiós al cuerpo que me acompañó toda la vida, porque mi espíritu aún pervive y es el que narra estos recuerdos.
Mientras dormía en el ataúd, me vieron consternados mi esposo, mis hijos, mis nietos, mis familiares. Ya en la sala de la despedida final, vi de todo: gente llorando, contando chistes, bebiendo y comiendo los poco recomendables alimentos que en esos sitios proporcionan.
Fue increíble mirar a toda mi familia materna haciéndome compañía, aun aquellos que tenían tiempo de no verme o los otros a quienes nunca caí bien. La familia de mi esposo, los amigos, conocidos, vecinos, en fin, prácticamente todos los que me conocieron, estaban ahí para la despedida final, unos con el sentimiento de pérdida que este trance ocasiona, otros con curiosidad y los más por el qué dirán de la sociedad.
Decidieron incinerarme y aplaudo esa determinación. No me hubiera gustado que mi cuerpo estuviera bajo tierra hasta la putrefacción total, devorado por gusanos. Esto de la cremación es nuevo en el país, más limpio y, sobre todo, más barato o menos caro que un entierro normal. Aunque antes no era partidaria de calcinar mi cuerpo, ahora comprendo que fue la mejor decisión.
El viaje de la funeraria al crematorio fue rápido. La gente permite que un carro funerario llegue pronto al incinerador, tal vez porque al cremar un cuerpo se evita la contaminación del ambiente. Al menos eso piensan los que por instinto huyen de los cadáveres. Además, eso de que le hagan a uno un servicio religioso en el cementerio y ver que después bajen la caja mortuoria a las entrañas de la tierra, es terrible, sorprendente y debiera ser prohibido. Sobre todo, cuando entre los deudos hay niños o personas muy sensibles ante estos acontecimientos.
Recuerdo la entrada al horno. Ahí pude mitigar el frío que tenía en la sala de la funeraria. Sentí un calorcito delicioso, como el que se percibe cuando uno está en la playa bajo una palmera, pues ese es un lugar en el que, pese a no recibir el sol directamente, se experimenta un calor increíblemente bueno, que acaricia el cuerpo. La verdad, sentí un alivio cuando entre las llamas mi cuerpo se fue liberando, poco a poco, de las inmundicias del mundo terrenal al que nos envió Dios a lavar nuestras penas, o donde nacimos quién sabe cómo, para trabajar en busca de satisfactores que en esos momentos se olvidan.
Ahora, después de tanto tiempo, quiero reconocer ante mi esposo e hijos que nuestro espíritu, a la hora de fallecer el cuerpo, va a una dimensión desconocida a la que algunos llaman “cuarta”. Sin embargo, debo sucumbir ante la paradoja evidente que surge de este lugar en que me encuentro, en el que, aunque logro ver y oír lo que sucede con los vivos, ellos no me pueden contemplar y mis palabras no se escuchan.
No sé si desde aquí, algún día sola o en compañía de la gente que espero, debamos emprender el viaje hacia la vida eterna que los representantes de la Iglesia terrena, a través de la Biblia, siempre me ofrecieron, si se dará el proceso de reencarnación en el que creen los miembros de algunas religiones, o este es en realidad el final de la existencia.
De todas maneras, con la paciencia que no tuve en la tierra, espero a mi esposo, mis hijos, mis nietos y todos los seres queridos que algún día han de emprender el viaje de transición, para que nos reencontremos y así podamos, en este paraíso espiritual, discutir sobre los azares de la vida y, finalmente, comprender a plenitud el sentido de la existencia de los humanos sobre la tierra.
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