Soneto I
El mismo cielo rompe cuando, hermoso,
su voz libera en gris —llama encendida—,
corriendo con el alba malherida
que busca respirar —viento gozoso.
El verso de las sombras perezoso
nos habla de un ayer —trabajo y vida—
que arranca, con la misma amanecida,
la gracia de su luz —verso dichoso.
Existe un duelo triste en la mañana
que viene a repetir —carbón y llanto—
el llanto silencioso del minero.
El grito de la noche es el quebranto
que sueña su dolor —alma lejana—,
robando a la mañana su lucero.
Soneto II
La helada que despierta y despereza
la luz del alba gris que, en su llegada,
descubre, en la callada madrugada,
la escarcha, nos arroja su belleza.
Y en sueños de azabache y de tristeza
su sombra sueña triste en la alborada
sin sospechar jamás que, alborotada,
alumbra con sus brillos la maleza.
La mina, en sus trabajos es dureza,
y es duro descender y, entre la nada,
tener que defenderse con torpeza.
La noche en su bastión reina callada,
la muerte que, con gritos y fiereza,
la vida en tierra quiere sepultada.
Soneto III
No quieren que despierte en lo terreno
del llanto malandrín —barreno y muerte—
el grito de quien teme que despierte
la muerte del grisú —muerte y barreno.
Se viste la tragedia en negro cieno,
carbón y noche vil —veneno fuerte—,
queriendo por destino y negra suerte
un grito de maldad —noche y veneno.
Es poco ahogar tristezas en un vino
en tardes sin afán —hora gozosa—,
para esta vida triste del minero.
La sombra se descubre silenciosa
con esa burla cruel —luz sin destino—
en ese sueño dulce y placentero.
También en la mañana
I
También en la mañana
que, abriendo sus cortinas,
nos llama con bostezos
hallamos como un eco melancólico:
un eco melancólico entre grises
de lluvias que no cesan en otoño,
un eco melancólico
que sabe del paisaje en el paisaje,
que vive, que respira en el paisaje,
mezclándose a su aliento en la arboleda.
II
También en la mañana,
distante de la noche
callada de la mina,
la luz habla de vidas y de muertes.
Y un algo del “orbayo” de otros tiempos
nos hace despertar a la conciencia
de estar en este mundo
sabiendo despedirse de continuo.
No son sólo mineros los que mueren
y auroras y crepúsculos nos llevan.
III
Por eso en la mañana
distinta de las minas,
su luz y su alegría
confunden la mirada con tristezas.
La vida se nos va como las aguas
del Sil en un discurso repetido
que ya pronunció Heráclito.
Y somos —sin la mina y su tragedia—
las rosas que se mueren en el parque
y el beso silencioso de un ocaso.
IV
El tiempo sabe dar su dentellada.
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