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Poemas de María Gabriela Abeal

lunes 4 de mayo de 2026
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1

Los lunes pueden ser mortales,
y si llueve se te impregna, se te adhiere la humedad a los ojos.
Puede que te sientas con los hombros caídos
como las hojas de las plantas después de horas y centímetros cúbicos de agua.
Pero nada se pierde, se marchita, o se guarda en un cajón para jamás ser encontrado.
El tiempo no sabemos si cura o maldice,
si te hace sabio o sólo pliegues ambulantes
sellados con marcas de recuerdos
que a lo mejor cuentan buenas historias, o sólo son fragmentos de fracasos.
Esto lo dispara la música, esa alerta meteorológica que anuncia vientos, granizo,
que no salgas a la calle...
como si se pudiera evitar salir.
El mundo te exige, aunque haya alerta roja o naranja.
Mientras, los que van en auto protegidos parecen Fórmula 1, y el que va a pie... lento,
evitando baldosas flojas, techos con caída empinada,
y pocos “te cedo el paso”.
Vamos inmersos en tareas, mensajes, tiempos urgentes,
y ni una mirada amable. Ni un “buen día” de aliento.
Algo que nos sacuda la espalda, el corazón estrujado
o el alma que pide a gritos
un lunes de lluvia torrencial,
pero con calidez humana.

 

2

Muero como la tarde,
como las plantas sin riego,
como el roce sin contacto
por el destierro en tu cuerpo.
Porque no hay nada tangible
que me devuelva el lucero.
Porque las noches son largas
por tu infinito silencio.
Muero como los trapos
que languidecen por viejos.
Como las casas vacías
que se derrumban por dentro.
Muero por la nostalgia
de olvidar los recuerdos.
De ya no verme a los ojos
porque no existe el reflejo.

 

3

La vida, como el universo, también cuenta con varios agujeros negros; al entrar, perdemos la memoria o descarrilamos y, otra vez, el extravío se vuelve parte de días sin tiempo.

Las pupilas, más de una vez, son supernovas que pierden el brillo ante el dolor de un recuerdo.

Ay, y las estrellas fugaces. Esas piedras que nos quitamos cada tanto del pecho, que arrojamos al pasado, explotando los puentes que, sin querer, nos llevarían al lugar del no regreso.

Hay cielo nublado.

Con luna, con agua, con brisa, con truenos.

Como boca enajenada que pierde la cordura y deja salir vocales que pelan los cables de cualquier verbo.

Y qué decir del órgano más amplio de la geografía de mi cuerpo, los pliegues que todo lo saben, que se irritan, que se ponen en punta como estalactitas, que se ampollan cuando tu sol me impacta de lleno.

Pero mi mundo gira como una montaña rusa que dibuja el infinito... las tantas ruedas de la vida, que, en mi lote de esperanza, siempre terminan en beso.

 

4

Amar en tiempos de caos
el aroma del encuentro
la melodía del mate
y el hambre que causa un beso.
Arrimarse a la nostalgia
sin perderse en el silencio.
Amar la tierra y el aire
la oscuridad con su miedo.
Las horas despliegan alas
y el lápiz regula el tiempo.
Amar en tiempos de caos
con el verbo como fuego.

María Gabriela Abeal
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