Pasan los años y cada vez me vuelvo más nostálgica. Me aferro a los buenos momentos del pasado. Y entre esos agradables recuerdos se encuentran los de mi infancia, instantes en los que prevalecen las tardes soleadas y el sabor de la tranquilidad.
En aquellos años, no llovía tanto y la mayor preocupación para mí eran los viajes vacacionales a las peores playas del país. En cualquier caso, era feliz y me fascinaban, como hoy, las fiestas de diciembre.
Me acuerdo, especialmente, de los días en que mi madre me llevaba a las librerías. También íbamos al cine, aunque lo detestaba, y comprábamos animales de felpa. Más adelante, me obsequiarían una gata, la mejor amiga de un escritor.
En esa época, dibujaba más de lo que escribía. No sabía que lo segundo se convertiría en una aptitud. También ignoraba el significado de sensibilidad, aunque incluso en la actualidad se ve como una debilidad y no como una virtud.
Yo era una niña con una gran imaginación y me parece que eso es algo que nunca se pierde. La sensibilidad tampoco, cualidad imprescindible para un verdadero artista.
La vida tiene sus luces y sombras. No todo es perfecto. En mi infancia también tuve disgustos, pero me quedo con lo bueno. Siempre. Eso me hace una persona nostálgica por excelencia. Creo que es una forma de ser más que una “tendencia”, al menos, en mi caso.
En el presente, mientras escribo esto en el jardín de rosas, pienso que la sensibilidad como virtud se está perdiendo. De cualquier modo, seguiré recordando esos momentos de mi vida en los que prevalecen las tardes soleadas, la imaginación y el sabor de la paz.
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