Había pasado tantas veces por esa sucia y oscura habitación que hacía de almacén. Había entrado una o dos veces en los casi cuarenta años que llevo en el trabajo. Conozco este pequeño edificio más que mi propio hogar, aunque a veces no sé cuál es cuál, y cómo en mi casa hay un cuarto al que no entro, como este. Estaba aprovechando estos días para captar lo máximo que pudiera, esos últimos atisbos de esos olores tan característicos que emanaban de las cansadas vigas de madera. La oficina de correos de la isla tenía más de ciento veinte años; incontables historias cruzaron caminos por acá, la mudanza me tenía melancólico, y eso enterneció a mis compañeros. Creo que por eso me dieron la tarea de limpiar el cuartito de las cartas perdidas.
La mayoría eran servicios impagos, avisos, viejas notificaciones gubernamentales, de cuando todo eso pasaba por acá. Hasta que detrás de una caja vi un grupo de cartas que no se parecían a las otras. Estaban atadas por un grueso hilo sisal, ya gastado y esperando cortarse. Las tomé suavemente, como si fuesen algo frágil que tenía que cuidar; les soplé un poco del polvillo acumulado, pequeñas motas de tiempo que fueron asentándose con los años. Las estampillas eran extranjeras, las letras del sobre hablaban un idioma que no es el mío. Vi la fecha y me di cuenta de qué eran. Eran de la guerra, de esa que se quedó con mi alma. Eran cartas enemigas. Me quedé unos segundos inmóvil; me invadió un frío que me atravesó por completo. Desaté el hilo medio sin saber por qué, cual autómata, tomé una de las cartas y la abrí. Sabía que no iba a entender mucho, pero algunas palabras sueltas era capaz de comprender. Vi las primeras dos líneas y aparté la vista, como si hubiese leído algo atroz, que para mí lo era. Volví a guardar la carta y puse el paquete en el bolsillo de mi viejo y descontinuado overol azul del correo.
Me reuní con mis compañeros. Percibieron mi semblante pétreo y me preguntaron si estaba bien, por lo que yo sólo atiné a asentir. Ya estaban recogiendo todo, se acercaba la hora de fichar, y yo no podía hacer otra cosa que pensar en esas dos líneas, esas terribles líneas: querido hijo.
Habían pasado dos semanas desde que encontré las cartas. Las había dejado sobre la pequeña mesa que tengo en la entrada, junto con las llaves y esa foto de mi hijo que siempre me recibía sonriente. Ellas me miraban pacientes cada vez que salía o entraba. Estas últimas semanas habían sido demoledoras; la mudanza en el trabajo había hecho efecto sobre este viejo cartero, pero ahora tenía dos semanas de vacaciones frente a mí y sabía bien que ya no tenía ninguna de esas excusas mentirosas que me inventaba para no leer aquellas cartas. Las fui a buscar y me las traje a la mesa del living, con la computadora y el traductor preparados. Me puse los lentes y tomé cuidadosamente aquella primera carta que ya había abierto. Siempre me gustaba oler ese aroma que el tiempo le hace al papel, y aquella carta tenía uno particular. Procedí a leerla como ese que se encara con los molinos de viento.
Querido hijo:
Acá mamá. ¿Cómo estás, hermoso? Leí en el diario que ya empezaba a hacer frío por allá, ¿estás usando las medias que te tejió la abuela? Acá estamos todos bien, extrañándote mucho. El otro día encontré a tu hermano tratando de robarte alguna de tus camisetas de fútbol; quedate tranquilo que no lo dejé. Papá está trabajando mucho y yo paso mucho tiempo en tu habitación mirando tus cosas; no sabés lo que te extraño, hijo de mi corazón. Te pido por favor que te cuides. El abuelo te manda su radio chiquita, así podés escuchar los partidos de River. Ahora los miro todos pensando que una de esas estamos los dos escuchando lo mismo, y me cuesta no llorar, ya me conocés. Bueno, no la quiero hacer larga, así que te dejo, mi amor.
Te amo con toda mi alma, siempre.
Mamá.
