Soy originaria de Zinal, un pueblo no muy conocido, ni siquiera hay fotos en el internet. Cuando era niña iba hasta la orilla del río a comer sandías y duraznos. A la capital llegué en 2023, 2024, la secundaria sin terminar. Me cuesta acordarme de las fechas, me caí de una azotea a los diez años, me cosieron la cabeza, todavía conservo las marcas. Antes vino mi hermana Cynthia que trabaja en Bangkok, un cabaré de malandrines. Dos por tres hay líos, peleas, tiroteos. A los dieciocho empecé ahí. Duré poco, ni una semana. Me mudé a Madonna, cerca del puerto. Ahora tengo una amiga, Ceci. También me visita Perla de Bangkok y me trae bombones. Yo soy la última de tres hermanas. La más grande vive en Canadá. Cada dos meses manda dinero a nuestra madre. Le insiste que venda la casa y que se vaya para allá con ella. Hasta le dio los datos de una escribana para la escritura. Nuestra hermana mayor es especial, pero no quiero hablar de la familia. La primera vez que vi al asiático me pareció medio feúcho. Un pigmeo, flaquito, todo formal y todo de negro. Parecía un funebrero. Yo estaba en el corredor, asustada. El encargado de la barra nos presentó. Tuve suerte, hubo química. El asiático resultó simpático, bien perfumado. Subimos al cuarto del segundo piso. De entrada, fui clara. Cosas raras, no. Todo normal. No voy a arrastrarme para hacer un servicio. La otra tarde me crucé a un cliente en el shopping. La esposa es preciosa, ¿quién entiende a los hombres? Soy pueblerina, extraño a mi pueblo. Aunque no volvería a vivir allí. Acá tengo techo y comida. Las compañeras son buenas conmigo, jugamos al pool, nos divertimos. Algunos días pienso en Yanneth, mi hija. Ya tiene casi cinco años, di a luz a los catorce. Quedó en Zinal con su abuela, “Está enfrente mío, ¿quieres hablarle?”, dice mi mamá por teléfono. ¿Mensajes con mi madre? No. ¿Para qué? Es sin estudios, no sabe leer ni escribir. Nunca pregunta en qué trabajo, pero se imagina. Mi segunda hija, Wendy, es recién nacida. Con Cynthia nos turnábamos para cuidarla. La semana pasada mamá llamó que venía a buscarla, que le enviara la plata para el viaje. El dueño de Madonna me prestó mil pesos. Yo ya tenía una deuda con él, estuve enferma y me dio quinientos para los remedios. El asiático viene los lunes, a las seis. Una mañana desayunamos café y medialunas. Después caminamos abrazados hasta su apartamento, pero ya no hubo otra cita. Mi padre murió antes de los cincuenta. Lo cremamos. Tiramos las cenizas al río desde el viejo muelle de madera. Mi madre no las quiso en la casa por nada del mundo. Él le pegaba por cualquier cosa, puñetazos en la espalda con la mano izquierda que le faltaban dos dedos. Atendía una cantina, justo al lado de la estación de ferrocarril, siempre llena de paisanos y viajeros. Nomás vendía alcohol: ron, vino, cerveza. El padre de Janneth se apellidaba Barrientos. Lo mataron, trabajaba para la banda de Los Cavani, tenía cara de tiburón. El de Wendy es primo lejano del novio de Cynthia. Bigote amarillento, collar de semillas, piercing en la oreja. Le dicen Fratacho, es albañil, pero anda de traficante en la frontera. Gana mejor que cargando ladrillos. No quiere hacerse responsable de la criatura. Lo había empezado a idealizar, otro error mío. Mi hermana me sermoneaba: “Aparece un tipo, te entusiasmas y te quedas encinta”. Por eso me até las trompas. En mi tiempo libre salgo con un mozo de Bangkok, a bailar, a pasarla bien. Tomamos mucho, me da miedo no poder dejar la adicción, como le pasó a mi padre. En esta profesión hay bastantes cosas malas. Hombres que no conoces, brutos, groseros. Mi hermana y yo vivimos apiñadas en una pieza. “No le abras a nadie”, me grita cuando sale. En las noches frías, con la beba llorábamos las dos debajo de las frazadas. Después me daba lástima, pobre santa. Anteayer le mandé los mil pesos a mi mamá. El asiático traía pañales, leche en polvo. Él averiguó que el gobierno ayuda a las madres solteras. Me contactó una asistente social. No me veo siempre en esto, quiero ser peluquera. Pago el alquiler, no me sobra nada. Además, las deudas. Mi hermana me apura que le diga al asiático, pero no me gusta abusar. El otro día estuvo preguntándome por mi nombre real. “Claudia”, le dije. Mirtha, Gladys, Mabel son para trabajar. El lunes pasado no pude, a lo mejor el próximo me animo y le pido los mil quinientos pesos.
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