Apoyé los lentes sobre la mesa, agotado. Esa corta carta me había drenado casi por completo; pareciera haber estado el día entero leyendo. No pude evitar pensar en que le gustaba el fútbol, como a él, mi hijo.
Seguí leyendo hasta que me encontré con una que empezaba a cambiar el tono.
Querido hijo:
¿Cómo la estás llevando, hermoso? No estamos recibiendo tus cartitas, pero no te preocupés; nos dicen del correo que tardan un poquito. Acá sigue todo igual. Fue el cumple de la abuela e hicimos un asadito; tu padre como siempre lo sacó seco y pasado, no como los tuyos. Todos te mandan muchos besos.
No estamos recibiendo muchas noticias de allá. Por favor cuidate, y cuando puedas escribime; te extrañamos con todo el corazón.
Te amo con toda mi alma, siempre.
Mamá.
Seguí leyendo un par de cartas por día; era lo que mi cuerpo permitía. Era muy difícil poner en palabras lo que me producía leer las cotidianidades de esa madre tratando de sostener el corazón de su hijo en casa. Cualquiera que las hubiese leído sin contexto no se imaginaría que el hijo estaba en la guerra. Fui conociendo a ese jovencito carta a carta. Le escribía lunes y jueves sin excepción durante tres meses. Empecé a conocer a su familia, que se sentía calurosamente semejante a la nuestra: cómo eran sus reuniones, sus interacciones, sus problemas. Aunque ella trataba de escribir sólo buenas noticias, se vislumbraba detrás de esas aparentes nimiedades una madre destrozada luchando por acompañar en la batalla a su hijo; que si hubiese podido, no tengo dudas de que estaría junto a él. A medida que pasaba el tiempo ella imaginaba que esas cartas no estaban llegando, ya que no había respuesta, aunque nunca se rendía y tenía la esperanza de que simplemente las respuestas estuviesen trabadas en algún correo extranjero. Después de todo, el correo estaba en manos de civiles enemigos.
Veía a través de los ojos de esa madre a un chico bueno, sencillamente bueno. Ayudaba cuando podía en el taller mecánico de su padre mientras trataba de estudiar; se esforzaba para que sus padres estuviesen orgullosos. Se notaba que ellos le habían dado todo cuanto habían podido; no estaban holgados precisamente, lo que hacía su devoción por él y sus hermanos aún más valiosa. Cada carta que pasaba iba denotando una madre contenida que no quería transmitirle su desolada preocupación a ese hijo, aunque cada vez le resultaba más difícil, cada vez más aterrada.
Querido hijo:
Hola, hermoso de mamá. Le pido a Dios todos los días que te estén llegando estas cartas; las tuyas no nos llegan, pero no te preocupés. Espero que sepas que mamá está ahí juntito con vos en la trinchera. Escuchamos en la tele que ya hay combates. Yo sé que es egoísta, pero te pido por favor que pienses alguna manera de que te manden de vuelta. Te necesitamos con nosotros, te necesito. Pensá en nosotros, te lo pido por favor. Ya cumpliste con tu deber; ahora, por favor, cuidate y volvé. Nosotros te vamos a ayudar con lo que sea, no te preocupés. Sólo volvé.
No me entra en el pecho la cantidad de amor que siento por vos, hijito.
Mamá.
Estuve esas semanas con el corazón estrujado dentro del pecho. No podía evitar ver en ese chico a mi propio hijo; tenían tanto en común que pensar en que es probable que se hayan querido matar mutuamente, dos niños sin razón alguna para pelear. ¿Y si fue él quien mató a mi chiquito? Esa noche entré por primera vez en años a ese cuarto prohibido, su cuarto. Me dormí llorando y abrazado a su camiseta preferida, como habrá hecho esa madre incontables noches. Una de esas cartas me rompió. Vi a esa madre sin careta, totalmente vencida.
Querido hijo:
Mi angelito amado, perdoná que te escriba así, pero estoy destrozada. Ya no sé a quién más acudir. Fui a todos lados y les pregunté a todos; no tengo novedades hace mucho de vos. No saben nada de tu unidad; la última vez que me dijeron algo habían entrado en combate. Por favor, Diosito, cuidámelo y devolvémelo a casa.
Sos mi vida entera. Te amo siempre.
Mamá.
Esa desesperación tan cruda, propia de alguien que está viendo cómo le arrebatan lo más preciado, me hizo verme espejado en ese sentimiento. Todavía me acuerdo como si fuera hoy cuando irrumpí a los gritos en el cuartel de comunicaciones preguntando por mi hijo sin esperar ninguna respuesta. Sólo necesitaba gritar, pelear, algo, lo que sea; sentir que estaba haciendo algo por él.
Esa mañana me había dejado la última carta. Esta se sentía más larga que las demás, y había un espacio de tres meses desde la anterior; algo que me pareció raro. ¿Se habrán perdido las demás? Una sensación rara me invadió, quizás porque sabía que era la última vez que iba a escuchar de ese niño. La abrí.
Querido hijito:
Ya casi van a hacer tres meses de tu desaparición. Ayer me comunicó el ejército que ya no te buscan más, que te declararon muerto en combate. No sé con qué fuerza estoy escribiendo esto, hijo. Se me cayó el mundo, mi amor; vos eras mi mundo. Y sé que es imposible, pero te escribo porque sin ver tu cuerpo no puedo creerte muerto del todo. Quiero que sepas que hasta que me muera no voy a dejar de buscarte para traerte a casa con tu familia.
Tengo el momento en que te alcé por primera vez grabado en el corazón y la retina. No quiero vivir en un mundo en el que no estés conmigo, hijo del alma, pero lo voy a tener que hacer, por tus hermanos y por vos. A partir de hoy te empiezo a buscar; no voy a parar, nunca. Aun así, sin una parte del alma: se fue con vos y no va a volver. No te la llevaste; esa parte sos vos.
Te voy a amar para siempre como el primer día que vi esos ojitos mirarme.
Hasta que nos volvamos a ver, hijo.
Mamá.
No sé cuánto tiempo pasé llorando. Ya no me quedaba nada por dar; me encontré vacío con esa carta en la mano. No pude evitar sentir el dolor de esa madre como mío, ese que había sentido y siento pero que había tratado de olvidar. Me sentí hermanado con esa madre de una manera que creo muy difícil que alguien que no haya pasado por lo mismo entienda. La abracé con el alma y ella me abrazó a mí; nos sostuvimos el corazón en nuestras manos por un instante.
Hay algo en la pérdida de una parte de uno que hace que te conviertas en otra persona, una que murió también y nunca va a volver. Pasé a renacer en otra, una que no parece ostentar vida alguna, una cáscara de algo que fue.
Tomé la pequeña silla que llevo siempre cuando lo voy a visitar y salí. Me quedé en el auto unos minutos mirando las cartas que tenía en las manos sin saber bien la razón.
—Hola, hijo —le dije—. Feliz cumpleaños. Te traje tu torta, coca cola y un regalo que creo que te va a gustar.
Abrí la sillita, me senté a su lado y saqué dos vasos y dos pequeños platos donde nos serví la torta y la gaseosa. Después saqué la pequeña radio que llevaba siempre y puse el partido. Le conté las últimas novedades del mercado de pases y demás.
—A ver cuánta mala sangre nos hacen agarrar hoy, hijo.
Terminó el partido, un aburrido uno a uno que, dada nuestra situación actual, se agradecía.
—Bueno, dentro de todo no está tan mal. Ahora te voy a dar tu regalo.
Tomé las cartas en mis manos mientras pensaba en la suerte que había tenido de poder enterrar a mi hijo, de verlo una vez más antes de que ese cascarón donde había habitado ese maravilloso ser humano entrara en su lugar de descanso final.
—Tomá, hijo. Te traje a alguien que quiero que conozcas. Se llama Juan, y creo que van a ser grandes amigos. Los dejo para que charlen.
Metí las cartas en una bolsa bien cerrada y las apoyé sobre la tumba de mi niño. Me levanté, cerré la sillita y le hablé a esa madre.
—Tranquila, madre. Ahora tiene a alguien para hablar de fútbol de verdad.


